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En el reciente Foro Social Mundial celebrado en Porto Alegre se han alzado voces de alguna parte de los asistentes contra Lula, presidente de Brasil, considerándole un traidor. En esta ocasión ha habido, con relación a un líder que ha sido tan querido y estimado en este Foro, división de opiniones. ¿Por qué se le considera como tal? ¿En relación con qué se le llama traidor? Podemos suponer que lo es con respecto a sus ¡deales y lo que está haciendo en la práctica o bien con relación a la política llevada a cabo y las promesas de su programa electoral. A decir verdad, las voces críticas que desde la izquierda han ido contra Lula han ido en aumento, induso dentro de sus propias filas, el Partido de los Trabajadores (PT). Hay un hecho cierto en todo ello y es que las elecciones municipales de octubre de 2004 han arrojado pobres resultados para el PT, al tiempo que se ha ¡do perdiendo el apoyo ¡ncondicional de los movimientos sociales, según señala Emir Sader en Le Monde diplomatique de enero de 2005. Los más radicales se oponen abiertamente a su gobierno. Otros, corno el Movimiento de los trabajadores rurales Sin Tierra (MST) adoptan una posición crítica pero de diálogo y la Central única de los Trabajadores (CUT) cuestiona la política económica del Gobierno y, aunque apoya a Lula, cada vez lo hace mJs tímidamente. La política económica llevada hasla ahora por el Gobierno de Lula es bastante ortodoxa, y, por lo general, las medidas que la acompañan allí donde se han puesto en marcha llevan consigo costes sociales, y éstos tienen un mayor,iluance en función de si se arbitran medidas compensatorias o no. Por todo ello, los avances sociales han sido bastante tímidos. El plan de la reducción del hambre a cero a la mitad de su mandato no ha avanzado suficientemente.. Aún así y con todo, siempre me gusta preguntarme por qué pasa lo que pasa y no se hace lo que se había dicho que se iba a hacer, y aunque el refranero español, siempre tan rico, dice que "del dicho al hecho hay un buen trecho", resulta preciso analizar antes de lanzarse a hacer descalificativos contra Lula y de no caer, como hacen tantos moralistas, en acusar a muchos políticos de no cumplir sus promesas, de ceder a la demagogia, de estar dispuesto; a renegar de lo que sea con tal de conquistar y luego conservar el poder. La realidad es más compleja. No considero, por tanto, que Lula anteponga la conservación del poder y la satisfacción de detentarlo a sus ideales de toda una vida de luchador en defensa de los derechos de los trabajadores, ni que tampoco tenga intención de incumplir sus promesas electorales. El problema, por tanto, reside en dilucidar cuáles son las dificultades que está encontrando en su camino para lograr avanzar en las propuestas que le auparon a la presidencia de la República brasileña. El primer escollo ha sido, sin lugar a dudas, la herencia recibida, y sobre todo, el fuerte endeudamiento de la economía brasileña. Aquí se puede optar por renunciar al pago de la deuda, total o parcialmente, pero la contrapartida es evidente: la fuga de capitales y el boicot del capital financiero internacional, que no prestarían ningún dinero más. En este reto está claro que un país como Brasil tendría todas las de perder. El grave endeudamiento y la necesidad de ser reconocido como un país fiable que hace frente a los compromisos adquiridos con anterioridid por los grandes poderes financieros internacionales es lo que ha conducido necesariamente a llevar a cibo una política económica ortodoxa con el fin de sanear una economía enferma. Otro gran obstáculo viene dado por la dificultad de modificar las estructuras internas, que son, no se olvide, de las que tienen un rnayor grado de desigualdad en el mundo. En este caso, aun cuando hay márgenes para la reforma, no resulta sencillo vencer la resistencia de los poderes económicos locales, fuertemente concentrados y oligárquicos. Por último, hacer una política diferente en un mundo globalizado, dominado por las grandes multinacionales y por la ideología neoliberal, es una tarea casi imposible. No corren buenos tiempos para la reforma. En todo caso, aunque de lo dicho se puede desprender la idea de que es imposible el cambio, no me gustaría llegar a tan tremenda conclusión. Lo que quiero manifestar aquí son las restricciones existentes, pero con buena dosis de prudencia, de paciencia, de voluntad política y de apoyo social sí se puede avanzar en la lucha contra el hambre y la reducción de las desigualdades. A la izquierda, que padece por lo general de impaciencia y que pide que en dos años se arreglen los problemas que se han generado en siglos, hay que pedirle que no impida, como tantas veces, la realización de un proyecto que, aunque nos parezca tímido, es de las pocas esperanzas que nos quedan. *Rector de la Universidad Complutense de Madrid |