Nº 426
4/9/2000

TODO MARCHA MÁS 0 MENOS... MENOS LO MÁS IMPORTANTE

José GARCÍA ABAD

Henos aquí, en el nuevo curso. Todo marcha más o menos... menos lo más importante. ETA no se ha tomado vacaciones en su orgía sanguinaria y el ministro del ramo sigue sin darse por enterado. Como si la cosa no fuera con él.

En el Gobierno Aznar el sentido de la responsabilidad política es mayormente flácido. Y no sólo lo digo por Mayor. El vicepresidente segundo y ministro de Economía no se da por aludido por la mayor metedura de pata económica de la historia: el dinero que el Estado ha cobrado -el que no ha cobrado quiero decir- por las licencias UMTS, los móviles de la tercera generación. Los expertos calculan que lo que hemos dejado de cobrar por esta licencia para forrarse es de unos cuatro billones de pesetas. Ríase usted de los 200.000 millones de pesetas que Aznar, Rato y Costa aseguraron que habían regalado los socialistas a sus amiguetes. Con estos cuatro billones de pesetas que faltan en caja se podrían haber hecho muchas cosas -véase página 5-‑ incluso la de reducir, provisionalmente, los impuestos de los carburantes mientras el precio del crudo no se modere un poco. Pero en el Gobierno de Aznar ni dimite Mayor Oreja ni Rodrigo Rato se siente obligado a dar explicaciones en algo tan sagrado como es lo que tan sensiblemente afecta al bolsillo de los españoles.

Seguimos pues como antes de las vacaciones. La economía sigue tirando y el empleo aumentando, felicitémonos por ello y demos gracias al Señor, pero está a punto de romperse el círculo virtuoso en el que nos habíamos instalado, presumiendo que definitivamente. Ahí está, al acecho, la espiral inflacionista, la dialéctica precios‑salarios que amenaza a la Unión  Europea pero de forma más aguda a España. Los dos motores de eurolandia, Francia y Alemania, se mantienen en la virtuosa senda objetivo del 2% de inflación, la media de la zona se sitúa en el 2,5%, mientras la de España la supera en un 50%.

El euro nunca había caído tan bajo y no faltan razones: Europa sigue generando desconfianza a los inversores; los americanos, por supuesto, acostumbrados a unas reglas de juego más liberales, pero también a los europeos que mantienen  500.000 millones de dólares colocados de forma estable en empresas norteamericanas; una desconfianza que también tiene que ver con los desequilibrios internos de la Unión Monetaria, donde conviven economías recalentadas con otras bastante frígidas. En definitiva, el irresistible flujo de los mercados monetarios globalizados, capaz de doblar la mano no ya a un país poderoso sino a una potencia de la envergadura de Europa, siguen forrándose apostando contra el euro que desde que apareciera en enero de 1999 se ha devaluado respecto al dólar en un 22,6% (el 7,5% desde junio).

Mal de muchos, epidemia. Pero España es, desgraciadamente, el que más sufre la caída de la divisa europea por una sencilla razón: la mayor parte de nuestras exportaciones se quedan en Europa, con lo que resulta indiferente que el euro suba o baje, mientras nuestras importaciones, y de forma especialmente sensible las de petróleo, hay que pagarlas en dólares.

Tampoco se han tomado vacaciones los emigrantes del entorno pobre que aspiran a introducirse, arriesgando su vida, en un país, que a pesar de todos estos problemas sigue siendo un paraíso.

Estamos pues como estábamos. Con el Gobierno metiendo mano en las empresas y en las instituciones. Ha cambiado al presidente de la primera empresa de¡ país y ha arruinado la autoridad de la CNMV quien debiera ser el custodio sagrado de los mercados. Seguimos igual, con más muertos en las carreteras y con más ciudadanos asesinados por ETA, unos ciudadanos que tienen la significación política y simbólica de representar al pueblo en los ayuntamientos del País Vasco. La culpa ‑no hace falta insistir en ello‑ es de ETA, que es quien tiene las manos llenas de sangre. Pero a uno le entran escalofríos cuando el ministro del ramo, que sabía que la tregua fue una tregua trampa, explica la indefensión pública en que la organización terrorista aprovechó la tregua para reorganizarse. ¿Pero no había dicho usted, don Jaime, cuando la tregua se produjo, que el Estado de Derecho no estaba en tregua, y que por tanto seguía trabajando en la detención de delincuentes? ¿Cómo puede usted admitir ahora su sorpresa sin sonrojarse un poco? ¿Está usted seguro de ganarse el sueldo?

 

Hemeroteca Inicio