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Nº
578- 17
de noviembre de 2003
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La batalla del Ebro 65 años después Un 16 de noviembre de hace 65 años terminaba definitivamente la contienda más dura y más importante de la Guerra Civil española, la que decidiría para España el curso de su historia. La relevancia de tal acontecimiento ha sido minuciosamente retratada en dos publicaciones diferentes recién editadas: La batalla del Ebro de Jorge Martínez Reverte, y El Ebro. La batalla definitiva de los cien días describen paso a paso los pormenores de la contienda y recuperan para la memoria colectiva la penosa lucha fratricida que ambos autores sufrieron en primera persona a través de sus padres, combatientes en el episodio. Por Fermín Núñez Acaban de cumplirse 65 años del final de la batalla del Ebro, la contienda que decantó finalmente el signo de los vencedores en la Guerra Civil española. Pese a su importancia en el devenir histórico de nuestro país, lo cierto es que este acontecimiento hasta ahora había sido escasamente explicado al gran público. Algo que, afortunadamente, ha venido a paliar la reciente publicación de dos amenos libros: La batalla del Ebro (Crítica, 2003), del periodista Jorge Martínez Reverte, y El Ebro. La batalla decisiva de los cien días (La Esfera de los libros, 2003), escrito por el general de brigada Miguel Alonso Baquer. Dos textos que componen sendos apasionantes relatos sobre aquel acontecimiento, accesibles a cualquier tipo de público y sobre todo muy acreditados: tanto que además de la profusa documentación cotejada por ambos, los propios autores han sido también testigos de la batalla, a través del testimonio de sus padres, Jesús Martínez Tessier y Mariano Alonso Alonso, que combatieron en la misma. Pero pese a lo que en principio podría sospecharse de dos libros publicados por hijos de ex combatientes, ambos textos intentan ceñirse al máximo a los acontecimientos históricos. Aunque no lo hacen de la misma manera: La batalla del Ebro es un relato a pie de trinchera, que trata de implicar al lector en las sensaciones de los soldados que libran la batalla, realizando una pormenorizada crónica de estilo periodístico que abarca, jornada a jornada, todo lo sucedido entre el 25 de julio y el 16 de noviembre de 1938. Pero junto a ello, también ofrece información estrictamente histórica, facilitando al final de cada capítulo los partes de guerra tando del banod republicano como de los sublevados, con el fin de que el lector compare lo que sucedía en la batalla con la información que recibían las retaguardias de cada ejército. Y para hacer aún más comprensible el acontecimiento, Martínez Reverte inicia el relato con un análisis preliminar del contexto histórico que se vivía al comienzo de la misma, explicando de manera sencilla cómo estaba cada bando y cuál era exactamente la dirección política de los mismos. Miguel Alonso Baquer hace otro tanto, aunque su libro deja a un lado el relato humano para centrarse en los pormenores de la estrategia militar, en las grandes decisiones y en cómo cada ejército jugó sus propias bazas. El Ebro. La batalla decisiva de los cien días analiza la lucha táctica puesta al servicio de las unidades de combate para obtener la victoria. Para ello, comienza describiendo las estrategias utilizadas por cada ejército desde 1936, en los primeros choques de la Guerra Civil, y hasta la campaña final de Cataluña del 39, cuando ya estaba todo perdido para los republicanos. A continuación realiza un minucioso análisis de los principales protagonistas de la batalla, empezando por los grandes políticos (Manuel Azaña, Juan Negrín y Francisco Franco), para pasar después a los grandes estrategas militares (Vicente Rojo, Juan Yagüe...) y los mandos tácticos (Enrique Líster, Fernando Barrón, etc). Seguidamente, analiza las cuatro principales contiendas de la campaña de 1938, describiendo el avance del ejército franquista hacia el Levante español que desemboca en la pugna final en el Ebro. Y para finalizar, dedica dos capítulos a las consecuencias de la batalla tanto en el plano nacional como en el internacional, y las principales interpretaciones que se hicieron de la misma posteriormente. La dirección de una batalla decisiva. Si en algo están de acuerdo los muchos autores que han escrito acerca de la batalla del Ebro es en su importancia histórica. En ello coinciden también Martínez Reverte y Alonso Baquer en sus respectivos textos. El primero no duda en calificarla, de hecho, como la mayor batalla que nunca haya tenido lugar en España. El segundo lo explica con un argumento sencillo: fue la más importante porque al final de ella quedó históricamente decidido el resultado de la guerra, y además durante los algo más de cien días de la reiteración de aquellos cruentos combates, siempre renovados por ambas partes, se resolvieron en España graves crisis de política interior en ambas retaguardias y se plantearon, sobre todo desde septiembre en Munich, los verdaderos antecedentes de lo que muy pronto iba a ser la segunda guerra mundial. ¿Pero en qué situación se encontraban las fuerzas de la República y los militares sublevados al inicio de la famosa confrontación? En palabras de Alonso Baquer, durante la batalla del Ebro existían ya, debidamente formalizadas, las estructuras de poder, frente a frente: existía en la II República una presidencia [...] encarada por Manuel Azaña, una presidencia del Consejo de Ministros, ejercida por Juan Negrín, una jefatura del Estado Mayor Central, a cargo del general Vicente Rojo y unos mandos en el teatro de operaciones del segundo semestre de la campaña del año 1938, cuya cadena de autoridades pasaba por el mando del ejército del Ebro, que detentaba Juan Modesto Guilloto, hasta llegar a los jefes, al menos de tres cuerpos del Ejército, el V de Enrique Líster, el XV de Manuel Tagüeña y el XII de Evelino Vega. La estructura de poder de la España nacional salta a la vista que estaba más concentrada. Francisco Franco actuaba en 1938 como jefe del Estado, como presidente del Consejo de Ministros de su primer Gobierno [...] y como mando del Cuartel General del Generalísimo. Es decir, reunía en su persona el nivel superior de la dirección de la guerra y el nivel intermedio de la estrategia operativa [...] a sus inmediatas órdenes mirando a las grandes unidades implicadas en la batalla del Ebro la cadena de mandos arrancaba desde el general y ministro de Defensa Nacional, Fidel Dávila Arrondo, y alcanzaba al general Juan Yagüe, respectivamente, jefes del Ejército del Norte y del Cuerpo de Ejército marroquí. Conforme la situación se fue complicando veremos irrumpir [...] al general Rafael García-Valiño al frente de un Cuerpo de Ejército, el del Maestrazgo, de reciente creación. En aquel verano de 1938 en que tuvo lugar la primera ofensiva republicana en el Ebro, el ejército franquista comenzaba a tener un dominio mayoritario sobre la Península Ibérica. En 1936 había conquistado ya Melilla, Baleares, Canarias y ciudades como Sevilla, Pamplona, Cádiz, Oviedo o Zaragoza. También había presentado batalla en Madrid, aunque la dura resistencia de los republicanos dejó claro desde el principio que la guerra no se ganaría en la capital. Tras ello, Franco, que había avanzado también por Extremadura, Toledo y San Sebastián inició en 1937 su campaña de conquista por el Norte, organizada a lo largo de toda la periferia cantábrica y que culminará en Gijón a finales de ese año. De ese modo, al llegar a 1938 el bando franquista dominaba todo el Oeste y la mayoría del Norte del país: desde Málaga, la zona nacional se extendía por Sevilla, toda Extremadura, la práctica totalidad de Castilla y León, toda Galicia, la mitad oeste asturiana, gran parte de las Vascongadas (País Vasco), Navarra y la mitad de Aragón. Por su parte, el Gobierno republicano aún controlaba el resto de Andalucía, Castilla-La Mancha, Madrid, y todo el Levante hasta Cataluña. Sin embargo, el cada vez más eficiente avance de las tropas nacionales hacia Valencia es más que preocupante. Y cuando el 23 de junio de 1938 Franco alcanza Castellón de la Plana, partiendo en dos la zona republicana, esa preocupación se torna terror, haciendo inminente una reacción del bando republicano en la zona del Ebro. Jorge Martínez Reverte relata: Tras la derrota de Teruel y el desastre de Aragón, Juan Modesto vio cómo su figura crecía en aquellas circunstancias extremas, auque poco pudo hacer aparte de salvar los muebles en la serie de derrotas que se produjo después. Franco pasó a la ofensiva en Aragón, llegó hasta el Ebro y alcanzó el mar en Castellón, Después, emprendió la ofensiva en el Maestrazgo, con dirección a Valencia. Con el corte de comunicaciones entre Cataluña y Valencia y Madrid, los republicanos se enfrentan a otro problema grave de cara a su ofensiva: no disponen apenas de efectivos aéreos. Según describe Reverte, hay que llevar adelante la operación: Levante está en grave riesgo. Y el esfuerzo que se va a realizar tiene una carencia fundamental, la de la aviación, porque no se puede mover del frente al que hay que ayudar [...] Es la pescadilla que se muerde la cola [...] Desde Cataluña se va a hacer el gran esfuerzo para ayudar al frente de Levante, pero haría falta algún apoyo aéreo. Sobre todo, el segundo día, si el asalto sale bien, sería importante contar con apoyo de bombardeo sobre la retaguardia enemiga. Los sublevados, sin embargo, contaban con importante apoyo: en el ejército de Franco hay más de setenta mil moros mercenarios, cincuenta mil italianos, pertenecientes casi todos ellos al ejército regular de Mussolini; y varios miles de cualificados pilotos, tanquistas o artilleros alemanes. El armamento más moderno fluye al ejército franquista sin que quienes lo envían planteen el menor problema de financiación... Por ello, continúa Reverte, los jefes republicanos, con Rojo a la cabeza, tienen, sobre todo, una idea muy clara de cómo ha de ser la operación. Su ejército no cuenta ni con una masa artillera ni de aviación capaces de pulverizar al enemigo a base de fuego intensivo; menos aún en un frente tan amplio. La primera baza tiene que ser, por tanto, la sorpresa. Conseguida ésta, pasado el río mediante medios discontinuos, como barcas, o precarios, como pasarelas para infantería, es preciso realizar un esfuerzo intenso para que la infantería progrese y gane mucho territorio en poco tiempo. Una ofensiva necesaria. Así pues, a las 0,15 horas del 25 de julio de 1938 el ejército republicano comandado por Juan Modesto inicia la primera ofensiva del Ebro. Sus fuerzas se componen de 80.000 hombres agrupados en las divisiones 44, 3, 42 y 35 en el Norte; 11 y la 46 en la zona central; y 45, 135 y 151 en el Sur. Enfrente, las divisiones franquistas 13, 50 y 105 protegen la otra orilla del Ebro de Norte a Sur: un total de cuarenta mil hombres liderados por el general Yagüe, que tiene el mando del cuerpo de ejército Marroquí. Según Reverte, la 13 división, mandada por el general Barrón, cuenta entre sus unidades con dos banderas de la Legión, tres tabores de Regulares, uno de Tiradores de Ifni, una bandera de Falange, además de otros cuatro batallones, cuatro baterías de artillería convencional y de montaña, y los correspondientes servicios de Ingenieros, Transmisiones y Zapadores [...] La 105, mandada por el coronel Natalio López Bravo, tiene nueve batallones de infantería, una buena agrupación artillera y apoyo de ingenieros [...] sus batallones son, casi todos ellos, africanos [...] El centro del dispositivo lo ocupa la 50 división, mandada por el coronel Luis Campos Guereta, con doce batallones de infantería, a demás de un batallón de ametralladoras [...] Es de nueva creación [...] Todos sus hombres son de tropas de reemplazo. La batalla comenzó sobre un frente de 65 kilómetros entre las poblaciones de Mequinenza y Amposta. Los 80.000 hombres de Modesto, escasamente provistos y protegidos por tan sólo 100 cazas de la Unión Soviética franquearon el Ebro por tres flancos diferentes. Por la zona Norte, la 42 división cruzó el río con 9.500 hombres, estableciendo un frente avanzado que inicialmente tuvo éxito, apoyada por la 35 internacional del mayor Pedro Mateo Merino. En el frente Sur, sin embargo, el choque de las tropas republicanas fue dura y rápidamente interceptado por las tropas franquistas de la 105 división, que las obligó a replegarse provocando además un gran número de bajas republicanas. Pero por el flanco central, entre Miravet y Benifallet, la 11 y la 46 consiguen abrirse paso entre las tropas enemigas. Según el relato de Reverte, los de la 11 división tienen el triste privilegio de ser los primeros a los que los franquistas descubren. Sobre ellos comienza a caer un inmenso fuego de fusilería, pero también de la artillería situada en el Pinell y Benissanet. Por su parte A la nueve de la mañana, los hombres de la 46 división republicana alcanzan el pueblo [Pinell], emboscado entre las sierras. Se les escapa la artillería por minutos. Por este flanco el éxito es claro. De hecho, continúa Reverte lo cierto es que los republicanos no están acostumbrados a una victoria tan clara [...] Las tropas que invaden la orilla derecha del río lo hacen sin apenas acompañamiento de artillería y ninguno de aviación. Su acción es una hazaña: han cruzado un río, han batido al enemigo que esperaba su aparición, han recorrido nadando, cargados de equipo de combate, hasta veinte kilómetros de profundidad [...] Muchos de los hombres están al borde de la extenuación, pero siguen adelante, impulsados por una sensación que muy pocos de ellos han saboreado antes: la de que son capaces de vencer [...] En el lado de los defensores, muchos tienen la sensación contraria: desde hace meses, sus acciones se cuentan por victorias. Incluso, han visto correr a los republicanos en desbandada en marzo [...] Los míticos enemigos del Jarama, Belchite y Teruel, que parecían ya vencidos tras la vergonzosa retirada de marzo, han revivido con una potencia extraordinaria. En dos días, las divisiones republicanas 11 y 46 lograron penetrar 50 kilómetros en las líneas enemigas, tomando siete poblaciones (Ascó, Flix, Mora de Ebro, Pinell, Bot, La Fatarella y Corbera) y acercándose a otras tres (La Pobla de Masaluca, Villalva de los Arcos y Gandesa). Este último municipio de gran valor estratégico, situado en la confluencia de Aragón, la Comunidad Valenciana y Cataluña, será el escenario posterior de la contraofensiva franquista. La pieza clave de la misma fue la aviación alemana, que inició lo que Alonso Baquer denomina guerra de desgaste. La reacción franquista. A base de sus continuos bombardeos aéreos, acompañados por un intenso fuego artillero durante las jornadas siguientes de julio, se va frenando el acoso de los republicanos, que todavía mantienen una lucha encarnizada con constantes avances y retiradas en su avance hacia Gandesa. Vicente Rojo y Juan Modesto sólo tienen una preocupación: que el avance siga y se pueda conseguir el primer objetivo cuanto antes: rebajar Vilalba dels Arcs y Gandesa para cortar las comunicaciones al enemigo [...] En el otro lado apenas ha habido tiempo para pensar. Hay un trabajo por hacer: contener el avance de la infantería enemiga y salvar Gandesa. Pese a lo ardoroso del ataque republicano, las más de mil toneladas de explosivos que cayeron sobre sus líneas les obligaron poco a poco a replegarse hacia el río. Durante los primeros días de agosto el signo de la batalla comenzó a cambiar, la contraofensiva franquista supervisada personalmente por el Generalísimo, daba sus frutos y obligaba a una buena parte de las divisiones republicadas que había cruzado el río por el flanco Norte a volver sobre sus pasos. El 6 de agosto, 3.500 de sus soldados se vieron obligados a volver a cruzar el río en retirada. Dos días más tarde, el escenario de la batalla es dantesco: según Reverte, el terreno ha quedado como si un gigantesco peine hubiera pasado por encima, despojándolo de cualquier recuerdo, del menor vestigio de vida vegetal [...] Los cadáveres. Los hay por todas partes desperdigados en la huida [...] Muchos aparecen ennegrecidos, como si les hubieran quemado la cara con un soplete [...] Al final del día, el botín recogido es inmenso. Los republicanos han dejado tras de sí cientos de fusiles y decenas de ametralladoras. Además de varios centenares de camaradas, algunos de los cuales se han quedado abrazados. En el flanco central ocurre otro tanto. Según el relato de Miguel Alonso Baquer, la falta de potencialidad republicana para seguir atacando desde Gandesa era más una cuestión de calidad que de cantidad. Modesto dispuso, aunque no desde el primer día, de hasta trece divisiones, una cifra prácticamente idéntica a la suma de divisiones doce que semanas y meses más tarde obedecerían en el bando nacional a los cuarteles generales de Yagüe y de García-Valiño. No es ni siquiera que la mitad de las divisiones republicanas pecaran de bisoñas; es que la otra mitad reunía a las divisiones más experimentadas y ardorosas del Ejército de la República, sin embargo, inseguras cuando se trataba de mantener con ellas durante más de una semana el espíritu ofensivo. Sea como fuere, el repliegue de las divisiones 11 y 46 resultó también dramático, ya que la rotura de las esclusas del río produjo una subida del nivel de las aguas que dificultó la retirada. Tras ello, las contraofensivas franquistas se sucedieron sin ofrecer tregua alguna: el 10 de agosto se iniciaba la segunda, que vivió violentos combates con las tropas republicanas al mando de Enrique Líster. Pàndols, en la cota 705, es el escenario final de los mismos, que acaban cinco días después por el mero agotamiento de ambas partes. No cabe ningún equívoco. Los hombres de la 11 división que dejan el terreno a los de la 35 [la internacional], están en un estado de shock que se percibe a primera vista [...] En Pàndols han sufrido casi cinco mil bajas, más de un 50 por 100 de los efectivos de la división al comenzar la batalla de la Sierra [...] Los héroes de la 4 división franquista [...] suman como sus rivales más de cinco mil bajas. El momento de relevo de la 11 división republicana será finalmente aprovechado el 14 de agosto por el 5º de regulares de Ceuta para ocupar la cota de manera definitiva. Algo que sigue relatando Reverte en su libro, es considerado fruto de una negligencia imperdonable en el cuartel general de Líster. El 19 de agosto, una nueva ofensiva franquista tuvo lugar entre Villalba de los Arcos y Corbera. Alonso Baquer lo relata: Las acciones sobre la sierra de Fatarella [...] eluden la frontalidad anterior y pretenden coordinar entre sí dos direcciones de ataque bastante abiertas. El esfuerzo principal arranca de Villalba de los Arcos, por el Norte, para conquistar el vértice Gaeta; el esfuerzo secundario se ejerce hacia la loma de los Gironeses [...] Son órdenes de Yagüe [...] que afectan a las divisones 82 y 74, coordinadas por Barrón... En los meses siguientes de septiembre y octubre aún se continuó combatiendo entre Gandesa, Villalba de los Arcos y Corbera del Ebro, combates en los que poco a poco, las miles de bombas soltadas por la artillería y la aviación alemana (Legión Cóndor) sobre las líneas republicanas, fueron permitiendo el lento avance franquista sobre estas poblaciones. Un conflicto de alcance internacional. Si a principios de la batalla parecía que el Ejército de la República podía aún ganar la guerra, tras la tercera contraofensiva de los nacionales la única esperanza republicana se centraba ya en conseguir alargar la guerra. De este modo, el conflicto español quizá concluyera con la Segunda Guerra Mundial que ya se fraguaba en Europa. Pero lejos de intervenir en la contienda, los mandatarios europeos reunidos en la cumbre de Munich de septiembre del 38, dejaron al gobierno de la República sin capacidad operativa: a la falta de ayuda material, se sumo la consideración de facto del bando invasor franquista como combatiente legítimo. A la vez, los dirigentes inglés y francés (Neville Chamberlain y Édouard Daladier) dejan Checoslovaquia en manos de Hitler. Según Reverte, tras la firma de los acuerdos que significan la entrega [...] los ingleses siguen dando por hecho que Franco va a ganar la guerra, y no les parece que esto sea muy preocupante. [...] un leve rasgo de humanitarismo impulsa al ministro inglés a sondear al dictador alemán sobre la posibilidad de sondear a Franco para que acepte una paz negociada [...] La carcajada de Hitler representa el fin de la República, y el fin de la obsesión de Manuel Azaña por conseguir convencer a las potencias democráticas de que la primera batalla de la guerra europea se va a perder si ingleses y franceses dejan sola a la República. El 15 de noviembre, los escasos efectivos que quedan del XV Ejército republicano comenzaban a cruzar el Ebro, esta vez en retirada, a la altura de Flix. Atrás quedaba una batalla de 116 días y un balance de, al menos, 100.000 bajas entre ambos bandos. El 16 el relato de Reverte asegura: los hombres cruzan el puente sin apresurar el paso. Saben que son los últimos, que son ellos los que han cubierto las espaldas de sus compañeros. Por encima del cansancio está el legítimo orgullo de haber desafiado hasta el final, durante casi cuatro meses, a un ejército que les superaba en número, en artillería, en aviación, en tanques [...] Franco ha conseguido, a costa de un gigantesco gasto de sangre, la victoria en la mayor batalla de la guerra. Tras su pérdida, la contienda se convertía en un continuo repliegue de los diezmados ejércitos gubernamentales, que permitió el avance de Franco hacia Barcelona y Madrid, finalmente caída el 28 de marzo del 39. Con ello, la batalla del Ebro escribió con líneas de sangre el curso de la historia europea y fue tan sólo el prólogo de los totalitarismos que se adueñaron del continente en los años posteriores. |
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Jorge Martínez Reverte, autor de La batalla del Ebro Me apetecía contar la guerra de una manera que yo no había leído Nacido en Madrid en 1948, es periodista y escritor. Autor de novelas como Una vida de héroe (1991) o Gálvez en la frontera (2001), ha publicado también dos libros relacionados con nuestra Guerra Civil: Hijos de la guerra (2001) y Soldado de poca fortuna, que narra las aventuras de su padre Jesús Martínez Tessier en el frente republicano. De su experiencia periodística en medios como Cambio 16, Radio Nacional, Canal Sur, El Periódico de Cataluña o El País también ha dejado testimonio escrito en Perro come perro (2002), publicado, como La batalla del Ebro, en la editorial barcelonesa Crítica. ¿Cómo surgió la idea de hacer el libro? Bueno, me apetecía volver sobre el tema. Entonces busqué algún episodio que no estuviera del todo contado. Y pensé que la batalla del Ebro era quizá la más emblemática, junto con la de Madrid. Lo eché a cara o cruz y me salió la del Ebro, y me puse a investigar en torno a ella. Me interesaba contar la guerra de una manera determinada, que yo no había encontrado en otras partes. El libro es una minuciosa crónica periodística que aborda lo sucedido jornada a jornada. ¿De que manera abordó la realización del texto? Evidentemente la documentación fue muy importante: he trabajado sobre 300 libros, cuatro colecciones de periódicos, doce testimonios de combatientes y he gastado muchas horas en archivos. Es decir, ha habido un trabajo muy fuerte de investigación. El describir lo sucedido día a día se debe a dos cuestiones que tienen que ver con la forma de contar la batalla: la primera es que yo quería que el lector percibiera una tensión dramática en la narración, a lo que contribuye el relato día a día y en presente. Y además, existe una cuestión de comprensión del lector, que puede poner perfectamente en relación los distintos acontecimientos de política internacional y de la política de los dos bandos, de la retaguardia, y de las sensaciones de los combatientes, se pueden poner en relación para que se comprenda bien cómo unos acontecimientos tenían que ver con otros. Después del relato de cada batalla, usted reproduce el parte de guerra de ambos bandos ¿con qué objetivo? Creo que tiene un interés curioso para el lector, que después de leer lo sucedido, puede ver cómo se contaba desde cada bando a sus respectivas retaguardias. Evidentemente siempre se contaba de una forma muy positiva, escondiendo las informaciones negativas. Eso es algo curioso de contrastar para el lector. La implicación familiar en la guerra ¿Ha podido viciar su posicionamiento a la hora de relatarla? No, yo creo que he conseguido un libro equilibrado. Aparte de este intento, que ha sido bastante serio, he recibido ya muchos comentarios de personas que podían simpatizar mucho más con el bando franquista. Y todos esos testimonios me han reafirmado en que el libro es equilibrado, y se puede leer sin que nadie se sienta irritado. Un capítulo polémico de esta batalla es el del número de bajas ¿Cuántas cree que hubo? Creo que en los partes el número de bajas del contrario siempre se exageraba. Por eso posteriormente no hay una cifra en la que todo el mundo se haya puesto de acuerdo, porque hay muchos desaparecidos, no se cuentan bien los prisioneros, etc. Lo que sí parece es que el número de muertos no fue tan abultado como se dijo en los primeros meses posteriores a la contienda y se ha dicho también después. Se ha llegado a hablar de 80.000 muertos, pero seguramente la cifra oscila entre 20.000 y 40.000, lo cual, no obstante, sigue siendo una orquilla excesivamente amplia. El bando franquista contó mejor a sus muertos, y se puede calcular que rondaron entre los 12.000 y los 15.000. En el republicano el número debió de ser muy parecido. |
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Miguel Alonso Baquer, autor de El Ebro. La batalla decisiva de los cien días. Mi
libro deja bien a ambos contendientes
General de brigada de Infantería diplomado de Estado Mayor, Alonso Baquer ha mostrado una gran dedicación en el estudio y enseñanza de cuestiones militares. Con una extensa formación universitaria, como doctor en Historia, ha compaginado la labor docente en Centros Superiores de Enseñanza Militar con la investigación en disciplinas como la sociología de aplicación militar, la ética de la profesión de las armas y los estudios estratégicos. En su este libro, describe la batalla que vivió su padre, Mariano Alonso Alonso, al frente de uno de los regimientos de la División 13 franquista, la que soportó el primer ataque del bando republicano. ¿Por qué se decidió a escribir un libro sobre este episodio de nuestra historia? La idea en realidad procedió de la editorial que ha publicado el libro, La Esfera de los Libros, que fueron quienes me lo propusieron. El interés fue el que la propia editorial percibió en la opinión pública: había un momento editorial con una gran curiosidad por conocer de forma objetiva los episodios de nuestra Guerra Civil. Desde el mismo título del libro, usted hace referencia a la batalla decisiva ¿Por qué cree que lo fue? Se trata de un concepto clásico en historia militar, que distingue las contiendas indecisas de las decisivas. Y ésta sin duda fue de las segundas, porque de todas las que tuvieron lugar durante la guerra, es la que provoca más cambios, y por tanto la que determina de manera más rotunda el signo del vencedor. Yo concretamente, lo que hago es colocar a la batalla del Ebro como la decisiva de la campaña de 1938. ¿Cómo aborda el relato de esa campaña? Hago algo retórico, pero que se cumple en la realidad: separo las cuatro estaciones para centrar el invierno en la batalla de Teruel; la primavera en una que yo califico del Bajo Aragón que es la que verdaderamente aprieta sobre Cataluña el frente de los nacionales; el verano en el intento del ejercito de Franco de ocupar Valencia y la eficaz resistencia de los republicanos; y el otoño en los cien días de la batalla del Ebro, que es una iniciativa de Vicente Rojo como Jefe del Estado Mayor del ejército popular de la República, y la réplica que tiene que hacer Franco de manera azarosa, dura y continuada. ¿Cree que la batalla del Ebro estuvo estratégicamente bien preparada por ambos bandos? En primer lugar, hay que tener en cuenta que la Guerra Civil no sólo fue un fenómeno militar, sino una situación conflictiva en una sociedad que tenía grandes intereses en juego. Dentro de ese fenómeno hubo operaciones militares, que siempre tienen sentido y propósitos. Mi impresión personal es que en el año 38 ambos contendientes tienen calidad: disponen de mandos competentes y de soldados muy sacrificados y valerosos. Por lo tanto, la confrontación es muy dura. Pero usted dedica un capítulo entero a la dirección política de la guerra ¿De qué manera influyó ésta en las batallas? Fue lo primero que hubo. Por un lado la España del Frente Popular quiso sostener los resultados electorales de 1936 y por otro hubo un alzamiento armado contra aquel propósito político. Pero al no haber ni un triunfo ni un aplastamiento rápidos, el conflicto se prolonga y se comienzan a improvisar las estrategias y a engendrar la masa de maniobra. En mi libro explico las cuatro grandes campañas que se suceden: la del año 36, que es la lucha por Madrid; la del 37 es la de todo el Norte, desde Fuenterrabía hasta Gijón; y la del 38, que es la que describo con todo detalle, es la salida al Mediterráneo y las consecuencias de haber fraccionado Valencia de Cataluña. El problema político está absolutamente presente en todo ese proceso, y determina la ideología de las unidades, sus formas de reclutamiento, las designaciones de sus mandos, el dominio del comunismo y el anarquismo en algunas unidades republicanas, del falangismo o el carlismo en algunas franquistas, etc. También habla de los números trágicos ¿Cuáles fueron las bajas a su parecer? Desde el punto de vista de los titulares de la prensa o del boca o boca la tendencia natural en las guerras es a magnificar las cifras de muertos y heridos. Pero el cálculo exacto de las muertes queda bastante equilibrado en ambas partes, y difícilmente rebasaría la cifra de 6.000 por cada parte. Lo cual no quiere decir que no haya habido muchas más bajas, porque el concepto de baja por heridas, enfermedad o haber caído prisioneros, es mucho más amplio. Teniendo en cuenta esto, la cifra se podría multiplicar por diez, alcanzando las 60.000 bajas de cada lado. |