Nº 406
20/3/2000

RENOVACION PERO NO SUICIDIO

 

José GARCÍA ABAD

Hace sólo cinco meses el PSOE ganaba en número de votos ‑no de escaños‑ en las elecciones catalanas. Hace nueve meses el Partido Socialista triunfaba por mayoría absoluta en Extremadura y Castilla‑La Mancha e incorporaba al mapa socialista por la misma mayoría al Principado de Asturias y aunque de forma más modesta se hacía con el Gobierno de Aragón y Baleares. Hace nueve meses los socialistas casi empatan ‑en votos‑ en las elecciones municipales, mantenían Barcelona y recuperaban unas cuantas capitales de provincia y poblaciones importantes. Hace nueve meses el PSOE avanzaba en las europeas y se quedaba a sólo cinco puntos del Partido Popular.

¿Qué "coño' ha pasado entonces, como diría Cuevas, durante los últimos tres trimestres o en los últimos cinco meses que explique la severa derrota de los socialistas? Es la primera pregunta que hay que hacerse antes de ponerse uno a elucubrar sobre lo que puede hacer este partido a partir de ahora. Antes de que los socialistas destrocen sus vestiduras. Es la pregunta, no del millón, sino del millón y medio de votos perdidos por el PSOE.

Recordemos pues: el 13 de junio de 1999, insisto: hace sólo nueve meses, ya mandaba Almunia y el partido había cometido todos los errores ciertos y atribuidos por los que los analistas explican la derrota del 12‑M, ya estaba‑presente la responsabilidad embalsada y no purgada; habían pasado por los tribunales de justicia los altos cargos de Interior por el GAL y los fondos reservados, hacía tiempo que Felipe González y Alfonso Guerra habían abandonado la dirección del partido y llevaba el Partido Popular tres años gobernando. Estaban presentes todos los elementos que han jugado en las elecciones catalanas de hace cinco meses o en más municipales, autonómicas y europeas de hace nueve y sin embargo el pasado 12 de marzo ha ocurrido lo ocurrido y todos ‑incluidos los populares‑ se han llevado la sorpresa que se han llevado porque parecía que el PSOE había recuperado el resuello y había empezado a tomar carrerilla.

¿Qué coño ha pasado entonces? En mi opinión y dejando al margen por el momento la utilización gubernamental de la prensa pública y aso­ciada han influido básicamente los siguientes factores.

Primero: lo obvio, pero que no hay que obviar: no son lo mismo las elecciones para el pueblo o la comunidad autónoma que para el país; no sólo por la extensión de los territorios sino por la natu­raleza de los asuntos en juego. En los lugares donde los socialistas han hecho una buena gestión los ciudadanos les han vuelto a dar su confianza, incluso donde se han limitado a no hacerlo demasiado mal. Las inercias cuentan y hay una prima de continuidad cuando no hay urgencia por librarse de algún indeseable. En el ámbito nacional, lo más importante, las cosas de comer, el crecimiento económico y el empleo marchaban bien y por tanto había poca disposición en el electorado para arriesgarse al cambio sobre todo cuando s e añadía la novedad inquietante del pacto con Izquierda Unida. Los socialistas no fueron capaces de ofrecer una alternativa que sin poner en peligro la bonanza económica ofreciera aportaciones de interés.

Segundo: fin del efecto dóberman. En el 96 se movilizó mucha gente por miedo a la derecha a la que se suponía que no había perdido todas sus adherencias franquistas. Aznar ha demostrado que a pesar de su talante autoritario no representaba un peligro de involución. El miedo ha cambiado de sentido y se ha cebado sobre el PSOE por su acuerdo con Izquierda Unida que se ha manifestado como un error. No sólo porque a quien ha movilizado es a la derecha y a no a quien iba destinado el mensaje, sino también porque ha provocado el rechazo ante unos planteamientos más que izquierdistas, anacrónicos para la España actual.

Tercero: el PP ha capitalizado, como lo hiciera el PSOE, el concepto "España" y el deseo de firmeza frente a ETA y Arzalluz.

Cuarto (en letra pequeña): son las primeras elecciones generales en las que no ha contado el efecto seductor de González. Almunia ha hecho lo que ha podido, ha estado bien, dentro de sus limitaciones de carisma, pero no ha podido quitarse la imagen de cierto complejo ante el líder carismático que tan dramáticamente reflejaron los guiñoles de Canal Plus.

Partiendo de este análisis sería injusto y sobre todo arriesgado cargar todas las culpas a la falta de renovación en el PSOE que es muy necesaria pero en cuyo proceso hay que evitar el navajeo cainita que podría dinamitar el edificio socialista que sigue teniendo una gran consistencia: casi ocho millones de votos, así como el gobierno de comunidades autónomas, ayuntamientos y una buena presencia en las instituciones europeas. El suicidio no es la mejor forma de renovarse.

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