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Nº
366
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17/5/99
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CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA José GARCÍA ABAD Estoy convencido de que cuando Joaquín Almunia dijo aquella frase premonitoria: "José Borrell será el candidato del PSOE. Salvo fuerza mayor", lo dijo en buen plan, con la inmejorable intención de apoyar a su compañero. Sin embargo la frase de apoyo se convirtió rápidamente en profecía de la defunción a cuatro días vista. La dimisión de Borrell es la crónica de una muerte anunciada y fraguada a lo largo de Iã pasada semana. Una crónica que arrancaba en el diario El País el domingo, 9 de mayo, la víspera de las declaraciones de Almunia. Algunos miembros de la Ejecutiva me comentaron el pasado lunes que la lectura de este periódico había dado mucho que hablar en la dirección del partido y que deprimió especialmente al ya golpeado candidato. Allí figuraba, en clave tipográfica la nueva nomenklatura socialista en la que José Borrell apenas tenía espacio. Mandando a toda plana y con foto grande el siguiente titular: "Bono se prepara para dar el salto a la política nacional." Muy cerca y a buen tamaño, justo debajo de la tira de Peridis, amplia información sobre Joaquín Almunia. A su derecha, como aplastado en una columna, unas declaraciones del candidato. Para completar el esquema, en el lugar noble que el periódico destina al pensamiento, Felipe González impartía doctrina sobre Kosovo. Al día siguiente Borrell recibía desganado el apoyo unánime y solemne de la Ejecutiva, con palabras especialmente enfáticas, cómo no, de Pepe Bono. Era el epitafio definitivo. El aparatoso respaldo de la Ejecutiva confirmaba la gravedad de la situación pues sólo podía entenderse partiendo de la convicción de que el candidato estaba pasando de "tocado" a "hundido". Ya era tarde para adoptar la actitud de quien "pasa" de comentar insidias que no merecen la molestia de ser desmentidas. González añadió algunas pinceladas al cuadro al comentar que era el candidato quien tenía que decir si estaba o no tocado, mientras losé Bono buscaba la foto con el guardián del Santo Grial. La cosa iba en serio: José Borrell sufriría persecución por haber confiado en unos malandrines. La sombra de las malas compañías del pasado, Aguiar y Huguet, se iba alargando conforme se conocían nuevos detalles, al paso de sus descaradas declaraciones ante la Audiencia Nacional. La gota que provoca el desfondamiento del candidato quizás fuera cuando el pasado miércoles se revela que su ex mujer, Carolina Mayeur, había participado en un club de inversión que controlaba Huguet. Era una miseria de un millón de pesetas invertidas de las que, un año después, obtuvo una plusvalía modesta de 120.000 pesetas, cantidad que anotó escrupulosamente en su declaración de la renta. Todo legal y normal pero que junto al apartamento de Taüll indicaba una notable intimidad con los delincuentes. Era demasiado para la imagen de un personaje que había encarnado al Gran Inquisidor Fiscal, a quien los defraudadores odiaban y al que muchos honestos ciudadanos jaleaban porque estaba empeñado en que, por primera vez en este país, también pagaran los ricos. Borrell era culpable por no haber elegido bien a sus colaboradores cuando era secretario de Estado pero también se equivocaron González nombrando a Roldán; Aznar con Pérez Villar, Piqué o Arias-Salgado; Loyola de Palacio con los de la mafia del lino; Pujol, que había declarado empresario modelo al Modelo de Corruptor y que tiene varios colaboradores igualmente tocados sin que ninguno de los mencionados haya pagado un precio tan alto. Después del gesto de Borrell, todos ellos, y especialmente Piqué, lo tendrán más difícil pero en el caso de aquél se daba un detalle adicional: una embarazosa mezcla de política y amistad con unos sinvergüenzas que ha sido su perdición. Cuando Solchaga dimitió de portavoz del grupo parlamentario y abandonó su acta de diputado no fue tanto por haber nombrado a Mariano Rubio o por no haberle pedido su dimisión cuando surgió el asunto Ibercorp como por la gran intimidad existente en el grupito Solchaga-Boyer-Rubio-De la Concha etc. Todo se ha consumado en apenas una semana. El viernes de dolores, 14 de mayo de 1999, José Borrell dio definitivamente el paso necesario: su dimisión. Las consecuencias están por ver. Lo más probable es que se reproduzca el modelo valenciano donde al dimitir el ganador de las primarias, Joan Romero, le sucediera el segundo y entonces perdedor, Antoni Asunción.Es muy probable que Almunia suceda a Borrell y que, disuelta la bicefalia, todo vuelva al tiempo anterior a las primarias, en el esquema diseñado por González. Pero desde entonces han pasado muchas cosas y el partido ha obtenido una experiencia que influirá en su futuro. Si se consolida Joaquín Almunia como candidato no sólo asistiremos a un cambio de personas sino también de ideología y de estrategia; asistiremos a un giro desde la izquierda socialdemócrata a la socialdemocracia liberal así como a una nueva forma de hacer oposición.El debate sobre el candidato se intentará aplazar hasta después del 13-J y entonces se verá si algún otro, como José Bono, se lanza también a la palestra. Entonces veremos si el partido se decide por la solución de menor riesgo o si se pondrá todo en cuestión en un congreso. |