Nº 461 - 14 de mayo de 2001


Economía e ideología

En los años 60, cuando estudiaba económicas era corriente en las aulas y entre los estudiantes plantear que la economía no era una ciencia neutra sino que estaba influida por la ideología. Ha habido economistas relevantes que, desde diversos ángulos, han planteado esta relación incómoda que se produce entre economía e ideología en libros que siguen siendo un referente obligado, Me gustaría citar a tres que abordan esta relación: Filosofía Económica de Joan Robinson, Historia del Análisis Económico de Schumpeter y Teoría del valor y la distribución desde Adam Smith hasta nuestros días de Maurice Dobb.

En los últimos tiempos, sin embargo, la existencia de esta vinculación ha desaparecido prácticamente de las preocupaciones de los economistas, y en los manuales convencionales que se imparten en las universidades apenas se plantea o, simplemente, no se tiene en cuenta. En todo caso, como mucho, lo que se dice es que hay ciertas discrepancias que los economistas mantienen entre sí. La controversia, no obstante, se sigue dando y, como dice Desai, tiene lugar tanto en el plano de la teoría, como en la metodología y el proceso de elaboración que preside los trabajos empíricos, así como en la política económica.

Lo que sucede es que los economistas obsesionados por hacer de la economía una ciencia respetable tratan de acercarse a los métodos tradicionales de las ciencias duras, como las matemáticas y la física, y eliminar, por ello, cualquier contaminación ideológica que pueda ir en detrimento de la consideración de la economía como científica. El uso de las matemáticas y de los modelos econométricos, para gran parte de la profesión, resulta así una forma de expresarse y es el lenguaje económico de hoy, de modo que el que no lo hace es habitualmente descalificado con el apelativo de literato o, en el mejor de los casos, como un economista anacrónico. Si negar la importancia que tiene el avance en el instrumental cuantitativo, lo más llamativo es la creciente difuminación de la economía como tal en las matemáticas en muchos trabajos recientes. Un vistazo a las revistas de economía científicas actuales nos pone de manifiesto varios factores que resultan muy llamativos: a) la poca relevancia de los temas tratados en la mayor parte de los trabajos. b) La obtención, después de un gran aparato econométrico y de gran esfuerzo, de escasos resultados, cuando no se señala que tras todo lo hecho no se pueden extraer conclusiones determinantes sobre el objeto de estudio. c) La obtención de unas conclusiones tan. obvias que lo primero que uno se pregunta es que si para ese viaje se necesitaban esas alforjas, pues tanta energía derrochada para llegar a la verdad del barquero, no deja de ser un tanto inútil. d) La obtención de resultados, en algunos casos, a todas luces incongruentes, que no se cuestionan, pues, no faltaba más, el modelo está bien hecho.

El abuso de todo ello es tan grande que se da el caso de que en algunas revistas, congresos, tesis doctorales, los trabajos realizados, para ser aceptados, tienen que tener un modelo econométrico, que es quien le concede el aval científico. De no ser así, es condenado al cubo de la basura, pues no se cumplen los cánones científicos requeridos. lo demás, no importa.

Los economistas que trabajan con estos instrumentos no se preguntan, en la mayor parte de los casos, sobre la relevancia de lo que están haciendo sino si los medios que se utilizan son los adecuados. lo que les preocupa es si el buen uso que hacen del instrumental cuantitativo y matemático les concede el pasaporte a una comunidad científica, satisfecha de sí misma y que, desligada de toda contaminación ideológica, han logrado hacer de la economía una verdadera ciencia, por lo menos tan seria como las experimentales. la historia económica, las instituciones, las relaciones sociales, no se contemplan, de manera que se da la paradoja de que a medida que la economía avanza técnicamente se reduce su capacidad de comprensión de los problemas reales que afectan al mundo de nuestros días. En la mayor parte de los casos, pues siempre hay excepciones, bajo el manto protector de los modelos econométricos se escamotea la realidad, que es una forma encubierta de ideología.

No es extraño, pues, que con esta forma de entender las cosas y con el modelo neoclásico como referente teórico principal, los economistas actuales, sobre todo los que más acceso tienen a los medios de comunicación, se dediquen a predicar las excelencias de la economía de mercado sin regular, y las crecientes privatizaciones, y como, por otro lado, dan la voz de alarma por lo que consideran excesivo el papel del Estado en la economía, las subidas salariales, los impuestos que se pagan o el déficit público.

Callan, no obstante, ante la creciente desigualdad en la distribución  de la renta y la riqueza, la concentración del poder económico y financiero, el aumento del trabajo temporal, el problema de los emigrantes, las necesidades sociales sin cubrir, el grado elevado de los accidentes de trabajo, la desigualdad de las mujeres frente a los hombres, los problemas ecológicos, y la pobreza mundial.

El lograr el crecimiento económico se ha convertido en el objetivo principal, sin plantear cómo se está consiguiendo, a quién beneficia y cuál es la calidad de ese crecimiento. Después de todo ¿Quién ha dicho que la economía ha dejado de ser ideológica?

Ahora que el presidente de Gobierno español se enfrenta a la casi totalidad de los países de la Unión Europea por la ampliación y, por tanto, por el futuro de los fondos estructurales y de cohesión para España, no está de más recordar que medios de estas características no existen para los países subdesarrollados. De modo, que mientras en los paises ricos se dan diversos mecanismos para mejorar la distribución de la renta personal y regional no aceptamos esta concepción para el mundo subdesarrollado. Se produce, como en tantas cosas, el doble lenguaje en la economía. Particularmente, no deja de llamar la atención el hecho de que políticos que hacen profesión de fe de creer a ciegas en el liberalismo económico, cambian el discurso y hacen llamadas a la solidaridad cuando la pérdida de esos fondos puede afectar negativamente a nuestro país.

Esto no pasa, no obstante, cuando se trata de practicar la solidaridad con los países menos desarrollados. Los recursos para Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) se regatean hasta el punto de que en lugar de crecer disminuyen. En el fondo lo que late es la consideración de que esos recursos, sino son para defender intereses comerciales de¡ país donante, se conceden como una forma de ejercer caridad derivada de la compasión, y no como un medio de establecer unas condiciones de justicia, por lo que no conviene hacer aportaciones significativas, una vez que hemos salvado nuestra mala conciencia.

En III Conferencia de las Naciones Unidas de los Países Menos Desarrollados, celebrada recientemente en Bruselas, se ha señalado la necesidad de aumentar la ayuda que los países ricos aportan, intentando acercarse al viejo compromiso de dar el 0,7% del PIB ‑actualmente se encuentra en el 0,23% y que es un objetivo reiteradamente incumplido por los países donantes. Mientras esto sucede, a estos países se les recomienda insistentemente que liberalicen sus economías, tanto en el interior como en sus relaciones externas, para que se inserten progresivamente en el maravilloso proceso creciente de globalización que estamos viviendo, pues es a partir del mercado, se dice, cuando podrán comenzar a arreglar sus graves problemas.

Ante estas insistentes recomendaciones que acompañan a las políticas de ajuste siempre me pregunto: ¿Cómo es posible que en el mundo‑rico no se crea tanto en el mercado sin más y, sin embargo, recetemos el mercado sin regular como la panacea para los países menos desarrollados? Porque por si esto fuera poco, al tiempo que se presiona para que estos países abran sus mercados, aquí, en la economía de los países ricos, alterando los principios que se dice tienen las ventajas que ofrece el libre cambio económico, se cierran las fronteras a muchos de sus productos de exportación. Además, se les hace pagar con creces una deuda que contrajeron hace tiempo y que pesa como una losa para logran el crecimiento económico, se les venden armas y, encima, se les da una miseria como AOD, y condicionada a que los países receptores compren bienes y servicios del donante.

En esta Conferencia, a ver si es cierto, aparentemente se ha dado un paso adelante, pues los países ricos, por lo menos, se han comprometido a desligar la ayuda de esa necesaria compra que se ha venido utilizando hasta ahora, pero sólo para los 49 países más pobres. De manera, que siempre ha funcionado la fórmula a usted yo le doy AOD si me compra a mí las mercancías que necesita. Estos países, que son los más necesitados, sólo reciben en concepto de ayuda el 0,05% del PIB de los países donantes, lo que no deja de ser escandaloso. En este punto, se recomienda que la ayuda del mundo desarrollado debe alcanzar, al menos, el 0,2% del PIB, lo que no es mucho, pero menos da una piedra. Así las cosas, no es de extrañar que la desigualdad entre países aumente progresivamente y la pobreza se mantenga a unos niveles intolerables.

Para darnos una idea de esto, El Informe sobre El Desarrollo Mundial 200012001 de¡ Banco Mundial, organismo cuestionado por los movimientos antigiobalización y muchas ONG, por tanto nada sospechoso para las cabezas bienpensantes, dice cosas tales como: "Nuestro mundo se caracteriza por una gran pobreza en medio de la abundancia. De un total de 6.000 millones de habitantes, 2.800 ‑casi la mitad‑ viven con menos de dos dólares diarios y 1.200 millones ‑una quinta parte‑ con menos de un dólar al día; el 44% de este grupo se encuentra en Asia meridional. En los paises ricos, los niños que no llegan a cumplir cinco años son menos de uno de cada 100, mientras que en los países más pobres una quinta parte de los niños no alcanza esa edad. Asimismo, mientras que en los países ricos menos del 5%de todosls niños menores de cinco años sufre malnutrición, en las naciones pobres la proporción es de hasta el 50%".

Se podrían dar más cifras que muestran que nos encontrámos ante una situación de extrema gravedad y ante la que los países ricos nos mostramos impasibles. Habría, por tanto, que plantear, si realmente hubiera voluntad de arreglar el problema, un plan de acción internacional para erradicar la pobreza y el hambre, lo que requeriría, entre otras cosas, fondos estructurales para el mundo subdesarrollado. De otro modo las cosas seguirán empeorando para importantes segmentos de la población mundial que no tienen lo mínimo para vivir en un mundo en el que también existe la abundancia y la opulencia.

Catedrático de Economía Aplicada.
Universidad Complutense

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