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| Nº 501 -25 de marzo de 2002 |
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Las cumbres de los jefes de Gobierno y Estado de la Unión Europea están teniendo cada vez más réplica en la calle por parte de los sindicatos y de los grupos antigiobalización. En Barcelona, con motivo de la última cumbre, se han celebrado dos masivas manifestaciones que, salvo pequeños incidentes protagonizados por grupos violentos y provocadores, han dado una clara demostración de civismo. los ciudadanos barceloneses, con su actitud durante estos días, al igual que los muchos manifestantes que acudieron a la cita, han puesto de manifiesto una vez más un comportamiento realmente admirable de ejercicio democrático, del cual tendrían que aprender los dirigentes del PP. La actitud de estos no ha podido ser más reprobable y ha sido del peor estilo, habiendo demostrado con sus declaraciones su talante autoritario y escasamente democrático. Entre las muchas cosas inconvenientes que hemos oído estos días, hay una manifestación de Aznar que escucho por la radio y que me deja patidifuso, pero que no es sino una prueba más de lo que estoy diciendo. El presidente de Gobierno dice que ellos no gritan, pero que dejan libertad para que otros lo hagan. Aquí vuelve a ponerse de manifiesto su escaso entendimiento de lo que es la democracia, pues aunque sea obvio, hay que insistir en señalar que el ejercicio de manifestación es un derecho y no una concesión de quien gobierna. La derecha, a pesar del esfuerzo que tiene que hacer día a día para parecer democrática, sin embargo, no entiende esto, pues consideran al Estado como un patrimonio particular y que todo lo que se permite es una concesión graciosa de los que gobiernan hacia sus súbditos. Desde luego ante los que nos gobiernan en este país y Berlusconi, sí que hay que reivindicar con fuerza que otra Europa es posible. En fin, tras este preámbulo que lo que refleja es mi propio malestar por las cosas que tengo que oír de los miembros del Gobierno, me centraré en el objetivo de las manifestaciones; esto es, si otra Europa es posible. En concreto, a lo que estamos asistiendo es a dos formas de entender la construcción europea. lo que sucede en la calle representa la disconformidad, que cada vez aumenta más, y que choca con la legión de satisfechos con lo bien que se supone van las cosas. Se está produciendo una disociación entre una Europa oficial y la real. Veamos. los países que componen la Unión Europea son de los más ricos M mundo. Tal como están las cosas, vivir en estas sociedades es encontrarse entre la minoría de la población afortunada M mundo. Además, la mayoría de estos países tienen un modelo social avanzado que se fue afianzando desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y en otros, como es el caso de España, más tarde. Casi todos los países, salvo el Reino Unido, han tratado de preservar esos derechos sociales y aunque han sufrido alguna merma siguen más o menos en pie las conquistas logradas con el Estado del bienestar. ¿Entonces si las cosas no están tan mal de qué protestar? Entiendo que existen varias razones para ello. Mientras avanza la Europa del mercado y la moneda única, la Europa social y las políticas que en este terreno se realizan tienen lugar dentro de cada Estado‑nación y no en el ámbito de la UE. Las desigualdades en esta esfera son manifiestas entre unos países y otros. Pero aún hay más, Europa arrastrada por el modelo de Estados Unidos avanza, en unos casos más deprisa en otros menos, hacia la liberalización y la privatización. las desigualdades están aumentando en prácticamente todos los países europeos. El paro sigue siendo elevado y la exclusión social aumenta, mientras no se afronta adecuadamente el problema de la emigración. la Unión Europea empieza a desdibujarse en lo bueno que tenia y quiere imitar cada vez más lo peor de Estados Unidos. Por eso hay que buscar otras vías que hagan compatible una Europa eficiente en el plano económico con una mejora del bienestar material para todos y no sólo para unos cuantos.
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