Nº 424
24/7/2000

El joven gallo ganó al viejo zorro

José GARCÍA ABAD

Bono llegó al congreso con los votos atados pero Zapatero los desató con la emoción. Ambos entonaron buenos discursos. El del veterano barón mostraba con nitidez casi impúdica al viejo zorro de la política, al caimán maestro en trucos y triquiñuelas, al político profesional que se las sabe todas, que está de vuelta de todas las cosas porque ha estado en todas partes: en el PSP, en el guerrismo y en la renovación. Y por si alguien lo olvidaba, así empezó su discurso: recordando la importancia que tienen unas siglas para ganar: "Me presenté con el PSP y no conseguí nada. Lo hice con las siglas ganadoras y vencí. Yo era el mismo Bono con el PSP que con el PSOE. Pero el resultado fue muy distinto. Entonces aprendí la importancia de arroparme en un partido para ganar".

Desde el principio dejaba claro el caudillo de Castilla-La Mancha los términos del contrato propuesto a los aparatos del partido. Él sabe ganar elecciones como lo ha demostrado en 18 años de victoria autonómica. Se presentó como el viejo Fausto seduciendo a la militancia: yo conquistaré el poder para vosotros si me aclamáis y me obedecéis, bien alineados en posición de firmes. Ni una tarea sin apparátchik, ni un apparátchik sin tarea. Era un discurso seductor para los profesionales del partido; para la nómina socialista de concejales, de alcaldes, de consejeros de comunidad, de representantes en organismos públicos o de funcionarios del partido. Es de suponer que José Bono, que sabe trabajarse cada voto, casa por casa, pueblo por pueblo, que llama por su nombre a cada uno de los castellano-manchegos, ahora, en el envite decisivo de su carrera se habría trabajado uno a uno, con nombres, apellidos y circunstancias de cada cual a apenas mil delegados de los que dependía su camino de gloria.

Pero en eso irrumpió un gallo joven, un tal José Luis Rodríguez Zapatero, levantando los corazones con aire juvenil a pesar de sus 20 años de experiencia política y sin ninguna victoria importante más allá de su acta de diputado por León. Llegó en un ciclón de entusiasmo calentando un ambiente deprimido por una Rosa Díez cabreada y una Matilde Fernández triste, cual triste progre con trenca de la resistencia antifranquista y con un discurso severo, con muchas razones válidas, con una apelación a unos principios siempre vigentes en la izquierda pero en un mensaje que quedaba rancio, como una promesa para el pasado. Un ambiente modificado levemente por la promesa de victoria de Bono apoyada en los saberes del viejo profesional, una propuesta que no podía provocar entusiasmo sino más bien un amargo sabor marcado por la intuición de que el vencedor de Castilla-La Mancha sólo podría conseguir alargar la agonía, ganar unos años de ordenada decadencia en la que cada cual podría mantener el puesto que tiene allí. ¿Quién se podía creer que con Bono llegaba la renovación?

Ese era el denso ambiente que rompió Zapatero cuando irrumpió en plan de Joven pero Suficientemente Preparado, marcando un nuevo ritmo, preconizando marcha, un joven que partiendo de lo que hay -"no estamos tan mal, compañeros"- ofrecía una ofensiva sin complejos. El contraste con el discurso cansado, un tanto cínico del viejo Fausto con el dinámico y posmoderno del joven veterano no tenía color. Y se daba la circunstancia de que el voto era secreto y a Zapatero -la suerte sonríe al vencedor- le había tocado en el venturoso azar hablar el último. Y 15 minutos después los delegados empezaron a votar -insisto- en secreto, a cubierto de las instrucciones recibidas. Y muchos de los delegados, algunos de ellos resabiados, algunos hasta fosilizados, además de las delegadas a quien el nuevo líder había prometido defender el cuarto supuesto del aborto, y los delegados de los emigrantes de los que no se había olvidado el candidato -un saludo para todos- y otros que por fin tocaban madera de líder descubrieron que allí había un buen caballo. Incluso los más veteranos se decían: ¿por qué no ser audaces como mejor táctica conservadora? En estas circunstancias críticas lo más seguro es lo nuevo, lo más continuista es el cambio, determinado cambio, el que el candidato había definido hábilmente como cambio tranquilo. Y muchos delegados rompieron su compromiso previo y se permitieron atreverse.

Y todo eso por un discurso. Quién dice que la palabra vale poco. Quién dice que ya no hay un Marco Antonio capaz de dar la vuelta con su elocuencia al sentimiento público tras el asesinato del césar. El césar -y esto es otro hecho notable de esta cita histórica- contó poco en este congreso que, en efecto, no era el suyo. Le mencionaron todos menos Matilde, sin que levantara más que tibios y corteses aplausos. Incluso cuando el nuevo líder a quien se había acusado de esconderse en el césar dijo con énfasis: "No me escondo tras Felipe González, pero tampoco creo que haya que esconder a Felipe". Zapatero jubilará a González con más eficacia que Bono que era más de lo mismo aunque marcara las distancias con el viejo líder. Lo jubilará con la eficacia de la naturaleza, del cambio tranquilo de las generaciones.

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