Nº 499
11/3/2002

Abiertas todas las incertidumbres

Vivo en la extraña sensación de que nos encontramos en un punto cero; en la frontera difusa entre un mundo viejo a punto de esfumarse y uno nuevo que se eleva confusamente en la niebla. Es una inquietante sensación que tendrá, sin duda, numerosos precedentes históricos, pero que yo prefiero compararla con la que embargaba a los ciudadanos romanos en la época del emperador Augusto, cuando los dioses de Roma  estaban a punto de jubilarse –hoy diríamos que ya no tenían proyecto– y el cristianismo aún no había predicado su alternativa.

Apenas quedan ya valores seguros. Vega Sicilia anunció recientemente que renunciaba a colocar su prestigiosa etiqueta de “único” porque la cosecha no proporcionaba la calidad exigida. La misma semana “La Sonrisa Vertical” declaraba desierto su excitante premio literario porque  las novelas presentadas adolecían de insuficiente tensión erótica. Por no referirme a la imposible concreción de la hecatombe de las Torres Gemelas, aludiré a una realidad menos luctuosa pero de consecuencias imprevisibles, el caso Enron, que nos ha descubierto de pronto que no sabemos nada sobre la verdadera realidad de las empresas y que ni las más prestigiosas auditorías están en condiciones de garantizar nada. Ben Laden no aparece ni vivo ni muerto y los estados financieros han dejado de reflejar la imagen fiel de la realidad de las empresas. El país que ostenta el liberalismo más militante adopta groseras medidas proteccionistas en beneficio de su sector siderúrgico y el paradigma liberal hace aguas por doquier sin que termine de cuajar una alternativa por la izquierda.

En España, la comparación con la época del primer emperador romano resulta igualmente seductora. El mundo seguro de Aznar ha dado paso a la mayor incertidumbre. Cuando alguien anuncia que se va, ya se ha ido. Nadie, ni siquiera nuestro poderoso presidente, puede controlar el futuro ni la cadena de fenómenos que dibuja la dinámica sucesoria. Probablemente Aznar hubiera preferido que nada se moviera antes de que finalizara su gloriosa presidencia europea y de que se consumara la Boda. Ya no es segura ni siquiera la crisis ministerial que la clase política fechaba en el final del semestre. Lo menos improbable es que tal crisis no tendrá lugar o al menos esto es lo que opinan los incorregibles profetas. Aseguran los enterados que, en todo caso, podría cocinar el jefe un pequeño reajuste si es que  decidiera beneficiar a Jaime Mayor Oreja suministrándole la cartera de Presidencia y enviar a Matas a Baleares. Por cierto: entre los distintos pretendientes a La Moncloa, Mayor es quien con más ganas se está moviendo para alcanzar su objetivo y no me extrañaría que el rumor sobre su hipotética cartera hubiera salido de su propia factoría de intoxicación. Nadie como él en el arte de manejarse con los periodistas. Lo más probable es, por tanto, que sigamos contando con la inestimable gestión de Celia Villalobos de  Anna Birulés o de Arias Cañete. Por otra parte, Manuel Fraga, cuya fecha de caducidad, contra la normativa en vigor, no figura en lugar visible, se revuelve para mojar en la elección del sucesor de su sucesor, de quien él designara in illo tempore en un lugar galaico llamado Perbes”. (Véase nuestra portada).

Algo parecido al vacío se está generando en el entorno aznarista. Cunde el desconcierto y la melancolía entre los cortesanos de Aznar, que se arrastran como alma en pena a consecuencia de la abdicación de su señor. Es probable que no se produzcan grandes cambios ideológicos según que el sucesor sea el populista Rajoy, el democristiano nacionalista Oreja o el liberal Rodrigo Rato, pero es seguro que cada cual se hará con corte propia. Fraga, y antes Álvarez Cascos quien maniobró con ese objetivo ante el congreso triunfal han pretendido más poder al partido, pero todos saben, desde Franco, que la frase “Después del caudillo, las instituciones” no es más que una frase sin contenido, aunque puede servir para el autoengaño de los mandarines.

El entorno presidencial aseguraba que ni siquiera el presidente sabía a quien elegiría finalmente para sucederle, pues no había llegado el tiempo para ello. Pudiera ocurrir que hoy  tal apreciación se convalide con un significado distinto al inicial: que  Aznar no sepa quién va a sucederle porque no tiene la seguridad de poder imponer su criterio.

El futuro, en efecto, como dirían González y Cebrián, ya no es lo que era. Habrá que estar pues muy atentos a los televisores. Sobre todo a la Boda. ¿Quién ocupará los primeros bancos en la iglesia? ¿En que mesa del ágape nupcial sentarán a cada invitado y en compañía de quien? ¿Para quien serán los primeros bailes del brazo de la novia? ¿Que fotografías se insertarán en el álbum?

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