Nº 538
13/1/2003

El ‘rodrigazo’

Rodrigo Rato se lo ha tenido que pensar muy mucho antes de postularse como aspirante a la presidencia del Gobierno, un paso que tendrá consecuencias y que, al elevarle a la condición de candidato de su  partido le separa de la condición de pretendiente en la corte de Aznar. Y quizás a algo más, pues en sus declaraciones famosas al diario ABC, Rato no refiere su aspiración a ser candidato del PP en las próximas elecciones generales sino de su disposición a ser presidente del Gobierno. Sus palabras abonan la duda de si Rato, en consonancia con su fama de arrogante, considera que su candidatura le garantiza la presidencia o, si bien, está sugiriendo que José  María Aznar debería retirarse antes de tiempo colocándole en su lugar. Yo me inclino por la primera de las hipótesis, aunque hay gente en su partido que apoyan la primera: que Aznar se retire en vida cediendo los trastos a Rato para primarle en su contienda con Zapatero. En todo caso, las posibilidades reales de Rato tienen que ver con un enigma: ¿Es el PP un partido –con democracia interna y todo eso– o una oligarquía política en torno a un Jefe con derecho absoluto para designar sucesor? 

Aun en el caso restrictivo pero más probable, Rato no podía  ignorar que su oferta de disponibilidad sería calificada por el Jefe como un acto de rebeldía, como un desafío personal. Tampoco podía olvidar el precio que pagó Alberto Ruiz-Gallardón por postularse en su día. Si a pesar de todo ha dado este paso, cabe suponer –aquí todo se mueve entre supositorios– que ha llegado a la firme conclusión de que no es el tapado, el delfín designado por el Gran Dedo y, por tanto, que no tenía nada que perder en el empeño y sí algo que ganar: en el peor de los casos, un cromo para negociar cuotas del poder en el futuro.

La situación no es ahora la misma que cuando Gallardón se postulara. Bajo el supuesto razonable de que cada día que pase el Gran Dedo se arrugará  un poco más, habrá decidido, probablemente el mago de las finanzas del PP echar su órdago a lo grande reflejado en el titular de ABC en la víspera de Reyes: “Estoy en condiciones de aceptar la presidencia del Gobierno si mi partido toma esa decisión”. Me da la impresión de que la Operación Rato está bien pensada; es algo más serio que un Plan Pons de belleza en siete días como aparentemente la ha descalificado Aznar. Ha elegido el medio periodístico adecuado, el diario con el que se puede sentir más identificado como órgano de la derecha liberal dirigido a gente conservadora, sin agobios económicos. No era prudente utilizar El País, aunque allí le vean con buenos ojos y donde Ernesto Erkaizer le está haciendo una eficaz campaña domingo a domingo. Hubiera sido lo que faltaba para excitar el ensañamiento de los halcones de Aznar. Tampoco era oportuno declararse en El Mundo en estos momentos en los que el diario dirime sus quejas de amor con el presidente –el artículo de Pedro J. Ramírez publicado el último domingo de diciembre me parece una pieza antológica de difícil interpretación– y en razón de la batalla con Alierta apoyado por el vicepresidente. La solución ha sido perfecta: la publicación, simultánea a la de ABC de una entrevista semiclandestina, inconfesa, sin entrecomillados, en El Mundo, concedida no a su director sino a Jesús Cacho, que apareció  en las páginas económicas del diario y centrada en asuntos económicos. La revelación la ha hecho, pues, en su periódico natural, el ABC, y a su director, José Antonio Zarzalejos, quien se ha apuntado un buen tanto en la operación. Rato se desplazó a la sede del periódico, admiró los grabados acumulados a lo largo de 100 años de historia y... prometió volver con su hija. Es improbable que esta charla-entrevista, sin preguntas específicas, a punto y seguido, pero con entrecomillados, no haya sido meditada cuidadosamente. Es improbable que Zarzalejos no le haya pasado el texto de la conversación para que el vicepresidente pasara la pluma. A Rato, evidentemente, no se le ha calentado la boca. Ha dicho lo que quería decir y punto.

José Antonio Zarzalejos pergeña un retrato muy amable del ilustre invitado, como era de esperar. Me ha interesado mucho su formulación ideológica: niega ser un  pragmático. Afirma tener ideas sociales, económicas, medioambientales, culturales que desbordan una visión crudamente tecnocrática. Niega ser prepotente, aunque admite que esa impresión pudiera desprenderse de su “lenguaje corporal”. Vamos, que lo lleva en su cuerpo serrano. Es natural que Zarzalejos no le preguntara por los riesgos que surgen de sus empresas familiares. El problema no es que sea rico, sino que sus empresas se encuentren en dificultades. Eso es lo que le hace vulnerable, pero condiciones no le faltan.

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