Mis lecturas de economía
Nº425
Agosto/2000

La difícil enseñanza de la historia

Carlos Berzosa*

El verano pasado leí este libro de Pierre Vilar, al que quiero referirme aquí, Pensar históricamente (Editorial Crítica, Barcelona). Lo traigo ahora a  colación, y no lo hice con anterioridad porque se trata de un libro que no es propiamente de historia, sino más bien de recuerdos del historiador francés que le sirven para hacer reflexiones sobre el pasado y la forma de entenderlo, pero que me parece que adquiere un gran interés como consecuencia del debate que se ha suscitado en nuestro país a propósito de la enseñanza de la historia en el bachillerato. Pierre Vilar es un autor suficientemente conocido entre nosotros, fundamentalmente, aunque no sólo, por su pequeña pero magnífica obra Historia de España, que teníamos que adquirir en tiempos de la dictadura en determinadas librerías en el cuarto de atrás, o bien en Francia. Allí buscábamos en aquella obra condensada una interpretación de la Historia de España diferente a la versión oficial, que se nos había enseñado durante el bachiller, y se seguía impartiendo aún en los años sesenta en muchas universidades españolas. Otras obras que yo destacaría de este autor, entre las muchas que ha escrito, son Cataluña en la España moderna (Editorial Crítica), de la que recomendaría a muchos políticos, metidos a regeneradores de la Historia de España, la lectura del prefacio, y Oro y moneda en la historia 1450-1920 (Ariel, Barcelona).

Hay que aclarar que el libro que hoy comento no da respuestas al debate que se está produciendo en nuestro país, sino que ayuda a reflexionar, y a través de la vida de Vilar y de sus recuerdos se observa la dificultad que resulta discernir conceptos tales como qué es la nación, el pueblo, la patria, y sobre todo cuestiones como la propia interpretación que se hace de la historia. Pretender narrar hechos sin más, sin tratar de explicarlos no es, según mi modesto punto de vista, posible, pues toda descripción lleva siempre aparejada una forma de interpretación. Aparte que la selección de unos hechos sobre otros, a los cuales sin duda se les concede más relevancia, ya es una manera de concebir la historia de una forma o de otra. No entiendo muy bien, por tanto, qué se quiere decir cuando se habla de una historia común, o qué es lo que puede llegar a caracterizar la identidad de España, sin que esto sea objeto de controversia.

En Francia, Fernand Braudel, uno de los más famosos historiadores de los últimos tiempos, intentó hacerlo con La Identidad de Francia, obra que ha quedado inconclusa como consecuencia de su fallecimiento en 1986. Es más, falleció poco antes de que vieran la luz los dos primeros tomos, que constan de casi mil páginas en conjunto. No sé si Braudel ha conseguido responder satisfactoriamente a lo que se supone es la identidad de Francia, pero Perry Anderson la considera de una ejecución menos elaborada que sus grandes obras que escribió sobre el Mediterráneo en tiempos de Felipe II, y sobre la civilización material del capitalismo mundial. Lo considera, además, como un apéndice encantador, pero menor, al conjunto de sus realizaciones. La premisa de la investigación de Braudel es que en Francia lo particular y lo permanente han sido una sola cosa. En fin, que como toda obra que pretende responder al tremendo problema de la identidad, es objeto de debate y de desacuerdos.

Si esto sucede en Francia y por un historiador tan indiscutible como Braudel, qué no pasará en España, en donde la identidad de lo español resulta mucho más complejo y arduo, por la historia anterior a la configuración del Estado-nación, y después por la propia existencia de identidades en diferentes nacionalidades.

Vilar lo señala con claridad cuando menciona que, en 1927, para un pequeño trabajo de joven geógrafo, visitó Cataluña, y allí encontró (en el sentido más fuerte del término, porque nada ni nadie le había preparado para ello) una población entera  que, de arriba abajo, en todas sus jerarquías sociales, se afirmaba nación frente al Estado que la regía. Ante este fenómeno que le sorprendió, se hizo, a partir de 1930, observador e historiador. Y, prosigue, en 1936, ante sus ojos, estalló una guerra que ha sido llamada “civil” porque españoles se enfrentaron a españoles, pero en la que alemanes e italianos bombardeaban a catalanes y vascos, mientras que voluntarios de 70 nacionalidades arriesgaban sus vidas, unos en nombre de una “ solidaridad de clase” otros por amor a la “libertad”. ¿Quién combate contra quién? Menos implicado personalmente que en otras guerras, la pregunta no provocaba en él menor curiosidad ni menor ansiedad.

Una de las reflexiones que me parece más útil es cuando se refiere a lo sagrado. Así, considera que un rasgo cultural común a toda Europa occidental es la referencia constante a la Antigüedad  clásica. Se transmitía una impresión clara de unos lazos muy estrechos, desde un lejano pasado, entre el hecho político y el hecho religioso. El faraón era rey y dios a la vez. El monoteísmo hebreo hacía que el destino y la suerte de un “pueblo” dependieran de la alianza con Dios, o del hecho de haber sido objeto de su elección. La ciudad griega, inventora de la democracia, también dependía de la protección de divinidades tutelares. Roma, nacida de una anécdota agreste y sagrada, había confiado finalmente un inmenso imperio a un césar divinizado.

Posteriormente, los viejos lazos entre creencia y poder aparentemente se habían roto, ¿habían pasado, en los primeros años del siglo XX, a la categoría de los vestigios, de las supervivencias? Así lo creían algunos hombres sinceros, que no supieron discernir que, en el campo sociológico, la parte de lo sagrado no había sido borrada, sino transferida. Alguna cosa exigía todavía un amor sagrado. Era la patria.

Desde 1919-1920, sin embargo, Vilar ante la absurda masacre se rebeló brutalmente contra la educación “patriótica” que había recibido, y la misma reacción caracterizó a su generación intelectual. Pero en sus juicios históricos sobre los acontecimientos, sus análisis eran muy parcos. La historiografía dominante conducía a buscar “las responsabilidades de la guerra” en el juego de los políticos, en las intrigas de los diplomáticos, en la venalidad de los periodistas y en la ambición de los Estados mayores. Los ”nacionalismos” sólo adquirían el estatus de “ideologías”. No se juzgaban los intereses ”imperialistas” según Hobson, Hilferding o Lenin. No es una casualidad que fueran los años 1929-1939 los que vieron nacer una nueva epistemología entre los historiadores franceses. Marc Bloch, Lucien Febvre, Ernest Labrousse, defendieron la historia total. Si tuvieron eco es porque la historia que entonces se vivía no se hacía (o, al menos, no se hacía únicamente) en los consejos de administración, ni en los gabinetes ministeriales, ni en los estados mayores militares ni en los salones de las embajadas.

Bien, lo único que les puedo recomendar es la lectura de esta obra, un tanto autobiográfica, pero que sirve para la reflexión teórica. Tras su lectura, se comprenderá que esto de la enseñanza de la historia no resulta sencillo ni tiene fáciles recetas. Lo único que explica la situación presente no son argumentaciones científicas, sino políticas, de un partido como el PP, con la cobertura de la Academia de la Historia, que por cierto nunca supe para qué servía y ahora que lo sé más vale que no lo hubiera sabido, que tal vez nos quieran hacer volver, si no a la historia del bachiller que muchos padecimos, pero que era excesivamente burda, a una situación similar, aunque más sibilina y mejor construida, en donde lo sagrado y el poder ocupen un lugar central frente a la historia de los de abajo, y de los procesos sociales y económicos.

Posdata. Escribo estas líneas con la tristeza que me produce la desaparición de dos grandes figuras de las letras españolas como José Ángel Valente y Carmen Martín Gaite. Nos queda el consuelo de sus obras. Tal vez lo mejor que podamos hacer este mes de agosto es leer a los dos.     

*Catedrático de Economía Aplicada. Universidad Complutense.

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