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modelo americano, desmitificado
Carlos BERZOSA* Se asiste, desde hace años, a grandes cambios tecnológicos y de las formas y modos de producción y, como consecuencia de ello, en el trabajo. Ahora bien, ¿qué repercusiones está teniendo todo esto en los individuos? A esta pregunta trata de responder Richard Sennett en La corrosión del carácter (Ed. Anagrama, Barcelona). El autor, que es sociólogo y profesor de la London School of Economics, ha publicado diversos trabajos sobre el trabajo, la familia y las clases sociales. A la luz de este libro se desprende que en esta cuestión, como en tantas otras, las contribuciones de los sociólogos resultan muy útiles para los economistas El libro comienza de una forma un tanto novelada, comparando los diferentes destinos que han tenido en sus trabajos y en la vida un emigrante italiano y su hijo. A partir de esas dos generaciones se adentra en el tema objeto de estudio, pues las diferencias no sólo afectan al nivel de ingresos y a la mejora de la posición social que consigue el hijo con relación al padre, si bien lo logra gracias al esfuerzo y al trabajo de los padres, sino que también influyen de forma decisiva las nuevas modalidades del trabajo. Las experiencias del hijo con el tiempo, el lugar y el trabajo no son únicas, como tampoco lo es su respuesta emocional. De aquí, el autor deduce que las especiales características del tiempo en el neocapitalismo han creado un conflicto entre carácter y experiencia. La experiencia de un tiempo desarticulado que amenaza la capacidad de la gente de consolidar su carácter en narraciones duraderas. Lo que hoy se impone es la flexibilidad frente a anteriores formas de producción más rutinarias. Sin embargo, aunque el lenguaje de la flexibilidad implica que la rutina está desapareciendo en los sectores dinámicos de la economía, la mayor parte del trabajo sigue inscrito en el círculo del fordismo. Estimaciones hechas por trabajos modernos indican que al menos dos tercios de los empleos modernos son repetitivos en una forma que Adam Smith reconocería como afín a las practicadas en su fábrica de tachuelas y clavos. El uso de los ordenadores en el trabajo implica, para la mayoría, tareas totalmente rutinarias, como la recogida de datos, por ejemplo. El sistema de poder que acecha en las formas modernas de flexibilidad está compuesto por tres elementos: reinvención discontinua de las instituciones, especialización flexible de la producción y concentración sin centralización del poder. El primer elemento se refiere a que los manuales y las revistas empresariales actuales tienden a presentar el comportamiento flexible como dependiente del deseo de cambio; no obstante, se trata de una clase especial de cambio, con consecuencias particulares para nuestra percepción del tiempo. De modo, que en las operaciones de los mercados modernos el trastorno de las organizaciones se ha vuelto rentable. Mientras que el cambio brusco puede no justificarse en términos de productividad, los beneficios a corto plazo para los accionistas proporcionan un fuerte incentivo a los poderes del caos disfrazados con la palabra reengineering, de apariencia tranquilizadora. Algunas empresas perfectamente viables son destruidas o abandonadas y muchos empleados capaces quedan a la deriva y no se ven recompensados, simplemente porque la organización debe demostrarle al mercado que es capaz de cambiar. El segundo elemento, pretende conseguir productos más variados cada vez más rápido. La especialización flexible es la antítesis del sistema de producción encarnado por el fordismo. Los ingredientes necesarios para ello son conocidos. La especialización flexible conviene a la alta tecnología; gracias a los ordenadores, las máquinas industriales pueden reprogramarse y configurarse fácilmente. La velocidad de las comunicaciones modernas también ha favorecido la especialización flexible al permitir que las empresas gocen de acceso inmediato a los datos del mercado global. Ahora bien, esta consideración en términos microeconómicos a su vez tiene sus implicaciones macroeconómicas. Toda vez que la operación de la producción flexible depende de la manera como una sociedad define el bien común. El régimen angloamericano tiene pleno empleo, pero pocas restricciones políticas a la desigualdad de ingresos, mientras que los sistemas de los Estados de bienestar, propios de la Europa continental, más sensibles a los problemas de los trabajadores, son un obstáculo a la creación de empleo. El mal que escojamos depende del bien que persigamos. El tercer elemento implica que los cambios en las redes, los mercados y la producción hacen posible lo que se enuncia: concentración sin centralización. Uno de los alegatos que se hacen a favor de la nueva organización del trabajo es que descentraliza el poder, es decir, que da a la gente de categoría inferior más control sobre sus propias actividades. Obviamente se trata de una afirmación falsa. De manera que desafiar el viejo orden burocrático no ha traído consigo menos estructura institucional. En la rebelión contra la rutina, la aparición de una nueva libertad es engañosa. En las instituciones y para los individuos, el tiempo ha sido liberado de la jaula de hierro del pasado, pero está sujeto a nuevos controles y a una nueva vigilancia vertical. El tiempo de la flexibilidad es el tiempo de un nuevo poder. La flexibilidad engendra desorden, pero no libera de las restricciones. En definitiva, nos encontramos ante un libro muy interesante que plantea ante nosotros cuestiones que no son abordadas por la economía convencional, así se nos abren muchas ventanas para ver más cosas de las que están sucediendo y que realmente quedan ocultas en los enfoques económicos actuales. Se desmitifica en gran parte las tendencias de un modelo económico y social como el norteamericano, que es el que más avanzado se encuentra en este terreno, y el cual se nos ofrece como guía a seguir por todos los países europeos. El crecimiento económico por Estados Unidos está deslumbrando incluso a la mayor parte de los líderes socialdemócratas de la Unión Europea, que nos invitan a imitarlo. Pero, como se puede observar, no es, ni mucho menos, oro todo lo que reluce en los nuevos modelos flexibles. *Catedrático de Economía Aplicada Universidad Complutense |