Mis lecturas de economía
Nº405
13/3/2000

Retratos de la Europa de hoy

Carlos BERZOSA*

La Confederación Española de Cajas de Ahorro, la editorial Aguilar y Eurostat han publicado conjuntamente el libro ¿Cómo somos los europeos? en el que se nos ofrecen datos acerca de la Unión Europea que resultan enormemente significativos. Es este un libro que va destinado a un público amplio y, por tanto, no es sólo para especialistas, los cuales sin duda conocen bastantes de las cuestiones que aquí se mencionan, lo que no quita un ápice de su interés. De esta vocación de llegar a mucha gente se deriva también su sencillez explicativa. Por el interés que aportan algunos datos, vamos a proceder a comentarios.

Uno de los principales indicadores que llama la atención por ser una expresión del bienestar alcanzado por Europa en las últimas décadas es la longevidad. En los últimos 50 años, la esperanza de vida de los europeos ha aumentado en 10 años. La esperanza de vida de la mujer es siete años mayor que la de los hombres. La me­dia de la Unión Euro­pea de los hombres es de 74 años y la de las mujeres de 81, siendo para España de 74 y 82, respectivamente. En los hombres, estamos por debajo de los suecos (77 años), griegos, holandeses e italianos (75 años). En las mujeres, sin embargo, estamos igual que las suecas y francesas.

 La tasa de fecundidad que se registra en la Unión Europea es muy baja (1,44 hijos por mujer), pero España marca el mínimo, con una tasa de 1,15 hijos por mujer. Por qué se produce una tasa tan baja en nuestro país ha sido, en los últimos meses, objeto de muchos comentarios en los medios de comunicación. Resulta evidente que el que España tenga una tasa de fecundidad baja corresponde al  comportamiento de un país desarrollado, pero el hecho de que sea la más baja deja abiertos muchos interrogantes. Sin duda son varios los factores que contribuyen a ello, pero considero que uno muy significativo es lo difí­cil que resulta, hoy en día, para la mujer combinar la inserción en el mercado laboral y el tener hijos.  Las pocas ayudas existentes, la falta de buenas guarderías, lo costosas que éstas suelen ser, la expulsión del  puesto de trabajo de mujeres que se quedan embarazadas son seguramente al­gunas de las razones que podemos encontrar para explicar este hecho tan llamativo.

La disminución de los ritmos de crecimiento de la población de la Unión Europea viene siendo mitigada desde los años ochenta por el incremento de la población inmigrante. Durante la década de los noventa, la inmigración ha supuesto el 71 % del total de crecimiento de la población de la Unión Europea. En muchos países el crecimiento de la población sería ya negativo de no ser por los inmigrantes.

España es el país que ha recibido menos inmigrantes extracomunitarios. Estas cifras ponen encima del tapete algo que resulta fundamental destacar ante las políticas tan restrictivas que se están llevando a cabo con los inmigrantes. En primer lugar, conviene destacar que la mano de obra inmigrante está siendo necesaria para desempeñar cierto tipo de trabajos y que éstos son fundamentales para mantener nuestro bienestar. En segundo lugar, que en España no tendría que haber problemas con la inmigración, pues el número de emigrantes es relativamente bajo. El que esto suceda, se debe, en gran parte, a las inexistentes políticas de la Administración para crear condiciones de vida digna a los inmigrantes.

En ambos casos, baja fecundidad y políticas de inmigración, se pone de manifiesto una vez más el atraso que España tiene en comparación con otros países europeos en políticas sociales, a pesar de los cánticos que se hacen sobre lo bien que marcha la economía española. No es que yo me sitúe a favor de políticas natalistas, ni mucho menos, sino simplemente que hay que poner las condiciones para que toda mujer que desee tener hijos los pueda traer al mundo en condiciones adecuadas, al igual que hay que favorecer a las que no los quieran tener.

Otro dato que llama la atención, y que de algún modo está relacionado con lo dicho anteriormente, es el del porcentaje de jóvenes que permanecen en el domicilio paterno. Así, en España, en 1996, entre 20 y 24 años, permanecen el 90%, más que en 1987, que era del 84%. La cifra es la más alta de toda la Unión Europea, cuya media se sitúa en un 66%. Pero lo más sorprendente es que entre los 25 y 29 años, en nuestro país, todavía el 62% sigue viviendo en el hogar paterno, mientras que la media de la Unión es del 32%.

Ante unas cifras que hablan por sí solas, cabe preguntarse: ¿qué es lo que les pasa a nuestros jóvenes que no quieren emanciparse? ¿Es que realmente sufren un gran amor paternal hasta el punto que les cuesta marcharse de casa? 0 bien ¿nuestras familias son las más acogedoras de la Unión Europea? Todos sabemos que no es así, sino que el paro y los trabajos temporales afectan fundamentalmente a los jóvenes y, por si fuera poco, la vivienda es excesivamente cara. No hay viviendas baratas para jóvenes o de alquiler que les permitan hacer su propia vida. Las oportunidades de los jóvenes quedan gravemente lastradas con esta situación económica y social que tenemos ante nosotros. Las cosas no marchan tan bien como se nos dice.

 En fin, hay muchos más datos de interés, pero hemos elegido una muestra de lo que algunos de ellos representan y que ponen de manifiesto debilidades de nues­tra economía y de nuestra sociedad. Sería bueno que los políticos y economistas se preocuparan también de estas cuestiones y no sólo del comportamiento de determinadas variables económicas. El crecimiento económico, si bien es una consecuencia necesaria para la mejora del bienestar, no es suficiente. Ni que decir tiene que la distribución lo más equitativa posible de los frutos del crecimiento, la mejora del medio ambiente, el desarrollo de políticas sociales que ayuden a las mujeres a conseguir la igualdad, así como a los emigrantes y jóvenes, son aspectos todos ellos funda­mentales para el logro de una mejora en la calidad de vida. 

* Catedrático de Economía Aplicada Universidad Complutense

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