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Enlace
real, montado como una apoteosis de la monarquía
RANCIA
BODA
Don
Felipe y Letizia Ortiz darán este sábado el sí quiero.
A partir de entonces, el principal reto del Príncipe consistirá
en dotar de continuidad a la dinastía de los Borbones y para ello,
además de asegurar su descendencia, deberá afianzar la imagen
que la sociedad tiene de ella gracias al indudable papel que su padre,
Don Juan Carlos, viene protagonizando desde la llegada de la democracia.
El heredero de la Corona dará por cumplido uno de sus principales
compromisos contraídos con la monarquía, al tiempo que comenzará
una nueva etapa caracterizada por el difícil equilibrio entre el
papel del futuro jefe del Estado y el del Príncipe de Asturias,
sin atribuciones reconocidas por la Constitución. Pero si el matrimonio
suscita en el fondo unanimidad de criterios, en las formas hay opiniones
para todos los gustos. Los excesos derivados de los preparativos de la
boda están bien para quienes añoran el lujo añejo
de las monarquías decimonónicas, pero no para un país
donde las especiales circunstancias y el sentir popular exigen mayor recato
a sus monarcas.
Por Virginia
Miranda y Vera Castelló
El
príncipe Felipe ha sentado la cabeza. Al heredero de la Corona
le ha llegado la hora de romper con sus hábitos de niño
bien para cumplir el compromiso contraído desde la cuna con la
monarquía española. Porque a pesar de haber sido educado
en la más estricta disciplina de la Casa Real, sus hazañas
amorosas aireadas por la prensa del corazón han llegado a ser motivo
de escarnio en los círculos más próximos a La Zarzuela,
preocupados con la posibilidad de que las amigas del Príncipe de
Asturias acabaran con el prestigio de una institución cuidadosamente
asentada por su padre el Rey. El episodio Eva Sannum a punto estuvo de
hacer realidad los peores presagios de Su Majestad. La opinión
pública no aceptaba a la joven nórdica y los sectores monárquicos
más conservadores cargaron las tintas contra la maniquí
de lencería fina vaticinando malos tiempos para la dinastía
de los Borbones. Incluso hubo quien llegó a decir que el noviazgo
de Don Felipe con la modelo era el mejor acicate posible para la causa
de la República.
Pero de aquello ya nadie quiere acordarse. El heredero de la Corona purgó
sus pecados zanjando aquella relación imposible y buscando a otra
mujer cuyas atribuciones fueran más acordes con lo que el país
espera de su futura reina. La elegida, Letizia Ortiz, aún planteaba
algunas objeciones entre un reducido sector de la población descontento
con su estado civil y su origen plebeyo. Sin embargo, la mayor parte de
la opinión pública está convencida de que el Príncipe
y, por ende, la institución a la que representa, han ganado con
el cambio.
Aunque Don Felipe ha superado con éxito la difícil prueba
de escoger a su futura esposa, su nueva vida y las responsabilidades que
ella conlleva no han hecho más que empezar. A partir de ahora,
deberá dotar de mayor contenido a su papel de Heredero, que si
bien lo viene representando desde hace años, no había requerido
de atribuciones concretas. La tarea no es fácil. Para empezar,
la figura del Príncipe de Asturias carece de referencias constitucionales.
La Carta Magna explica con detalle cuál es la función del
jefe del Estado, pero no dice nada acerca del Heredero. De hecho, cuando
asiste a algún acto oficial en el extranjero, como la toma de posesión
de los presidentes latinoamericanos, lo hace por delegación expresa
del Rey y el Consejo de Ministros tiene que aprobarlo o darle permiso.
Este escaso margen de maniobra requiere que Don Felipe optimice cada una
de sus comparecencias públicas para demostrar sus propias cualidades.
Y es aquí donde se le plantea un nuevo escollo. España es
un país de republicanos de cabeza y juancarlistas de corazón.
El talante, la afectuosidad y la mano izquierda del Rey para interceder
en cuestiones espinosas han dotado a la monarquía española
de una adhesión prácticamente unánime. Pero los méritos
de Don Juan Carlos, que tanto bien han hecho a la Casa Real, son sin embargo
un handicap para el Príncipe, que carece del carácter campechano
y las tablas de su padre. El propio monarca está preocupado ante
la posibilidad de que su don de gentes pueda eclipsar a su hijo, y en
sus conversaciones con José Luis de Vilallonga a propósito
de un libro sobre el Rey dijo: "espero que don Felipe se haga querer
por los españoles tanto como al parecer me quieren a mí.
Eso es todo lo que pido".
De momento, lo que sí parece haber interiorizado es una de las
máximas de Don Juan Carlos: "aquí hay que ganarse el
sueldo todos los días; si no te botan". Lo demostró
poco después de conocerse su compromiso matrimonial con Letizia
Ortiz. El Heredero intensificó notablemente su agenda oficial,
no sólo en número sino, sobre todo, en lustre. Los actos
conmemorativos de los 25 años de la Constitución propiciaron
el encuentro del Príncipe tanto con los representantes del mundo
empresarial y político como con los sindicatos. A este respecto,
la primera vez que Don Felipe acudía a un acto con UGT y CC OO
sirvió para comprobar, en opinión de los asistentes, que
el talante del Príncipe está cambiando. Representantes de
las dos plataformas sindicales resaltaron el sincero interés mostrado
por el Heredero en las cuestiones sociales que allí se debatieron.
Sin embargo, su carácter serio y reservado, heredado sin duda de
su madre la Reina, sigue siendo su punto flaco. Cada vez que los miembros
de la Familia Real se saltan el protocolo en público para responder
a las muestras de cariño están sumando puntos a su popularidad.
Pero no todos demuestran la misma soltura. En el caso del Príncipe
se echa en falta una mayor afectividad, aunque en este caso también
está empezando a progresar de forma positiva. Lo hizo la pasada
semana, durante su visita al 'santuario' de Atocha para depositar junto
a su prometida un ramo de flores en memoria de las víctimas de
los atentados del 11-M. Al marcharse, la multitud congregada en la estación
se abalanzó sobre la pareja para felicitarles por su próximo
enlace y tratar de estrecharles la mano. Los dos accedieron, pero Letizia
parecía tener más prisa en despedirse. Entonces, el Príncipe
se dirigió a un agente de seguridad para decirle "dile que
espere", en alusión a su prometida. El heredero de la Corona
supo responder a las expectativas de su padre, cuidando uno de esos pequeños
detalles que a lo largo de las últimas décadas han permitido
a la Familia Real granjearse el cariño y la simpatía de
los españoles.
Por otra parte, al Príncipe le corresponde darle descendencia a
la dinastía de los Borbones. Esta será sin duda la tarea
menos complicada y la más gratificante, porque igual que la boda,
los hijos reforzarán su imagen ante la opinión pública.
Aún es pronto para aventurar previsiones, pero Don Felipe está
dispuesto a ponerse a ello cuanto antes. La pasada semana, durante la
entrega de la medalla de honor del Ayuntamiento de Madrid al heredero
de la Corona, el Príncipe expresó su deseo de "formar
pronto una familia". En los corrillos periodísticos ya se
vaticina que la buena nueva nos la darán a la vuelta de las vacaciones
en el Palacio de Marivent, aunque de momento tan sólo son conjeturas.
Lo que no está claro es la partida presupuestaria que el Rey destinará
a partir de ahora a la familia de su hijo. Fuentes de Zarzuela recuerdan
que la Constitución otorga al monarca la libertad para disponer
como desee de los más de 7,5 millones de euros que el Estado ha
destinado este año a la Casa Real. Sin embargo, no estaría
de más una mayor transparencia informativa, uno de los escasos
reproches que se le pueden hacer hoy en día a Don Juan Carlos.
Apoyo
logístico. La Casa del Príncipe sigue siendo
otro de los asuntos pendientes en Zarzuela. Desde que Don Felipe se fuera
a vivir al Pabellón del Príncipe, se abrió un debate
sobre la necesidad de crear este nuevo departamento para que asista al
heredero de la Corona en su cada vez mayor actividad institucional. Hay
quienes consideran que su creación tan sólo respondería
a un mero formalismo, ya que la secretaría del Príncipe
ejerce esta responsabilidad de facto. Cuando se crea la actual Casa del
Rey en noviembre de 1975 no se había nombrado un Príncipe
de Asturias y el que después lo sería tan sólo tenía
siete años. Sin embargo, con el tiempo fue en aumento su ejercicio
real y efectivo de funciones representativas, por lo que en 1996 se crea,
para su apoyo y asistencia, la Secretaría del Príncipe,
que en estos momentos dirige Jaime Alfonsín. El catedrático
de Derecho Constitucional Javier Cremades aborda en La Casa de S.M.
el Rey la discusión sobre la conveniencia o posibilidad de
que exista una Casa del Príncipe, incluso dentro de la Casa del
Rey, que diera a Don Felipe mayor autonomía e independencia de
acción. Hay quienes opinan que ha llegado el momento de crear la
Casa del Príncipe para proyectar su imagen como heredero de la
Corona, sobre todo ahora que va a contraer matrimonio. Sin embargo, el
vacío legal relativo a las funciones de Don Felipe también
plantea la posibilidad de considerar que la Secretaría, dependiente
del secretario general y jefe de la Casa Real en primer y segundo término,
viene a dar la suficiente cobertura a sus funciones.
Lo que de momento no va a sufrir alteraciones es la graduación
militar del heredero de la Corona, a pesar de las informaciones que a
principios de este año aseguraban que el Gobierno de Aznar tenía
previsto ascenderle en el escalafón. Poco después de que
se anunciara el compromiso matrimonial de Don Felipe y Letizia Ortiz,
los diarios ABC y La Razón, además de otros
periódicos regionales y digitales, dieron por hecho que el Ejecutivo
iba a adoptar esta medida, apelando a la facultad del Consejo de Ministros
de ascender al Príncipe "a cualquier empleo superior"
teniendo en cuenta "las exigencias que su alta representación
demanda", de acuerdo con el Real Decreto aprobado en diciembre de
2000 que regula su carrera militar. Poco después, el diario El
Mundo aseguraba que el heredero de la Corona había rechazado
la propuesta del Gobierno, que supondría tener en unos meses un
ascenso que los propios compañeros de promoción del Heredero
tardarían no menos de 20 años en conseguir.
Tanto la Casa Real como el Ministerio de Defensa desmintieron a El Siglo
la noticia. Concretamente, desde el departamento dirigido entonces por
Federico Trillo dijeron que existe una tradición no escrita según
la cual, cuando se va a casar un heredero de la Corona, se le asciende
al máximo grado de la carrera militar. Sin embargo, el Gobierno
no se había planteado la posibilidad teniendo en cuenta que el
deseo del Príncipe es ir al mismo ritmo que su propia promoción.
Lo cierto es que en 2000 Don Felipe ya fue ascendido, tal y como le correspondía,
y en la actualidad es comandante del Cuerpo General de las Armas del Ejército
de Tierra (Infantería), capitán de Corbeta del Cuerpo General
de la Armada y comandante del Cuerpo General del Ejército del Aire.
De todos modos, la graduación del heredero de la Corona es honorífica
y en ningún caso desplazaría a otros militares del escalafón.
Lo mismo ocurrirá cuando su padre abandone el trono. El Rey ostenta
el mando Supremo de las Fuerzas Armadas, de modo que cuando Don Felipe
asuma la jefatura del Estado, sucederá también al monarca
en la jerarquía militar, aunque tampoco en su caso tendrá
responsabilidad ejecutiva.
Ahondando en el tema de la sucesión dinástica, si ésta
se produjera en un corto plazo de tiempo Don Felipe sería Rey en
un momento que, si bien poco tiene que ver con las circunstancias históricas
que rodearon la investidura de Don Juan Carlos, sí guarda ciertas
similitudes. El monarca, nombrado Príncipe de España en
1969 por Francisco Franco durante la dictadura española, ascendió
al trono en 1975, dos días después de la muerte del Caudillo.
Don Juan Carlos jugó un papel fundamental a favor del cambio político.
Colaboró en la formalización de la transición, apoyó
la legalización de partidos de izquierda e intercedió con
los nacionalistas, logrando la adhesión de los sectores republicanos
a la monarquía parlamentaria. Salvando todas las distancias, un
Felipe VI actual podría retomar la función moderadora de
su padre para que las reivindicaciones soberanistas de los nacionalistas
no acaben escorando el panorama político. Si bien es cierto que
el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero es más
dialogante que el de su antecesor y ya ha manifestado su disposición
a apoyar las reformas de los estatutos de autonomía de las comunidades
históricas y del Senado, la modificación de la Constitución
requiere de un alto grado de consenso y es en este punto donde entraría
en juego su función arbitral obligándole a bajar a la arena
política. Además, reinar en un país donde una de
sus autonomías está gobernada por un partido republicano
y donde el poder ejecutivo del Estado está en manos de un partido
con la misma sensibilidad política también requiere del
talante y la capacidad necesarios para que su papel de Rey, consistente
en representar la unidad del Estado y en moderar el funcionamiento regular
de las instituciones, no sea puesta en entredicho y con él el de
la propia institución monárquica.
Mucho tendrían que cambiar las cosas para que Don Felipe pudiera
superar con éxito esta difícil prueba. A día de hoy,
el Príncipe de Asturias no ha logrado concentrar el mismo apoyo
unánime que su padre. Aunque es el heredero de la Corona, aún
está verde en cuestiones de Estado y no tiene ninguna garantía
de que todos los partidos del arco parlamentario respaldasen su ascenso
al trono. El propio enlace ha servido de termómetro político
para medir el grado de adhesión de los republicanos a la Corona.
Y el resultado no podía ser más explícito. Los portavoces
en el Congreso de ERC, PNV, IU y Grupo Mixto han declinado la invitación
a la boda. El más explícito ha sido el de IU, Gaspar Llamazares,
que no acudirá "por razones obvias", y el candidato de
la formación a las elecciones europeas, Willy Meyer, que en la
entrevista publicada esta semana por El Siglo asegura que "en esa
boda no pintamos nada". Las ideologías no habían sido
hasta ahora un problema para Don Juan Carlos. El que en su día
propiciara el entendimiento político entre el comunista Santiago
Carrillo y el ministro franquista Manuel Fraga cuenta con el reconocimiento
de todas las fuerzas parlamentarias, que así lo han demostrado
en numerosas ocasiones acudiendo a los actos convocados por el monarca.
Si Felipe VI perdiera ese reconocimiento expreso, la Corona y todo lo
que ella representa se vería seriamente perjudicada porque habría
perdido su papel integrador del Estado, limitándose a figurar como
la monarquía del bipartidismo. Por otra parte y teniendo en cuenta
estos precedentes, la reforma constitucional correría el peligro
de no contar con un nexo de unión lo suficientemente fuerte como
para " acometerse con el mismo espíritu de consenso que permitió
alumbrarla", tal y como recordó Don Juan Carlos en la sesión
de apertura de la VIII Legislatura.
Los
excesos de la boda. Durante los
últimos seis meses, la boda del príncipe Felipe y Letizia
Ortiz ha sido uno de los temas más comentados en la prensa diaria
y las conversaciones de sobremesa. A estas alturas, a nadie se le escapa
detalle alguno sobre la vajilla con la que se servirá el almuerzo,
el modisto que vestirá a la novia o la 'bronca' de la tarta nupcial.
Esta implicación ha propiciado que la ciudadanía se sienta
partícipe del acontecimiento, hasta tal punto que parece imbuida
por cierto espíritu cortesano y no repara en los excesos derivados
de los preparativos del enlace. Porque ni siquiera la boda de la hija
de José María Aznar, celebrada en septiembre de 2002 en
el Monasterio de El Escorial, generó semejante volumen de gastos
y contratiempos. Y eso que en aquel entonces el ahora ex presidente del
Gobierno y su familia fueron duramente criticados por haber organizado
una celebración equiparable a la de las hijas de Don Juan Carlos
y Doña Sofía. "La tercera Infanta", le dijeron
a Ana Aznar. Se dio por hecho que sólo la Familia Real podía
hacer uso del lujo y la ostentación en las ceremonias nupciales,
a pesar de que, en realidad, los antecedentes más inmediatos digan
lo contrario. Hasta que se casó en 1906 Alfonso XIII, bisabuelo
del príncipe Felipe, con la Princesa Victoria Eugenia de Battenberg,
los enlaces de los miembros de la monarquía española no
atrajeron la presencia significativa de las casas reales extranjeras.
La boda de su abuelo Don Juan con la Princesa María de las Mercedes
de Borbón en 1935 se celebró en el exilio romano y tan sólo
el diario monárquico 'ABC' se hizo eco del evento. Y el matrimonio
de sus padres Don Juan Carlos y Doña Sofía, celebrado en
Atenas en 1962, pasó prácticamente desapercibido en la prensa
española. Incluso la última boda de un Príncipe de
Asturias celebrada en Madrid, la de la Princesa María de las Mercedes
con Don Carlos de Borbón en 1901, se celebró en la Real
Capilla del Palacio Real y ni hubo festejos públicos ni fiestas
de Corte. Bien es cierto que los acontecimientos políticos de finales
del siglo XIX y buena parte del XX no eran los más propicios para
la monarquía española y que hay que remontarse en el tiempo
para encontrar un periodo histórico en el que la Familia Real gozara
del mismo prestigio que ahora disfruta. Sin embargo, esa no es suficiente
justificación para que a La Zarzuela se le hayan ido de las manos
los preparativos del enlace, dándole una apariencia que no se corresponde
con el verdadero papel que la monarquía ostenta en nuestro país.
Nada más conocerse la noticia del enlace, la ciudad de Madrid tuvo
que paralizar sus prioridades para responder a las de la Casa Real y el
Ayuntamiento y ahora el Gobierno central crearon comisiones específicas
para coordinar los dispositivos previstos para la boda. Eso desde hace
más de seis meses y por no hablar de los efectos inmediatos del
enlace, como el colapso que sufrirá la capital de España
el próximo fin de semana. La Zarzuela ha hecho algún tímido
intento para evitar que los excesos empañaran la buena prensa que
desde un primer momento tuvo la boda. Sobre todo a raíz de los
atentados del 11-M, que sumieron al país en una de las temporadas
más tristes y aciagas que se recuerdan. Don Felipe pidió
al Consistorio que el presupuesto previsto para celebrar un espectáculo
multimedia como regalo de bodas lo destinara a un monumento en memoria
de las víctimas y la Casa Real comunicó que la pareja no
celebraría despedida de solteros en señal de duelo. Sin
embargo, a parte de estos dos detalles, apenas nada ha cambiado en la
organización del evento, a pesar de que la ciudad de Madrid sigue
abatida por los terribles sucesos del pasado mes de marzo.
Por otra parte, la ceremonia se convertirá en un espectáculo
mediático con conexiones a los hogares de medio mundo. El sí
quiero del Príncipe y Letizia Ortiz lo van a ver 1.200 millones
de espectadores a través de más de 5.600 medios de comunicación.
La expectación generada por el matrimonio del Príncipe sólo
se explica por la irresistible atracción que los ciudadanos de
a pie solemos tener por los cuentos de hadas del siglo XXI, aunque no
está claro si el público será capaz de discernir
la parcela de fantasía que a éste le corresponde. Sobre
todo los espectadores extranjeros residentes en países sin realeza,
cuyas referencias monárquicas provienen de los libros de historia
sobre tiempos remotos. La magnanimidad de la ceremonia puede confundirles
sobre la representatividad de la Corona española, aunque no estaría
bien achacarle a nuestra Casa Real toda la culpa. El resto de monarquías
europeas siguen el mismo patrón. Lo vimos con el enlace de Carlos
de Inglaterra y Lady Diana, al que después siguieron los de Felipe
de Bélgica y Matilde d'Udekem, Haakom de Noruega y Mette-Marit
Tjessem, Guillermo de Holanda y Máxima Zorreguieta y ahora el de
Federico de Dinamarca y Mary Elisabeth Donaldson. Ninguno de ellos ha
renunciado a la única posibilidad de rescatar el esplendor que
sus respectivas dinastías disfrutaron en otras épocas, y
Don Felipe y Letizia Ortiz no iban a ser la excepción.
Balance
de un noviazgo
El
22 de mayo, el Príncipe y Letizia ponen fin a seis meses y medio
de noviazgo oficial. A lo largo de todo este tiempo, la pareja ha venido
ensayando su nueva forma de vida. Él, porque debía empezar
a compartir sus tareas con su futura esposa, ella, porque salía
del madrileño barrio de Valdebernardo para aprender a ser Princesa.
La Casa Real ha aprovechado la ocasión para tratar de relanzar
la imagen del Heredero. Los contrayentes del enlace iban a monopolizar
la atención de la opinión pública y era el momento
de mostrar la cara más amable de Don Felipe para tratar de identificarle
a él y no ya tanto a su padre como símbolo de la monarquía.
Y aunque en líneas generales han progresado adecuadamente, ciertos
acontecimientos han deslucido su estudiada agenda. En ocasiones, ha sido
La Zarzuela la que ha errado el tiro; en otras, la pareja ha metido la
pata de forma estrepitosa.
Las actividades intelectuales de Don Felipe y su prometida han sido las
más celebradas. Acudieron al concierto de Rostropovich y a la Ópera
Tosca en el Teatro Real, a la exposición de Edouard Manet en el
Museo del Prado, a la Feria Internacional de Arte Contemporáneo
ARCO y a la conferencia sobre el "Impacto de la Constitución
de 1812 en América". Incluso algunas de sus actividades privadas,
como la asistencia al teatro y al cine con amigos, ha tenido muy buena
acogida entre la opinión pública, convencida de que Letizia
había alejado al Príncipe del círculo de amigos pijos
con el que frecuentaba los locales de moda en la noche madrileña.
Tras los atentados del 11-M, su comportamiento también suscitó
la aprobación de la ciudadanía. Recorrieron los hospitales
donde se atendía a los heridos, el Príncipe acudió
con sus hermanas a la multitudinaria manifestación en contra del
terrorismo -hasta entonces, ningún miembro de la Familia Real lo
había hecho-, consolaron a los familiares de las víctimas
en el funeral de La Almudena, cancelaron algunas celebraciones previas
al enlace y acudieron a la estación de Atocha al cumplirse dos
meses de la masacre para depositar un ramo de flores en memoria de los
fallecidos.
Algunos detalles íntimos mostrando la faceta más familiar
y entrañable de la pareja también hicieron mella en los
corazones de los españoles. Es el caso de las insólitas
imágenes del Príncipe de Asturias visitando a los abuelos
paternos de su prometida en el pueblo asturiano de Ribadesella o caminando
del brazo de la abuela materna para acudir al convite nupcial de la prima
Abigail.
Mientras, los dos acontecimientos que más daño han hecho
a la imagen pública de la pareja han sido la visita a Jesús
de Medinaceli, la devoción más casposa de la España
negra, y el viaje a Las Bahamas. La primera tuvo lugar el 5 de marzo,
primer viernes de Pascua. Letizia Ortiz protagonizó su primer baño
de multitudes en acto marcadamente católico y conservador. La Casa
Real escogió un escenario inapropiado para que la futura reina
de la España laica se aproxime a los ciudadanos, unos ciudadanos
que, por otra parte, pertenecen a un sector muy concreto de la población
que no representa a todo el espectro social. La imagen de normalidad y
modernidad que La Zarzuela procuraba dar a la pareja y su futura boda
no concuerda en absoluto con este acontecimiento, que más bien
recuerda a épocas pasadas en las que la monarquía aparecía
ligada a la Iglesia más reaccionaria.
El del viaje en Semana Santa ha sido el episodio más polémico
protagonizado por la pareja en estos seis meses y medio de relación
pública. Lo que en un principio se interpretó como una descortesía
por parte de los agentes de seguridad estadounidenses hacia el heredero
de la Corona española -registraron su equipaje y el de Letizia
Ortiz porque no avisaron de su presencia en el aeropuerto de Miami con
72 horas de antelación-, en poco tiempo fue tomando un cariz bien
distinto. La prensa y los confidenciales digitales publicaron un reguero
de noticias sobre su estancia en el Caribe y llegaron a asegurar que se
trataba de una despedida de solteros clandestina con invitados de postín
y traslado en avión privado. A pesar de los esfuerzos de La Zarzuela
por tratar de desmentir las noticias y contrarrestar su efecto, el daño
ya estaba hecho. El nombre del heredero de la Corona se vio seriamente
dañado por las informaciones sobre su escapada.
Además, este acontecimiento venía a desmentir lo que en
un principio muchos dieron por hecho. El ambiente cultural que empezaba
a frecuentar el Heredero con su prometida hizo suponer que era ella quien
le animaba a explotar su faceta más intelectual, ejerciendo cierta
capacidad de influencia sobre Don Felipe para alejarlo de sus viejas costumbres
elitistas. Pero ahora parece que su poder de convicción no era
tal. Letizia se ha acomodado a las ventajas de compartir su vida con un
príncipe cortesano y disfruta con ello.
Por otra parte, hay quien opina que La Zarzuela ha perdido la oportunidad
de modernizar la Corona con la llegada de la joven periodista a la Familia
Real, mientras otros mantienen que la modernización de la monarquía,
arrebatándola su magia, acelera su desaparición. Los del
primer bando sostienen que si hubiese permanecido en TVE, animando incluso
a Don Felipe a desempeñar algún tipo de trabajo en una de
las fundaciones que preside, habría ganado popularidad. De hecho,
las Infantas y sus maridos compaginan sus empleos con los actos oficiales
que les asigna la Casa Real, y el papel del Príncipe aún
no requiere de las competencias que deberá heredar cuando le llegue
la hora de suceder al Rey.
El balance final de la operación de imagen que se viene orquestando
desde el pasado 1 de noviembre, fecha del anuncio del compromiso matrimonial,
es que a la Casa Real aún le quedan muchos detalles por pulir para
que los futuros Reyes de España logren despertar el mismo cariño
y adhesión que sus predecesores Don Juan Carlos y Doña Sofía.
Lo pudieron comprobar la pasada semana en la plaza de toros de Las Ventas.
El Príncipe y Letizia acudieron a una corrida de la Feria de San
Isidro. En la dinastía de los Borbones existe una larga tradición
torera, y aún se recuerda la afición de la infanta Isabel,
"La Chata", de la currista María de las Mercedes, madre
del Rey, y la del propio Don Juan Carlos o la Infanta Elena. Pero Don
Felipe, más parecido en gustos y aficiones a su madre, nunca había
acudido a los toros -dice un confidencial digital que tal vez fue animado
por Letizia, que en su día tuvo abono-. El estreno taurino de Don
Felipe no fue muy glorioso pues le sorprendió la lluvia, una corrida
mediocre y el abucheo de una buena parte de la plaza cuando los tres diestros
le brindaron su primer toro. No obstante, recibió aplausos de unos
pocos que le esperaban a la entrada y a la salida de Las Ventas. Lo que
pudiera parecer una mera anécdota viene recordarle a Don Felipe
que, en un país sin monárquicos, no las tiene todas consigo.
Además, deberá tener en cuenta que el fervor surgido al
calor de los preparativos de la boda puede inducir a error y no le conviene
bajar la guardia. Sólo cabe esperar que haya aprendido de los errores
y logre dar fiel respuesta a los designios del Rey, que desde que se anunciara
el compromiso matrimonial de su hijo viene repitiendo aquello de que "el
Príncipe de Asturias representa y garantiza la continuidad del
compromiso de la Corona al servicio de España". En sus manos
queda.
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