Nº 601 - 3 de mayo de 2004

Democracia y desarrollo


Hace dos semanas, el 21 de abril, se presentó en Lima el informe sobre democracia en América latina elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). El trabajo llega a conclusiones muy interesantes.

En efecto, el trabajo reconoce el avance que los 18 países incluidos en el estudio han logrado al tener un régimen democrático, cuando hace 25 años sólo eran tres, pero por el contrario ofrecen una realidad que se caracteriza por tener los mayores índices de desigualdad del planeta y una pobreza que sigue siendo muy elevada. En cuanto a esto último, se señala que los índices de pobreza experimentaron una leve disminución en términos relativos, pero en términos absolutos el número de habitantes por debajo de la línea de pobreza aumentó. Durante los últimos quince años, además, la situación laboral ha empeorado en casi toda la región. Asimismo, el promedio regional del PIB por habitante no varió de forma significativa en los últimos 20 años (de 3.739 a 3.952 dólares).

A la luz de estos datos cabe hacerse varias preguntas: ¿dónde están los beneficios sociales de la tan elogiada globalización, por parte de los grupos influyentes?, ¿dónde están las mejoras de las políticas económicas aplicadas desde los 80 y del Consenso de Washington? Pues, por lo que se deducen de estos datos, en ninguna parte, con el agravante de que el 54,7% de los ciudadanos estaría dispuesto a sacrificar un gobierno democrático en aras de un progreso real socioeconómico. Un dato así resulta realmente preocupante y frente a ello no parece que se estén dando las respuestas adecuadas, ni desde la economía ni desde la politica.

La democracia en América Latina es frágil y vulnerable y lo seguirá siendo mientras no se modifiquen las situaciones de pobreza, desigualdad y precariedad en el empleo. De momento, las dictaduras militares y las torturas y asesinatos políticos han quedado atrás, pero la democracia sustentada en ese tejido económico y social no se llega a asentar y no se están corrigiendo los problemas estructurales pendientes. Por otra parte, pero vinculado con lo anterior hay que plantearse por qué la democracia no es capaz de afrontar los enormes desafíos existentes.

Una clave, desde una perspectiva histórica, nos la da Rosemary Thorp en su excelente libro Progreso, Pobreza, y exclusión. Una historia económica de América Latina en el siglo XX, cuando señala que los datos muestran que la pobreza y la exclusión continúan siendo importantes, que están profundamente arraigadas, y que la inequidad persiste. Los pocos indicios de mejora en la distribución M ingreso en uno o dos casos, y la reducción más amplia de pobreza en los años sesenta y s tenta, se vieron interrumpidos por crisis de la deuda y el desplome económico subsiguiente.

El sistema democrático no ha afrontado los cambios estructurales que causan la desigualdad y la pobreza, sino que bajo la servidumbre del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y los grandes intereses económicos, ha llevado a cabo políticas que han favorecido la concentración del poder económico y financiero y han fomentado, con la liberalización, la obtención de beneficios rápidos y fáciles, mientras que no se han desarrollado políticas sociales, impuestos progresivos sobre la renta, reformas agrarias, ni derechos de los trabajadores. En este sentido, cobra interés la afirmación que hace Susan George en La globalización de los derechos humanos (Crítica, 2003) de que la globalización, tal como la define, es contraria a los derechos humanos. En América Latina se ha avanzado en algunos de ellos, que son sin lugar a dudas muy importantes, pero otros de ellos no se cumplen.

La democracia no tiene que consistir únicamente en un sistema formal en el que se ejerzan ciertas libertades, sino que debe de profundizar en los cambios económicos y sociales que permitan el progreso material y social del conjunto de la socíedad para ir consiguiendo en el tiempo un mayor grado de igualdad en los derechos y oportunidades, pues de seguir las cosas como están, como nos ofrece el estudio del PNUD, muchos latinoamericanos se preguntarán para qué les sirve un sistema político si no consiguen comer, no encuentran un empleo digno y viven en condiciones de gran precariedad, Para ello es necesario romper con el modelo de globalización neoliberal tal como hoy en día se produce y favorecer un desarrollo humano en los términos que plantea el PNUD. El problema, no obstante, es que el poder político en Latinoamérica sigue siendo en exceso dependiente (le lus grandes intereses externos y de la propia oligarquía local, y apenas tiene autonomía para llevar a cabo los cambios necesarios.*

*Rector de la Universidad Complutense de Madrid

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