Nº 535
16/12/2002

El nihilismo cabalga en Galicia

Los optimistas gallegos con los que he hablado estos días aseguran que la desastrosa gestión del Prestige tendrá al menos dos efectos positivos: en primer lugar, que los demás españoles podrán percatarse, por fin, del penoso estado de la región y de hasta dónde llega su mal gobierno; y en segundo lugar, y consecuentemente con el primero, servirá para que finalmente Galicia despierte de su pasividad y castigue a sus gobernantes, en las calles y en las urnas. Me parece, sin embargo, que por una vez, los pesimistas tienen razón. Son aquellos que consideran que la desastrosa gestión de la catástrofe del Prestige no tendrá en Galicia consecuencias políticas convencionales –que la ciudadanía castigue a los gobernantes y dé su confianza a la oposición– sino que podría provocar una furiosa reacción antisistema al reafirmar las aprensiones populares: que las instituciones políticas no sirven ante el infortunio, que las administraciones son incompetentes, que los políticos son todos iguales sean de izquierdas o de derechas, que, a la hora de la verdad, el ciudadano tiene que valérselas con sus propias manos, esas manos con las que han intentando achicar materialmente ese mar viscoso de fuel que hemos podido ver en unas imágenes de televisión que han dado la vuelta al mundo como en su día lo dieran las de Tejero pistola en mano en el Congreso, subrayando aspectos tercermundistas de un país que se encuentra entre las primeras potencias industriales del mundo.

Poco necesitaban muchos gallegos para alimentar su fatalismo histórico abandonándose a la tentación predemocrática o apolítica. Está en la memoria familiar, transmitida de padres a hijos y a nietos, la búsqueda de la vida sin esperanza alguna respecto a los gobernantes, el afán solitario de unos ciudadanos cuya única vinculación política se plasmaba en el caciquismo, que es el neofeudalismo a la gallega, el mal menor en estas tierras dejadas de la mano de Dios. De semejante desprecio de la política no se libra ni el Bloque Nacionalista Gallego, que no se engañe Beiras. Es lo que ha quedado reflejado por los huevos arrojados a Zapatero, que no creo que procedan del independentismo, como ha explicado el líder socialista, sino del nihilismo, un nuevo fantasma que recorre Galicia y el mundo. Y si a Zapatero, que no tiene culpa alguna en la gestión de la crisis, que como oposición tiene la responsabilidad de controlar al Gobierno y proponer alternativas, le han tirado huevos, ¿qué le tirarán a José María Aznar o a Manuel Fraga si los tuvieran a tiro? Durante el último cuarto de siglo, los gallegos, como los demás  españoles, han ido asimilando el autogobierno, pero la inercia histórica pesa mucho. Los gallegos, como los demás españoles, se benefician de la libertad, del Estado del bienestar, aunque sea incipiente, y de las ventajas de pertenecer a la Unión Europea, pero mucho nos tememos que la mala gestión de la catástrofe representará un paso atrás en este proceso. A largo plazo soy optimista y no hay alternativa válida a las instituciones políticas que son nuestra civilización. El nihilismo que hace estragos como contrapolítica no lleva a ninguna parte; la debilidad del Estado perjudica, sobre todo, a los más pobres, por lo que urge restablecer el honor perdido. Volverán las aguas limpias, no sé si en dos, en tres o en 20 años, pero el daño que se ha hecho, la sensación ciudadana de indefensión, de extrema vulnerabilidad tardará en repararse. No nos jugamos la razonable alternancia política; la lucha se plantea entre nihilismo y política.  Por eso expreso mis mejores deseos de que tanto la Xunta como el Gobierno de la nación reconduzcan una situación que no está totalmente controlada un mes después de la catástrofe. Me permito proponer una gran campaña nacional para promover el turismo ecológico a las costas gallegas, que además de compensar en algo las terribles pérdidas económicas sufridas por la comunidad, que se han cifrado en un 1% de su PIB, sirva de enseñanza imperecedera para que las buenas gentes de toda España puedan ver con sus propios ojos y mancharse las manos en el paraíso natural gallego prostituido, para calibrar de verdad, sin discursos retóricos, el alcance de la tragedia, el imperativo de mantener limpio el medio ambiente, así como las consecuencias de votar a quien no se lo merece.

Por cierto, debo expresar mi discrepancia con la propensión del líder socialista José Luis Rodríguez Zapatero a proponer la creación de un nuevo ministerio para cada problema. No sé cuántas carteras creará  Zapatero cuando llegue a La Moncloa: ya propuso crear uno para la juventud, otro para la familia y ahora otro de Seguridad Pública. Los problemas no se resuelven con más burocracia, sino con capacidad de liderazgo.

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