Nº 534
9/12/2002

El ‘Prestige’ mancha al Gobierno

Sé de buena tinta que José María Aznar no es el armador del Prestige y ni siquiera el culpable de que el petrolero se partiera en dos. También estoy en condiciones de afirmar que Aznar no había recibido información privilegiada de lo que iba a ocurrir con esa chatarra bautizada con nombre tan inadecuado. No obstante estoy en condiciones de afirmar, y afirmo, que José María Aznar es el presidente del Gobierno de España. Es esta una información perfectamente contrastada que me permite deducir la responsabilidad presidencial por la falta de preparación pública para enfrentarnos a una emergencia no anunciada pero previsible. Es imposible prever un accidente concreto, pero tenemos la seguridad  de que los accidentes se producen y hasta puede calcularse el porcentaje de los mismos, pues para ello existe una ley no escrita pero implacable: la ley de los grandes números, las series estadísticas, los cálculos de probabilidades y demás instrumentos técnicos. Sabemos que de un número determinado de petroleros en mal estado que se acercan a nuestras costas existen determinadas probabilidades catastróficas ante las que hay que estar preparados con algo más que con las manos de los voluntarios para sacar a pala el viscoso producto petrolero. Las aves carroñeras –oposición y prensa– tenemos la obligación de reprochar al Gobierno que no estuviera preparado para afrontar una tragedia semejante como deben estarlo los bomberos en previsión de un incendio insospechado y, por supuesto, para reaccionar con la debida diligencia. A la vista de la precariedad de medios materiales y humanos se percata uno de hasta qué punto el déficit cero con el que tanta alardea el Gobierno que se ha permitido dar lecciones a la Unión Europea, es una ficción propagandística: no hay déficit cero cuando no están cubiertas las necesidades mínimas y la previsión del infortunio. Uno suponía que un país como el nuestro, a las puertas del G7, podría hacer frente por sus propios medios a un sucio petrolero, pero las escenas que estamos viendo nos remiten al esperpento. También suponíamos que el Gobierno tendría mejores reflejos para una intervención rápida, coordinada y transparente. ¿Quién podría imaginar que para tener una información fiable habría que beber en fuentes portuguesas? También me consta que tenemos un Parlamento que debe controlar al Gobierno y una oposición encargada por el pueblo soberano de liderar el control del mismo con toda la mala uva que sea menester. A este respecto creo poder constatar que, contra lo que pudiera deducirse de las palabras de Francisco Álvarez-Cascos, el ministro titular del ramo y responsable en primera instancia de las costas y los puertos, como Matas lo es del medio ambiente y Cañete de la pesca, poco ha tenido que ver el GAL en el descalabro del Prestige ni con la constatación de que tanto Cascos, como Fraga y su conselleiro de Medio Ambiente, se relajaran cazando cuando las aguas llegaban negras. Ya saben ustedes que en el Partido Popular conviven por lo menos dos sensibilidades: los de nostalgia franquista aplicados en las cacerías y en la pesca del salmón y los modernos que se engolfan con en el padel y el golf.

Desde mi condición de ave carroñera, de humilde representante de la canallesca, sospecho que este asunto se les ha enredado al Gobierno de mala manera. El primer error fue el de no calibrar, desde el principio, la trascendencia del problema”. Quizás esperaran que con ayuda de los buenos vientos y de la Divina Providencia el fuel se apartaría pacífica y ordenadamente de nuestras costas; una vez enterados, la gestión de la crisis ha sido desafortunada. No se entiende, por ejemplo, por qué no se ha movilizado al Ejercito desde el primer momento para reprimir tan dañina invasión. Quizás no han podido hacerlo porque no quedan soldados y los pocos que tenemos están frente a Perejil o en Bosnia. Oiga, pues si no hay soldados que pongan a los oficiales y jefes, que de esos si que sobran a hincar el hombro junto al voluntariado civil.

El único efecto benéfico del desastre era que, por unas semanas, nos habíamos olvidado de la angustia procedente de otra comunidad nórdica, pero ETA, que no tolera distracciones, se ha ocupado de rectificar atentando en Santander.

Lo más importante de la tragedia gallega es la propia tragedia, como diría Pero Grullo. La cuestión es el qué hacer ahora, pero la exigencia de responsabilidades no es tampoco un asunto baladí; no como pasión inútil, no por el morbo de ver caer cabezas, sino porque toda desgracia genera enseñanzas para el futuro.

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