Mis lecturas de economía
Nº423
17/7/2000

El acoso en el trabajo

Carlos BERZOSA*

El libro de Marie-France Hirigoyen El acoso moral (Paidós, Barcelona) y que tiene como subtítulo El maltrato psicológico en la vida cotidiana parece que ha tenido un gran éxito en Francia, y la verdad es que no me extraña a la vista de su lectura. Seguramente ustedes pensarán, cosa que por otra parte también me sucede a mí, qué hace un economista hablando de un libro de psicología, o bien qué tiene que ver este libro con la economía. Con esto no me quiero referir a que los economistas sólo tengamos que leer de lo nuestro, lo cual sería perjudicial no sólo para nuestra formación, sino que tampoco sería bueno incluso para nuestra salud mental. Pero una cosa es leer ensayos de otros campos científicos y otra muy distinta atreverse a opinar sobre la calidad de una publicación de un área de la que no somos expertos.

La razón que encuentro para adentrarme en una obra de esta naturaleza es que, aunque la autora es psiquiatra y terapeuta familiar, aborda el acoso moral en la empresa, y es precisamente a esta parte a la que me quiero referir aquí, debido a que el análisis que efectúa sí que nos interesa especialmente y mucho a los economistas. De lo cual, además, podemos aprender, pues trata de algo tan esencial para la empresa como las relaciones humanas que se establecen entre compañeros, y entre los subordinados y los jefes.

Como introducción, para hacernos una idea de lo que la autora plantea, dice que a lo largo de la vida mantenemos relaciones estimulantes que nos incitan a dar lo mejor de nosotros mismos, pero también mantenemos relaciones que nos desgastan y que pueden terminar por destrozarnos. Mediante un proceso de acoso moral, o de maltrato psicológico, un individuo puede conseguir hacer pedazos a otro. El ensañamiento puede conducir incluso a un verdadero asesinato psíquico. Todos hemos sido testigos de ataques perversos en uno u otro nivel, ya sea en la pareja, en la familia, en la empresa, o en la vida política y social. Sin embargo, parece como si nuestra sociedad no percibiera esa forma de violencia indirecta. Con el pretexto de la tolerancia, nos volvemos indulgentes.

En el ámbito empresarial, la violencia y el acoso nacen del encuentro entre el ansia de poder y la perversidad. Por acoso en el lugar de trabajo hay que entender cualquier manifestación de una conducta abusiva y, especialmente, los comportamientos, palabras, actos, gestos y escritos que puedan atentar contra la personalidad, la dignidad o la integridad física o psíquica de un individuo, o que pueden poner en peligro su empleo, o degradar el clima de trabajo.

Aunque el acoso en el trabajo sea un fenómeno tan viejo como el mismo trabajo, hasta principios de la década de los noventa no se lo ha identificado como un fenómeno que no sólo destruye el ambiente de trabajo y disminuye la productividad, sino que también favorece el absentismo, ya que produce desgaste psicológico. Durante los últimos años, en las empresas y en los medios de comunicación se ha debatido sobre todo la cuestión del acoso sexual, el único que la legislación francesa tiene en cuenta y que, sin embargo, no es más que un aspecto del acoso en sentido amplio. 

El acoso nace de forma anodina y se propaga insidiosamente. Al principio, las personas acosadas no quieren sentirse ofendidas y no se toman en serio las indirectas y las vejaciones. Luego, los ataques se multiplican. Durante un largo periodo y con regularidad, la víctima es acorralada, se le coloca en una posición de inferioridad y se le somete a pruebas hostiles y degradantes.

La víctima, al principio y contrariamente a lo que los agresores pretenden hacer creer, no son personas afectadas de alguna patología o particularmente débiles. Al contrario, el acoso empieza cuando una víctima reacciona contra el autoritarismo de un superior y no se deja avasallar. Su capacidad de resistir a la autoridad a pesar de las presiones es lo que le señala como blanco. El acoso se vuelve posible porque viene precedido de una descalificación de la víctima por parte del perverso –que el grupo ha aceptado primero y luego avalará–. Esta depreciación de la víctima justifica posteriormente la crueldad que se ha ejercido contra ella y conduce a pensar que se merece lo que le ocurre.

Sin embargo, las víctimas no son holgazanas, sino todo lo contrario. A menudo son personas escrupulosas. Se quedan hasta muy tarde en la oficina, no dudan en acudir a trabajar el fin de semana y no faltan ni siquiera cuando están enfermos. Los norteamericanos utilizan el término adicto al trabajo para señalar claramente que es una forma de dependencia. Esta última está ligada a una predisposición del carácter de la víctima, pero, sobre todo, es una consecuencia del dominio que la empresa ejerce sobre sus asalariados.

Las agresiones se pueden producir entre compañeros, que es un caso frecuente, pero también por parte de los subordinados que arremeten contra un superior, lo que es más infrecuente. Pero, la situación más general en el caso actual es la de que un superior ataque a un subordinado. El miedo al desempleo no explica por sí solo el sometimiento de la víctima del acoso. Los patronos y directivos intermedios que atacan pretenden alcanzar una cierta omnipotencia y utilizan, conscientemente o no, unos procederes perversos que atan psicológicamente a las víctimas y que les impiden reaccionar. El acoso en la empresa atraviesa luego distintas etapas que comparten un punto en común: la negación de la comunicación.

El acoso sexual, por su parte, no es más que un paso más del acoso moral. Atañe a los dos sexos, pero la mayoría de los casos descritos o denunciados corresponde a mujeres que han sido agredidas por hombres que suelen ser sus superiores en la jerarquía. No se trata tanto de favores de naturaleza sexual como de señalar un poder al considerar a la mujer como un objeto sexual. El agresor entiende que la mujer acosada sexualmente está “a su disposición”. Ésta debería aceptar, y debería incluso sentirse halagad, y sentirse enaltecida por haber sido elegida. Al agresor no le cabe en la cabeza que la mujer codiciada pueda negarse. Por lo demás, si lo hace, padecerá como respuesta nuevas humillaciones y agresiones. El agresor suele decir que es ella la que lo ha provocado a él, pues consentía y se mostraba solicitante.

En fin, como la autora señala, el acoso es siempre el resultado de un conflicto. Hay que averiguar si ese conflicto se debe al carácter de las personas implicadas o si, por el contrario, es una consecuencia de la misma estructura de la empresa. No todos los conflictos degeneran en un acoso. También son necesarios otros factores, como una deshumanización de las relaciones laborales, la omnipotencia de la empresa y su complicidad con el individuo perverso. Las empresas, por desgracia, toleran los abusos de ciertos individuos siempre y cuando generen beneficios y no produzcan demasiados contratiempos. Sin duda, podrían favorecer el desarrollo de las personas, pero a menudo no hacen más que echarlas a perder. En suma, leyendo este libro, a uno le viene a la memoria la acertada afirmación que Sartre hace en la obra de teatro A puerta cerrad: “El infierno son los demás”.  

*Catedrático de Economía Aplicada. Universidad Complutense.

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