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Una
cumbre más, otro fracaso más
Se
acaba de celebrar en Barcelona la Cumbre Euromediterránea y ha
sido un verdadero fracaso se
diga lo que se diga. Tengo que reconocer que ante la realización
de diferentes cumbres me siento un tanto escéptico, y si no ahí
están los resultados, nulos o escasos, frente a los enormes retos
y desafíos que tiene en distintos ámbitos la economía
mundial. En primer lugar, los acuerdos, en el caso de que los haya, recogidos
en las conclusiones suelen ser tímidos ante la naturaleza de los
problemas tratados, y posteriormente ni siquiera se aplican, en muchos
casos ni parcialmente, ya que resulta, por lo general, un objetivo prácticamente
inalcanzable hacerlo en su totalidad.
Recuerdo que hace algunos años, y creo que era ante la Cumbre sobre
la pobreza organizada por las Naciones Unidas, una alumna me preguntó
por qué se gastaba tanto dinero en la realización de unos
eventos que daban nulos o escasos resultados, y no se destinaban esos
elevados fondos a fines sociales. Le contesté que tenía
razón y que habría que plantearse otra forma de trabajo
a la hora de afrontar los graves problemas existentes, que no fuera tan
costosa y que resultase más fructífera que el hacer turismo
político. No obstante lo dicho, las cumbres ofrecen algo positivo,
como es conocer las diferentes posiciones que los dirigentes políticos
de los países tienen ante el objetivo de la cumbre, y el hecho
de que los medios de comunicación presten atención durante
unos días alas cuestiones tratadas, lo que puede favorecer la toma
de conciencia de los ciudadanos acerca de la gravedad de lo que se está
debatiendo.
En este caso, además de los problemas habituales que ofrecen las
cumbres, el problema principal ha sido la ausencia de los principales
dirigentes de bastantes países árabes. Esto es un síntoma
de lo complicado que está resultando establecer las bases para
un diálogo entre las dos orillas del Mediterráneo, que también
se ha visto reflejado en la dificultad de alcanzar conclusiones consensuadas
sobre cuestiones candentes. A lo largo de la historia el Mediterráneo
ha sido escenario de navegaciones, comercio y bonanzas, pero también
de encuentros y desencuentros, de luchas y conflictos, de dominaciones
y subordinaciones, de diferentes hegemonías y dependencias. Estos
procesos, a pesar de los logros conseguidos, siguen en pie.
En estos momentos el Mediterráneo se establece como la frontera
entre el Norte rico y desarrollado y el Sur menos desarrollado y subdesarrollado.
Hace poco escribía en estas páginas sobre la insuficiencia
del desarrollo de los países árabes, y aquí se encuentra
unos de los problemas principales, aunque no el único, de esta
falta de entendimiento. El nivel de desarrollo, intermedio y bajo, está
viniendo acompañado de altas tasas de natalidad, y como consecuencia,
habida cuenta de la bajada de la tasa de mortalidad, de un elevado crecimiento
vegetativo, aunque haya tendido al descenso en los últimos tiempos.
Pero existe una gran población joven sin empleo, o sin un adecuado
empleo, con falta de oportunidades y con nulas expectativas de mejoras
en su futuro laboral y profesional. Todo ello presiona a que se busque
en la emigración la única salida para lograr una mejora.
Estos flujos migratorios hacia los países de Europa preferentemente,
están ocasionando en el Norte rico problemas a la hora de integrar
a estos trabajadores en el mercado laboral, en el urbanismo y en el modelo
social europeo. El estallido sufrido en Francia en estos últimos
días de rabia y des-trozos es un reflejo de lo que estamos diciendo.
A su vez, los sucesivos fracasos en la consecución del desarrollo
de los distintos modelos llevados a cabo en los países árabes,
como el capitalismo, el socialismo o el nacional revolucionario, como
caracterizaba Oscar Lange a algunos de ellos, está fomentando el
fundamentalismo religioso, que canaliza de este modo las grandes frustraciones
que un desarrollo insuficiente y muy distorsionado, al tiempo que desigual,
está generando.
En suma, no hay respuestas sencillas ante problemas complejos. Pero tal
vez sea el momento de hacer más caso a los científicos que
a los políticos, lo que resulta complicado en un mundo que se caracteriza
por la tendencia creciente hacia la consolidación de un mercado
global en el que la competencia y los intereses mercantiles se imponen
sobre la cooperación y la solidaridad.
*Rector
de la Universidad Complutense de Madrid
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