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Seguimos como siempre, pendientes de los curas. Unas veces precediéndolos con los cirios y otras persiguiéndoles con los palos. O simultáneamente, como hace el presidente Aznar, que nos quiere volver a meter el catecismo en las escuelas, vuelca los dineros públicos sobre los colegios de curas y peregrina al monasterio de Silos mientras excomulga a los obispos vascos. Parece mentira, pero en el siglo XXI, en la Europa culta, en la España de la modernidad dotada de una constitución más o menos laica, o de laicismo sucio, en todo caso aconfesional, la cuestión religiosa, o al menos la cuestión clerical, sigue vigente. Es una venganza de la España negra sobre la modernidad. Un verdadero anacronismo que sólo tiene de moderno la sofisticación financiera de los ecónomos episcopales que juegan con Gescartera o sacan el dinero a Jersey y otros paraísos fiscales. A primera vista, las dos manifestaciones eclesiales aludidas: la vuelta a la colaboración entre la Iglesia y el Estado por un lado, según definición aznarina perfectamente suscribible por Franco y, por otro lado, la actitud del episcopado vasco serían dos versiones contradictorias en las relaciones Iglesia y Estado. Se enfrentarían, supuestamente, una versión de derechas heredera de la iglesia española oficial decimonónica atrincherada en sus privilegios que culmina con el nacionalcatolicismo que sostuvo a Franco y una versión de izquierdas, la de la iglesia vasca que luchó contra Franco. Ambas versiones son, por supuesto, diferentes pero no tan contradictorias. La pastoral de los dos obispos de Bilbao, del de Vitoria y del de San Sebastián el de Pamplona marcha por otros vericuetos, no responde al catolicismo progresista o de izquierdas, sino al nacionalismo puro y duro, a un nacionalismo más reaccionario que el mantenido por la iglesia oficial hasta la Guerra Civil y que habría que relacionar con la tradición de los curas carlistas. Sería, pues, como un enfrentamiento entre el cura Merino y el cardenal Segura. No conviene olvidar que la opción de los nacionalistas vascos por los republicanos no se hizo por principios democráticos, sino por imperativos nacionalistas, como lo prueba el hecho de que, una vez que la liberación de las Vascongadas fuera inevitable los gudaris vascos no siguieron luchando con la República, sino que se rindieran con todos sus pendones. La Guerra Civil había dejado de ser su guerra. La pastoral de los cuatro obispos responde a la vena nacionalista. El Vaticano la ha tildado de inoportuna, que es lo menos que podía tildar, pero también lo más. No podía esperarse que el Papa desautorizara sin más a sus obispos porque así se lo requiriera el señor Piqué. Es inoportuna e innecesaria y por tanto improcedente, si lo observamos desde una perspectiva católica. La Iglesia no tenía que pronunciarse sobre la ley de partidos políticos, como no lo había hecho sobre el pacto antiterrorista en el que algunos intentaron incluirla. Tomar una postura política excluye a una parte de la parroquia, que no se justifica porque coincida con el pensamiento mayoritario. El silencio habría sido de oro, sobre todo cuando mantuvo un silencio oprobioso ante los asesinatos más espeluznantes de ETA. El texto propiamente dicho, en clave, insisto, ortodoxamente nacionalista, lo podría haber escrito el propio Ibarretxe, quien, sin embargo, no se hubiera atrevido a escribir la frase maldita: Sea cuales fueren las relaciones existentes entre Batasuna y ETA. La llamada iglesia vasca se ha quitado la careta de la neutralidad política por razones que uno sólo puede intuir. La ultima pastoral representa un paso al frente respecto a la anterior, la denominada Votos para la paz que estos obispos redactaran con motivo de las elecciones vascas. En aquella ocasión los cuatro obispos no sólo mantuvieron una exquisita neutralidad, sino que denunciaron la violencia etarra sin sentirse obligados a equilibrar la condena con alusiones a la violencia de Estado ni pedir el acercamiento de los terroristas presos. Dicho lo dicho, me parece que el presidente Aznar debería haberse mordido la lengua un poco más antes de encontrar en la pastoral afirmaciones inexistentes. Simplificando mucho se podría afirmar que los obispos han excitado más su sensibilidad ante la formación política de los verdugos que ante las victimas y sus familias, pero dicen lo que dicen y no lo que Aznar les atribuye. La música de la pastoral, compartida por muchos ciudadanos vascos con síndrome de Estocolmo se resumiría en lo siguiente: No molestéis a la fiera, porque hará mas daño. Algo que no muestra un prodigio de fortaleza moral. |