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A primeros de mayo acudió al Foro Complutense Susan George, vicepresidenta de la Asociación para la Tasa a las Transacciones Financieras para Ayuda de los Ciudadanos (ATTAC), con el fin de exponer las razones del no al Tratado Constitucional de la Unión Europea (UE). Al tiempo que la escuchaba, pensaba que esa conferencia nos había llegado tarde, pues aquí ya habíamos votado sí y de poco nos valía lo que nos estaba diciendo. Me equivocaba en mi reflexión, pues el no al Tratado en los referéndos francés y holandés ha cambiado totalmente el panorama de la construcción política de la UE, hasta el punto de que soy de los que piensan que el Tratado se encuentra moribundo, si no muerto del todo. Además, los argumentos que exponía nos servía para entender las razones de parte de los partidarios del no, que en Francia ya, en el momento de la conferencia, tenían mucha fuerza, y que luego los resultados les han dado un triunfo más abultado de lo que los sondeos decían, mientras que en nuestro país apenas se les ha dejado. No sé si las argumentaciones de Susan George son las que más han pesado en el no, pero por lo que he podido escuchar en la televisión francesa, si que han tenido bastante importancia en la decisión tomada por los franceses. Las razones dadas para pedir el no al Tratado se basaban fundamentalmente en que éste defendía un modelo económico neoliberal y competitivo. A partir de esta idea hacía la crítica de lo que este modelo, que va ganando terreno progresivamente, supone para los ciudadanos de negativo. Resulta indudable que desde los años ochenta, los países europeos, en mayor o menor medida, han seguido las pautas neoliberales y globalizadoras marcadas principalmente por Estados Unidos y el Reino Unido. Todo ello ha supuesto un proceso caracterizado por la creciente privatización de empresas y servicios públicos, la liberalización del niercado laboral, desregulaciones financieras, eliminación de trabas que imponían restricciones al libre mercado de mercancías y capitales y r cortes en el estado del bienestar. Desde entonces,
el paro es elevado, las condiciones laborales han empeorado, ha crecido
la precariedad en el empleo, se asiste a una creciente concentración
del poder económico, las empresas multinacionales ganan terreno
ante las pequeñas y medianas empresas, al tiempo que muchas empresas
se deslocalizan y se ubican en países con menores costes laborales.
Los ciudadanos, en general, se encuentran más desamparados que
en años anteriores ante cualquier eventualidad que puedan sufrir:
enfermedad, fallecimiento de un familiar, accídente laboral, pérdida
de] empleo, o cualquier otra, pues se recortan las prestaciones sociales
y empeoran la calidad de los servicios que ésias llevan a cabo.
La exclusión social, la precariedad y unos menores derechos sociales
han tendido al aumento en determinados grupos sociales, formados fundamentalmente
por emigrantes, aunque no sólo. La inseguridad económica
y social, a la par que la ciudadana, ha aumentado. El crecimiento económico que ha tenido lugar desde la década de los ochenta, en ocasiones con elevadas tasas, ha tendido a ser más desigual, y ha generado grandes procesos de acumulación de riqueza y concentración de la renta en pequeñas minorias, mientras que las clases medias apenas han mejorado su situación y las clases económicamente más bajas han salido perdedoras. Si las cosas no han adquirido mayores cotas de gravedad es porque, a pesar de todo, en los países de la UE, el estado del bienestar nacional aún sigue resistiendo las embestidas del mercado global y contrarresta los efectos más perniciosos. El no francés y holandés debe servirnos para reflexionar a fondo. Fs hora de cambiar el rumbo de la construcción de la UE para edificar un espacio europeo no sólo basado en el mercado y la moneda, sino social y político en el que los derechos de ciudadanía se encuentren preservados y todos nos podamos identificar con él.* *Rector de la Universidad Complutense de Madrid |