Nº 513 - 17 de junio de 2002
El hambre en el mundo:

el mal que no cesa

En el año 1996, la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO) definió una estrategia para que en un plazo de treinta años se lograra erradicar el hambre en el mundo. ¡Ojalá! Me dije, pues, como suelo hacer con frecuencia, eché la vista hacia atrás, justo treinta años, cuando era estudiante de Económicas y recuerdo que se hablaba con insistencia en determinadas clases, como las de José Luis Sampedro, en ciclos de conferencias y en los murales que hacían los estudiantes, del hambre en el mundo. Se había publicado, además, en 1961, el libro de Josué de Castro Geografía del hambre. Una obra que causó por entonces un gran impacto y que hoy ya parece olvidada. Cuando en 1996, leo el plan de la FAO, habían pasado treinta años, sobre mi época de estudiante, que es cuando realmente tomé conciencia de ello y, sin embargo, el hambre seguía siendo una triste realidad. Tuve una ligera esperanza, pues esto es lo último que se pierde, aunque muy leve, esta es la verdad, de que al cabo de treinta años no se volviera a repetir la misma escena, esto es, que el hambre no hubiera quedado eliminado, en un mundo en donde hay tanta abundancia y opulencia.

Ahora, que en la semana pasada se celebró en Roma la Cumbre Mundial de la Alimentación, se observa que la estrategia, aprobada hace seis años, no está dando los resultados previstos. El director general de la FAO, Jacques Diouf, admite "que la lucha contra el hambre ha sido un fracaso colectivo' y lanza la acusación contra las grandes potencias que no han tenido la voluntad política requerida para atender este problema. Un síntoma de la falta de interés de las grandes potencias, es que a esta Cumbre sólo asistieron dos jefes de Gobierno, Aznar y Berlusconi. Esta presencia no es debida a que tuvieran más interés que los demás sobre estos temas, sino que uno asiste por ser presidente de la Unión Europea en este semestre y el otro por celebrarse en el país de¡ cual es primer ministro. No son, desde luego, los dos dignatarios más recomendables para sentar las bases de un plan eficaz para combatir el hambre en el mundo. Aunque, si bien se mira, la verdad es que no existen líderes mundiales que tengan un mínimo de credibilidad para llevar a cabo acciones eficaces y no solamente palabras para abordar un problema de tal magnitud.

El hambre está causado por un conjunto de circunstancias, pero podríamos señalar como la principal y la más obvia la existencia de¡ subdesarrollo en muchos países de¡ mundo, los cuales a su vez tienen estructuras económicas muy desiguales, en las que gran parte de la población no tiene oportunidades de acceso a la tenencia de la tierra, ni a la educación, ni a la salud. Los países subdesarrollados se encuentran fuertemente endeudados y, aparte de que éste sea uno de los mayores problemas que tienen y que les pesa como una losa para lograr el crecimiento económico, las políticas recomendadas e impuestas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional han agravado más que resuelto las grandes dificultades que poseen. Con esto, lo que quiero poner de manifiesto es que no sólo con más recursos se puede arreglar el problema, sino que hace falta un cambio en la orientación de las políticas internas e internacionales, en las que la salud, educación y justicia distributiva deban tener la prioridad.

Además, hay una cuestión fundamental, como ha puesto de manifiesto, con gran acierto, Rifkin en un artículo en El País (1 O‑VI­2002) en el que enfatiza que el problema viene causado por la política alimentaria que fomenta el cultivo de la alimentación para el ganado, cuyo engorde se potencia para satisfacer los gustos alimentarios de los países ricos. Como dice: "es terrible que un 80% de los niños hambrientos en el mundo vivan en países con excedentes alimentarios, la mayoría en forma de piensos para animales que, a su vez, sólo serán consumidos por los más ricos. Hoy en día, un asombroso 36% del cereal mundial se destina a la alimentación del ganado". El análisis me parece correcto, salvo en una cuestión, y es que considera que el mal estriba en la dieta alimentaria de los países ricos y, siendo esto cierto, hay que subrayar que la producción agraria con esa orientación hacia el consumo del ganado, y no hacia los que pasan hambre, está dirigida e impulsada por los grandes intereses de las multinacionales agroalimentarias, que son, a su vez, muy poderosas y que son las que verdaderamente están determinando todo lo que él dice.*

‑Catedrátíco de Economía Aplicada
Universidad Complutense de Madrid

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