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Nº
617- 27
de septiembre de 2004
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Cita con el cine en San Sebastián
UN FESTIVAL ESCASO DE TALENTO Este año podríamos decir que el bote salvavidas del Festival -anclado en La Concha- han sido las retrospectivas. Woody Allen, paradójicamente, nos ha liberado de las neurosis de la Sección Oficial y Anthony Mann ha puesto una nota de equilibrio clásico en los dramas presentados a Zabaltegi. Por Cintia Escandell García y Javier García Después de varias horas, el tren hace una parada imprevista. Al mirar por la ventana no se consigue ver nada, una espesa niebla impide adivinar cualquier atisbo de realidad más allá del cristal. Dentro, la gente de alrededor parece ausente. El silencio se convierte en frío y al volver la mirada hacia el exterior, aparece enfrente un tren; posiblemente haya salido de San Sebastián con destino a cualquier parte del país, no importa. No se ve a nadie dentro del tren y pienso que es normal, que alguien que visita estas tierras es imposible que se quiera ir. Me recuerda a aquella película de Woody Allen: Stardust Memories (Recuerdos de una estrella). Pienso que en cualquier momento los pasajeros de ese vagón me van a invitar a subir. Cierro los ojos y, al abrirlos de nuevo, me parece verlo todo en blanco y negro. Siento vértigo. Los vagones se van alejando poco a poco hasta que me doy cuenta de que la que me alejo soy yo. El tren fantasma sigue parado, el nuestro continúa su marcha y la niebla no se disipa. Pienso en todos estos años de Festival y no puedo evitar sonreír, sonreír en retrospectiva, al paisaje. Pienso, mientras nos acercamos cada vez más, que es curioso, uno espera encontrarse con la misma ciudad, pero a la vez sabe que es imposible; es esa parte del encanto que encierra, pues San Sebastián de un año a otro -a pesar de estar en el mismo lugar que marcan los mapas- no es la misma. Siempre que volvamos nos sorprenderá. Por eso es una ciudad mágica. El viaje en el tiempo llega finalmente a su destino: San Sebastián. Está amaneciendo. Sólo bajan dos personas conmigo. Es extraño, pero la estación está prácticamente vacía. Me tomo unos minutos sentada en un banco del andén. Me apetece hacer pensar a los dos o tres personajes que pululan que estoy esperando a alguien. No es así. Sin embargo, una parte de mí espera, entre tanta niebla, adivinar una figura con gabardina -un Woody Allen al estilo Borgart- que me guíe durante todo el festival. Camino por La Concha hacia el hotel y me da la sensación de que no estoy sola. Comienzo a tararear una canción -aunque sé que Ilsa en Casablanca lo hacía mejor, no puedo evitarlo-. No me atrevo a girarme porque no quiero romper ese momento especial en el que la silueta creada en la estación me diga que este año el festival va a ser especial. Pero no lo fue. No entiendo muy bien qué ha ocurrido este año, pero la falta de películas con verdadero talento tras la cámara y en sus propuestas es alarmante. En Cannes (el festival por antonomasia) fue llamativa la escasez, pero se superó en parte con la presentación, in extremis, de 2046, de Wong Kar Wai -fue tan precipitada su asistencia para elevar el nivel, que su director continua remontándola, ya que la entregó sin haberla terminado-. Para dejar a las claras el nivel de aquel festival, basta recordar al ganador de la Palma de Oro: Michael Moore con Fahrenheit 9/11. La cual tiene un valor político indudable pero su aporte cinematográfico es más que cuestionable. En cuanto a Venecia, el segundo en importancia... más de lo mismo. De ese certamen sólo puedo salvar, como verdaderas obras de talento y con algo distinto que aportar para competir, a las dos ganadoras -por lo menos acertaron con el palmarés-, Vera Drake, de Mike Leigh, y Mar adentro, de Alejandro Amenábar. Llegamos a San Sebastián y, ¿qué nos encontramos? Un vacío terrible. Sí, estamos siendo duros. Hay películas notables como Roma, de Adolfo Aristarain; Silver city, de John Sayles, o Melinda y Melinda, de Woody Allen (aunque fuera de concurso, no lo olvidemos); pero lo que se espera de este o de cualquier otro festival, es decir, películas que dejen huella, que hagan surcos bajo la piel y la memoria... nada de nada. Supongo que, conscientes de ello, el festival se ha esmerado en esta edición con las secciones paralelas, pero esto corresponde a otros lugares de análisis. Centrémonos en lo que nos toca. El festival comenzó de manera inmejorable con Melinda y Melinda. Acostumbrados como nos tiene este certamen a comenzar con películas más bien insulsas (aunque siempre se reservaban algunas joyas para el final), fue toda una sorpresa recibir al gran director neoyorquino con su nueva y refrescante película. No es la mejor. Ni siquiera está entre sus veinte mejores, pero merece (y mucho) la pena verla. Tras su prolongado descanso otoñal en el mundo de la comedia pura y dura -sin pretensiones de ningún tipo-, recuperamos al Allen preocupado por buscar nuevas formas, nuevas maneras de mezclar sabiamente comedia y drama, nuevos caminos, en definitiva, para narrar la misma película que lleva filmando de forma magistral desde que comenzó en este noble oficio. Se le nota que ha perdido práctica y destreza en la asunción de riesgos -a veces comente torpezas indignas de su mejor versión y cae en juegos excesivamente fáciles-, pero se le valoran profundamente sus logros e intenciones. Desde aquí deseamos que vuelva a transitar estos caminos inciertos que ha sabido manejar como nadie y que temíamos que, a sus sesenta y nueve años, ya no quisiese volver a pasear. Por desgracia, su acompañante en el día, la danesa Hermanos, de Susanne Bier, se convirtió en una decepción con aires premonitorios de lo que nos esperaba en el festival. Drama familiar que quiere llegar a más, con historias de hermanos, dolor y guerra que no aportan nada nuevo a lo ya visto mil y una veces. Esta sensación no mejoró en absoluto con la proyección de Inguélézi, de François Dupeyron, ganador de La Concha de Oro en la edición de 1999 con ¿Qué es la vida? Este cineasta parece haber perdido todo el talento que suponía atesorar (ya entonces no compartí con el jurado la decisión de premiar este film más bien normalito) en este despropósito en el que no hay prácticamente nada: ni personajes, ni historia, ni algo que contar. Parece que lo hay, simula que lo hay, pero no aparece por ningún lado. Hace pensar que tomó una cámara, dos principios de personajes y una intención de trama que quería ahondar en el problema de la inmigración ilegal y los clandestinos (traducción literal del título), tomando el camino de la incomunicación que sufren las personas que no comparten ni posición, ni cultura ni idioma. Y justo eso encontró: una total incomunicación entre los personajes, la historia y el director; en la que cada uno cogió un camino y nunca se encontraron en la pantalla. La dejaron desierta. Nada que ver con lo que propone Michael Winterbotton con Nine songs. Este hiperactivo director -uno de los pocos, con Woody Allen, que realiza una película al año- también toma una cámara, unos principios de personajes y una posible trama, además de una serie de lugares comunes (conciertos) y una banda sonora impactante y fundamental para entender los sentimientos de dichos personajes, y logra todo lo contrario que Dupeyron: una película viva, que trata de contar algo y que lo consigue, aunque con un vuelo mucho más bajo de lo que pretende su director. Nine songs narra los encuentros amorosos y, básicamente, sexuales de sus dos protagonistas a lo largo de nueve canciones en diferentes conciertos. Este curioso proyecto, en el que abunda el sexo explícito, dura apenas sesenta y nueve minutos (suponemos que de manera premeditada) que son suficientes para conseguir hallazgos interesantes y remover morales polvorientas, pero no son bastantes como para lograr cine de alto vuelo; ya que, al final, se queda en un juego algo superficial, pero interesante. Being Julia, de István Szabó -la siguiente película fuera de concurso y que sirve para traer a otro de los premios Donostia: Annette Bening acompañada notablemente por Jeremy Irons-, es un pequeño entretenimiento, un caramelo que sirve de vehículo de lucimiento para la magnífica actriz. La película narra la crisis de madurez de una gran dama de teatro en el Londres de 1938. Está bien para un rato, pero se olvida enseguida. Y por fin llegamos a la única película española a concurso (aunque más adelante consideraré Roma también como española por su carácter de coproducción, al igual que Bombón el perro y Sumas y restas): Horas de luz, de Manolo Matji. Esta película protagonizada por Alberto San Juan y Emma Suárez narra la historia real de Juan José Garfia, autor de varios asesinatos múltiples que fue condenado a más de cien años de cárcel. Ya en prisión, se convirtió en uno de los presos más peligrosos de un sistema carcelario que se acerca mucho más a Guantánamo que a un entorno ideal para la reinserción. En este infierno conoce a Marimar (Emma Suárez), enfermera de la que se enamora, que le ayuda a cambiar como persona y a conseguir mejorar las condiciones de su particular infierno; llegando incluso a casarse, pero nunca consiguiendo la reinserción en la sociedad. Aún hoy sigue encerrado. Hasta aquí la vida real que adapta con fidelidad la película. Y este es justo su problema. El excesivo celo que muestra Matji por ser fiel a la realidad, le impide levantar vuelo y permitir a sus personajes cobrar vida y, paradójicamente, mostrarse así más reales. Horas de luz es más una enumeración de sucesos reales que una ficción que denuncie las crueldades, vejaciones y otras humillaciones (y sus probables consecuencias que puede acarrear tanto físicas como psíquicas en la mente y vida de sus personajes) y el valor de la superación de las mismas. Una lástima. Pasemos a hablar de Roma, coproducción hispano argentina de Adolfo Aristarain. Director que ya ganó aquí con Un lugar en el mundo y dejó una honda huella con Martín Hache. Por desgracia, Roma no llega a la altura de éstas. Aunque sería injusto decir que no es una notable película. En ella sobresalen, por encima del resto de los intérpretes, José Sacristán (que da vida al protagonista en su madurez. En su adolescencia lo interpreta Juan Diego Botto) y Susí Pecoraro (el auténtico motivo de ser de esta película, la aludida Roma). Estos dos intérpretes dan vida a la narración y ofrecen dos auténticas clases de interpretación dignas de ser estudiadas por actores más jóvenes como el propio Botto. La película, en parte autobiográfica, narra la historia de un escritor en clara decadencia que decide contar su vida -en forma de libro con la ayuda de un joven escritor- y, sobre todo, su relación con su madre: Roma, una mujer librepensadora y de carácter fuerte aunque sufridor, que lo da todo por su hijo aunque éste no siempre supo valorarlo. La película no se centra sólo en esta relación, sino que explora también todo el contexto sociocultural en el que vive el protagonista en los años 50 y 60, con todos los movimientos políticos y militares que implica la Argentina de esos años. Quizás su máximo problema sea éste, su falta de decisión a la hora de centrar la historia en una dirección y querer contar demasiadas cosas, lo que lleva inexorablemente a no contar realmente ninguna. Ocurre a menudo en las películas que distancian la acción en numerosas y distintas épocas. No consiguen focalizar sus propósitos y, cuando lo consiguen, rompen el ritmo y la tensión al saltar de tiempo, lo que lleva al espectador a perder el débil hilo emocional que le liga a los personajes y tener que volver a empezar en la ardua tarea de la identificación. Éste es el lastre de Roma, lo cual no impide que la película arranque preciosos y vivos momentos de emoción del celuloide, sobre todo en la citada parte en que se establece la relación madre-hijo. Sueño de una noche de invierno es una interesante película de Serbia y Montenegro del director Goran Paskaljevic, que, entre colegas y público, olía injusta y peligrosamente a premio. Digo esto porque es, ni más ni menos, lo dicho al inicio: interesante. Es la reunión y comunión de una serie de personajes en una tierra que trata de resurgir de sus cenizas y volver a acercarse a lo que un día fue (metáfora, evidentemente, de lo que también les ocurre a los personajes en cuestión). Todo esto con personaje de niña autista al fondo. Lo dicho, huele a premio. La que no huele en absoluto a premio es Carta a una desconocida. Sí, han leído bien. Carta a una desconocida es la readaptación china -de la atrevida Xu Jing Lei, que añade a su audacia de dirigir "esto", la de reservarse el papel protagonista y ser la responsable de la adaptación- del admirable relato de Stefan Zweig, del que ya existía una sobresaliente película del deslumbrante Max Olphus, la que -a mi juicio, y esto es muy personal- sigue siendo una de las mejores películas de la historia, con una puesta en escena a la altura del mejor Welles. Pues bien, esta estupenda obra se vio convertida, en manos de Xu Jing, en una historia convencional y anodina que no lleva a nada. Lo menos que se le puede pedir a una película que se atreve a reinventar un clásico como éste es que aporte algo nuevo, un punto de vista novedoso, una revisión de los términos... Algo. Pero nos encontramos con una insufrible y (ya sé que lo he dicho, pero merece volverse a decir) anodina nada. A veces uno se pregunta por qué se hacen determinadas películas y, peor aún, por qué esas películas compiten en prestigiosos festivales como éste. Mi padre es ingeniero es la nueva película del comprometido cineasta francés Robert Guédiguian, que vuelve a hacer una de sus habituales historias de personajes, con sus problemas, traumas, alegrías y desengaños políticos. Pero, al contrario que en otras ocasiones, sorprende y decepciona al respetable por lo soso y falto de interés de su argumento. Ocurre prácticamente lo mismo con la confusa y aburrida historia circular de Spider Forest, del coreano Song Il Gon. Lástima que la única película de cine fantástico del certamen fuese ésta. Nos merecíamos algo mejor entre tanto drama (que este año ha sido excesivo en cantidad, que no en calidad). Para compensar, por fin nos llegó una película que sí merece la pena, Silver city, de John Sayles (uno de los pocos directores que puede llamarse realmente a sí mismo, y con justicia, cineasta independiente). Una notable historia que promete más de lo que acaba dando, pero que reconforta contemplarla; sobre todo en los tiempos en los que vivimos. La narración arranca con el candidato a gobernador del Estado de Colorado. Un tipo que no es capaz de articular dos frases coherentes seguidas sin meter la pata, con una tradición política familiar muy arraigada en la sociedad americana, con oscuras empresas que sustentan su campaña y que le salvaron de la quiebra en numerosas ocasiones, con un pasado alcohólico... en fin, para qué seguir. Cambien Colorado por Texas y tendrán la visión completa del personaje. A este terrible héroe -que si uno fuese un poco más inocente, se preguntaría cómo diablos ha hecho para llegar hasta ahí, sin que nadie se de cuenta de que es, sencillamente, imbécil- se le cruza en su camino a la elección un cadáver que sacará a la luz toda una serie de relaciones de corrupción y crímenes. Este es el punto de partida -y la excusa- que utiliza John Sayles para dar su particular visión de lo que ocurre hoy en día en la política norteamericana, y el por qué los ciudadanos se la tragan con anzuelo incluido. Para acabar con las películas a concurso, se vieron dos interesantes films latinoamericanas: Bombón el perro, de Carlos Sorín, coproducción entre Argentina y España en la que su director sigue zambulléndose en la vida de unos personajes perdidos en la Patagonia -como ya hizo en su anterior película Historias mínimas, por la que obtuvo el Premio Especial del Jurado en la anterior edición del festival-, y Sumas y restas, de Víctor Gaviria (director de la impactante Vendedora de rosas), coproducción también, esta vez entre Colombia y España, que se adentra en los peligros que rodean al tráfico de cocaína y las consecuencias de violencia y muerte que acarrea. Esto fue todo lo que dio de sí esta decepcionante sección oficial. Afortunadamente existían otras secciones. |
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ZABALTEGI: PERLAS DE OTROS FESTIVALES Este año, las perlas de otros festivales han pasado de puntillas, sin hacer mucho ruido. Ha habido un predominio de dramas familiares, así como de documentales. En general, se observa un interés y concienciación social de los cineastas; un intento por plasmar una realidad imperfecta, plagada de dudas hacia un futuro incierto. La primera película que hay que mencionar es Vera Drake, de Mike Leigh, la ganadora del León de Oro en la Mostra de Venecia. En esta historia, situada en los años cincuenta, se muestra una sociedad que intenta restablecerse de nuevo después de una guerra. Lo más interesante de este film es el tratamiento de los personajes, la bocanada de esperanza que supone saber que ser fiel a unos principios no es una cosa abstracta e intangible. María llena eres de gracia, de Joshua Marston, narra la vida de una joven colombiana y el cambio que para ella supone dejar atrás su pueblo y comenzar una nueva etapa llena de incertidumbres. La actriz de esta película ganó el premio a la mejor actriz en el Festival de Berlín. Wilby Wonderful, de Daniel Maclvor es un intento -no llega a ser comedia- por mostrar un poco de esperanza hacia la vida. Los personajes hacen un esfuerzo por seguir adelante. Sin embargo, no están bien definidos y la estructura hace aguas por todas partes. Cabe destacar dos películas francesas. Notre musique, de Jean Luc Godard -premio FRIESPI de este año-, en la que, con una estructura formal tan personal como le gusta desarrollar a Godard, divide la película en cielo, infierno y purgatorio para darnos una visión, o mejor dicho, reflexión de la actualidad muy personal. Y La demoiselle d'honnour, de Claude Chabrol. En esta ocasión, Chabrol nos muestra una historia de amor curiosa y enfermiza a partes iguales que, no obstante, está demasiado dilatada y falta de tensión narrativa. Respecto a las películas orientales, se presentó Jiang Hu, de Wong Ching Po, en la que narra el mundo de la mafia en Hong Kong. Una película menor que no aporta demasiado. No es el caso de Shi Mian Mai Fu, de Zhang Yimou, de la que se esperaba que pusiese el listón tan alto como lo dejó el año pasado con Hero... y no defraudó. El maestro chino nos vuelve a sorprender con maravillosos espectáculos visuales cargados de simbolismo estético. Otra película oriental presentada en el festival, fue Beautiful Boxer, de Ekachai Uekrongtham. Basada en una historia real, describe la vida del boxeador Noog Toom desde su infancia y adolescencia hasta su juventud, en la que decide cambiar de sexo y convertirse en el primer boxeador transexual. Este film contó con gran aceptación por parte de los espectadores. Sin embargo, dos de las películas más votadas por el público fueron Salvador Allende, de Patricio Guzmán, y Diarios de una motocicleta, de Walter Salles. El primero es un documental que nos acerca más a la figura de Allende y lo que significó para Chile su persona -y su ausencia- en un momento crítico para el país. Diarios de una motocicleta, de Walter Salles, cuyo productor ejecutivo es Robert Redford, nos muestra el viaje de dos jóvenes argentinos a lo largo de Latinoamérica, cuya importancia final sería decisiva para la historia del continente. Los dos jóvenes son: Ernesto Guevara (El Che) y Alberto Granados (su inseparable compañero que aún vive en Cuba). Este es el viaje real que emprendieron antes de que Ernesto se convirtiera en el Che, la travesía que le despertó la conciencia y le configuró las necesidades e ideales que dieron lugar al mito en el que se convirtió años más tarde. Se trata, en definitiva, de un acercamiento a la figura del Che desde otro punto de vista más personal y humano, todavía más cercano. Los documentales componen este año un porcentaje importante dentro de Zabaltegui, por lo que es justo cerrar esta sección de supuestas perlas con este particular género tan en auge últimamente. El primero, Super Size Me, de Morgan Spurlock, constituye una crítica sangrante a la sociedad consumista americana, sobre todo a la llamada comida basura o fast food. Es el propio director el que experimenta consigo mismo al ponerse como prueba de un experimento: comer durante un mes en restaurantes de fast food. Este documental fue presentado en Sundance, donde causó un gran impacto. Continuando con los documentales destacamos En el mundo, a cada rato, que se compone de cinco mediometrajes realizados por Patricia Ferreira, Pere Joan Ventura, Chus Gutiérrez, Javier Corchera y Javier Fesser. Las cinco historias contadas por estos directores siguen las líneas básicas trazadas por UNICEF. Es un curioso trabajo conjunto que permite un espacio de convergencia de ideas y reflexión. Los tres siguientes documentales que se presentaron fueron: en primer lugar Looking for Fidel, de Oliver Stone, en el que el conocido director nos presenta una serie de preguntas sobre la búsqueda de la verdadera realidad política en Cuba, a raíz de los últimos acontecimientos sufridos en este país y como respuesta a las carencias que el propio Oliver Stone encontró en su anterior documental, Comandante. En Perseguidos, de Eterio Ortega Santillana, se aborda el tema del terrorismo desde la visión del acosado, de aquel que tiene que llevar escolta constantemente, y hacer que sus días sean lo más imprevisibles posible, porque de ello depende su vida. El último, Rejas en la memoria, de Manuel Palacios, nos habla de la importancia de recuperar nuestra memoria histórica sobre la Guerra Civil. Este documental vuelve a sacar a la luz la existencia de campos de concentración en la época franquista, así como los testimonios de personas que pasaron en estos campos casi toda su juventud. Es un interesante acercamiento hacia este tema tan poco tratado en nuestra cinematografía. |
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TRES PREMIOS DONOSTIA PARA TRES GRANDES TALENTOS El Festival de San Sebastián comenzó hace unos años a dividir sus premios Donostia en tres partes. Esta división la motivó (aunque nunca lo hallan reconocido públicamente) la combinación de dos elementos: el primero fue la extraordinaria casualidad que se dio con las muertes repentinas de Bette Davis y Gregory Peck, al poco tiempo de recibir los premios (con lo que se corrió la voz del mal fario que acarreaban, por lo que tenían que buscar alternativas en caso de que alguno declinase el premio a última hora), y la segunda es el innegable escaso tirón de estrellas que acostumbraba a asolar este certamen, perdido en las migajas del glamour que dejaban otros festivales (y es que Hollywood no hace suficientes películas apreciables como para que sacien a todos los festivales). Al dividirlo en tres, mataban, perdón, atrapaban dos pájaros de un tiro: que muriesen todos sus premios Donostia era altamente improbable y multiplicaban por tres el impacto mediático de los seleccionados. En un principio seleccionaban actores y actrices europeos como Jeane Moreau o Fernando Fernan Gómez alternados con estrellas como Al Pacino y Susan Sarandon. Pero visto lo visto, está claro que funciona mejor el tirón americano -siempre y cuando sean de calidad contrastada como son los de este año-. Así que se han decantado por tres estrellas de esta nacionalidad. Ahora bien, la categoría de estrellas sólo es aplicable a los premiados si se les mira desde un punto de vista europeo (hay que compensar de alguna manera). Considerando que Woody Allen reclamaba un espacio aparte, pasamos a los otros dos premios Donostia: Annette Bening y Jeff Bridges, que, y que no quede ningún tipo de duda a pesar de lo expuesto, son grandísimos actores que merecían el premio. Antes de saltar a la fama por su estupenda interpretación en American Beauty, Annette Bening era conocida por muchos únicamente por ser la esposa de Warren Beatty. Esta injusticia fue salvada gracias a su merecido Oscar. Pero es el momento de recordarles a los que no sabían de ella antes, o a los que sólo la conocen por este papel , que esta actriz todoterreno y superdotada, capaz de crear cualquier personaje con la entereza e inteligencia que la definen, ha compuesto personajes inolvidables en películas muy interesantes como Valmont (de Milos Forman), Los timadores (de Stephen Frears, su primera nominación a los Oscar), Postales desde el filo (de Mike Nichols), Bugsy (de Barry Levinson), Ricardo III (de Richard Loncraine), Mars Attacks (de Tim Burton), In Dreams (de Neil Jordan) o la presentada en el festival: Being Julia, en la que vuelve a dar un recital de interpretación. Desde que su padre, el también actor Lloyd Bridges, le confesase que el secreto de la actuación consistía básicamente "en escuchar a tu compañero -que no oír- y contestarle", Jeff Bridges se ha convertido en uno de los mejores actores de su generación, capaz de dar vida a todo tipo de personajes con absoluta credibilidad, humanidad y una gran dosis de atractivo por perdedores que parezcan a simple vista. Pero lo que realmente distingue a Bridges de otros actores es su inteligencia y coherencia a la hora de elegir papeles y directores. Entre sus interpretaciones más celebradas destacan: La última película (de Peter Bogdanovich), Fat city (de John Houston), La puerta del cielo (Michael Cimino), Tuker, el hombre y su sueño (de Francis Ford Coppola), Los fabulosos Baker boys (Steven Kloves), El rey pescador (Terry Gilliam), Sin miedo a la vida (de Peter Weir), El gran Lebowski (de Joel Coen), Seabiscuit (de Gary Ross) o la última película en la que ha intervenido y que presentó en San Sebastián para la clausura del festival: The door in the floor (de Tod Williams). |
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WOODY ALLEN: UN GENIO ANDA SUELTO Sin lugar a dudas, esta edición será recordada como el festival de Woody Allen. Los organizadores, no contentos con conseguir el extraordinario privilegio de que el señor Allen decidiese estrenar internacionalmente su película, Melinda y Melinda, en San Sebastián -en lugar de su tradicional apertura del festival veneciano-, le concedieron su prestigioso premio Donostia a toda una carrera -para los que seguimos con devoción la carrera de este singular cineasta, sabemos lo alérgico que es a la recogida de premios; basta recordar los numerosos desplantes que ha hecho en las ceremonias de los Oscar- y le organizó una de las retrospectivas que programa el festival todos los años, con las figuras más importantes de la historia del cine (tanto clásicos como modernos). Conociendo la natural timidez y el desagrado de Allen por los homenajes públicos a su obra, he de reconocer que mi -a partir de ahora- muy admirado Mikel Olaciregui (director del festival) ha conseguido lo más parecido a un milagro dentro del mundo del cine. Pocos se atreven a discutir que Woody Allen es uno de los pocos genios cinematográficos vivos. A menudo te puedes encontrar con todo tipo de personas a las que no le gustan sus películas, pero es realmente raro que cualquiera de ellas no te diga que sí, que hay alguna de ellas que les pareció maravillosa o que se rió sin parar o que les tocó algo dentro de ellas. Pocos cineastas pueden decir lo mismo; y es que este prolífico cineasta lleva haciendo una película al año (caso único en la cinematografía mundial) desde 1969, año en el que empezó con la desternillante Toma el dinero y corre, y no ha parado un solo año hasta hoy, día en el que ha presentado su película número 34. (A esta inagotable creatividad hay que añadirle sus obras de teatro, películas para televisión y sus numerosos escritos). Su impresionante filmografía alterna títulos tan imprescindibles como Manhattan (una de sus grandes obras maestras, para muchos su mejor película y para Allen su peor. Le ofreció a su productor pagar por destruir el negativo y rodar, a cambio, su siguiente película gratis), Annie Hall (otra maravilla y sus primeros dos Oscar), Maridos y mujeres (la preferida de Woody Allen, con el cual coincido), La rosa púrpura del cairo (quizás la más imaginativa), Recuerdos de una estrella, Otra mujer (su pequeño Bergman. Superior a su anterior intento de emular a su admirado maestro con Interiores), Hannah y sus hermanas (una delicia a la manera de Chejov), Delitos y faltas (su mejor combinación de drama y comedia), o Desmontando a Harry (su última gran obra), con títulos tan apreciables, divertidos y maravillosos, en definitiva, como Zelig (un falso documental que ha marcado época y maneras en otros cineastas), Asesinato en Manhattan (su más divertido entretenimiento), Balas sobre Broadway (quedará para la historia la creación del personaje mafioso-autor), Septiembre (otro acercamiento a Chejov menos brillante que Hannah...), Sombras y Niebla (su particular juego kafkiano desde la comedia), Celebrity (y su ácida crítica al mundo del espectáculo) o su última, y muy apreciable, Melinda y Melinda (una vuelta a la convivencia de comedia y drama). Muchos consideran que esta película es una muestra más de la aparente cuesta a bajo en la que sitúan la carrera de Allen. Si bien es cierto que sus últimas películas son algo más fáciles y flojas que sus grandes largometrajes, no creo en absoluto que esté de capa caída y sin ideas. Parece más bien que se encuentra en un período de descanso y de búsqueda, que aprovecha para hacer caramelos de entretenimiento como Poderosa Afrodita, Granujas de medio pelo, La maldición del escorpión de Jade, Hollywood ending, Todo lo demás, etc... Esta búsqueda parece haberle llevado a un nuevo hallazgo con Melinda y Melinda, una inteligente mezcla de drama y comedia en la que se vuelve a plantear la naturaleza de las relaciones humanas cambiando continuamente el prisma por el que mira y nos observa. Que siga la búsqueda. |
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ANTHONY MANN: UN DIRECTOR DE GÉNERO En estos días de posmodernidad en la que la mezcla e imbricación de géneros es el pan nuestro de cada día, Anthony Mann será siempre recordado como uno de los grandes directores de Hollywood y uno de los mejores en aprovechar las posibilidades que ofrecían los géneros cinematográficos en los años 40 y 50. Si hemos de ser sinceros, sobre todo se le reconocerá su labor en el western, género en el que ha podido ser uno de los mejores, como demuestran películas como Winchester 73, Colorado Jim, Las furias, El hombre de Laramie, Horizontes lejanos, Cimarrón o El hombre del Oeste -película considerada por directores como Bertrand Tavernier o Jean-Luc Godard como "lo más perfecto y puro del género" y "la última reinvención del western"-. Todas ellas se han convertido en grandes clásicos gracias a la obsesión de Mann por el hombre, sus dramas, ambigüedades y contradicciones. Estas características que imprimía Mann a sus héroes les conferían una cualidad de humanidad que los ha hecho únicos y que ha llevado a sus westerns a cotas inigualables. Pero sería injusto quedarnos sólo con, quizás, su lado más brillante y olvidarnos de sus extraordinarias aportaciones al cine negro con películas como T-men (La brigada suicida), Orden: caza sin cuartel, El reinado del terror (que aun siendo un film de época no deja de ser tratado como cine negro) o Raw deal. Estas cuatro películas las realizó junto al genial y olvidado director de fotografía John Alton, que contribuyó a la iconografía de este género creando algunas de las atmósferas, en blanco y negro, más impactantes que ha dado este tipo de cine. El gran flamarion, El último disparo o Side street son otros ejemplos impagables de su inestimable oficio y caudal creativo. Pero no podemos olvidarnos de otros géneros que también trató con inestimable talento y en los que volcó toda su obsesión por los conflictos humanos, como el bélico: La colina de los diablos de acero -Mann quedó tan satisfecho con el resultado y su mensaje antibelicista que no necesitó hacer otra del género. Siempre fue una de sus favoritas-; el cine histórico: El Cid, La caída del imperio romano (recordemos que empezó Espartaco), y hasta el musical: Música y lágrimas (en la que narra la vida de Glenn Miller) o Dos pasiones y un amor. En definitiva, un director que utilizó los géneros para retratar lo que más le interesaba: el ser humano y sus conflictos. |