Nº 565 - 21 de julio de 2003
Suspenso para el curso que termina

En mi vida siempre hay dos años, el natural y el académico. Como quiera que desde mi más tierna infancia empecé a estudiar y luego me he dedicado a la profesión de profesor, el segundo tiene más importancia que el primero y me rijo más por el ritmo impuesto por éste que por el otro, Así que ahora que acaba de terminar el año académico es un buen momento para hacer un balance de lo que ha sido éste en el ámbito de la economía.

Ha sido un curso en el que sin duda han acaecido acontecimientos importantes, pero nada positivos para el mundo, ni para España, ni, en consecuencia, para la economía. En nuestro país, todo empezó con la catástrofe de¡ Prestige, con los costes ecológicos y económicos que ha supuesto y cuyas secuelas siguen presentes. lo peor, ante un accidente que siempre se puede achacar a un imponderable, es que, como ya hemos tenido ocasión de escribir en estas páginas, el hecho se derivó de las malas condiciones de¡ barco, pero, sobre todo, de la incapacidad puesta de manifiesto por el Gobierno para reaccionar y dar una respuesta adecuada ante la gravedad de lo sucedido, sin que se produjeran ceses ni dimisiones de los responsables.

De todas maneras, y aunque la tragedia del Prestige ha revestido mucha gravedad, en el orden mundial, el acontecimiento más grave ha sido la guerra y la ocupación de Iraq, aunque fuera ampliamente contestada por toda la ciudadanía del mundo. la guerra ha tenido y sigue teniendo elevados costes de vidas humanas y materiales, y a medida que pasan los días, se descubren las mentiras usadas para justificar la invasión, que ha respondido fundamentalmente no sólo a motivaciones económicas de Estados Unidos, sino también a cuestiones de dominio estratégicas. Lo que se pretende es lograr imponer un orden, cuya hegemonía corresponde a Estados Unidos, en el plano político, militar y económico, y en este último, la implantación de un modelo neoliberal.

Mientras todo esto sucede, y se destinan miles de millones de dólares al gasto militar, llegan noticias acerca de¡ estado del mundo que, como viene sucediendo en los últimos tiempos, son bastante desalentadoras, pues la desigualdad internacional entre países sigue siendo muy elevada con tendencia al aumento y, en consecuencia, el hambre y la pobreza se siguen dando en excesivas proporciones, que no se corresponden, en ningún caso, con el nivel de renta, riqueza y desarrollo tecnológico alcanzado.

Todos estos males se dan en un contexto presidido por la recesión económica mundial, cuyo comienzo fue anterior al 11-S, pero cuyo final no se vislumbra con claridad en el horizonte. Los datos de la economía alemana, la tradicional locomotora europea, no son nada posítivos y, antes o después, tendrán repercusiones negativas, mayores que las de ahora, en la economía española. Ante la perduración de la recesión, los Gobiernos de los países de la Unión Europea ya han comenzado a rebelarse contra el Plan de estabilización, pues éste es un impedimento para encontrar caminos de salida a la situación económica.

La tozudez de los hechos me va dando la razón, debido a que, como vengo escribiendo desde hace tiempo, en una coyuntura como la presente, un déficit cero agrava las cosas aún más de lo que están. Este argumento ha sido también avalado por una autoridad académica, como la de Stiglitz, el cual no sólo es premio Nobel de Economía, sino que ha escrito excelentes tratados y artículos acerca del papel del Estado en la economía y es una autoridad en esta materia. Esto es importante, pues en este país en el que está dominando tanto la ortodoxia, es normal que cuando se escribe en contra de lo que dicen los economistas oficiales se corre el riesgo de ser tachado de keynesiano trasnochado.

No es que sugiera que con una ampliación del déficit público se den respuesta a los problemas que acechan a las diferentes economías desarrolladas, sino que lo que afirmo es que el déficit puede atenuar los efectos negativos de la recesión y, aunque soy consciente de que éste también plantea problemas, la cuestión primordial ahora no debe ser el déficit sino el desempleo y la pérdida de capacidad adquisitiva de las familias.

En suma, el año es un suspenso para los dirigentes internacionales, pero esto no supone que vuelvan a septiembre, sino que cambien el rumbo de los acontecimientos, lo que significa que tienen que cambiarse a los líderes, que están trayendo tanta desgracia y encima tampoco son capaces de gobernar bien a la economía. Como dice el presidente Lula, en primer lugar, hagamos lo necesario, luego lo posible, y más tarde lo imposible.

*Rector de la Universidad Complutense de Madrid.

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