![]() |
|
| Nº 547 - 17 de marzo de 2003 |
|
Hace pocos meses se publicaba un libro, en Alianza editorial, con el nombre que he utilizado para encabezar este artículo, coordinado por Tomás Fernández y Juan José Laborda. El libro aborda fundamentalmente la cuestión del nacionalismo desde la pluralidad ideológica de los autores, pues intervienen un grupo de políticos destacados representantes del PP, PSOE, ¡U, CiU, PNVY BNG- e intelectuales, que reflexionan sobre lo que se ha hecho y queda por hacer en el terreno de ¡a in tegración territorial de¡ Estado español. Su lectura resulta muy interesante e instructiva sobre una problemática, que según mi juicio, ha sido resuelta parcialmente, si bien aun no lo ha sido totalmente y de un modo satisfactorio. No es mi intención en este caso, sin embargo, adentrarme en un mundo tan complejo y ello porque, aunque me preocupa como ciudadano y tengo mi opinión al respecto, no me encuentro con suficiente autoridad para afrontarlo. El título del libro, no obstante, me ha conducido hacia otra reflexión hecha desde una perspectiva económica y social, y es sí realmente en España cabemos todos y, en el supuesto de ser así, en qué condiciones cabemos. En definitiva, si este país ha conseguido construir una casa suficientemente confortable para que todos los ciudadanos espanoles vivamos en ella, o bien hay gentes que están dentro, pero en unas condiciones bastante deplorables. Hay que considerar que la cas se construyó con el esfuerzo de rnu chos en el inicio de la transición , pe ro fue una casa inacabada e imperfecta. A finales de 1978 se recuperaban los derechos políticos y civiles. Se comenzaba también la andadura para ir ampliando los derehos sociales. El conjunto de estos tres derechos es lo que se entiende por derechos de la ciudadanía. La amliación de los derechos sociales, que son el núcleo del Estado del bienestar moderno, supuso que las liferencias entre los de arriba y abao se atenuaran. De todos modos, la transición que se inicia un poco después de que estallara la crisis económica de los setenta, que afectó a todos los países desarrollados, y supuso el fin del modelo económico le posguerra keynesiano y del pleno empleo, tuvo que hacerse en condiciones económicas difíciles. En nuestro país, hay muchos colectivos que sufren discriminación, exclusión y marginación. Los parados, sobre todo los de larga duración, los emigrantes y las mujeres, que, aun reconociendo los avances logrados, siguen estando en tantas cosas en condiciones de desigualdad en cuanto a derechos y oportunidades con relación a los hombres. Además de la situación de desigualdad que padecen, sufren la violencia doméstica, sin que los poderes públicos respondan ante ello. El Estado de bienestar, que trata de corregir estas situaciones, y a pesar de los progresos alcanzados, dista bastante todavía de aquel que existe en los países más avanzados de la Unión Europea, salvo el Reino Unido. Sus carencias e insuficiencias se ponen en mayor medida de manifiesto cuando las necesidades sociales van en aumento como es el caso del envejecimiento de la población. Lo peor es que en lugar de seguir avanzando se está retrocediendo. Esto es lo que resulta realmente grave, pues si desde que se intenta construir una España para todos, las diferencias y desigualdades se han dado, ahora avanzamos precísamente en esa dirección y no en la contraria. Hay muchos datos que avalan esto, coincidiendo fundamentalmente con el periodo del Gobierno del PP. En lo que respecta a un asunto tan importante para mejorar la redistribución como son los ingresos del Estado, el presidente de la Asociación Profesional de inspectores de Finanzas, Ignacio Fadón, en un artículo publicado en El País, el 10 de marzo, dice lo siguiente: " la reforma fiscal esconde renglones que benefician escandalosamente a los poderosos". Por esto, aunque no sólo por ello - las desigualdades aumentan, se recorta el gasto social, y se restringen como consecuencia de ello no sólo de los derechos sociales, sino los derehos políticos y civiles. El grado de intolerancia, que estamos viviendo desde el poder, se está haciendo realmente intolerable. La restricción a la libertad de expresión también. Las descalificaciones que realizan y el desprecio a la opinión de los que no piensan como ellos nos recuerda lo peor, salvando las distancias con épocas totalitarias, de la derecha española. Ante lo que estamos viviendo, lanzo tres hurras por la intervención de Labordeta en el parlamento. En resumen, en esta España, gobernada por el PP, no se quiere que quepamos todos. La convivencia dificulta. Pero, a pesar de todos los intentos, aquí estamos, intentando construir desde abajo una casa más confortable que la que ellos quieren para los que no somos como ellos por fortuna. *Catedrático
de Economía Aplicada |