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Nº
451
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5/03/2001
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NO TIENE INSTINTO ASESINO José GARCÍA ABAD Unos le llaman "supervice", otros le han bautizado como “vicemucho". Aparentemente Mariano Rajoy, gallego de pleno ejercicio, registrador de la propiedad ‑más bien propietario del registro‑, 45 años de vida, ministro para todo, habría sido ungido por el dedo del dios de La Moncloa para sucederle. Y en efecto, Aznar le ha colocado en el centro del terreno de juego, que, desgraciadamente, es la lucha contra el terrorismo. Ya es desgracia, en efecto, que el primer problema de este país, que la primera preocupación de los ciudadanos sea por primera vez en muchos años, el terrorismo. Rajoy ha sido colocado en primera línea de combate contra esa pesadilla y se le han dado los trastos para lidiar el problema más importante para los años venideros, que es la inmigración, tarea cuya atribución a Interior es otra muestra de la anormalidad en que vivimos. Reúne, pues, Rajoy en una misma cartera lo más urgente y lo más importante. El "vicemucho" asume un riesgo evidente y una oportunidad única para destacarse del pelotón, lo que no quiere decir que pueda en puridad vislumbrársele como cabeza de delfines. En realidad, pesa más la oportunidad que el riesgo, ya que la ciudadanía prima con generosidad a quien debe acarrear con semejante muerto; con tantos muertos. Así ha sido con todos los ministros del Interior y así será con Rajoy. El "supervice" saldrá bien parado sólo con que no lo haga demasiado mal, y Rajoy es un especialista en no hacer mal las cosas. Ni tampoco bien. El gallego total ha desempañado ya tres carteras ministeriales ‑Administraciones Públicas, Educación y Vicepresidencia y ¿se acuerdan ustedes de algo que marcara su ejecutoria, de alguna decisión importante, de alguna ley que abriera los telediarios, de algún hecho notable que lleve su firma? Rajoy es un maestro en el arte de no hacer nada con suma eficacia, una virtud que en política no tiene precio. Insisto en que parecería claro que Aznar expresara con la atribución del terrorismo y la inmigración su preferencia respecto a su colaborador de cabecera, y, sin embargo, yo me permito pensar que tal claridad no puede ser más engañosa. Sostengo que Aznar puede permitirse iluminarle con tan potentes focos porque sabe que no será su sucesor. Y ello por una sencilla razón de peso: tengo la sensación de que Mariano Rajoy no quiere ser presidente. Lúdico y pastueño, vividor en el mejor sentido de la palabra, disfrutón de los placeres de la vida no está contaminado con la pasión de poder hasta tan espeluznante responsabilidad, no le compensa perder su calidad de vida por un simple puesto de presidente de Gobierno. Lo suyo es ser ministro y mejor vicepresidente, "vicemucho" si ustedes quieren pero no “vicetodo" abocado a entrar en otra categoría de ser humano, en un mutante. Observen ustedes a qué velocidad envejecen los presidentes. Me da la impresión de que Mariano Rajoy no está por la labor y además, o en consecuencia con su carácter, le falta el instinto asesino imprescindible para gobernar esta nación. A Rajoy le veo comiendo y bebiendo bien; entregado a placenteras sobremesas y disfrutando de la compañía de sus amigos y de un Montecristo del A, de casi medio metro. Le veo en todos los puestos menos en La Moncloa, todo lo más me lo puedo imaginar al frente del Gobierno de Galicia, en el Pazo que lleva su apellido. Mariano Rajoy ha tenido, sin embargo, el valor de aceptar un puesto que le obligará a tragarse el puro, tendrá que fumarse muchos funerales, tendrá que apretar los dientes en Dios sabe cuántos oficios de difuntos. No es una tarea grata... pero aun así no es La Moncloa la última referencia, el último teléfono, la suprema responsabilidad. Y estoy seguro de que el vicepresidente primero y ministro del Interior hará bien su delicado trabajo para cuyo desempeño necesitará el apoyo de todos los dioses |