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Nº
624 - 15
de noviembre de 2004
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Fallece el símbolo de la resistencia contra Israel PALESTINA DESPUÉS DE ARAFAT La
desaparición de Yasir Arafat simboliza el cierre de un ciclo histórico
y la llegada de una nueva situación cargada de dudas e interrogantes.
Prisionero en su despacho durante los últimos años, pese
a lo limitado de su capacidad ejecutiva, su figura representaba todavía
la unidad de las distintas visiones que conviven en su pueblo y el rostro
de una causa que ha mantenido la atención del mundo durante más
de 50 años. Las previsibles presiones exteriores -especialmente
norteamericanas e israelíes- para conseguir interlocutores "más
moderados" en el campo palestino y el afloramiento de las diferencias,
mal disimuladas, que ya llevan mucho tiempo produciéndose en el
seno de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y los distintos grupos políticos,
componen un panorama preocupante que todavía puede introducir más
elementos de tensión en una de las zonas más conflictivas
del planeta. Por Pedro Antonio Navarro Yo creo que Arafat ya lleva muerto varios días y que lo están manteniendo de un modo similar a como se hizo en España con Franco, para ganar tiempo mientras preparan un acuerdo o deciden sobre el personaje adecuado para evitar conflictos entre las distintas facciones. Me consta que ya se están produciendo numerosas reuniones, en primer lugar, para configurar una cúpula militar colegiada con la que evitar esa posibilidad de enfrentamiento", comenta un palestino que desea permanecer en el anonimato y que lleva muchos años residiendo en nuestro país. "Arafat era un obstáculo para los intereses israelíes y estadounidenses", prosigue, "porque, si bien realizó innumerables concesiones, no estaba dispuesto a la firma de acuerdos y de la paz definitiva a cualquier precio, cosa que sí están deseando llevar a cabo los tres aparentes 'candidatos' que ahora nos muestra la prensa internacional. Quieren llegar al acuerdo político a cualquier precio. Están de acuerdo con la Hoja de Ruta; se han cansado de ver sangre y ya desean una salida como sea, pero eso no es lo que quiere la inmensa mayoría de la población palestina". Estas palabras reflejan con bastante aproximación la realidad que se avecina para Palestina y para Oriente Próximo. El denominado Cuarteto (EEUU, Unión Europea, Rusia y Naciones Unidas) tratará de potenciar y promover a aquellas figuras palestinas que puedan ofrecer una interlocución más cómoda a Israel y que mejor se adecuen a la reordenación geoestratégica que los Estados Unidos han diseñado para Oriente Medio. Como corolario de una larga historia de derrotas -trufadas con algún triunfo, como los Acuerdos de Madrid- de la causa palestina por obtener en estatus nacional, aparece en el horizonte la famosa Hoja de Ruta, como el límite máximo a las aspiraciones de los sucesores de Arafat. Toda la diplomacia mundial, incluida la europea, contempla esta posibilidad como la única real y sus movimientos se dirigen en esa dirección. Y uno de los aspectos fundamentales que contemplaba este diseño norteamericano era la reforma interna de la Autoridad Nacional Palestina, lo que, en la práctica, significaba reemplazar a Arafat por otro responsable de un perfil mucho más moderado y proclive a la negociación. La muerte del Rais parece abrir de par en par las puertas a ese deseo israeloamericano, pero la situación real en los Territorios Ocupados y en las regiones administradas por la ANP no parece tan clara. El pasado mes de marzo, las organizaciones que integran la OLP aprobaron un documento-programa en el que se exige trabajar en profundidad para promover el consenso nacional, con el objetivo de continuar la Intifada hasta conseguir su objetivo estratégico: expulsar a los invasores israelíes de todos los territorios ocupados desde 1967; alcanzar el total desalojo de los asentamientos judíos en colonias, establecer un estado palestino independiente, soberano, en pleno uso de todas sus prerrogativas con capital en Jerusalén y el ejercicio del derecho de todos los refugiados a regresar a sus tierras y sus casas, como establece la resolución 194 de Naciones Unidas. En esa reunión también se definieron los medios necesarios para ser utilizados con vistas a esos objetivos, y que se podrían resumir en la disposición a ejercer la resistencia armada legítima, mantener a los civiles de ambos lados fuera de la confrontación bélica y trabajar para conseguir la conformación de una dirección nacional unificada que integre a todas las partes en la toma de decisiones y que se corresponsabilicen de las mismas. En el mismo documento se incluyen referencias a una activación de las instituciones de la OLP, fortalecimiento de la dirección colectiva, con la meta en un gobierno de unidad nacional con la participación también de las fuerzas islámicas -en clara referencia a Hamas-. Hamas ya se había mostrado dispuesta en ocasiones anteriores a formar parte de esa dirección nacional colectiva palestina, precisamente para prevenir que ante una eventual ausencia de Arafat, se llegase a una situación caótica de enfrentamiento entre las distintas facciones y posicionamientos. A pesar de todo, resulta evidente que la ANP estaba atravesando por una profunda crisis, tanto en la capacidad de elaboración de políticas concretas, como en la credibilidad interna, debida, especialmente, a las numerosas imputaciones de corrupción que afectaban a gran parte del entorna más inmediato de Arafat. Sin embargo, como analiza el intelectual palestino Lamis Andonis, "la crisis actual es mayormente una manifestación de la pérdida de esperanza en alcanzar una solución justa que ponga fin al sufrimiento palestino, así como una indicación de la profunda corrupción moral y política, y de la impotencia del sistema palestino, que está ya desperdiciando el triunfo sin precedentes que representa el dictamen del Tribunal Internacional de Justicia sobre el Muro 'de seguridad' de Israel, al que ha considerado ilegal". Y la raíz de todo esto se encuentra en los contenidos de los Acuerdos de Oslo de 1993. A través de lo firmado, la propia ANP es la que quedaba comprometida en las garantías de seguridad para el Estado de Israel. Buena parte de la ayuda internacional se destinó, entonces, a la creación de la Policía palestina que, desde ese momento se vio en innumerables ocasiones en la coyuntura de combatir y reprimir a los grupos armados palestinos. La paradoja resulta mayor al comprobar que muchos de los actuales responsables de estas fuerzas de seguridad -y en esto, el caso de Mohammed Dahlan, ex ministro del Interior, responsable de la Seguridad en Gaza y posible candidato a la sucesión de Arafat, es paradigmático- habían sido líderes de la primera Intifada y duramente represaliados por ello, y ahora, son vistos por buena parte de la población como enemigos de la causa. Además, ese nuevo rol lleva aparejado un estatus social y económico nada desdeñable en un entorno en el que la débil economía alcanza unos insoportables niveles de desempleo y las condiciones de vida de la media de los habitantes están bajo mínimos. Algunos de estos "funcionarios" llevaban tiempo proclamando el fin de la "era Arafat", a quien culpaban de haber rechazado la oferta que le hizo Ehud Barak en 2000 para constitución de un miniestado palestino, fragmentado y controlado en sus fronteras por Israel. De este entorno ha nacido la palabra más pronunciada en Palestina en los últimos meses: reforma. En el fondo de la cuestión se encuentra la desesperanza de una sociedad y de unos combatientes que se han visto sometidos a condiciones de vida miserables, sufrir humillaciones y derrotas sistemáticas y al más clamoroso abandono a su suerte por parte de la comunidad internacional que, ni siquiera ha conseguido ubicar una fuerza multinacional de interposición que impidiera los desmanes del ejército de Israel ni la actuación de bombas humanas palestinas contra los civiles del Estado hebreo. Y, una vez más, el papel de los Estados Unidos está resultando determinante. Su reclamada intervención como mediador ha terminado convirtiéndose en un dictado de obligado cumplimiento para la Autoridad Palestina y una protección permanente contra cualquier resolución de Naciones Unidas que resulte perjudicial al expansionismo israelí. El presidente George W. Bush, oficialmente es partidario de la creación de un Estado palestino, pero con ciertas condiciones que, en la práctica, resultan una imposición de todas las políticas que pudieran ser decididas en territorio palestino. Así, expresaba su apoyo a la creación de este Estado "cuando el pueblo palestino tenga nuevos líderes, nuevas instituciones y nuevos acuerdos de seguridad con sus vecinos"; un estado "cuyas fronteras y ciertos aspectos de su soberanía serán provisionales, hasta que la cuestión se resuelva dentro del contexto de un acuerdo final para todo Oriente Medio". En este contexto, con la pretensión de obtener el beneplácito de todos los implicados en la lucha del pueblo palestino hacia esta nueva tendencia reduccionista de las aspiraciones originales, la ANP abrió una vía de consultas con las diferentes facciones para crear, si ello fuera posible, un Gobierno de Unidad Nacional con el horizonte fijado en las "reformas". Mayoritariamente la opción resultó rechazada. Ante el planteamiento de poner fin a la lucha armada en la Intifada, Hamas se opuso en pleno y Fatah demostró su división interna cuando el sector de jóvenes se pronunció, a través del alto Comité de Cisjordania que las reformas debían incluir tres cuestiones básicas: primero, el nuevo Gobierno debía estar constituido fundamentalmente por técnicos cuya labor fundamental consistiría en ofrecer servicios eficientes a la población; segundo, que, tras los cambios necesarios y la elección de representantes, fuese la OLP quien negociase con Israel desde ese momento y no los jefes de la Seguridad palestina y los asesores económicos, como venía sucediendo, y, en tercer lugar, que debería alcanzarse un pacto entre todas las facciones, incluida Hamas, para coordinar la resistencia. Un presionado Arafat decició disolver el Alto Comité de Fatah y nombró un nuevo Consejo Revolucionario. Pese a su evidente moderación y disposición a la negociación con el Estado israelí, Yasir Arafat siempre fue visto como un radical y un interlocutor no deseado. Sus últimos años, prisionero en su propio despacho, amenazado con ser asesinado en cualquier momento -incluyendo algunos momentos ciertamente angustiosos, en los que estuvo literalmente rodeado por los blindados del ejército hebreo-, e incapacitado para cualquier actividad política de trascendencia, reflejan el maltrecho estado actual de la causa palestina y el momentáneo éxito de las políticas agresivas de Ariel Sharon, que han conseguido una dirección política de la OLP dividida y aislada de su cabeza y, ahora, tras el fallecimiento de Arafat, una situación de máxima incertidumbre con una población alejada en sus planteamientos de sus supuestos dirigentes. En lo que respecta a nuestro país, no parece que las excelentes relaciones que España mantiene con la ANP, desde el reconocimiento oficial de la OLP, en 1978, vayan a experimentar cambios importantes. Nuestro anónimo interlocutor palestino residente en Madrid aporta su convencimiento de que "llegue quien llegue a hacerse con la presidencia, las relaciones con España no cambiarán sustancialmente. Siempre han sido excelentes y aún más, reforzadas por el vínculo estrecho entre Miguel Ángel Moratinos y Arafat. La amistad entre España y el pueblo palestino se percibe en muchos ámbitos, no sólo en la diplomacia, ya que numerosas organizaciones civiles españolas han venido mostrando su apoyo a la causa palestina y también en materia económica y de ayuda a l desarrollo. España ha estado a la vanguardia de Europa en las relaciones con la ANP y ha sido el elemento catalizador de unas buenas relaciones con la Unión Europea. Esto no se cambiará con una u otra figura. La población palestina también siente mucha simpatía hacia España y se valoran los pasos políticos que se han dado hacia nosotros, además del mucho dinero que ha aportado para el desarrollo y las infraestructuras, como fue la construcción del aeropuerto y el puerto de Gaza, hospitales, infraestructura médica". Aunque recuerda que buena parte de esto ha sido destruido por el ejército de Israel", y también confiesa que otro elemento importante de esa simpatía hacia España "ha sido la decisión de retirar las tropas de Iraq". Como prueba inequívoca de estas buenas relaciones, el Gobierno español ha sido uno de los primeros en reaccionar al fallecimiento de Yasir Arafat, enviando una nota de condolencia en la que expresa su "más profundo pésame, al que califica de "una de las figuras más relevantes de nuestro tiempo", y tras recordar su condición de Premio Nóbel y de Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional, hace referencia al "carisma del Presidente Arafat, su dimensión internacional como artífice de la causa nacional palestina, así como su infatigable lucha por el reconocimiento de los derechos de su pueblo". Desde que se tuvo conocimiento de que la enfermedad que aquejaba al Rais tenía un carácter irreversible, el ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, ya había expresado su determinación de acudir a los funerales, cuando éstos tuvieran lugar. Su relación personal estrecha y cercana con el fallecido líder palestino, construida durante su época como representante de la Unión Europea en Oriente Medio durante ocho años le permitió afirmar días atrás que acudiría "por motivos personales y políticos". Moratinos había pedido días atrás a la Autoridad Nacional Palestina que acelerase al máximo la convocatoria de elecciones. Lo hizo en sendas conversaciones personales que mantuvo con el secretario general de la OLP, Abu Mazen, con el primer ministro palestino, Ahmed Qurea (Abu Ala), y con el jefe de la diplomacia palestina, Nabil Shaath. El Gobierno español, por mediación de Moratinos, apeló al sentido de la responsabilidad de las autoridades de la ANP para que garantizaran urgentemente la unidad de todas las facciones y de todas las organizaciones para conseguir que en el proceso que se abre tras la muerte del líder tenga lugar del modo más sereno posible. Moratinos también se ha comprometido a que el Ejecutivo español va a utilizar toda su capacidad de mediación con Israel y con todos los grupos palestinos para tratar de reactivar el adormecido proceso de paz, y dejó un "mensaje" haciendo referencia a la necesaria "voluntad de Israel" de retirarse de Gaza de cara a los nuevos encuentr0os que vayan a mantener con la nuevas autoridades de la ANP. Moratinos ha expresado la necesidad de que la nueva dirección palestina pueda desarrollar su capacidad negociadora y que tenga "la misma legitimidad democrática que tenía Yasir Arafat", para lo que resultaría urgente la convocatoria de esas elecciones. Tras asegurar que había "compartido muchos momentos" con el carismático líder palestino, ha dejado claro que aunque no estuviera ejerciendo una responsabilidad de gobierno en estos momentos, asistiría del mismo modo a los funerales. Pero las reacciones ante el fatal desenlace se produjeron en prácticamente todo el planeta. El presidente norteamericano, George W. Bush, expresó sus condolencias al pueblo palestino y deseó para el futuro "paz y el cumplimiento de sus aspiraciones de una Palestina independiente, democrática y en paz con sus vecinos". Más emotiva y, probablemente más sincera, fue la reacción del secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan. Además de confesar su emoción personal por la pérdida, declaró que "durante cuatro décadas simbolizó las aspiraciones nacionales del pueblo palestino. El presidente Arafat será recordado como el que condujo a los palestinos a aceptar el principio de una coexistencia pacífica entre Israel y el futuro Estado palestino". Tal vez, la más llamativa de las condolencias fue la expresada por el líder del Partido Laborista Israelí, Simón Peres: "Arafat murió, pero el pueblo palestino vive". Cabe recordar que ambos compartieron el Premio Nóbel de la Paz. Su funeral en El Cairo -donde probablemente nació, ya que ése es uno de los elementos oscuros de su biografía que él decidió no aclarar jamás- no ha puesto punto final a su destino. Todos sus allegados aseguran que sólo es provisional su actual tumba, que no renuncian a que su lugar de descanso definitivo sea Jerusalén Este, ansiada capital para un futuro Estado palestino. El proceso abierto con el comienzo de esta agonía y de una enfermedad nunca aclarada verdaderamente tiene un desarrollo imprevisible. La lucha por el poder queda más abierta que nunca, entre colaboradores inmediatos de Arafat, su vieja guardia y la irrupción de los jóvenes. Pero no es sólo una lucha generacional, también tiene un desarrollo transversal entre muy distintas concepciones políticas y análisis divergentes de las posibilidades reales de que la causa palestina pueda concluir o no con la fundación de un Estado y, sobre todo si ese estado merecerá tal nombre. Los reformistas, los partidarios de una negociación sin límites con los israelíes, están presentes en todas las generaciones que hoy aspiran al poder en la OLP. Las diferencias son muy importantes y mantener la unidad será el reto más difícil al que tienen que enfrentarse los actuales gestores de la situación. La ley establece un periodo de 60 días de presidencia interina y la convocatoria de unas elecciones que den legitimidad democrática al nuevo presidente de la ANP y su Gobierno. Pero la tarea no parece sencilla. Ya resultará casi imposible garantizar la limpieza de un proceso que ha de desarrollarse en un territorio ocupado por un ejército extranjero y, además, la existencia de grupos armados y de unas fuerzas de seguridad dirigidas por responsables de conocidas tendencias reformistas que han protagonizado más de un duro enfrentamiento con su propia población, tampoco constituyen elementos para el optimismo. El mismo día de la muerte de Arafat, las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa emitían un comunicado en el que llamaban a intensificar las acciones de lucha contra el ocupante israelí. Las tensiones son evidentes y los analistas también llaman la atención sobre las presiones externas, especialmente por parte de Estados Unidos, para colocar en la dirección de la ANP a un interlocutor que facilite las intenciones de una nueva geoestrategia para todo el Próximo Oriente. También resultará decisiva la estrategia que decida em`plear el Gobierno de Ariel Sharon. En un momento especialmente sensible como éste, una nueva provocación, una acción armada desproporcionada podría provocar una reacción emocional muy grave en los territorios palestinos y dar al traste con nuevas posibilidades para abrir vías de diálogo. Abu Mazen es, hoy por hoy, el preferido por americanos e israelíes, pero está por ver que consiga el triunfo en las urnas en la convocatoria electoral de dentro de unos meses, porque su popularidad cayó en picado ante las acusaciones de "demasiado blando" que recibe constantemente. Sin embargo, tampoco aparece en el horizonte una alternativa clara. LOS CANDIDATOS A LA SUCESIÓN DEL 'RAIS' L a muerte del carismático líder de la OLP, Yasir Arafat, siembra de incertidumbre el futuro de una cada vez más debilitada Autoridad Nacional Palestina (ANP), que durante los últimos años ha sido acusada de organizar una administración corrupta y, por parte de una buena parte de la población, de haber cedido en sus posiciones hasta límites insoportables y de haber reprimido a sus propios combatientes. La desaparición del que fuera símbolo del pueblo palestino durante las últimas décadas aboca a un proceso en el que muchos temen que se resquebraje la ya frágil unidad y en el que afloren tendencias enfrentadas para hacerse con las riendas de una situación en la que el margen de maniobra real se antoja muy escaso. Vieja guardia y políticos emergentes se disputarán el control. La normativa prevista para la sustitución, en caso de fallecimiento, del presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), establece un periodo de interinidad de dos meses en los que el cargo ha de ser asumido por el portavoz del Parlamento, tiempo que ha de utilizarse para la convocatoria de elecciones. En la actualidad, esa responsabilidad es ocupada por Rawhi Fattouh, un hombre del aparato de Fatah, perteneciente a una generación intermedia entre la "vieja guardia" y los jóvenes emergentes. A sus 55 años es considerado de perfil funcionarial, poco dotado para la elaboración política, aunque pragmático y dotado para la función administrativa y provisional que ha de afrontar. Siempre muy próximo a las posiciones de Arafat, sin embargo protagonizó una iniciativa sorprendente, cuando, para presionar a su presidente con el fin de impedir determinadas reformas políticas que disminuían las prerrogativas políticas del Parlamento, decidió suspender las sesiones de este organismo durante dos meses. Pese a que la ley le ha colocado en el puesto de máxima responsabilidad durante el plazo ya mencionado, no entra en las quinielas por la sucesión. Quien sí cuenta en los pronósticos es el ex primer ministro, Mamad Abbas (Abu Mazen). Con fama de demasiado proclive a atender las exigencias de Israel y EEUU, presentó su dimisión por su total incompatibilidad con el Rais. Washington presionó con mucha fuerza para que la figura del primer ministro fuera incluida en la estructura administrativa de la ANP y, sin el menor disimulo, apoyaron a Mazen como candidato. Pero tras sólo cuatro meses en el cargo, presentó su dimisión como consecuencia de la permanente lucha con un Arafat que, finalmente impuso su criterio. Sin embargo, su enfrentamiento no venía de lejos. Un poco más joven que el fallecido presidente, Mazen, con 68 años, fue compañero de armas del propio Arafat y cofundador en los años 50 del movimiento Fatah, principal grupo integrante de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). En 1996 fue elegido su secretario general -número dos-. Formó parte de la delegación palestina en las negociaciones que desembocaron en los Acuerdos de Oslo (1993). Se opuso con fuerza a la militarización de la Intifada, a la que consideró un "error táctico" y desde hace bastantes años ha sostenido que la solución definitiva al conflicto sólo podría alcanzarse a través de la negociación. Es, sin duda, el candidato favorito de Israel y EEUU. El pasado 4 de junio pronunció un discurso en Aqaba (Jordania), ante la presencia de George W. Bush y de Ariel Sharon en el que incluyó una referencia al "sufrimiento de los judíos a lo largo de la Historia", y no mencionó el de los palestinos, ni siquiera la situación de los refugiados, lo que le granjeó una oleada de críticas en los Territorios Ocupados. Aunque es una figura conocida en el exterior, su popularidad en el interior se encuentra bajo mínimos. Una encuesta realizada en la primavera de este año en Gaza y Cisjordania así lo ponía de manifiesto. Ante la pregunta "¿Cuál es la personalidad en la que más confía?", Abu Mazen ocupaba el séptimo puesto, con sólo un 1,8 por ciento de las respuestas. El sondeo lo encabezaba Arafat, con un 21 por ciento. Otro nombre que suena con fuerza para hacerse con las palancas del poder es el de Ahmed Qureia (Abu Ala), primer ministro en sustitución de Abu Mazen. Es un banquero de 67 años que se integró en la lucha palestina y en las estructuras de Fatah en los años 60, aunque su verdadero protagonismo comienza a ejercerlo una década más tarde, cuando se hace cargo de la dirección económica y de las empresas que, en aquellos tiempos, poseía la OLP en Líbano y que estuvieron consiguiendo unos beneficios aproximados de 40 millones de dólares al año. En 1989 fue elegido miembro del comité central de Fatah y desde entonces, su peso se ha ido incrementando. Fue uno de los hombres determinantes en las conversaciones de paz que se mantenían en secreto con los interlocutores israelíes y que desembocaron en los Acuerdos de Oslo. Se le considera también el responsable del exitoso plan para el Desarrollo de Palestina, que presentó en la Conferencia del Banco Mundial que tuvo lugar en 1993. Los aspectos económicos son su fuerte. Los bancos, las clases acomodadas y la clase media constituyen su apoyos naturales, pero no goza de las mismas simpatías entre la mayoría de la población, que le ve con distancia y demasiado predispuesto a las concesiones en las negociaciones. Otro de los hombres fuertes es Mohammed Dahlan. Antiguo ministro del Interior y actual jefe de Seguridad en Gaza, es el primer referente "militar". Perteneciente a una generación posterior -nació en 1961- es partidario de iniciar todo tipo de reformas, de la negociación abierta y de la "jubilación política" de toda la vieja guardia de Arafat. Aunque no se le considera la "primera opción" de los EEUU, que, en principio, preferirían a Abu Mazen, sí se piensa en él como una posible solución "apaciguadora" en caso de que la sucesión se viese enturbiada por fuertes disputas internas. Marwan Barghouthi sintoniza mucho más con la población palestina. Se le considera el "cerebro" del levantamiento popular que comenzó0 con la provocación de Sharon en la Explanada de las Mezquitas y que dio origen a la Segunda Intifada. También su contribución resultó determinante para el estallido de la Primera Intifada. Es un orador brillante y se ubica en posiciones mucho menos concesivas hacia Israel que el resto de los candidatos. Hombre joven, de 45 años, aparece como una sólida opción, pero a medio plazo, ya que en la actualidad se encuentra en una prisión israelí, condenado a cinco cadenas perpetuas, imputado por conspirar para el asesinato -aunque él siempre ha negado estos cargos-. Mustafá Barghouthi, primo del anterior, es un nombre que en los últimos días también ha irrumpido con fuerza. Es un intelectual comprometido que sigue una línea similar a la del recientemente desaparecido Edward Said. Sin dejar de representar una opción pragmática y moderada, en círculos palestinos se considera que "tiene la cabeza muy bien amueblada". Los palestinos residentes en España viven con expectación todo el proceso que se ha abierto desde el conocimiento de la irreversibilidad de la enfermedad de Arafat y su muerte posterior. Hachem Alhalily, hispano-palestino que trabaja en el departamento de Información de la embajada de Arabia Saudí en Madrid sopesa la situación. Para él no va a resultar sencillo conseguir al sustituto adecuado: "la mayoría de los líderes históricos, carismáticos, han muerto. Ninguno de los que optan ahora abiertamente a la sucesión tiene el predicamento suficiente entre la gente". Tiene claro que "Abu Mazen sería la primera apuesta de Israel y si fracasa la sustitución pacífica, Tel Aviv apoyaría a Mohammed Dahlan, que con la excusa de hipotéticos problemas de seguridad, podría tratar de hacerse con el poder por la fuerza y adoptar medidas drásticas. Esperemos que eso no suceda". Reconoce abiertamente que "necesitamos mucha ayuda del exterior y que no haya ingerencias". Consciente de la posición de debilidad en que se encuentra la ANP y la causa palestina en general, concluye que "la llave de la solución la tiene Estados Unidos. Es el único país que puede obligara a Israel a hacer concesiones. Lamentablemente, la Unión europea no puede hacer nada; es cierto que es la primera entidad en importancia en la financiación de la ANP, pero su papel político es muy limitado". La sucesión está abierta y podría ocasionar muchos quebraderos de cabeza, tanto en el interior de los territorios palestinos, como en muchas chancillerías. Los candidatos que están presentando sus credenciales no gozan del afecto popular y, pese a que en una primera reacción ante la desaparición del líder que ha mantenido la unidad durante estos años, todos se han comprometido a trabajar en común, es muy probable que las verdaderas diferencias de fondo no tarden mucho en aflorar. Y los grupos armados, especialmente Hamas y las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, podrían desempeñar un papel fundamental. |