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| Nº 447 -5 de febrero de 2001 |
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Los funcionarios y el pedaleo Carlos BERZOSA* Tras más de un año comentando libros de economía en este semanario que tan amablemente me acoge en sus páginas, voy a cambiar de tercio. A partir de ahora, escribiré de hechos y acontecimientos económicos, análisis de las diferentes proposiciones que se hacen para resolver los problemas existentes, los debates teóricos que se suscitan, y, en fin, sobre todas aquellas cuestiones que puedan surgir sobre la marcha. Esto es, qué es lo que sucede en la economía, tanto en el comportamiento de la realidad, como en el ámbito de la teoría y de la política económica. Trataré de hacerlo desde la concepción que tengo acerca de la economía, que la entiendo como una ciencia social, y, por tanto, no exacta, cuyo adjetivo de social no debe perderse nunca de vista, y menos que aparezca oscurecido por aparatos formales y que con gran instrumental matemático tratan, bajo el aparente manto de científico, en muchas ocasiones, escamotear el verdadero conocimiento de la realidad. También considero que la base que proporciona el conocimiento económico es parte del bagaje cultura[ de nuestro tiempo. No hago esta afirmación desde una posición corporativa y que pueda parecer sesgada y exagerada, pues la novelista francesa Viviane Forrester, que tuvo gran éxito con su libro El Horror económico, en una entrevista publicada por el Diario El País, el domingo 28 de enero, sugería que hoy Shakespeare escribiría de economía. Lo hacía para defenderse de las críticas que se le hacían por haber tenido el atrevimiento de introducirse en un campo de la que no es especialista, pues ya se sabe que un novelista no entiende de economía. No se preocupen, no es que quisiera convertir a este gran autor, aunque parece que plagiaba también, en economista, lo que hubiera sido una tragedia para la cultura, sino que para esta autora, Shakespeare habla de economía en muchas de sus obras. Habla del poder y hoy hablaría mucho más de ese enorme poder económico. Balzac también se dio cuenta de la importancia y el enigma de la economía que marca todos los destinos humanos. Cada uno de nosotros llevamos el sistema económico pegado al cuerpo. No puede ser de otra manera, pues la economía real nos afecta a todos, y de hecho las gentes de toda condición, saber y cultura, se permiten hablar de ella, aunque nunca hayan leído un libro, por muy elemental que sea, sobre el particular. Pero esto resulta lógico, pues la economía afecta de modo directo a nuestras vidas. Así que, si bien no se nos ocurre hablar en las tertulias de amigos y compañeros de física nuclear, a los que no sabemos nada de ello, no sucede al igual con la economía, pues cualquiera es capaz de darte una lección lo más docta posible sobre la inflación, el déficit público, el IVA, el euro, por poner algunos ejemplos. Porque ¿quién no ha recibido una lección económica de un taxista? A mí me sucedió un caso del que no me olvido. Hace ya muchos años, pues debía ser el verano del 72, que Paco Albuquerque, compañero entrañable, y yo nos dirigíamos hacia Galicia en un coche de la marca Citroen modelo Dyane 6. Imagínense ustedes, entre la velocidad del coche, más bien lenta, y con las carreteras que había por entonces, lo que se tardaba en llegar. A todo esto cogimos a un joven que hacía autoestop. No me acuerdo muy bien a qué se dedicaba, pero desde luego no tenía nada que ver con estudios de economía. En la conversación que en estos casos surge, nuestro acompañante sin que sepa decir ahora por qué, se puso hablar del GATT y nos explicaba lo que era este organismo, sus fines, sus objetivos. Nosotros le escuchábamos con cierta atención y perplejidad. En un momento dado por lo bajo Paco me dijo sonriendo: "¿le contamos que somos profesores de economía y que precisamente todo esto se lo explicamos a los alumnos?". No, le contesté, no le podemos desanimar después de la teórica que nos ha soltado y de lo satisfecho que se encuentra por todo lo que nos ha enseñado. No lo digo esto con malestar del que tiene un título profesional que le avala para ejercer con tal, sino que trato de reflejar lo que es un hecho real, y es la constatación de que las opiniones sobre la economía están en la calle, aunque como es lógico no tengan un criterio firme en qué asentarse las aseveraciones que se hacen generalmente, de un modo alegre. No pretendo dar lecciones desde esta tribuna, sino de debatir y de plantear dudas, de huir de las verdades dogmáticas que padecen bastantes economistas de nuestros días, y sobre las que pontifican. Reconozco que a mí me acechan más dudas, pues las cosas no son ni blanco ni negro. Algunos de ellos se encuentran tan convencidos de poseer la verdad, que enseguida encienden las alarmas cuando las cosas no se hacen o no salen como a ellos les gustaría. Así, nos anuncian grandes males si el Gobierno se halla en la obligación de cumplir la sentencia de la Audiencia Nacional acerca de la congelación salarial a los funcionarios de 1997 y tiene que pagar lo que se tenía que haber subido y no lo hizo. Pero es que claro, los jueces no saben de economía y con sentencias tan descabelladas como ésta, a lo único que nos puede llevar es a una situación muy negativa, rompiendo lo bien que van las cosas. Ya ven ustedes, un juez, un solo juez, puede hacer descarrilar el tren que nos va a conducir en pocos años a ser de los países más desarrollados del mundo. Pero no entiendo por qué se preocupan tanto los alarmistas, pues realmente no hay por qué inquietarse, debido a que el ministro de Hacienda nos anuncia que habrá déficit cero, aunque haya que pagar a los funcionarios. De veras que no sé cómo lo conseguirá, a no ser que estemos en la corte de los milagros, ya que a esto, si se paga, hay que añadir el pago que hay que hacer a ganaderos y empresarios de pienso, entre otros, como consecuencia del mal de las vacas locas, Ahora, de pronto, el Gobierno no sé cómo se las arregla, pero parece que tiene dinero para todo, y encima alcanzar el equilibrio presupuestario y con una reforma fiscal de bajada de impuestos. Por si fuera poco, además, la economía mundial, empezando por la de Estados Unidos, desacelera el crecimiento. Me da la impresión que, a partir de ahora, tiene este Gobierno que pedalear cuesta arriba. Ahora bien, si tiene razón el secretario general del PSOE, que sólo saben pedalear cuesta abajo, que es lo que han demostrado hasta ahora, pues buena nos espera. El hecho de que no sepan pedalear nada más que cuesta abajo me ha traído a la memoria al ciclista Miguel Poblet, contemporáneo de Bahamontes y Loroño. Era un gran corredor de pista, llaneaba muy bien y tenía gran capacidad para el sprint final, pero no subía las montañas. Corría las grandes rondas, Vuelta, Giro y Tour. Hacía un buen papel al principio, cuando las etapas eran llanas, pero cuando se llegaba a la montaña perdía tantos minutos que se acababa retirando. Tal vez por eso no logró alcanzar la gloria que consiguieron los que sí sabían subir. ¿Acabará el Gobierno teniéndose que ser retirado al igual que Poblet por no saber pedalear cuesta arriba? No lo sé, pero de momento lo que sí tiene que hacer es cambiar el equipo. * Catedrático de economía aplicada de la Universidad Complutense |