Nº 540
27/1/2003

Una guerra colonial

Juro –o prometo– que no me ataca el virus antiayanqui de la izquierda y menos hasta el extremo en que ha incurrido alguno de aventurar que Estados Unidos es el culpable, por su egoísta política imperial, del atentado salvaje a las Torres Gemelas. Pero ni siquiera el aparato de propaganda del Gobierno norteamericano pretende que nos creamos que Irak tiene alguna responsabilidad en ello. Bush ha conseguido, sin embargo, que una buena parte de sus compatriotas, cada día menos y de forma más matizada por cierto, apoyen la guerra en la idea de que así vengan el 11 de septiembre. Este es el sentimiento básico, el caldo de cultivo del que se nutren las energías para la acción directa,  aunque el argumento oficial expresa que atacando a Irak “preventivamente” se conjura la posibilidad de que este país bombardee con física o química el territorio de los Estados Unidos. Con todo ese bagaje doctrinal Bush sigue adelante, inasequible al desaliento, en sus propósitos sin que importe demasiado que  Naciones Unidas no den cobertura legal a la invasión, ni mucho menos que la opinión pública europea y los pesos pesados de la Unión –Francia y Alemania– se opongan, de entrada, a la invasión. A ningún europeo civilizado puede gustarle el Gobierno autocrático de Sadam Husein, pero no parece que la invasión de Irak forme parte de un programa para acabar con las dictaduras del mundo: las de Arabia Saudí, de Kuwait y los emiratos del Golfo, de Túnez, Marruecos, Argelia, Irán, Paquistán, China, o Corea del Norte entre otras muchas que integran “los regímenes del mal”.

A la vista de tantas incongruencias, se abre la sospecha de que la supuesta posesión de armas de destrucción masiva por parte de Irak no sea más que un pretexto; que la verdadera razón del Gobierno Bush hay que situarla en el aparato ideológico de los colonialismos decimonónicos. Irak es el segundo productor de petróleo del mundo y Bush quiere aprovechar la oportunidad de que el Tigris pasa por Bagdad para establecer un régimen subordinado en este país donde residió el Paraíso Terrenal, quizás con una mirada a más largo horizonte hacia una subordinación más efectiva de Arabia Saudí, la tierra del profeta, favorecida por Alá con el mayor yacimiento petrolero del mundo. Estos objetivos se insertarían en lo que Bush y la derecha de su país estiman que son los intereses legítimos del pueblo americano partiendo de la creencia de que tales propósitos son tan buenos para Estados Unidos como para el mundo occidental y que por tanto los europeos además de desagradecidos somos tontos. 

Solidaridad

Fernando Jáuregui, director de diariodirecto.com, y los compañeros de este medio así como  Telemadrid cuentan con nuestra solidaridad más sincera en estos momentos de tribulación a la espera de la sentencia que emita el juzgado numero 43 de Barcelona por unas informaciones de una supuesta juerga de jugadores del Futbol Club Barcelona. Los demandantes piden 2,5 millones de euros de indemnización a cada medio, que si el citado juez de primera instancia acepta sería, gracias a la nueva Ley de Enjuiciamiento Civil, ejecutada al amanecer, antes de que la sentencia sea firme. Desde esta casa hacemos votos porque la demanda haya caído en un buen juez, ya que gracias a la nueva ley nuestro destino es una lotería cuando no la ruleta rusa. Este juicio ha vuelto a poner de actualidad el caso de El Siglo. Nuestro agradecimiento no se desprende de un reflejo corporativo, sino de la constancia de que la nueva ley pone en peligro la libertad de expresión, y lo que es más importante, el derecho de los ciudadanos a una información de calidad sin contaminar por los poderes políticos o económicos. Es esencial para la democracia que el periodista no se vea obligado a refugiarse, acongojado, en la autocensura para no arriesgarse a la perdida de su patrimonio o/y su puesto de trabajo. El periodista no debe tener privilegios, pero tiene derecho a  que se le haga justicia, algo harto problemático con esta norma. Me vienen a la memoria las palabras del gran abogado que fue Ángel Osorio Gallardo, ilustre político moderado –se consideraba  un monárquico sin rey– y leal a la República, muerto en el exilio: “Se puede vivir sin trabajo, sin dinero y hasta sin salud, pero sin justicia no se puede vivir. Los hombres tenemos cierta tolerancia –bastante inmoral ciertamente– para perdonar las faltas del ministro, del diputado o del senador, del gobernador y del alcalde, pero no se perdona la del juez, porque en él pretendemos hallar nuestro último y definitivo amparo”.

Hemeroteca Inicio