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Los judíos no se merecen a Sharon Lo de Palestina clama al cielo. Tantas religiones reunidas en torno a Jerusalén y tan poco dios en la zona. El asunto palestino empezó mal, cuando las grandes potencias colocaron, a capón, un Estado artificial agresivamente sionista en un entorno árabe y musulmán. El conflicto nació, pues, con una intervención internacional, y quizás no pueda resolverse sin otra decidida intervención de la comunidad internacional. La historia ha pasado factura y muestra el alto costo que, con frecuencia hay que pagar, cuando se edifica sobre la injusticia, la sangre y el expolio. Lo único aprovechable que se puede hacer con la sangre, como decía Baroja son morcillas. Hoy, por cierto, nadie se plantea ni siquiera Arafat la desaparición del Estado de Israel; lo que ahora está en juego es el derecho a la existencia del estado palestino. Hay que buscar soluciones desde el statu quo, pero no sirve de nada olvidar los orígenes, que para crear el Estado israelí se expulsaron de sus tierras a cientos de miles de nativos en un éxodo que recuerda al del propio pueblo judío. Cuando se inventa Israel en 1948, el mundo estaba sumido en la terrible impresión del holocausto; pero el estado judío no se creo en medio de Alemania; Stalin y Truman lo incrustraron en unas tierras donde la estirpe residió hace milenios, 2.538 años después de que Nabucodonosor II acabara con el Estado judío y 1.878 años después de que el emperador Tito destruyera lo que hoy denominaríamos una autonomía. Solo una fantástica ficción podía justificar un anclaje político a unos fantasmagóricos derechos históricos. Se asentaron los judíos en Palestina con las simpatías de la opinión mundial, que pensaba de forma romántica en un hogar donde se refugiarían pacíficamente unos cuantos hebreos pacíficos perseguidos por todo el mundo. Pero un puñado de terroristas, los fundadores de Israel, convirtieron el hogar en un Estado y a continuación, presos de una dinámica de defensa-agresión, en un Estado prepotente. Israel fue extendiéndose a misilazo sucio mucho más allá de los términos señalados por la comunidad internacional y armándose hasta los dientes hasta convertirse en lo que es hoy, una superpotencia arrogante e inflexible, que ignora las resoluciones de las Naciones Unidas y practica un implacable terrorismo de Estado. Su conducta provoca críticas y lamentos por parte incluso de intelectuales judíos especialmente sensibles a los imperativos éticos. En esa línea se manifestó en su día Hannah Arendt, una de las personalidades judías que con mas lucidez abordaron el problema, y así lo hace hoy nuestro premio Príncipe de Asturias George Steiner, de quien recojo esta reflexión: Israel, al igual que otras naciones, tiene que torturar para sobrevivir. Pero, ¿acaso la superviviencia pude ser una justificación para ello?. Y concluye: Considero esto un precio que yo no estoy dispuesto a pagar. Por muy mal que estén las cosas, siempre pueden empeorar un poco más. Es preciso encontrar un entente político garantizado internacionalmente y que, con el tiempo, pueda llevar a una convivencia pacífica en el territorio. ¿Llegará un tiempo en el que se desdramaticen las diferencias de raza y religión y en el que, por ejemplo Jerusalén, deje de alimentar los odios profundos y se convierta en un parque temático religioso? En ese sentido debe presionar la comunidad internacional y muy concretamente Estados Unidos, que ha sido hasta ahora el gran protector de Israel, con razón y sin ella, y que a pesar de alguna concesión retórica para uso afgano sigue tomando partido de forma escasamente condicional. Bush ha cometiendo el error y la injusticia de no recibir al líder palestino Yasir Arafat, desligitimándose con esta omisión como árbitro imparcial. Un mal negocio, pues Arafat, presidente legítimo de la Autoridad Nacional Palestina, aunque tiene enormes dificultades para controlar el orden en su zona, no es el gran terrorista culpable de todo como acusa Sharon. Hubiera sido más inteligente ayudarle que excomulgarle. Ni Israel ni Estados Unidos tienen derecho a nombrar al representante de los palestinos. En todas las negociaciones suele ser ésta el nombramiento de un interlocutor cómodo la tentación del más poderoso. Yasir Arafat, moderado y realista lo ha demostrado al no declarar unilateralmente el estado palestino y en su actitud ante el ataque de las Torres Gemelas, pero que está condicionado por los extremistas de su pueblo, está legitimado por muchos años de lucha y tiene al menos la ventaja de un pragmatismo que le han proporcionado muchos años de liderazgo |