Mis lecturas de economía
Nº427
11/9/2000

 

En busca de la igualdad

Carlos BERZOSA*

El título de este libro Vivir como iguales (Paidós, Barcelona) ya resulta suficientemente atractivo, pero lo es aún más si tenemos en cuenta los autores que intervienen, como los economistas  Atkinson, Hirschman y Sen, premio Nobel de Economía en el año 1998, entre otros. El libro se encuentra dedicado a Eva Colorni (1941-1985), que fue esposa de Sen y que comienza su ensayo con una nota personal muy emotiva. De esta nota destaco unas líneas, cuando dice que Eva tenía una aversión espontánea a la par que reflexiva hacia la desigualdad, y ésta era una parte importante de su profundo compromiso con las preocupaciones políticas, sociales y económicas del mundo contemporáneo. Sus creencias sociales incluían la convicción general de la necesidad de igualdad, junto con los compromisos más específicos hacia los intereses y libertades de los menos favorecidos de la sociedad. De hecho, consideraba que éste era el aspecto más importante de la equidad; y sobre ello hablaba con frecuencia.  Así pues, los diferentes ensayos que contiene el libro se basan sustancialmente en estas creencias tan arraigadas de Eva Colorni. En realidad, les recomiendo encarecidamente todos, aunque para los economistas en especial los trabajos de los autores mencionados, que nos introducen un aire fresco en unos análisis muy distintos a la ortodoxia actualmente dominante y de la que se hacen eco la mayor parte de los medios de comunicación. No obstante, me centraré en el de Sen, por la sencilla razón de que el tema que aborda es de suma actualidad en el debate que hoy en día tiene lugar en la Unión Europea y en la discusión política de los países respectivos. Su reflexión resulta muy sugerente.

Sen, en su trabajo, se centra en el compromiso social y la democracia. Afirma con acierto cómo el siglo XX ha visto socavar profundamente la idea de que los individuos por sí solos son los responsables de sus propias dificultades. La idea de un Estado mínimo que sea responsable de la ley y el orden y de un poco más se ha venido rechazando de manera sistemática durante los últimos 100 años. Sin duda, han existido potentes presentaciones y defensores del liberalismo conservador, pero el atractivo de tal posición minimalista se ha confinado en la periferia de las políticas nacionales en la mayoría de los países del mundo. La idea de un “Estado benefactor” ha ido ganado adeptos, al menos en principio, en buena parte de Europa y Norteamérica, también en Japón y de manera creciente en la economía de éxito reciente del este de Asia. Incluso en algunas economías muy pobres, con sistemas políticos muy diferentes, como China, Sri Lanka, Costa Rica, Jamaica y el Estado indio de Kerala se ha ido aceptando de manera amplia como un compromiso social necesario la especial obligación pública de ofrecer ayuda sanitaria y seguridad social, y a pesar de la pobreza, han recogido sus frutos en forma de una alta esperanza de vida y otros logros en la ampliación de la calidad de vida.

De manera que, si bien el capitalismo es en principio extraordinariamente individualista, en la práctica ha contribuido a la integración debido a que en el proceso ha hecho que nuestras vidas sean más y más interdependientes. Es más, la expansión sin precedentes de la prosperidad económica general, que las economías modernas han traído al mundo, hace posible aceptar las obligaciones sociales que con anterioridad la sociedad simplemente “no se podía permitir”. El mismo crecimiento del capitalismo ha contribuido enormemente a un incremento notable en el ámbito y dominio aceptado de los compromisos sociales en general y, en particular, de las responsabilidades del Estado y de la sociedad civil.

Otro factor que ha contribuido al compromiso social ha sido el crecimiento de las críticas socialistas al capitalismo, relacionadas con las desigualdades y las disparidades que caracterizan incluso a las sociedades más prósperas. Las soluciones socialistas puede que hayan sido profundamente socavadas, pero las preguntas socialistas que brotan con el descontento de las insuficiencias del capitalismo continúan planteándose con mucha fuerza. Las cuestiones sobre las que se preguntaban los socialistas han seguido creciendo incluso cuando se han agotado muchas de las respuestas que tradicionalmente daban.

Dicho todo esto, Sen analiza la tensión que se da entre el gasto público dedicado a atender estos objetivos sociales y otras obligaciones del Estado, en particular la viabilidad económica y la estabilidad política. Aquí resalta la importancia de la prudencia económica y el conservadurismo financiero. La defensa del conservadurismo financiero descansa en el reconocimiento de que la estabilidad de los precios es muy importante y que se puede ver amenazada por la irresponsabilidad y la excesiva confianza fiscal. Se apoya en estudios de Michael Bruno que sugieren que la alta inflación va de la mano con efectos negativos sobre el crecimiento. Y, al contrario, la evidencia acumulada sugiere que la estabilización brusca a partir de una inflación alta produce efectos muy fuertes de crecimiento positivo incluso a corto y medio plazo. Aquí, en forma resumida, empezamos a encontrar los elementos racionales a favor del conservadurismo financiero.

No es difícil comprobar que este principio puede entrar en conflicto con las demandas de amplios compromisos sociales por parte de los gobiernos y de la sociedad civil. Pero hay que saber distinguir entre las verdaderas demandas de este conservadurismo financiero y las interpretaciones que se utilizan en muchos razonamientos políticos. El conservadurismo financiero no tiene por qué conducir al “radicalismo antiinflacionista” ni al “radicalismo antidéficit”. Más bien de lo que se trata es de extraer la lección que ha de considerar los posibles costes de tolerar la inflación y contraponerlos a los costes de reducirla o de eliminarla completamente. Igual sucede con la obsesión de eliminar totalmente los déficit presupuestarios en pocos años, haciendo caso omiso de los costes sociales que esta medida pudiera tener. Por tanto, es necesario atender a la razón fundamental del conservadurismo financiero a la vez que se reconocen adecuadamente los compromisos sociales de una sociedad contemporánea.

La propuesta de Sen es que hay que debatir y reexaminar las prioridades de la política pública, lo que no es una violación del compromiso social, y puede ser una necesidad, pero intentar forzar una solución sin consultar ni buscar el consenso podría ser una auténtica violación de este compromiso, además de que probablemente no sea factible en una democracia que funcione. El hecho de que Francia estuviera realizando pruebas nucleares al mismo tiempo que se anunciaban las propuestas gubernamentales para proceder a recortes en el gasto público no ayudó a estas propuestas. Por supuesto, el problema es general y no particular de Francia. Para finalizar, lo que es más importante, las recetas unilaterales, incluso cuando las proponen los mejores expertos, no nos aportan la solución.    

*Catedrático de Economía Aplicada. Universidad Complutense.

Hemeroteca
Lista
esta semana