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Democracia
y desarrollo
Hace
dos semanas, el 21 de abril, se presentó en Lima el informe sobre
democracia en América latina elaborado por el Programa de las Naciones
Unidas para el Desarrollo (PNUD). El trabajo llega a conclusiones muy
interesantes.
En efecto, el trabajo reconoce el avance que los 18 países incluidos
en el estudio han logrado al tener un régimen democrático,
cuando hace 25 años sólo eran tres, pero por el contrario
ofrecen una realidad que se caracteriza por tener los mayores índices
de desigualdad del planeta y una pobreza que sigue siendo muy elevada.
En cuanto a esto último, se señala que los índices
de pobreza experimentaron una leve disminución en términos
relativos, pero en términos absolutos el número de habitantes
por debajo de la línea de pobreza aumentó. Durante los últimos
quince años, además, la situación laboral ha empeorado
en casi toda la región. Asimismo, el promedio regional del PIB
por habitante no varió de forma significativa en los últimos
20 años (de 3.739 a 3.952 dólares).
A la luz de estos datos cabe hacerse varias preguntas: ¿dónde
están los beneficios sociales de la tan elogiada globalización,
por parte de los grupos influyentes?, ¿dónde están
las mejoras de las políticas económicas aplicadas desde
los 80 y del Consenso de Washington? Pues, por lo que se deducen de estos
datos, en ninguna parte, con el agravante de que el 54,7% de los ciudadanos
estaría dispuesto a sacrificar un gobierno democrático en
aras de un progreso real socioeconómico. Un dato así resulta
realmente preocupante y frente a ello no parece que se estén dando
las respuestas adecuadas, ni desde la economía ni desde la politica.
La democracia en América Latina es frágil y vulnerable y
lo seguirá siendo mientras no se modifiquen las situaciones de
pobreza, desigualdad y precariedad en el empleo. De momento, las dictaduras
militares y las torturas y asesinatos políticos han quedado atrás,
pero la democracia sustentada en ese tejido económico y social
no se llega a asentar y no se están corrigiendo los problemas estructurales
pendientes. Por otra parte, pero vinculado con lo anterior hay que plantearse
por qué la democracia no es capaz de afrontar los enormes desafíos
existentes.
Una clave, desde una perspectiva histórica, nos la da Rosemary
Thorp en su excelente libro Progreso, Pobreza, y exclusión.
Una historia económica de América Latina en el siglo XX,
cuando señala que los datos muestran que la pobreza y la exclusión
continúan siendo importantes, que están profundamente arraigadas,
y que la inequidad persiste. Los pocos indicios de mejora en la distribución
M ingreso en uno o dos casos, y la reducción más amplia
de pobreza en los años sesenta y s tenta, se vieron interrumpidos
por crisis de la deuda y el desplome económico subsiguiente.
El sistema democrático no ha afrontado los cambios estructurales
que causan la desigualdad y la pobreza, sino que bajo la servidumbre del
Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y los grandes intereses
económicos, ha llevado a cabo políticas que han favorecido
la concentración del poder económico y financiero y han
fomentado, con la liberalización, la obtención de beneficios
rápidos y fáciles, mientras que no se han desarrollado políticas
sociales, impuestos progresivos sobre la renta, reformas agrarias, ni
derechos de los trabajadores. En este sentido, cobra interés la
afirmación que hace Susan George en La globalización
de los derechos humanos (Crítica, 2003) de que la globalización,
tal como la define, es contraria a los derechos humanos. En América
Latina se ha avanzado en algunos de ellos, que son sin lugar a dudas muy
importantes, pero otros de ellos no se cumplen.
La democracia no tiene que consistir únicamente en un sistema formal
en el que se ejerzan ciertas libertades, sino que debe de profundizar
en los cambios económicos y sociales que permitan el progreso material
y social del conjunto de la socíedad para ir consiguiendo en el
tiempo un mayor grado de igualdad en los derechos y oportunidades, pues
de seguir las cosas como están, como nos ofrece el estudio del
PNUD, muchos latinoamericanos se preguntarán para qué les
sirve un sistema político si no consiguen comer, no encuentran
un empleo digno y viven en condiciones de gran precariedad, Para ello
es necesario romper con el modelo de globalización neoliberal tal
como hoy en día se produce y favorecer un desarrollo humano en
los términos que plantea el PNUD. El problema, no obstante, es
que el poder político en Latinoamérica sigue siendo en exceso
dependiente (le lus grandes intereses externos y de la propia oligarquía
local, y apenas tiene autonomía para llevar a cabo los cambios
necesarios.*
*Rector de la Universidad Complutense de Madrid
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