Nº 573- 13 de octubre de 2003

Maniobras cardenalicias para gobernar la Santa Sede

EL VATICANO PREPARA LA SUCESIÓN

En vísperas del 25 aniversario del pontificado de Juan Pablo II, que tendrá lugar el próximo 21 de octubre, se suceden los comentarios sobre la mala salud del Papa. Aunque hace años que se vienen oyendo, ahora cobran especial importancia viniendo de quien vienen, ya que han sido dos cardenales los que han roto el silencio para aventurar el posible final de la vida del Pontífice. Una vida a la que aún le queda una última tarea: imponer el capelo a los 31 nuevos purpurados anunciados hace dos semanas para acabar de configurar el Colegio Cardenalicio del que con toda probabilidad saldrá el próximo Papa llamado a suceder a Karol Wojtyla, un hombre que ha dejado todo bien atado para que su heredero siga una línea continuista con la doctrina oficial de la Iglesia católica.

Por Virginia Miranda

No es la primera vez que Juan Pablo II muestra síntomas de fragilidad en público. De hecho, hace varios años que ya no se puede esperar otra cosa de un hombre afectado por el parkinson y serios problemas físicos. Sin embargo, sus últimas apariciones públicas, que se han visto interrumpidas por claras muestras de debilidad, tienen la particularidad de venir acompañadas por las polémicas declaraciones de dos cardenales, primeros avisos de la Iglesia católica sobre el posible fallecimiento de Karol Wojtyla. El alemán Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio), ha asegurado que el Pontífice está muy mal. “El Papa ya no puede andar ni estar de pie pero para los creyentes es un héroe. El que no se rinda pese a su enfermedad, le da aún más credibilidad”, declaró a un periódico digital. Días después, el 3 de octubre, uno de los principales cardenales de Europa, el arzobispo de Viena Christoph Schoenborn, dijo que el Papa vive sus últimos días. “El mundo entero está viendo un Papa enfermo, discapacitado y que se está muriendo. Yo no sé lo cerca de la muerte que está, pero se están aproximando los últimos días o meses de su vida”, aseguró, mientras su secretario personal quiso suavizar las declaraciones de Schoenborn aclarando que deben interpretarse “filosóficamente”.

Los últimos movimientos de Juan Pablo II parecen responder a los mismos indicios. El 28 de septiembre designó a 31 nuevos príncipes de la Iglesia y anunció que les haría entrega del capelo rojo el próximo 21 de octubre en la plaza de San Pedro del Vaticano, cuatro meses antes de lo previsto (el 22 de febrero, festividad de la Cátedra de San Pedro, figuraba en el calendario para la posible designación de nuevos purpurados). El Vaticano dice que el Papa ha querido adelantar el consistorio para hacerlo coincidir con la celebración del 25 aniversario de su pontificado. Sin embargo, todo apunta a que Karol Wojtyla, consciente de su estado de salud, ha querido dejar zanjado su testamento vital añadiendo los últimos retoques al perfil de su sucesor, llamado a gobernar uno de los Estados más pequeños del mundo y sin embargo con mayor número de súbditos: hay cerca de 1.050 millones de fieles repartidos por todo el planeta (el 17,3% de la población mundial), 220.000 parroquias, 120 conferencias episcopales, 2.500 obispos en activo, 200.000 seminaristas, más de 500.000 sacerdotes, casi un millón de religiosas y 200 nuncios o embajadores papales.

El actual Colegio Cardenalicio, uno de los más numerosos de la historia (hay 164 cardenales, 135 de ellos con derecho a voto), está compuesto por más de un 90% de purpurados designados por Juan Pablo II. Todos ellos son los más directos herederos de su legado civil y pastoral, y aunque los vaticanistas consideran que existe un relativo equilibrio entre conservadores y moderados, a todos ellos se les presupone un firme compromiso con la doctrina oficial de la Iglesia, amarrada firmemente por Juan Pablo II a los cimientos de la Santa Sede a lo largo de los últimos 25 años. Sin embargo, no estamos hablando de una ciencia exacta. La curia romana no está exenta de las debilidades humanas y los príncipes de la Iglesia no son ninguna excepción. Si demuestran fidelidad y obediencia al Pontífice es porque están obligados a ello y, de este modo, no es posible conocer el alcance de sus divergencias con el Papa polaco. Parece poco probable que el obispo de Roma que resulte elegido en un futuro cónclave considere temas como el celibato sacerdotal, la ordenación de mujeres o la anticoncepción. Sin embargo, aún no se puede aventurar certeza alguna. El presidente de la Asociación de Teólogos Juan XXIII, Enrique Miret Magdalena, ha hecho declaraciones a la prensa durante los últimos días en ese sentido, y si bien advierte que el cónclave da un perfil “muy conservador, en la línea del actual Papa”, y que habrá “nuevos retrocesos en la Iglesia en cuestiones doctrinales y morales”, también reconoce que a lo largo de los siglos XIX y XX, cuando se creía que un Papa conservador dejaba resuelta su sucesión, a veces se elegía un Pontífice más abierto que el anterior. Y recuerda que pasó con los conservadores Pío Nono, seguido de un León XIII más abierto socialmente; y Pío X, al que sucedió un Benedicto XV beligerante con el conservadurismo integrista que había entrado en la Iglesia con el papa anterior.

También resulta especialmente llamativo que Europa cuente con la mitad de los representantes del Colegio Cardenalicio a pesar de que este continente sólo aporta la cuarta parte de los fieles. Tal y como ha quedado configurado tras los últimos nombramientos, 66 cardenales electores proceden de Europa, donde reside el 26% de la población católica; 24 de Latinoamérica, con un 43% de fieles; 14 de América del Norte, con un 6,7%; 13 de África, con un 14,9%; y el resto procede de Asia y Oceanía, donde residen menos del 10% del total de católicos. De semejante distribución se desprende que Juan Pablo II ha querido mantener la hegemonía tradicional de Europa, donde ha nombrado 14 purpurados más pese a que es en Latinoamérica donde se concentra el mayor número de católicos y a que en el anterior cónclave celebrado en febrero de 2001 una proporción significativa de arzobispos procedentes de esta región del planeta recibieron la birreta púrpura inclinando levemente la balanza a su favor, gesto que quiso ser interpretado como un modo de potenciar las posibilidades de este bloque en un proceso sucesorio. Precisamente por ello, desde hace algún tiempo se venía especulando con la posibilidad de que el próximo Papa saldría de la mitad sur del continente americano. Sin embargo, Karol Wojtyla nunca ha respaldado esta hipótesis. Es más, con los últimos nombramientos, ha reducido el número de latinoamericanos de 27 a 24 y ha respetado, eso sí, la primacía de los italianos con 23 cardenalatos, que sumados a los representantes de la curia romana (los jerarcas con responsabilidades de Gobierno en el Vaticano), forman un grupo de 40 electores.

Si hacemos caso a la teoría de los dos frentes, el de los partidarios de un Papa latinoamericano y el de los defensores de volver a proclamar un Papa italiano (cuando el polaco Wojtyla fue elegido en 1978, hacía 455 años que el obispo de Roma era siempre un italiano), parece claro que la balanza se ha decantado ahora por este último. Si en el consistorio de 2001, en el que el porcentaje de prelados italianos se redujo al 18%, los latinoamericanos se alzaban con el 20% del Colegio Cardenalicio, ahora han cambiado las tornas. La lista de nuevos prelados recientemente anunciada incluye seis italianos, lo que supone casi la cuarta parte del total de 26 nuevos electores (de los 31 purpurados designados, cinco superan los 80 años). Estos nuevos nombramientos, realizados en un momento en que la sucesión del Papa se intuye cada vez más cercana, han sido interpretados como un signo evidente de que Juan Pablo II respalda la opción italiana.

Sin embargo, una conclusión tan obvia resulta poco fiable, máxime si se tiene en cuenta cómo fue el proceso de elección del propio Juan Pablo II (ver despiece Wojtyla, recurso de urgencia). No hay que olvidar que en el Vaticano, como en cualquier otro Estado, los conciliábulos, las intrigas, las estrategias, las citas privadas para sondear al adversario, el poder de influencia, las camarillas y los grupos de presión están a la orden del día. Eso sí, todo discurre con la máxima discreción y los encuentros se disfrazan de reuniones pastorales, ya que a los papables (candidatos a la sucesión del Pontífice) no les está permitido hacer campaña y corren el peligro de significarse demasiado para acabar haciendo bueno el dicho romano que dice: “el que entra Papa en un cónclave sale cardenal”.  Si a estas circunstancias le añadimos el hecho de que la internacionalización de la curia y la diversidad de países y lenguas representados en el Colegio Cardenalicio incrementa el desconocimiento entre los prelados, la elección de un sucesor y la candidatura a la jefatura del Estado Vaticano resulta aún más incierta.

Sin embargo, y a riesgo de errar en las previsiones sobre el futuro heredero de San Pedro, sí se puede hablar tanto de cardenales bien posicionados en la carrera sucesoria por su proyección pública y méritos profesionales como de las estrategias políticas con más crédito en estos momentos.

Rastreando en el círculo privado del Papa polaco y en los Ministerios de la Curia romana es fácil encontrar el nombre de un puñado de papables situados a la cabeza de la parrilla de salida de la sucesión. Algunos de ellos fueron nombrados cardenales en el concilio de 2001. Es el caso del lombardo de 69 años Giovanni Battista Re, un prelado con un largo servicio en el corazón del poder de la Iglesia. Se volvió más cercano al Papa como subsecretario de Estado del Vaticano (durante once años fue considerado el “tercer hombre” del Vaticano) y como prefecto de la poderosa Congregación para los Obispos, cargo que le permite asesorar al Papa en nombramientos episcopales en todo el mundo. Desde hace varios años, es una de las grandes figuras de la jerarquía de la Iglesia y uno de los papables con más posibilidades de suceder a Juan Pablo II según la prensa especializada. El otro candidato italiano mejor situado, de hecho el que muchos señalan como probable sucesor, es el  arzobispo de Milán, Dionigi Tettamanzi, de 69 años. Con su nombramiento, que tuvo lugar en 2002 (antes era arzobispo de Génova), se dijo que el Papa polaco lo señalaba así como su delfín. Su coincidencia doctrinal con Karol Wojtyla proviene de su colaboración en la redacción de algunas de las encíclicas del Pontífice. Algunos medios presentan a Tettamanzi como ultraconservador, otros hablan de postura moderada capaz de mediar entre liberales y conservadores en el seno de la Iglesia. Y también los hay que le consideran “próximo al Opus Dei”.

Junto a esta terna de italianos, hay latinoamericanos en la Curia próximos a Juan Pablo II y reconocidos por la prensa como papables. Están los cardenales colombianos Dario Castrillón Hoyos, de 73 años, que dirige la Congregación del Clero y Alfonso López Trujillo, de 67 años, que preside el Consejo Pontificio de la Familia (suele mostrarse próximo a la Obra de Escrivá de Balaguer). El perfil casi perfecto lo reúne Óscar Andrés Rodríguez Madariaga, de 60 años, arzobispo de Tegucigalpa y antiguo presidente de la Celam, el organismo colegial de las conferencias episcopales latinoamericanas. Ortodoxo con la doctrina, tal vez sea demasiado joven para ser elegido Papa después del pontificado de 25 años de Juan Pablo II, máxime cuando en la Iglesia hay un fuerte deseo de un papado breve.

Aunque con menos posibilidades sucesorias, también suele citarse como papables a Jaime Lucas Ortega y Alamino, arzobispo de la Habana, de 66 años; y Norberto Rivera Carrera, de 60 años, arzobispo de Ciudad de México. Éste último es valedor del aprecio personal de Juan Pablo II, que en varias ocasiones se ha referido de forma elogiosa al prelado latinoamericano.

Mientras, en el sector más moderado se encuentra Claudio Hummes, arzobispo de Sao Paulo de 69 años y prelado franciscano. El cardenal es considerado como moderado y, en más de una ocasión, ha hablado en público sobre la defensa de los derechos humanos.

Fuera de los ámbitos italiano y latinoamericano, existen otras opciones sucesorias nada desdeñables y que en más de una ocasión han sido aludidas por fuentes vaticanas. Es el caso del cardenal de Bélgica, Godfried Danneels, de 69 años, uno de los prelados más influyentes con reputación de moderado y a quien no le atemorizan los tabúes. De hecho, es uno de los pocos que se atreven a criticar a la Curia sin por ello caer en desgracia. Causó cierto revuelo cuando pidió un debate sobre si se debe limitar o no el papado, aunque negó que estuviera insinuando que Juan Pablo II debía renunciar.

Christoph Schoenborn, de 58 años, es el arzobispo de Viena y guió a la Iglesia de Austria en medio de la crisis desatada por el escándalo sexual de su predecesor y las disensiones en su feligresía. El prelado está acostumbrado a las polémicas. En 1998 se convirtió en el primer cardenal de la Iglesia Católica en criticar el celibato obligatorio de los sacerdotes y en no descartar otras profundas reformas como la ordenación de mujeres al Diaconado. Ahora, se ha atrevido a hablar abiertamente sobre los pocos días de vida que le quedan a Karol Wojtyla.

De esta lista, que obviamente resulta incompleta, porque en realidad hay tantas posibilidades como electores tiene el Colegio Cardenalicio, el secretario personal y verdadero hombre en la sombra del Papa polaco se ha quedado fuera. Si no fuera porque finalmente el Pontífice no le ha impuesto el capelo rojo, Stanislaw Dziwisz tendría, si no posibilidades como sucesor, sí como cardenal capaz ejercer su influencia entre el resto de purpurados para determinar el resultado de un cónclave. Amigo de la infancia y verdadero alter ego del Papa en estos últimos 25 años, tras el anuncio de que uno de los 31 nuevos prelados se nombraría in pectore (en secreto, fórmula empleada para designar a aquellos obispos que llevan una tarea específica de la que no se le puede exonerar o desempeñan un papel políticamente difícil), se pensó que Dziwisz podría ser el nombre secreto. Sin embargo, poco después se supo que el Pontífice le había nombrado arzobispo y parecía descartada su entrada en el Colegio Cardenalicio.

El poder de Dziwisz no es anecdótico. Desde hace algunos años, en el Vaticano se viene hablando de lo que denominan el periodo de los secretarios, teoría bastante lógica teniendo en cuenta que el Papa polaco no está en condiciones de ejercer el mando. Incluso los hay que afirman que Karol Wojtyla se ha dedicado a recorrer el mundo porque en la Curia romana no le dejaban capacidad de maniobra, repartida ya entre la poderosa iglesia alemana, la secretaría de Estado del Vaticano y el Opus Dei, cuyos tentáculos se extienden tanto al responsable de comunicación, Joaquín Navarro Valls, como al número dos del Gobierno de la Santa Sede, el cardenal Angelo Sodano, y el propio Dziwisz (estos dos últimos suelen mostrarse muy próximos). Precisamente, Sodano y Dziwisz atesoran un gran poder de maniobra dentro de la Curia, hasta el punto de que desde algunos sectores de la Iglesia se dice que el Papa manda pero no gobierna.

El candidato español. Una quiniela de papables estaría incompleta sin el nombre de nuestro candidato, el arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal española, Antonio María Rouco Varela. En 1999, el especialista José Manuel Vidal publicó en El Mundo una interesante teoría acerca de las posibilidades del prelado español y de la estrategia que gira en torno a su candidatura. Según el autor, el cardenal de Madrid es el candidato mejor situado para los obispos que quieren un papa conciliador y afable como fue Juan XXIII. 

El lobby latinoamericano y el alemán, los dos mayores contribuyentes a las arcas de la Santa Sede, son partidarios de un Pontífice que contente a todos y que no tenga enemigos y este es precisamente el caso de Rouco, capaz de llevarse bien con miembros de la Obra o con franciscanos. Por eso y porque es norma no escrita que el Papa no puede proceder de una gran potencia económica o militar, los germanos podrían tender puentes con los latinoamericanos, que apuestan por Rouco Varela porque saben que todavía es difícil que la Iglesia apueste por un Papa del Tercer Mundo.

Según Vilar, el mayor peligro para el cardenal español es que el futuro cónclave elija un papa de transición, ya mayor. Pero también dice que cuenta a su favor con los partidarios de un Papa todavía joven y de habla española y con los que opinan que el conjunto demográfico de los países latinoamericanos (incluida España) que aporta a la Iglesia la mitad de los creyentes católicos, debe resultar determinante en la elección del heredero del legado de Juan Pablo II.

Tres años después de publicado este artículo, tras la última visita del Papa polaco a España, el mismo autor publicó un texto revelador sobre los movimientos del presidente de la Conferencia Episcopal española en la carrera sucesoria. Parece ser que en el mes de marzo de 2003 hubo una reunión secreta de cuatro cardenales en la casa del Sacro Cuore, a orillas del lago Como (Italia). Se trataba del prefecto del Dicasterio de Obispos, Giovanni Battista Re, del prefecto del Consejo Pontificio para la familia, el colombiano Alfonso López Trujillo, del anfitrión, el cardenal de Milán, Dionigi Tettamanzi, y de Antonio María Rouco Varela.

Los prelados, que comparten la misma sensibilidad eclesial, quedaron para saber qué es lo que cada cual piensa de los retos de la Iglesia en el siglo XXI. Re y Tettamanzi son amigos de la escuela. Piensan que uno de los dos puede ser el próximo Papa y el otro sería su secretario de Estado. Sin embargo, de no prosperar ninguna de sus dos candidaturas italianas, Vidal asegura que ambos apoyarían a Rouco.

El viaje de Juan Pablo II a España en pasado mes de mayo fue considerado un triunfo personal de Rouco, que cada vez gana más peso en la quiniela de papables. Además, su sintonía personal y doctrinal con Dziwisz le confiere cierta capacidad de influencia en la Santa Sede.

A pesar de que las circunstancias juegan a su favor, puede que el cardenal de Madrid acabe siendo un candidato. Pero, ¿quién sabe?, Rouco podría ser el quinto Papa español. El primero fue San Dámaso, madrileño que gobernó del 366 al 384. Un aragonés, Benedicto XIII, el célebre papa Luna, fue el segundo y ostentó el pontificado de 1394 a 1423. El tercero, Calixto III, de Játiva, mandó entre 1455 y 1458; y el cuarto, también de Játiva, Alejandro VI (Rodrigo Borja), tuvo un breve mandato desde 1492 a 1503.


CÓMO SE ELIGE UN PAPA

El Colegio Cardenalicio es una institución con mil años de historia que gracias a Karol Wojtyla es cada vez más internacional y más numerosa.

Desde el siglo XII, su papel fundamental es elegir al Pontífice, que a su vez es el encargado de nombrar a estos príncipes de la Iglesia. La elección de un Papa suele estar precedida por largos y complejos conciliábulos hasta que un candidato obtiene los dos tercios de los votos.

La Constitución Apostólica Universo Dominici Gregis, promulgada el 22 de febrero de 1996, dedica un apartado a la elección del sucesor. Al igual que su predecesores durante el siglo XX, el Papa Wojtyla decretó con gran minuciosidad numerosos puntos para la Sede vacante y el Cónclave de elección del nuevo obispo de Roma. Estas decisiones deben cumplirse por el Colegio Cardenalicio y solamente un nuevo Pontífice puede cambiarlas. Juan Pablo II ejercerá, pues, su autoridad más allá de su muerte.

Los electores siguen siendo 120 cardenales con 80 años de edad no cumplidos al fallecimiento del pontífice. Se excluyen explícitamente otros cuerpos electorales, como los eventuales Concilio Ecuménico o Sínodo de los obispos, en el caso en que la muerte del Papa ocurriera durante sus celebraciones. Se prefiere, pues, una oligarquía senatorial purpurada a la colegial, más o menos universal y efectiva. Se excluyen las elecciones ‘por aclamación’ y ‘por compromisarios’. Sólo es válido el escrutinio secreto de votos escritos y la mayoría tradicional de dos tercios.  Si ésta no se consigue en tres días, tras interrupción de una jornada, se retoma idéntico procedimiento hasta las 14 votaciones, interrumpidas por otra segunda jornada. Si todavía no se lograse la elección, el mismo cónclave, por mayoría absoluta, decidirá otra fórmula. Los conclavistas, que deberán permanecer en el Hostal Santa Marta (Vaticano), estarán aislados del exterior y todo el proceso electivo, que se llevará a cabo en la Capilla Sixtina, será secreto. La supresión de la elección por compromisarios es significativa, ya que la misma elección de Juan Pablo II, aunque no exactamente tal, se inspiró en ella.

 

Wojtyla, recurso de urgencia

La elección de Karol Wojtyla demuestra que, por muchas quinielas sucesorias que se hagan, el resultado electoral de la Santa Sede resulta impredecible. Juan Pablo II fue elegido el 16 de octubre de 1978 al cuarto escrutinio por 98 votos de 111. Sin embargo, las votaciones del 15 de octubre no decían lo mismo. Desde las dos primeras, los electores se dividían entre los cardenales Giuseppe Siri (Génova) y Giovanni Benelli (Florencia). El primero era el candidato de los más tradicionales. El segundo representaba la línea conciliar de Montini. El punto clave era el futuro gobierno, más centralista o más colegial, de la Iglesia.

Sin embargo, las otras dos votaciones de la primera jornada continuaron estancadas hasta que llegó el lunes 16 de octubre, donde las votaciones quinta, sexta y séptima no alteraron la situación y seguían sin dar respuesta al proceso sucesorio. Los votos no alcanzaban los 75 que formaban la preceptiva mayoría de dos tercios de los necesarios para la elección, mayoría decidida por el Concilio III de Letrán (1179) que aún sigue vigente. Tuvo que ser el cardenal de Viena, Franz König, el que sugiriera el nombre del colega de Cracovia, que resultó elegido en la octava votación de la segunda jornada.

 


LOS 25 AÑOS DE JUAN PABLO II

El polaco Karol Wojtyla ha sido uno de los papas más longevos y activos de la historia de la Iglesia católica. En sus 103 viajes por todo el mundo a lo largo de 25 años de Gobierno en la Santa Sede le han convertido en el Pontífice más mediático y cercano a sus fieles, a los que ha transmitido un mensaje doctrinal conservador e inmovilista basado fundamentalmente en sus llamamientos a la evangelización y el respeto a las disposiciones del Concilio Vaticano II, desarrollado a través de numerosas encíclicas.

Wojtyla, ordenado sacerdote a los 26 años, pertenecía en 1978 a la minoría derrotada en el Concilio. Sin embargo, provenía del sector resistente al marxismo, aportaba la nueva experiencia eslava y pronto destacó por ser el Papa que contribuyó a la caída del bloque soviético, en cuyos países está tratando ahora de aproximar posturas con la Iglesia ortodoxa.

Juan Pablo II ha publicado 13 encíclicas. La última, la carta apostólica Novo Millennio Ineunte  (Al comienzo del nuevo milenio), dio paso al nuevo periodo renovando sus llamamientos a la evangelización.

Los Consistorios, reuniones celebradas cada tres años para nombrar a los nuevos cardenales, han sido otros de los mecanismos con los que ha difundido su mensaje. En el último (2001) dijo que la naturaleza misionera se sustenta en la colegialidad episcopal y en el Papa, “garante de la unidad de Cristo con todos los fieles”. Con su mención a ambos poderes, especialmente el del Pontífice, Karol Wojtyla subrayaba las prioridades jerárquicas.

El primer Consistorio tuvo lugar en 1979 y se celebró con el fin de aplicar las disposiciones del Concilio Vaticano II, realizado a mediados de los años 60 y que revolucionaron la Iglesia. Los tres siguientes se sucedieron a lo largo de los años 1982, 1985 y 1991, y abordaron temas como las finanzas de la Santa Sede, la agresividad de las sectas, las amenazas a la vida y el diálogo católico-ortodoxo.

El penúltimo Consistorio tuvo lugar en 1994 para preparar, con la jerarquía eclesiástica de todo el mundo, el Jubileo 2000 y en particular analizar las consecuencias de una eventual petición de perdón por los pecados cometidos por los hijos de la Iglesia católica en el curso de la historia. En esa ocasión, los cardenales expresaron sus reservas sobre un gesto semejante, que fue luego cumplido por el Pontífice el 12 de marzo de 2000, y reconocido como un momento histórico para la Humanidad. Ya en la última convocatoria se trataron temas como el tercer milenio, el ecumenismo, el nuevo mensaje evangelizador, la familia, el secularismo y los ataques a la vida.

Por otra parte, en febrero de 2001 promulgó la nueva constitución vaticana, que sustituye a la de 1929 y que en su primer artículo subraya la plenitud de poderes legislativo, ejecutivo y judicial del pontífice soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano. Según la oficina de prensa de la Santa Sede, la nueva ley fundamental se debe sólo a la necesidad de hacer más funcional el pequeño Estado, minúsculo territorio a la derecha del río Tíber. Además, el texto confirma los colores de la bandera vaticana, amarillo y blanco, con la reproducción de la tiara y de las llaves que, según la Biblia, Jesús confió a san Pedro, el primer Pontífice.

Encíclicas, cartas pastorales visitas ad limina a los obispos de todo el mundo y Concilios le han servido al Papa polaco para ir atando cabos y fijar su legado en lo civil y en lo pastoral, creando un cónclave a su imagen y semejanza.

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