Nº 579 - 24 de noviembre de 2003

El 16-N deja un mapa político muy abierto

Cataluña, pendiente de los pactos

La política catalana se mantiene en su oasis. Las elecciones del 16-N han devuelto a Cataluña a una situación muy similar a la de 1980, cuando Jordi Pujol llegó a la Generalitat gracias al apoyo de ERC. La victoria de Artur Mas, el sucesor de Pujol al frente de CiU, el fracaso de los socialistas de Pasqual Maragall y el espectacular crecimiento de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) de la mano de Josep Lluis Carod-Rovira han dejado un panorama muy alejado del bipartidismo que se vive en el resto del Estado: cinco partidos tienen representación parlamentaria y todos ellos, salvo uno, el PP, jugarán un papel decisivo a la hora de decidir el nombre del primer president del postpujolismo.

Por David Fernández

Las primeras elecciones al Parlament de Cataluña sin Jordi Pujol como cabeza de cartel de CiU se presentaban como una lucha entre el relevo y el cambio. Una vez recontados los votos se da la paradoja de que las dos opciones han triunfado. Al final, y en contra de las predicciones de todos los sondeos, Artur Mas ha conseguido coger el relevo de Pujol y mantener a CiU como primer partido catalán (46 escaños, diez menos que en 1999), mientras Pasqual Maragall ha repetido el amargo resultado de 1999, cuando, como ahora, los socialistas fueron la fuerza más votada sin que ese apoyo popular se traduzca en una mayoría parlamentaria que permita al ex alcalde de Barcelona formar un Gobierno de izquierdas que posibilite el cambio (42 escaños, ocho menos que hace cuatro años).

Sin embargo, desde otra perspectiva, ese cambio es una realidad: se ha incrementado el voto a los partidos de izquierda gracias al fuerte ascenso de ERC, que prácticamente ha doblado sus votos y sus escaños –de doce a 23– y a los buenos resultados de los ecosocialistas de Iniciativa per Catalunya-Verds (ICV), que en 1999 concurrieron a las elecciones en coalición con el PSC en Tarragona, Lleida y Girona. De hecho, las tres formaciones de izquierda podrían formar una sólida mayoría de Gobierno apoyada en 74 escaños frente a los 61 de las fuerzas conservadoras. No se repetirá pues la situación de hace cuatro años, cuando los 68 parlamentarios de CiU y PP facilitaron la investidura de Pujol. El empuje republicano ha dejado al PP como la cuarta fuerza política catalana y sin posibilidades de jugar ningún papel en alguno de los escenarios postelectorales. A pesar de todo, Josep Piqué ha logrado 15 escaños, tres más que Alberto Fernández Díaz en 1999.

Junto a la sólida mayoría de izquierdas, el otro pilar del análisis de los resultados electorales es el crecimiento del nacionalismo. El gran salto de  ERC y la capacidad de CiU de vencer en las elecciones más comprometidas para los convergentes desde la Transición a pesar de sufrir un notable retroceso en sus apoyos –diez escaños y siete puntos menos–, han consolidado una mayoría nacionalista. Mas, si quiere gobernar, no tiene otra opción que un pacto con los republicanos, a diferencia de hace cuatro años. Entonces, Pujol rechazó una coalición nacionalista y optó por apoyarse en el PP, que tenía los mismos escaños que la formación de Carod.

La situación ahora es bastante diferente: ningún gobierno es posible sin el respaldo republicano, que con apenas el 16% de los votos se ha convertido en la clave de la gobernabilidad en Cataluña. Por eso, la misma noche electoral, Mas –que había centrado buena parte de su campaña en apelar al voto nacionalista para evitar que el PSOE gobernara Cataluña desde Madrid a través de Maragall– no dudó en recordar que en el Parlament recién elegido había una mayoría absoluta nacionalista. No se equivocaba: el nacionalismo catalán, es decir, los votos de CiU y ERC, suman el 47,4% de los ciudadanos que ejercieron su derecho al voto, frente al 38,47% del catalanismo que propugnan PSC e ICV y el 11,87% que apoya el regionalismo del PP.

Este nuevo mapa político incide directamente sobre el propio nacionalismo, hasta ahora monopolizado por CiU gracias al pragmatismo de Pujol, que supo identificar en una simbiosis perfecta su partido y su figura política con Cataluña. No extraña pues la frase con la que Maragall resumió durante la campaña su objetivo de lograr el cambio después de 23 años de pujolismo: “Después de Pujol, Cataluña”.  Además, el nacionalismo identitario conservador tendrá ahora que compartir espacio ideológico y electoral con el nacionalismo republicano de Carod, basado en las ideas de nación y ciudadanía y que el líder de ERC resume en una provocativa expresión: “Yo no soy nacionalista. Soy catalán”.

Y han sido las urnas las que han trazado las líneas maestras de esa cohabitación en el campo nacionalista. La caída de CiU y el trasvase de buena parte de ese voto a ERC, que ha penetrado con mucha fuerza en todo el territorio catalán, como ya habían presagiado las elecciones municipales del 25 de mayo, han provocado un realineamiento del electorado que presenta “todos los síntomas de convertirse en duradero y transformar el sistema catalán de partidos y el signo de la política catalana”, en palabras de Julián Santamaría, catedrático de Ciencia Política y presidente del Instituto Noxa Consulting.

De momento, el trasvase de votos entre ERC y CiU se ha producido en toda Cataluña y ha situado a los republicanos en su mejor resultado desde la restauración de la democracia y a los convergentes, en el peor de los obtenidos desde 1980. Los analistas aseguran que esta redistribución de los votos nacionalistas se debe, en buena medida, al desgaste de CiU tras 23 años en el poder, y al desencanto de algunos sectores independentistas con los pactos que la federación mantiene con el PP. Estos votantes han encontrado en el independentismo  republicano una opción electoral más atractiva: ERC ha recogido buena parte de los 160.000 sufragios que CiU ha perdido respecto a 1999. A todo ello se suma el relevo de Pujol: hoy por hoy, Mas no tiene el tirón electoral del president.

Otro de los factores que explican el avance republicano –quedan 110.000 nuevos apoyos por explicar– hay que buscarlo  en el voto de los jóvenes y primeros votantes, en el voto inmigrante o en los profesionales liberales, autónomos y pequeños empresarios que han apoyado masivamente la opción de Carod-Rovira. La política del PP, enfrentada a cualquier visión de España que no concuerde con la suya propia, y el apoyo a la guerra de Iraq, que en Cataluña provocó fuertes movilizaciones sociales, han favorecido la polarización y radicalización de buena parte de ese electorado, que ha abandonado a CiU e incluso al PSC en beneficio de ERC e ICV.

Mientras, la polémica por el trasvase del Ebro, que también ha provocado fuertes protestas en las calles catalanas, apenas ha tenido consecuencias electorales: el PP, autor del Plan Hidrológico Nacional (PHN) basado en el trasvase, apenas ha perdido en las tierras del Ebro 258 votos de los 7.849 que sumó en 1999 y mantiene los dos diputados que ese año ya logró en Tarragona. Peor le ha ido a CiU, que ha caído un 12% en la zona y ha perdido uno de sus ocho parlamentarios. Y el PSC tampoco fue capaz de capitalizar los votos de miles de ciudadanos molestos con el PP y con CiU por la aprobación del PHN. Los socialistas, junto a ICV –concurrieron juntos a las elecciones de 1999 y es imposible cuantificar los votos que corresponden a cada una de las dos formaciones– apenas sumaron 2.700 papeletas más en las comarcas afectadas por el PHN que hace cuatro años, frente a las 11.000 más de ERC, que logra un diputado más.

Parte de ese fracaso de los socialistas a la hora de movilizar a su electorado se debe, según los expertos y como en el caso de CiU, a que el PSC acusa el desgaste de la permanencia en el poder en una Comunidad Autónoma donde se juega en un doble tablero: por un lado, el poder autonómico, siempre en manos nacionalistas, y, por otro, las elecciones municipales y legislativas, en las que los socialistas son la fuerza mayoritaria. Tras casi un cuarto de siglo con este reparto de poder, no extraña a ningún analista que formaciones como ERC e ICV aparezcan como opciones electorales mucho más frescas y menos gastadas para el cambio.

Esta sensación se ha incrementado en Cataluña entre el electorado más joven y urbano, decisivo en los comicios autonómicos, en los que la movilización suele ser escasa, y que ve a los socialistas como un partido de gobierno, que lleva instalado en el poder, al menos municipal, durante demasiados años, por lo que debería formar parte del cambio y no ser el recambio. Las cifras son contundentes: el PSC, en las localidades de más de 10.000 habitantes, exceptuando las capitales de provincia, perdió el 16-N 73.000 de los 643.000 votos de 1999 (más de un 11%), mientras que sólo se ha dejado en el camino 3.350 de los otros 73.000 sufragios logrados hace cuatro años en las poblaciones de 5.000 a 10.000 habitantes. Lo mismo le ocurre a CiU. Sin embargo, ERC ha más que doblado sus votos en las zonas urbanas y el PP ha ganado 53.000 apoyos gracias a la caída socialista.

Barcelona ejemplifica a la perfección esa redistribución de fuerzas que se ha producido en la política catalana y que quedó apuntada en las elecciones municipales: ahora, como el 25-M, los dos partidos dominantes bajan siete puntos y ERC, ICV y PP se reparten los réditos. Maragall se dejó en la ciudad de la que fue alcalde 55.000 votos respecto a 1999, lo mismo que Artur Mas. Mientras, los republicanos pulverizan todos sus registros anteriores y prácticamente duplican los 66.000 votos de los anteriores comicios al Parlament, al igual que ICV, que sube a costa de los socialistas. Mientras, el PP sube 20.000 votos respecto a hace cuatro años y prácticamente repite el resultado del 25 de mayo, aunque cede a ERC la condición de tercera fuerza. Los republicanos son los más beneficiados del tripartito que gobierna la Ciudad Condal desde 1995.

Los datos no son mucho mejores para los socialistas en el cinturón metropolitano barcelonés, su auténtico granero de votos, donde se mantienen como la primera fuerza pero con caídas de entre un 5 y un 10%, incluidos municipios gobernados por pesos pesados del socialismo catalán, como l’Hospitalet, con Celestino Corbacho, o Santa Coloma, donde fue alcaldesa Manuela de Madre, número dos de Maragall. Como en el resto de Cataluña, ERC fue la más beneficiada. Al final, en Barcelona el PSC cede siete diputados, mientras que CiU baja seis, los mismos que sube ERC. El PP gana tres parlamentarios e ICV, cuatro, precisamente los siete que pierde Maragall.

Con estos datos, la conclusión de los socialistas es que han perdido votos en tres frentes: ideológico, por su izquierda, a favor de ICV; e  identitario, en beneficio de ERC, que recogió a los progresistas que consideran al PSC poco nacionalista; o poco españolista y cedieron su voto al PP. A pesar del descenso, Maragall, el único socialista que partía con ventaja en un sondeo desde las autonómicas de 1980, ha obtenido para el PSC el mejor resultado de su historia en las elecciones al Parlament después del de 1999.

Ahora, el futuro de Maragall pasa por los pactos postelectorales: no conseguir la presidencia de la Generalitat al frente de una coalición de izquierdas supondría el fin de su carrera política. Y los escenarios que se abren son cinco, todos ellos con ERC como llave.

Pacto entre CiU y ERC. Las dos formaciones nacionalistas sumarían 69 escaños, uno por encima de la mayoría absoluta. Es la opción más lógica a la vista del resultado electoral y después de una campaña en la que ambos partidos han tensado la cuerda nacionalista. Sin embargo, provoca muchos recelos, tanto dentro como fuera de Cataluña: muchos sectores, empezando por el Gobierno central, ya han expresado su temor a que una alianza de este tipo provoque una radicalización política en Cataluña que derive en un escenario de ruptura similar al vasco. Entre los apoyos a esta posibilidad se encuentra, precisamente, el Gobierno vasco, que considera el resultado del 16-N como un respaldo al plan Ibarretxe. ERC ha puesto una condición, extensible a cualquier otro socio: se acabaron los pactos con el PP en Madrid. Además, los republicanos ya apoyaron a CiU en 1980 en una circunstancia similar, lo que provocó una grave crisis de identidad en su partido y la fagocitación convergente del espacio político republicano. Por otra parte, Carod ha centrado su campaña en la necesidad del cambio: una buena parte de su electorado, procedente de CiU, no vería con buenos ojos que ahora ERC se convirtiera en los cimientos de la continuidad de CiU en el poder.

PSC, ERC e ICV. La alianza de toda la izquierda tiene en Pasqual Maragall a su gran defensor: es su única salida política. Las tres formaciones progresistas alcanzarían los 74 escaños y reeditarían en la Generalitat el pacto que mantienen desde julio de 1995 en el Ayuntamiento de Barcelona y que funciona con fluidez. Maragall, el gran derrotado, sería el president. Las principales pegas proceden de Madrid: algunos sectores del PSOE no comparten la idea del líder del PSC porque tendría un coste electoral para Zapatero en las elecciones legislativas de marzo ante las previsibles críticas del PP con el argumento del pacto con un partido separatista. Sin embargo, el propio Zapatero, consciente de la importancia de ganar el poder en Cataluña para presentarse en marzo con una victoria, aunque sea parcial,  ha respaldado esta opción y ha fijado los límites en el respeto a la Constitución. Para ERC, la alianza con el PSC podría ser la garantía de que la reforma del Estatut, que tiene que pasar por el Parlamento nacional, tendría un recorrido más amplio que si sólo contara con el respaldo de CiU, una reflexión que puede ser fundamental a la hora de tomar una decisión.

CiU y PSC. Es la opción preferida por un amplio sector del PSOE, porque alejaría al PSC de ERC y de la imagen más radical. Además, dificultaría las alianzas del PP después de las legislativas en el caso de que Rajoy no consiguiera la mayoría absoluta. Para llevarla a cabo, antes tendría que producirse la salida de Maragall, lo que dejaría al PSC en una profunda crisis de liderazgo. Es la opción preferida por la élite económica y empresarial catalana, pero dinamitaría la posibilidad de la alternancia, al pactar los dos partidos dominantes.

Gobierno de concentración. Incluiría a todos los partidos excepto el PP. Es el escenario que busca ERC. Carod cree que es la mejor opción para desarrollar el nuevo Estatut: contaría con 120 parlamentarios de 135, muy por encima de los dos tercios que se necesitan para reformar el Estatut. Provocaría un fuerte enfrentamiento con el Gobierno central. Tanto el PSC como ICV han rechazado la idea republicana.

Gobierno de CiU en minoría. Artur Mas optaría por repetir con ERC el modelo que CiU aplica desde 1995 con el PP, que facilita un apoyo externo al Gobierno convergente. Implica una complicada negociación entre los nacionalistas y su objetivo sería, sobre todo, ganar tiempo de cara a las elecciones legislativas. Mas también podría llegar al poder con la abstención de PSC y PP, una opción que no descartan por completo ni Génova ni Ferraz para evitar la llegada al poder de ERC. Es una opción que la federación no ha descartado y que puede cobrar fuerza a medida que pasen los días si Carod tarda en desojar sus opciones.

Sea cual sea el Gobierno que salga de los pactos, los retos que tendrá que asumir serán importantes, después de unos años en los que Cataluña ha perdido buena parte del valor añadido logrado tras los Juegos Olímpicos de Barcelona. Josep Ramoneda, periodista y analista político, resume el horizonte que tiene Cataluña ante sí de una manera gráfica: “En cierto modo, lo que se pide es que alguien haga en  Cataluña lo que Maragall hizo en Barcelona”.

Además, el nuevo Gobierno de la Generalitat tendrá que hacer frente a la integración de los inmigrantes que llegan con asiduidad a Cataluña y los problemas de inseguridad creciente. La educación y el déficit en infraestructuras son otros puntos que, junto a la reforma del Estatut (ver recuadro Las tres reformas del Estatut) –excepto el PP– llevaban los partidos catalanes en sus programas electorales.

Gobierne quien gobierne, las elecciones catalanas han provocado un auténtico terremoto en la política nacional, especialmente entre los socialistas, que daban por descontada una victoria a los puntos de Maragall que permitiera a Zapatero tomar aire antes de marzo y tras el desastre de la Asamblea de Madrid. Ahora, en Ferraz cunde la preocupación: con la derrota del PSC se ha debilitado el mensaje fundamental que los socialistas habían lanzado hasta ahora, la idea de la España plural, que tiene en Maragall a su gran defensor. Además, las últimas encuestas –la última, de Demoscopia para Telecinco, realizada antes de las catalanas– sitúan al PSOE en niveles similares a los de marzo de 2000. La gran duda de los socialistas estriba ahora en decidir con quién conviene pactar: con CiU, con ERC o con nadie. Y las opiniones internas son diversas.

La derrota socialista también ha sido acogida con incertidumbre en el Gobierno y en el PP, que ven con preocupación la posibilidad de que en los próximos meses se abra un nuevo frente soberanista que se una al plan Ibarretxe. Además, los pactos postelectorales podrían complicar la consecución de apoyos suficientes para gobernar España en caso de que Rajoy no logre la mayoría absoluta en marzo. Por otra parte, el PP catalán ha quedado en una situación de marginación política en Cataluña tras los comicios, a pesar de su tímido avance. Aznar se irá sin conseguir que su partido penetre en Cataluña, a pesar de que en las elecciones generales consigue más del 20% de los votos.

El escenario final en el que se desarrollarán los próximos meses lo dibujará Josep Lluís Carod-Rovira, el hombre clave, que todavía no ha descartado convertirse en el sucesor de Pujol. No es la primera vez que ERC se encuentra en una situación similar. Tras las elecciones de 1980, los republicanos decidieron que sus 14 diputados, con Heribert Barrera al frente, apoyaran la investidura de Pujol como sucesor de Josep Tarradellas. En las siguientes elecciones, ERC perdió diez de los 14 parlamentarios: su electorado, progresista y republicano, no entendió que su partido hubiera cedido el poder a los nacionalistas más conservadores. Fue una especie de ajuste con la Historia de los viejos republicanos, que se sentían traicionados por un pacto con los que ellos consideraban los continuadores de la Lliga Regionalista de Cambó.

La travesía del desierto ha durado para ERC 23 años, los mismos que el pujolismo. Ahora, Carod, como Francesc Maciá en 1931, tendrá que interpretar el sentimiento y los anhelos que el pueblo catalán ha expresado en las urnas.


El nuevo Govern, antes de Navidad

Los plazos para la constitución del nuevo Parlament y la investidura del sucesor de Jordi Pujol, tasados en la ley 3/1982 y en el Reglamento de la Cámara, no van más allá de mediados de diciembre. Tras las elecciones, el presidente en funciones de la Generalitat tiene 20 días para convocar el pleno de constitución del nuevo Parlament, en el que los 135 diputados autonómicos tomarán posesión y se elegirá la Mesa de la Cámara. En caso de no cumplirse este plazo, algo que no ha ocurrido en las seis ocasiones anteriores, al cabo de cinco días el Parlamento quedaría automáticamente convocado.

Si se agotan los plazos, el primer pleno de la legislatura se convocaría previsiblemente el 5 de diciembre, puesto que el 6, cuando termina el periodo legal, es festivo. El presidente del Parlamento es elegido por mayoría absoluta en primera votación y relativa si es necesaria una segunda. La elección de la Mesa será el primer paso para comprobar qué fuerzas conforman la mayoría .

A partir de ese momento, el presidente del Parlament tendrá diez días para consultar con los líderes de los diferentes partidos y proponer un candidato a president, que no tiene que ser obligatoriamente el líder del partido con más representación en el Parlament, sino quien concite una mayoría más amplia. Como en el caso anterior, todo indica que se agotará el plazo. En ese caso, el pleno de investidura podría convocarse alrededor del 15 de diciembre. Tras la exposición del programa de gobierno del candidato y las consiguientes réplicas de los portavoces del resto de las formaciones, en la segunda jornada del pleno se votará al candidato, que tendrá que obtener el respaldo de al menos 68 diputados para ser elegido en primera votación. Si no se da esa mayoría absoluta, se eligirá al president por mayoría simple 48 horas más tarde.


El tobogán de los líderes

Artur Mas (CiU)
Sube

Artur Mas tenía como misión no dilapidar el legado de Jordi Pujol, al menos no en las primeras elecciones. El candidato convergente, siempre tutelado por su principal referente político ha conseguido ganar las elecciones lo mismo que hizo Pujol en 1999: a los puntos, con menos votos que el segundo y aprovechándose de una ley electoral injusta cuya modificación se debate desde hace un cuarto de siglo.

La victoria de Mas tiene algo de simbólica: Pujol se va sin haber perdido nunca unas elecciones. Pero también tiene algo de triunfo personal: ha demostrado que ha sido capaz de construir una imagen de seriedad y capacidad de trabajo. Y, sobre todo, ha demostrado que Maragall se equivocó de estrategia al menospreciarle durante dos años.

Sin embargo, la tarea más complicada para Mas comienza ahora: la herencia de Pujol no consiste en ganar las elecciones, sino en mantener el poder. Para ello, el nuevo líder convergente tendrá que demostrar su cintura política en las negociaciones con ERC, el partido que dio el poder a Pujol pero que, poco a poco, le come el terreno a CiU.

Pasqual Maragall (PSC)
Baja

Durante la campaña electoral, Pasqual Maragall reconoció en varias ocasiones que no estaba acostumbrado a estar en la oposición. En ella se pasó cuatro años tras perder las elecciones de 1999, esperando que llegara 2003 para convertirse en el sucesor de Pujol. Pero llegó el 16-N y Maragall volvió a perder. Contra todo pronóstico, el mejor candidato que podía presentar el PSC, el único socialista que partía con ventaja en los sondeos desde 1980, ha sido el gran derrotado de las elecciones autonómicas.

La experiencia de 15 años como alcalde de Barcelona y sus apelaciones a la necesidad imperiosa de que se produjera un cambio político en Cataluña no han sido suficientes. Tampoco su patriotismo liberal e integrador, basado en la ciudadanía y no en la identidad nacional, ni su proyecto de España plural, ni su profunda apuesta por la política social le han servido para ganar. Ahora, Maragall se lo juega todo en sacar adelante un pacto de la izquierda que le convierta en president. Si no lo logra, dirá adiós a su carrera política.

Josep Lluís Carod-Rovira (ERC)
Sube

“Yo no soy nacionalista. Soy catalán”. Es la carta de presentación de Josep Lluís Carod-Rovira, secretario general de ERC y gran triunfador de las elecciones autonómicas: ha devuelto a los republicanos a un papel central en la política catalana, e incluso nacional, que no tenían desde principios de los 80.

Orador convincente y con recursos, moderado en las formas pero contundente en el fondo, Carod ha conseguido devolver el alma al proyecto republicano, con un programa que huye del nacionalismo étnico y se centra en la ciudadanía y la libertad. El centro de su pensamiento nacionalista no está en la raza ni en la cultura, sino en la libre decisión de cada ciudadano, que puede decidir ser catalán y español o extremeño y catalán o marroquí y catalán. Y el camino para incorporar a la identidad catalana a los que no han nacido en Cataluña pasa por los derechos sociales y económicos.

El objetivo de Carod es superar el millón de votos en cuatro años y convertir a ERC en la primera fuerza catalana. De cómo gestione la llave que le han dado los catalanes el 16-N dependerá ese futuro.

Josep Piqué (PP)
Sube

José María Aznar puso en manos de Josep Piqué su enésimo proyecto para el PP en Cataluña. El encargo pasaba por encontrar un hueco en el que los populares pudieran contar algo en la política catalana. Y para ello el ex ministro, ex comunista y ex empresario puso en marcha un discurso catalanista moderado que Jaime Mayor Oreja destrozó en su primer paseo por la campaña.

Muy alejado de los anteriores líderes del PP catalán, Piqué ha situado a su partido en los segundos mejores resultados de su historia en unas elecciones autonómicas. Sin embargo, a pesar de lograr tres escaños y casi 100.000 votos más que en 1999, el PP no ha resistido el empuje de ERC y ha pasado a ser la cuarta fuerza política en Cataluña.

Entre los méritos de Piqué está haber sabido aprovechar el acercamiento del PSC a posiciones catalanistas cercanas al nacionalismo para arrebatar a los socialistas una buena parte de su electorado tradicional en Barcelona y su área metropolitana. Sin embargo, la derrota de Maragall pone una zancadilla a su proyecto: Piqué está convencido de que el PP sólo se hará un hueco en Cataluña cuando CiU pierda el poder. ¿Aguantará cuatro años en el Parlament?

Joan Saura (ICV)
Sube

Más gasto social, más impuestos ecológicos y para los que más ganan, política de vivienda y de ayuda a la infancia y a las personas con escasos recursos. Esos eran los principales mensajes con los que Joan Saura acudió a las elecciones del 16-N al frente de las candidaturas de Iniciativa per Catalunya-Verds (ICV), que esta vez recuperó la coalición con IU en Cataluña (EUiA).

De la mano de Saura, hasta ahora diputado nacional, los ecosocialistas han obtenido 240.000 votos, frente a los 78.441 de hace cuatro años, cuando se presentaron en coalición con el PSC en Tarragona, Lleida y Girona. Ese apoyo se materializará en nueve escaños, todavía lejos de los once de 1995 y mucho más de los resultados del PSUC en las primeras elecciones catalanas.

Partidario de un pacto de la izquierda plural, Saura ya ha pedido a ERC que no cometa errores del pasado y deje de lado a la derecha. Sus asignaturas pendientes: lograr un escaño en Lleida (ICV se ha quedado a 500 votos) e igualar los resultados que la coalición logró en las municipales en Barcelona de la mano de Inma Mayol, la compañera de Saura.


Las tres reformas del Estatuto

La reforma del Estatuto de Autonomía catalán será una de las claves de las negociaciones previas a la formación del nuevo Gobierno de la Generalitat y de la próxima legislatura: todas las formaciones, excepto el PP, se han fijado la redacción de un nuevo texto estatutario como la gran prioridad de esta legislatura: sea cual sea el próximo Ejecutivo, el Parlamento español recibirá en 2005 una propuesta de reforma del Estatuto apoyada por la mayoría de la Cámara y de la sociedad catalanas y que pretende aumentar el techo competencial catalán y fortalecer las instituciones autonómicas.

Tanto CiU como el PSC, ERC e ICV coinciden en la necesidad de impulsar un nuevo texto estatutario. De hecho, el propio José Luis Rodríguez Zapatero se comprometió durante la campaña a apoyar la reforma que el Parlament remita a las Cortes Generales. La precipitada promesa del líder socialista puede poner ahora en un compromiso a su partido, en el caso de que el PSC no consiga entrar en el Govern y la reforma planteada por los nacionalistas recoja sus planteamientos soberanistas.

Tanto CiU como el PSC coinciden en que es preciso diseñar un nuevo traje para afrontar un futuro sin estrecheces, con un autogobierno eficaz, próximo al ciudadano, dotado de una buena financiación y con mayor o menor vinculación al marco español, que es referente para ambos.

Aunque ambos proyectos hablan de lealtad recíproca hispano-catalana, el de CiU propugna un nuevo pacto entre el Estado español y Cataluña como si fueran dos entes claramente diferenciados. Es decir, un nuevo marco de relaciones basado en la aplicación de la cláusula constitucional de los derechos históricos, la reservada a las comunidades forales, Navarra y el País Vasco, lo que implicaría un modelo de soberanía compartida que, según CiU, cabe en la Constitución. Los socialistas, en cambio, afirman que Cataluña es una nación que forma parte de la España plural y que las relaciones entre ambas deben estar basadas en la lealtad recíproca, la colaboración y la asistencia mutua. El PSC insiste en profundizar en el carácter federal, plurinacional, pluricultural y plurilingüe del Estado. Además, incluye una referencia expresa a la reforma constitucional del Senado. La propuesta de Maragall apuesta por la Administración única y por una profunda descentralización de la Justicia que convierta al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña en la última instancia judicial en ese territorio, dos planteamientos compartidos por CiU.

En cuanto a la financiación, los socialistas propugnan, con el impreciso horizonte del régimen foral a medio plazo, un sistema basado en la contribución según la capacidad fiscal de los ciudadanos y participación en los ingresos del Estado de acuerdo con las necesidades de servicios públicos en función de la población. Mientras, la formación de Mas establece como modelo la recaudación íntegra y la fijación de un cupo de devolución al Estado, es decir, la misma situación que Euskadi.

ERC va más allá que los dos partidos mayoritarios y pide en su proyecto que Cataluña sea “un Estado libre asociado al Reino de España” y la posibilidad de alterar las fronteras entre Francia y España para integrar la denominada Cataluña norte. Además, propone la creación de un Consejo Nacional de Defensa que se encargaría de la dirección de las Fuerzas Armadas en Cataluña y exige un modelo de financiación igual que el concierto vasco.

Las tres formaciones coinciden en reclamar la participación del Gobierno autonómico en las instituciones de la Unión Europea. Además, los nacionalistas apuestan por las selecciones deportivas catalanas, un asunto al que el PSC no hace referencia.


La ley electoral, pendiente de reforma desde 1979

Por segunda vez, el PSC ha perdido las elecciones catalanas después de ser la fuerza más votada: Cataluña es la única comunidad sin ley electoral propia y los comicios autonómicos se regulan en función de una disposición provisional del Estatuto de 1979 que premia las circunscripciones en las que CiU obtiene mejores resultados y da lugar a un sistema injusto que impide a los socialistas ganar las elecciones si no obtienen, al menos, un 3% más de sufragios que CiU. Tanto el PSC como CiU son conscientes de la necesidad de modificar la norma: han elaborado sendos modelos de ley electoral que ninguno de los dos partidos ha llevado al Parlament.

La propuesta del PSC, el más perjudicado por el actual sistema, se basa en el modelo alemán, aunque rebaja al 3% el umbral mínimo para obtener escaño. Habría dos urnas: una para elegir al diputado comarcal y la otra para votar a una lista de partido. En ésta estarían integrados candidatos de todas las circunscripciones, con lo que, según el PSC, la procedencia territorial de los diputados del Parlament apenas variaría y el voto de un ciudadano de Barcelona valdría lo mismo que el de uno de Lleida. Al mismo tiempo, la propuesta garantiza que cada comarca tenga un diputado, elegido por sistema mayoritario, con los que los socialistas consideran que se asegura la representación de todo el territorio.

Mientras, CiU ha hecho suya una propuesta que desarrolló la Fundació Jaume Bofia en 1995 que se inspira igualmente en el modelo alemán pero divide Cataluña en cuatro circunscripciones. Posteriormente, su autor, Agustí Bosch, profesor de la UAB, redefinió su propuesta: un diputado por comarca y división de la Comunidad en seis circunscripciones electorales. Sin embargo, CiU no ha explicado el peso electoral que propone para cada división y no ha despejado la incógnita de si todos los votos deben valer lo mismo o si algunos territorios deben tener un plus en aras del reequilibrio territorial.

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