Mis lecturas de economía
Nº401
14/2/2000
El “sistema mundial” de la economía

Carlos BERZOSA*

Acaba de aparecer en castellano el tercer tomo de la obra de Wallerstein El moderno sistema mundial (Ed. Siglo XXI, Madrid). El objeto de análisis de este tercer volumen es la segunda era de gran n expansión de la economía mundo capitalista, 17301850. El primero se centra en la agricultura capitalista y los orígenes de la economíamundo europea en el siglo XVI y el segundo sobre el mercantilismo y la consolidación de la economía‑mundo europea, 1600­1750. Lo importante de la contribución ‑de Wallerstein no es que haya pretendido ofrecer un libro de historia económica más, sino que lo hace desde una concepción determinada en la que combina los hallazgos de Braudel con el uso de una determinada metodología marxista.

De este modo, considera que a finales del siglo XV y principios de XVI nació lo que podríamos llamar una economía­mundo europea. No era un imperio, pero no obstante era espaciosa como un gran imperio y compartía con él algunas características. Pero era algo diferente y nuevo. Era un tipo de sistema social que el mundo en realidad no había conocido anteriormente, y que constituye el carácter distintivo del moderno sistema mundial. Es una realidad económica pero no política, al contrario que los imperios, las ciudades‑Estado y las naciones‑Estado. De hecho, precisamente comprende dentro de sus límites (es difícil hablar de fronteras) imperios, ciudades‑Estado, y las emergentes naciones-Estado. Es un sistema mundial, no porque incluya la totalidad de¡ mundo, sino porque es mayor jurídicamente definida. Y es una economía‑mundo debido a que el vínculo básico entre las partes del sistema es económico, aunque esté reforzado en cierta medida por vínculos culturales y eventualmente, como expone, por arreglos políticos e incluso estructuras confederales. Los orígenes y funcionamiento de esta economía‑ mundo europea se sitúa en el siglo XVI. Europa no era, sin embargo, la única economía‑mundo en aquellos tiempos. Había otras. Pero sólo Europa se embarcó en el camino del desarrollo capitalista que la capacitó para desbancar a otras. ¿Por qué ocurrió esto? Es precisamente la interrogante a la cual quiere dar respuesta a lo largo de estos tres tomos.

Este planteamiento metodológico le diferencia de la teoría de la dependencia que tuvo tanto vigor a finales de los sesenta y principios de los setenta. En su análisis no opera con dos tipos de capitalismo, es decir, un capitalismo central y otro periférico, como lo hacen los dependentistas, sino con esta idea de economía-mundo que se caracteriza por el hecho de que la vida dentro de él está en gran parte autosostenida y de que las dinámicas de su desarrollos son internas en gran medida. Así, el problema de los factores internos versus externos, que a los teóricos de la dependencia les causó cantidad de molestias, ha pretendido ser resuelto por Wallerstein cuando internaliza el factor externo. De este modo, concibe un tipo único de capitalismo, esto es, el del sistema mundial, aunque sus diferentes ramas se pueden  manifestar de formas distintas. Evita, por tanto, la  concepción basada en la  polarización entre centro  y periferia (desarrollo‑ subdesarrollo) como condición necesaria explicativa, aunque el sistema mundo está compuesto por los Estados centro (correspondientes al centro o metrópoli de la escuela de la dependencia), la semiperiferia, la periferia y la arena externa. La semiperiferia es una categoría, intermedia pero funcionalmente importante, de países que se están convirtiendo en Estados‑centro, o perdiendo su situación como tal, e incorporándose a la periferia. La arena externa es el conjunto de territorios que todavía no han sido afectados por la penetración capitalista desde los Estados‑centrales.

La obra de Wallerstein propone un enfoque del desarrollo histórico del mundo, pero su aparato conceptual, realmente novedoso, ha dado lugar, sin embargo, a cantidad de críticas y ha sido objeto de controversia. Un historiador tan reputado como Fontana le hace una fuerte crítica cuando dice: “Los libros de Wallerstein son útiles como guía bibliográfica, pero este acopio es, como siempre en el estructuralismo, pasivo, sin ninguna aportación personal: el contacto con la realidad está siempre mediatizado por el trabajo de otro investigadores cuyos resultados se encajan en el esquema teórico prefabricado. Por muchas razones el lugar de Wallerstein no debería estar en un capítulo sobre marxismo ‑ni que sea un marxismo degradado‑, sino cercano a la social hístory o el eclecticismo académico de la escuela de Annales" (J. Fontana: Historia. Análisis del pasado y proyecto social, Ed. Crítica, Barcelona) .

Las controversias se han centrado principalmente en lo que ya planteábamos en el comentario anterior a propósito del paso del feudalismo al capitalismo. Este debate ciertamente antiguo, pues data de los años cincuenta, se suscitó entonces como consecuencia de la crítica que Paul Sweezy hizo a la obra de Maurice Dobb Estudios sobre el desarrollo del capitalismo (Ed. Siglo XXI, Buenos Aires). Más recientemente se ha vuelto a reavivar debido a las contribuciones hechas por Brenner, entre las que se cuentan la crítica que efectúa a Sweezy, Gunder Frank y Wallerstein. El debate Brenner, tal como se le denomina habitualmente, ha constituido una de las polémicas más importantes en el campo de la teoría histórica que se ha planteado en los últimos años.

En concreto, los puntos principales de discordia se encuentran en cuáles deben ser los aspectos a destacar como dominantes en el paso de una sociedad feudal a una capitalista. De modo que el debate se plantea en términos de si la transición hay que entenderla como resultado de la expansión comercial internacional y, por tanto, poniendo énfasis más en la circulación, o si bien hay que poner más el acento en las estructuras agrarias, o sea, en la producción. Wallerstein, al igual que Arrighi, son más partidarios, aunque con matices, de la primera opción, mientras que Brenner, al igual que Dobb en su día, optan por la primera. Los autores que se centran más en la circulación que en la producción también suelen, por lo general, hablar de capitalismo como una realidad ya existente en estos años de expansión internacional, lo que es evidentemente discutible. El comercio exterior tuvo su importancia, pero no hay que sobrevalorarlo, debido a que en estas épocas sólo una pequeña fracción del producto de las economías implicadas discurrían por ese cauce. Polanyi, por ejemplo, considera que no se puede hablar de mercado (y capitalismo), en los términos que él lo entiende, antes de 1834.

Por mi parte, considero que la obra de Wallerstein, como lo muestra el impacto que ha tenido, es realmente sugestiva por el método que nos propone y la cantidad de información que proporciona, pero ello no excluye que sea crítico al considerar su análisis excesivamente circulacionista, y en este aspecto me siento más identificado con aquellos autores que ponen el énfasis más en la producción material que en la circulación, aunque sin olvidar a esta última. En todo caso, resulta conveniente leer a Wallerstein para aquellos que se encuentren interesados en esta parte de la historia de la economía de la sociedad y en la transición de lo que supuso la llegada del capitalismo que es el modo de producción que ha revolucionado como no se había hecho nunca antes las técnicas en la producción y en la creación de nuevos productos. Pero también resulta útil para acercarnos a la compleja comprensión del avance desigual de la economía mundial que es el rasgo más negro y oscuro del desarrollo del capitalismo.

*Catedrático de Economía Aplicada. Universidad Complutense

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