Nº 586 -19 de enero de 2004

 

LA SOLEDAD DEL REY

La próxima semana EL SIGLO publicará un dossier sobre el Rey D. Juan Carlos para el que se utilizará como base documental el libro La soledad del Rey. ¿Está la monarquía consolidada 25 años después de la Constitución?, del que es autor el director de EL SIGLO, José García Abad. Hoy les ofrecemos el prefacio de la obra, en el que el autor explica su propósito al escribir este ensayo.

 

Creo que el amable lector merece algunas explicaciones antes de internarse en las páginas de este libro que espero no se interpreten como explicatio no petíta, acusatío manifiesta.

Mi propósito ha sido muy sencillo: tomar el pulso a la monarquía española y participar mis conclusiones tal como han sido concebidas. Un objetivo tan claro, el propio del periodista documentado, del historiador cuidadoso o del politólogo honrado, no necesitaría justificación alguna si el objeto de la investigación fuera otro. No ocurre así, sin embargo, al tratarse de la Corona, que sigue siendo un tabú en la España del siglo XXI.

Estimo que la monarquía española está sobreprotegida como una delicada planta de invernadero, lo que no es una buena cosa para la institución. No se escribe sobre ella con la franqueza con que se abordan otras cuestiones políticas, y sólo se habla de la misma en voz baja, como si se tenniera por su salud.

He escrito este libro en este preciso momento, veinticinco años después de que la Constitución Española estableciera la monarquia parlamentaria como forma de Estado, con el convencimiento de que ya es hora de que se hable de ella abiertamente, sin ningún tipo de autocensura ni encubrinúento, como corresponde a la madurez ciudadana y buena salud de las instituciones.

La pregunta que me he hecho y que he formulado a cuantos han tenido la amabilidad de recibirme ha sido si la monarquía está definitivamente consolidada. La conclusión que he obtenido es que sí, por el momento. Una provisionalidad que no debe alarmarnos, pues es la que afecta a todas las instituciones, a todas las convenciones humanas, desde los sistemas de representación ciudadana hasta la organización territorial del Estado. Todas las instituciones políticas y también la monarquía están sometidas a la prueba de su utilidad pública. No es bueno sustraerlas a la crítica, el mejor estímulo para su perfeccionamiento, ni mucho menos a la desinformación que, en lugar de protegerlas, las aleja de los ciudadanos y las asfixia por falta de oxígeno. Así se lo hice notar, al inicio de mis investigaciones, a AsunciónValdés, entonces directora de Comunicación de la Casa de Su Majestad el Rey, durante un grato almuerzo en el restaurante madrileño Las Cuatro Estaciones, del que es socio el rey donjuan Carlos. «Mi propósito -le aseguré entonces- no es meter el dedo en el Ojo de nadie, pero tampoco ocultar nada relevante».

El rey don Juan Carlos ha prestado impagables servicios a este país: ha sido la llave de la Democracia y la ha salvado en momentos de peligro. Su popularidad, inmensa y justamente ganada, ha generado multitud de «juancarlistas» de corazón, que no es exactamente lo mismo que monárquicos de cabeza. El Monarca es, sin embargo, un ser humano, a veces demasiado humano y, como es natural, ha cometido errores como cualquier hijo de vecino; ninguno significativo en su papel constitucional, que ha respetado escrupulosamente y que ha ejercido con algo más que profesionalidad: lo ha bordado con virtuosismo de gran artista. Una de mis conclusiones es que los errores cometidos en el plano personal -casi siempre referidos a su mala mano para seleccionar amistades- no se habrían producido o habrían tenido menores consecuencias si la prensa hubiera informado sobre ellos. Los errores personales se remitirían en cualquier otra persona al ámbito de la intirmídad, pero un rey tiene la desgracia de serlo las veinticuatro horas del día, y su vida privada se confunde con la pública.

En todo caso esta monarquía que empieza con Juan Carlos I no debiera terminar con él. La monarquía pretende ser de larga duración y concluida la etapa de este Rey excepcional cabe preguntarse cuál será el futuro de la institución. Ésa es la pregunta que me he formulado, muy consciente de que no es una cuestión acuciante, que el reino de donjuan Carlos, si no se producen circunstancias imprevisibles, tiene por delante un largo recorrido. Estimo que el cuarto de siglo transcurrido, con la cifra redonda del XXV aniversario de la Constitución, es una buena ocasión para reflexionar sobre este tenia serenamente y, desde luego, sin las angustias que se producirían en el momento en que debieran cumplirse las previsiones sucesorias.

Éste es también el momento de expresar mis agradecimientos. He hablado con muchas personas que se han sometido generosamente a mis preguntas, que he procurado no tuvieran carácter de interrogatorio formal, sino el surgido de una charla amistosa. En la mayoría de los casos, mis interrogados han optado por ambos procedimientos sucesivos: una charla desinhibida, con frecuencia en el transcurso de un almuerzo o tomando una copa, y a continuación una entrevista formal publicable.

El lector encontrará al final de este libro tales charlas y la constancia de una general adhesión a la monarquía y, sobre todo al rey donjuan Carlos. Debo decir que he encontrado una actitud más abierta por parte de la izquierda que por parte de algunas personalidades de la derecha que, por razones que se analizan en el libro, se muestran más reticentes y, con algunas excepciones, han preferido el anonimato. He recogido las opiniones de gente de la universidad: las del rector de la Complutense de Madrid, Carlos Berzosa; las del decano de Ciencias Políticas de esta universidad, Francisco Aldecoa; y las de Javier Pérez Royo, catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Sevilla, que ha estudiado a fondo la monarquía parlamentaria. También he recabado opiniones de personalidades que han contribuido al asentamiento de la nueva monarquía, como Gregorio Peces-Barba, ponente constitucional y primer presidente del Congreso de los Diputados en la primera legislatura del PSOE, en cuya condición tomó juramento a don Felipe como Príncipe de Asturias; así como de José Federico de Carvajal, primer presidente del Senado con los socialistas. Transcribo también las charlas sostenidas con otros veteranos políticos que actualmente ocupan altos puestos de representación en el Congreso de los Diputados: Gabriel Cisneros, del Partido Popular, que estudió con el Rey; y Narcís Serra, del PSC-PSOE, quien fuera vicepresidente de Gobierno con Felipe González. Otros políticos entrevistados han sido: Pascual Maragall, presidente de los socialistas catalanes, así como Francesc Homs y Marc Puig, emergentes políticos de Convergencia i Unió. El lector puede encontrar igualmente una buena representación del mundo sindical: Cándido Méndez, secretario general de UGT; José María Fidalgo, su homólogo en CCOO; y Antonio Gutiérrez, veterano sindicalista que lideró durante muchos años esta misma organización. Recojo igualmente los puntos de vista de Joaquín Garrigues Walker, infatigable misionero liberal y prestigioso hombre de negocios, así como los del general Sabino Fernández Campo, dieciséis años al servicio directo de Su Majestad. Del mismo modo me he entrevistado con julio Feo, el primer jefe del gabinete de Felipe González, quien junto con Sabino estableció las reglas de juego de la monarquía parlamentaria en convivencia con un Gobierno socialista. Extraordinariamente útil fue mi charla con Joaquín Bardavío, experimentado periodista y uno de los historiadores que ha seguido con más atención y cariño la larga marcha de la monarquía.

He mantenido conversaciones con otras personas que han optado por la charla sin cuestionarlos, permitiéndome el aprovechamiento de sus opiniones en el contexto de capítulos determinados: Iñaki Anasagasti, el veterano político del PNV; Xavier Trías, el no menos veterano nacionalista catalán; o Santiago Carrillo que desempeñó un papel esencial en el asentamiento de la monarquía, entre otros. Me han sido también de gran utilidad mis charlas con José María López de Letona, que estuvo a punto de ser el primer ministro del Rey si hubiera salido adelante la misteriosa «Operación Lolita» y que ha sido gobernador del Banco de España, ministro y presidente de Banesto. Hablé con Nicolás Franco, que desempeñó un papel fundamental en la Transición; con José Luis Leal, que compartió sus primeros estudios con el Rey en Las Jarillas y actualmente preside la patronal bancaria; con Julián GarcíaVargas, dos veces ministro con el PSOE; con Carlos Romero, ministro de Agricultura durante un largo periodo; y con Eduardo Sotillos, primer portavoz del Gobierno socialista. Además de muchos otros que han preferido que no los mencione.A todos ellos agradezco su generosa colaboración.

Naturalmente me puse también en contacto con la Casa de Su Majestad el Rey, primero con su directora de Comunicación, Asunción Valdés como ya he dicho, y después con el nuevo jefe de la Casa, Alberto Aza. Éste escuchó amablemente mi petición de mantener una detenl'da conversación con él, pero declinó con tanta amabilidad como firmeza. Con idénticas amabilidad y firmeza rehusó mi propuesta Rafael Spottorno, secretario general de la Casa en el equipo anterior.

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