Nº 553 - 28 de abril de 2003

Libro sobre los republicanos enterrados en fosas durante la Guerra Civil

Las fosas de Franco

Emilio Silva y Santiago Macías llevan tres años buscando las fosas de Franco. Son los restos de miles de españoles que defendieron el Gobierno de la II República y acabaron siendo asesinados y abandonados en las cunetas por los falangistas. A raíz del hallazgo del abuelo de Silva, los familiares de muchos de aquellos desaparecidos empezaron a reclamar sus restos para darles digna sepultura. En el libro Las fosas de Franco (Temas de Hoy), Silva y Macías cuentan la que hasta ahora ha sido su experiencia. En la primera parte, relatan cómo de un caso particular ha nacido la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, que coordina los trabajos de búsqueda, localización y exhumación de restos en toda España. En la segunda, las historias que hay detrás de cada hombre o mujer hallado. Ahora continúan con su trabajo altruista y desinteresado, pero reclaman al Gobierno la asunción de una responsabilidad que le corresponde.

Por Virginia Miranda

E milio Silva nunca llegó a imaginar que la búsqueda y descubrimiento de los restos de su abuelo abriría miles de heridas sin cicatrizar en todos los rincones de España. Casi de forma fortuita, siguiendo el hilo de los recuerdos desdibujados por el paso de los años de viejos amigos de su padre, localizó la fosa en la que los sublevados falangistas abandonaron a su abuelo, Emilio Silva Faba, después de pegarle un tiro hacía ya más de 60 años. El 27 de octubre de 2000 empezaron a exhumar los restos. Emilio Silva ya podía hacer cumplir el deseo de su abuela, muerta años atrás, de reposar en una sepultura junto a los restos de su marido. Pero otro acontecimiento casual, ocurrido hacía tan sólo una semana, resultó ser el germen del arduo y laborioso trabajo de localización y exhumación de restos de republicanos abandonados en las cunetas por los nacionales que, junto a Santiago Macías (fueron presentados poco antes de la exhumación del abuelo de Silva) y un grupo de voluntarios, Emilio Silva ha venido llevando a cabo en los tres últimos años de forma totalmente desinteresada. Isabel González Losada, una mujer de 83 años de Palacios del Sil, fue a ver la fosa nada más ser localizada. Preguntó por el responsable de los trabajos que allí se estaban realizando y tras dar con Emilio Silva, le contó que tenía a su hermano Eduardo en una fosa localizada a la entrada de Piedrafita de Babia. Ella no fue la única en pedirle ayuda. La publicación de la noticia en la prensa leonesa animó a los familiares de otros desaparecidos a contactar con Silva, y a medida que avanzaban los trabajos de localización y exhumación, los acontecimientos fueron tomando alcance internacional hasta el punto de ser objeto de una resolución de Naciones Unidas.

El porqué de su empeño y el resultado de su trabajo aparece recogido en el libro Las fosas de Franco (Temas de Hoy). El propio Silva dijo, durante la presentación del libro, que se dieron cuenta “de que el problema tenía una mayor dimensión e implicaba a personas de más pueblos, pero eran mayores y, o bien no tenían condiciones para iniciar un procedimiento, o tenían miedo”. Dice en Las fosas de Franco que “durante 25 años de democracia nunca se les había facilitado a las familias ningún tipo de información; no se había hecho un censo de muertos y desaparecidos donde las personas sin recursos ni habilidades sociales de los pequeños pueblos hubieran podido consultar en sus ayuntamientos”. Por eso decidieron ofrecerles la ayuda que la Administración pública nunca les había brindado. Su labor la define como una “terapia emocional, porque la sociedad española necesita identificar estas personas”, y como un servicio público. “La gente tiene prisa. Para morir tranquilos necesitan poder ir a un cementerio a llevarles flores a sus seres queridos” que aún permanecen en las cunetas.

Santiago Macías ha escrito la segunda parte del libro. En ella resume el resultado de su trabajo investigador. Él ha viajado por todas las comunidades autónomas para hablar con los familiares y recopilar información en los registros con el fin de localizar el sitio exacto donde se hayan los restos de republicanos desaparecidos.

Después de llevar a cabo semejante trabajo de forma altruista, la conclusión es clara. Y así lo dicen en el libro: “Las fosas son un secreto a voces, sobre las que recae un pesado y miedoso silencio. Estas fosas deben dejar de representar la conciencia vergonzante de una transición que, mientras siga echando tierra en ellas, no habrá pasado esa espantosa página de nuestra historia: deben ser catalogadas y protegidas, e incluso convertidas en monumentos conmemorativos contra la intolerancia y la barbarie. Y la Administración Pública, en lugar de mirar para otro lado, debería ayudar […] para que los descendientes que lo deseen recuperen a sus familiares allí enterrados, colaborando así a que, en lugar de ser motivo de enfrentamiento, se conviertan en símbolo de reconciliación entre los españoles”. Asimismo, reconocen que han ido abriendo camino “hasta conseguir que desaparecidos españoles durante la Guerra Civil y la posguerra encuentren un hueco en las agendas políticas. Sin ser del todo conscientes, el trabajo que estábamos haciendo llevaba implícita una crítica a la transición [...]. Estamos comenzando a grabar testimonios de personas mayores de 80 años que vivieron aquellos duros años. Es una labor urgente porque el tiempo corre en nuestra contra. Tenemos el deber de rescatar del olvido a esas personas”.

Testimonios. Isabel González Losada dice que se ha pasado la vida buscando a su hermano y consolando a sus padres, a los que asegura que llegaron a amenazarles si removían el asunto. “Intenté buscar a mi hermano hasta que encontré a Emilio y Santiago. Ya sabíamos que estaba en una fosa pero había que descubrirla. Tenía la necesidad de saber qué fue, por qué fue y cómo fue. Hasta ahora hemos tenido que aguantar y callar. A veces me insultan porque algunos creen que lo que hago es un sacrilegio”. El único consuelo que le queda es que el mundo se va dando cuenta de lo que ocurrió. “Sigo luchando para que los que quedan en las cunetas puedan tener una sepultura. Entre el 6 y el 7 de noviembre de 1937 mataron a mi hermano. Tenía 21 años y se dedicaba a la labranza en casa. Mi padre murió en 1954. Mi madre me dejó el encargo de encontrar los restos de mi hermano”. Dos hermanos de Asunción Álvarez estaban en la misma cuneta. “El mayor –dice– había sido soldado de Alfonso XIII. Era muy patriota. Los dos pensaron que defendían la bandera española porque eran fieles al Gobierno legítimo elegido por el pueblo. Se fueron a Asturias. Allí estuvieron creyendo que defendían la verdadera patria porque los sublevados eran los falangistas. Cuando Asturias se rindió volvieron a casa. Franco había dicho que el que no tuviera las manos manchadas de sangre no tiene nada que temer, así que el 1 de noviembre se arreglaron para ir al cuartel de la Guardia Civil. A los dos días fuimos con nuestro padre a verlos. Dos señoras estaban hablando, bajé a saludarlas y me dijeron “a tus hermanos los mataron esta noche en el puente de las Palomas”. Sin embargo, a mi padre le dijeron que les condujeron a San Marcos –la cárcel de León–. De modo que decidió ir a arreglar las cosas en León, pero a mi madre le dijeron en el pueblo, “Carmen, bastante te valió ir todos los días a misa. Mataron a tus hijos esta noche pasada”. Mi padre no resistió y murió y mi madre perdió la razón. Ahora tan sólo me queda desear que nadie de este mundo vuelva a sufrir”. Los hermanos de Isabel y Asunción se hallaban en la fosa de Piedrafita de Babia. “Cuando aquellas dos mujeres –relatan los autores del libro– llegaron al lugar de la excavación a todos se nos puso un nudo en la garganta. Había esperado 65 años y la vida les había dado la oportunidad de vivir ese momento. Eduardo, el hermano de Isabel, se alistó en las milicias republicanas y participó en la defensa de Asturias. Cuando en septiembre de 1937 cayó el frente en poder del bando sublevado, regresó [...] a los alrededores de su pueblo, Palacios del Sil [...]. El padre de Eduardo e Isabel hizo unas gestiones en el ayuntamiento y le garantizaron que si los siete hombres se entregaban no les ocurriría nada [...]. Decidieron entregarse [...]. Quedaron detenidos y [...] fueron sacados en dirección al centro de detención de San Marcos, en León. Al llegar a la entrada de Piedrafita de Babia los siete fueron ejecutados en la cuneta [...]”. Emilio Silva cuenta que una de las personas que más se emocionó cuando aparecieron los restos [...] fue Ricardo Suárez, un vecino del pueblo que, de niño, “caminaba una tarde con su madre por un prado [...] cuando el perro que los acompañaba se desvió de la carretera y olisqueando por la hierba comenzó a ladrar. Ricardo se acercó al animal y descubrió un enorme charco de sangre sobre la tierra removida. Por entonces, Ricardo tenía dos hermanos escapados en el monte y pensó que podrían ser ellos los que estaban enterrados en esa fosa. No le dijo nada a su madre, por miedo a que ella descubriera la tragedia. Pero tres días más tarde no pudo soportar la presión y le relató su descubrimiento. A partir del día en que compartieron el secreto, madre e hijo fueron diariamente a llorar junto a la fosa. Pero un mes después del descubrimiento recibieron noticias de los hermanos y el llanto se transformó en júbilo. Sin embargo, Ricardo siempre había conservado el recuerdo de aquella fosa como algo angustioso y cuando la excavadora dio con los primeros huesos rompió a llorar”. Emilio Silva también reflexiona sobre el significado de las exhumaciones. “Me senté en una pequeña loma cercana a la fosa y viví lo que fue para mí un momento de profundo significado. Isabel González estaba situada a la entrada de la excavación. Varios familiares y vecinos habían acudido allí mismo a verla. Isabel los recibía, ellos le preguntaban qué tal estaba y luego se acercaban a contemplar los restos de los siete hombres. En ese instante comprendí cuán importantes eran las exhumaciones para las familias, porque podían comenzar un funeral que llevaba más de 60 años en suspenso, y elaborar también un duelo pendiente, tan necesario para quienes se han educado en una cultura funeraria como la nuestra”, explica.

Otro de los testimonios sobrecogedores de familiares de desaparecidos es el de María Jesús Posada. Perdió a su padre cuando tenía 11 años, que era inspector de enseñanza primaria. María Jesús tiene como referente de su niñez “el mayor desastre que le ha sucedido a España en el siglo XX. La Guerra Civil es lo peor que nos ha podido pasar. Todos los que murieron de esa manera son mártires pero no tengo rencor a nadie. Que no nos vengan con líos de bandos. Quienes gestan los desastres son los únicos autores de lo que pasa”. En un relato emocionado, la hija de fusilados asegura que pudo estar con su padre “tres horas antes de fusilarle en Cangas de Narcea. Pude despedirme de él. Saludó a mi madre y le dio unas botas para que las guardara por si mi hermano, cuando fuera mayor, las necesitaba. Cuando estuvo a mi lado me dijo “hija, los que me matan son estos –le entregó una lista–, te lo doy no para que haya venganza, sino para que no estéis sufriendo para averiguarlo”. Después me abrazó fuerte y me anunció, “a las 12 me matan. Tú vas a oír hablar de tu padre, de parte de unos serán elogios, de parte de otros, vituperios. Tú no hagas caso a nadie. Cuando digan quién era tu padre, escucha, calla y les dice que era el hombre probo y honrado que he conocido y te vas’”. María Jesús Posada añade que el único delito que cometió su padre fue tener un compromiso social como educador con el pueblo, trabajando en zonas de desarrollado industrial en la cuenca minera del Nalón.

Entre los casos de desaparecidos que recoge Las fosas de Franco, los autores dicen que en Cabañinas vivieron algunos de los momentos más dramáticos. “Los ojos de Senén escudriñaban la tierra, como en busca de un pedazo de infancia que un día le arrebataron los falangistas [...]. fue la mañana del 1 de septiembre de 1936. “tardaron cinco horas en arruinarnos la vida”. Requeridos por el cura del pueblo los falangistas buscaban armas. “Registraron el pueblo y cuando vieron que no había nada se llevaron a mi padre, a mi tío y a tres vecinos más. Los subieron a la camioneta y se pusieron en marcha”. Senén salió corriendo tratando de rescatar a su padre de una muerte segura. Corrió y corrió hasta que ya no pudo más. “Se lo llevaron; nos lo quitaron para matarlo aquí y castigar a toda la familia” [...]. De regreso al pueblo vio una terrible humareda. Su casa y la de su tío estaban ardiendo. Corrió hacia allí y al llegar encontró al grupo de la falange comiéndose el jamón que unas horas antes estaba colgado en la despensa de la familia. ‘Vete a consolar a tu madre’, le dijeron”.

El descubrimiento de Emilio Silva Faba. Estos casos, dramáticos y sobrecogedores tienen su origen en la búsqueda y localización de la primera fosa, situada en Priaranza del Bierzo, donde se encontraba el abuelo de Emilio Silva. Su nieto relata cómo murió y fue localizado en Las fosas de Franco. El autor relata que “el día 16 de octubre –de 1936– Emilio Silva Faba fue llamado al Ayuntamiento […]. Su hijo Ramón caminó con él hasta la puerta […]. Antes de entrar, el comerciante republicano se despidió de él y le dijo que volviera a casa. Ninguno de los dos sabía que no volverían a verse nunca […]. A la mañana siguiente, el hijo mayor de la familia, que también se llamaba Emilio (es mi padre), se acercó al Ayuntamiento con algo de ropa y el desayuno. Al llegar a la puerta le dijo a uno de los guardias que quería entregarle unas cosas a su padre. Con una sonrisa siniestra el hombre armado que vigilaba la entrada le respondió que su padre ya no estaba allí, que posiblemente habría saltado durante la noche por una ventana y había escapado […]. Mi abuela tuvo una crisis de histeria y la familia comenzó a movilizarse para tratar de recuperar el cuerpo. Una de las primeras personas que visitó fue al cura del pueblo. La mujer le rogó que intercediera por ella para saber dónde podría localizar el cuerpo de su marido, pero el sacerdote se limitó a contestar que el cuerpo de su marido estaba donde se merecía [...].

“Los acontecimientos que culminaron con la muerte de Emilio Silva Faba y otros trece hombres en una cuneta a la entrada de Priaranza del Bierzo se han podido recomponer a través de diversos testimonios [...]. El domingo 8 de octubre del año 2000 publicó en la sección de El Bierzo del periódico La Crónica de León un artículo de dos páginas titulado “Mi abuelo también fue un desaparecido””. Silva lo escribió pensando en que podrían aparecer los familiares de algunos de los hombres cuyos restos se encontraban en la fosa de Priaranza del Bierzo. Un detalle al final de texto fue fundamental. Aparecía su número de teléfono. Un arqueólogo leonés y su mujer antropóloga, Julio Vidal y María Encina Prada, se ofrecieron para colaborar. Cuando aparecieron los primeros restos, Silva dice que “el sentimiento pudo con la razón. Inmediatamente me acordé de la inscripción que mi abuela había encargado para un nicho familiar que había comprado pocos años antes, en el que figuraban los apellidos de mi abuelo, como una forma de no renunciar a la esperanza de que algún día sus restos pudieran descansar juntos”. Entre los muchos sentimientos, recuerda, “llegó uno de triste satisfacción […]. Estábamos comenzando a poner las cosas en su sitio, a obtener una isla de justicia histórica en aquel inmenso océano del olvido de aquellos hombres que con sus ideas y con su trabajo político habían construido la primera democracia que había existido en España”.

A continuación, el boca a boca y la difusión en prensa hicieron el resto para que este sólo fuera el principio de lo que hoy en día está llevando a cabo a Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica en toda España.“Unas semanas antes de la exhumación en Priaranza del Bierzo conocí a Santiago Macías. A pesar de su juventud llevaba años recogiendo información sobre la Guerra Civil, entrevistando ancianos y restaurándoles fotografías con la afición de un historiador, sin tener una relación familiar directa y determinante con esta historia. Los dos estábamos interesados en el tema y teníamos la voluntad de implicarnos a fondo, por eso decidimos crear la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica”, una asociación que ha ido creciendo para poder asistir a todos los familiares que desean encontrar los restos de desaparecidos y ya se ha instalado, además de en León, en Gijón, Valladolid y Extremadura. En enero del año pasado pusieron en marcha la página de Internet www.memoriahistorica.org, que ha jugado un papel crucial en la recuperación de la memoria. “Además de devolverles la identidad, queríamos crear un precedente en España, construyendo el modelo completo de cómo deberían llevarse a cabo las exhumaciones; comenzando con el trabajo de los arqueólogos, siguiendo con la labor de los forenses y llegando, si fuera necesario, a los métodos más avanzados en técnicas de identificación”, dice el autor, que ofrece este tipo de información en la web para que otros sigan su ejemplo.

Por el momento, la implicación del Gobierno sigue siendo su caballo de batalla. Lo único que han conseguido ha sido la tan esperada condena al franquismo, que en varias ocasiones había sido tirada por tierra en el Congreso de los Diputados por los votos en contra del PP. La Asociación presentó el año pasado una proposición no de  ley en la Comisión Constitucional del Congreso para que debatiera la cuestión de los desaparecidos españoles en la Guerra Civil. Después de  meses de espera, llegó la recompensa. “Al conocer la fecha en la que se iba a llevar a cabo el debate en el Congreso nos llenamos de optimismo –dicen los autores–. Habían elegido el 20 de noviembre, aniversario de la muerte del dictador Francisco Franco, para realizarlo [...]. La condena del franquismo en el Congreso de los Diputados de forma unánime era algo que no se había conseguido en toda la transición. Se trataba de un momento histórico. Las causas por las que el Partido Popular había votado por primera vez a favor de la misma tenían que ver con la difusión y el conocimiento que comenzaba a tener la sociedad española de la realidad del franquismo”.


La ONU ampara a las víctimas

A lo largo de la primera parte de Las fosas de Franco, se relata el largo recorrido de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica para obtener el respaldo de las Naciones Unidas. Emilio Silva cuenta que “en la última semana del mes de marzo –de 2002– estudiamos la página web del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos. La abogada Elena Reviriego estaba investigando el tema desde hacía unos meses. Ella había recopilado las leyes que promulgó y ejecutó el gobierno franquista, tras el fin de la guerra, por las que el Estado sublevado ayudaba a las familias de los “caídos por Dios y por España”, a localizar sus restos, exhumarlos y trasladarlos a los lugares de origen. Su idea era reclamar como un agravio histórico el hecho de que unas familias hubieran tenido ayudas del Estado y otras no hubieran recibido ninguna facilidad con la llegada de la democracia. Ella nos habló de la posibilidad de orientar nuestras pesquisas hacia la ONU”. De este modo, encontraron la “Declaración sobre la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas”, que se ajustaba a los objetivos de Silva y Macías y abría la posibilidad de iniciar una reclamación ante el Alto Comisionado para que la ONU presionara al Gobierno español con el objeto de iniciar la búsqueda de los desaparecidos.

“A finales del mes de marzo –dice– nos pusimos en contacto con Tamara Kunanayakam, la secretaria del Grupo de trabajo sobre Desaparición Forzada de la ONU [...]. Le expusimos el trabajo que había desarrollado hasta entonces la asociación y los objetivos que nos habíamos marcado [...]. Nos dijo que ellos tenían competencia para reclamar desaparecidos en el frente”. Recabaron los casos necesarios para poder llevar a cabo la reclamación ante la ONU y conocieron a Montserrat Sans, una abogada nieta de republicanos catalanes exiliados en Francia, que había trabajado varios años en las Naciones Unidas en temas relacionados con las desapariciones forzadas. “Nos ha asesorado acerca de los pasos que debíamos dar y se ofreció para presentar nuestro caso en la reunión del grupo de trabajo en Nueva York [...]. La resolución de Naciones Unidas no es todavía una convención, y por eso no forma parte de las legislaciones de obligado cumplimiento para los jueces. Pero era una norma en la que el poder judicial podía apoyarse para abrir diligencias, iniciar una investigación y buscar a esos desaparecidos”, explican.

El 20 de agosto del año pasado tuvo lugar el debate en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, que “giró en torno al tema de la prescripción. Uno de los miembros del grupo aseguró que era complicado que ellos tuvieran competencias para investigar casos de desaparecidos antes de octubre de 1945, fecha de creación de la ONU [...]. Para reforzar nuestra demanda debíamos buscar más casos posteriores a 1945, con el fin de demostrar que la desaparición forzada había sido un método de persecución política utilizado por las autoridades franquistas de forma continuada y no un “daño colateral” de la Guerra Civil [...]. “El 15 de noviembre recibimos un correo electrónico con una comunicación del grupo de trabajo sobre desaparición forzada que nos comunicaba la resolución que habían tomado sobre nuestro caso en Ginebra y Nueva York en el mes de agosto [...]. La resolución era en parte positiva, porque de alguna manera estaba denunciando la utilización de la desaparición como método de persecución política durante el franquismo y había reclamado al Gobierno español información acerca de dos de las personas cuyas fichas habíamos entregado”.


Emilio Silva y Santiago Macías, autores de ‘Las fosas de Franco’

“Reconstruir un país no es ir a poner ladrillos”

—En el libro explican que la investigación comienza por una casualidad y luego es fruto de su empeño personal.

—Santiago Macías: Emilio Silva es nieto de Emilio Silva Faba. Desde muy pequeño conocía la historia de su abuelo hasta que un buen día decidió ir a El Bierzo movido por otras inquietudes pero al final lo que quería saber era dónde estaba su abuelo. Quedó con amigos de su padre que tenían alguna referencia de dónde podía estar y allí fue donde nos conocimos. Yo vivo en Ponferrada. Aunque mis raíces no son las de una familia represaliada hasta la muerte, sí son las de una familia represaliada en vida. Quizá fue ver a esta gente, a mujeres como Isabel o Asunción y a otras mujeres que yo ya conocía como ellas desde antes de fundar la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, por esas historias que me contaban y que yo nunca había visto en los libros, por lo que comenzamos a buscar las fosas. Cuando Emilio llegó a Ponferrada buscando a su abuelo yo ya había escrito algún trabajo en prensa sobre estos temas y le pusieron en contacto conmigo. Juntos nos pusimos a intentar saber dónde estaba el abuelo de Emilio y a partir de ahí la gente empezó a dirigirse a nosotros. Creímos que era necesario echarles una mano porque comprobamos que oficialmente nadie les iba a ayudar, oficialmente nadie les ha ayudado y oficialmente esperamos que ahora sí les empiecen a ayudar dentro de poco, cuando por fin vean que esto es un problema de una dimensión espectacular y una deuda pendiente que tienen las autoridades con los españoles.

—¿Cuál es el proceso para encontrar las fosas?

—S. M: Hay diferentes casos. Hay fosas comunes en frentes de batalla donde no se sabe quién hay enterrado. Los familiares no estaban allí para saber en cuál de las fosas podían yacer o si estaban en alguna, porque mucha gente se fue de España y desapareció incluso para su familia, seguramente por miedo de volver a España. Otros casos son los típicos paseos, camiones cargados con gente del pueblo. Los verdugos eran sus propios vecinos y las fosas comunes y la identidad de los que estaban debajo eran conocidas por todos. En ese caso el proceso es muy fácil, con un testimonio familiar, con unas solicitudes que se pueden llevar a cabo. También está la fosa común. Nadie sabe quién está allí porque a veces se cruzaban provincias enteras con los camiones cargados de gente y los habitantes de los pueblos sabían que allí había una fosa, pero no quiénes eran los que allí yacían.

—Emilio Silva: En los casos conocidos, lo primero que hacemos es recibir la carta de un familiar que nos solicita la búsqueda de un desaparecido. Dependiendo de la información que esa persona tenga, que generalmente es muy poca, lo que hacemos es empezar a investigar, tratar de saber quiénes son los que están ahí dentro, buscar a todos los familiares, qué les pasó, reconstruir su historia. Antes de empezar hablamos con el ayuntamiento porque lo más aparatoso que necesitamos es una excavadora. Normalmente, las fosas nadie las señalizaba por miedo y a veces hemos tenido que estar hasta tres días escarbando para dar con los restos. Después avisamos a un grupo de arqueólogos y de forenses que colabora con nosotros. En algunos casos, si la fosa es pequeña y hay suficiente información de los familiares, un informe forense permite la identificación. En otros casos, como en el de Isabel y Asunción, hemos conseguido que la juez de Villablino abra diligencias apoyándose en una resolución de la ONU sobre los desaparecidos. Les han tomado la muestra de sangre y se están haciendo las pruebas de ADN a siete hombres que exhumamos el pasado verano. En otros casos, por ejemplo en Cartagena, se descubrió una fosa de 50 marinos que fueron asesinados al final de la Guerra Civil. La nieta de uno de ellos puso una denuncia, pero nunca ha recibido respuesta del juzgado. Reclamó al Ministerio de Defensa para que abriera la fosa y los identificara, puesto que el ministerio los había tratado como militares hasta el final y ellos habían cometido el error de enterrarlos a todos juntos. Si lo hubieran hecho individualmente los familiares que quieren llevarse los restos a su pueblo lo podrían hacer. Después de más de dos meses, el ministerio contestó que no. Dijo que buscaran otra instancia y este caso puede que llegue a los juzgados.

—Parece que el Gobierno no sólo no hace lo que debería hacer sino que además pone trabas.

—Según la resolución de Naciones Unidas que el Ejecutivo español votó afirmativamente, el Gobierno tendría que estar investigando sin necesidad de denuncia. Simplemente porque haya evidencias de que existen desaparecidos. Desde que nosotros hemos empezado a hacer este trabajo, a denunciar que en España hay personas sepultadas en fosas, el Gobierno ha estado incumpliendo esa resolución. Es más, al Ejecutivo le han reclamado desde la ONU la búsqueda de dos personas desaparecidas en los años 1947 y 1949. Han pasado cuatro meses y todavía no han hecho nada.

—¿Cuántas fosas han descubierto?

—E. S: Hemos abierto 22 fosas y hemos exhumado 94 cuerpos. Actualmente –no nosotros– se están exhumando tres fosas con 120 personas en Aranda de Duero (Burgos). Una persona de nuestra asociación las descubrió, lo notificó al juez y al Ayuntamiento y éste firmó un convenio con la Universidad de Burgos para abrirlas. Hemos recibido 2.500 solicitudes. Nuestra asociación ahora se ha constituido en Asturias, Extremadura, Cataluña, Valladolid y Burgos; y se está creando en Galicia y en Andalucía. Se está implantando por todo el país. Hay más casos ahora que les llegan a ellos. Como todavía nos estamos organizando, no sabemos cuántos son. Nosotros hemos estado dos años solos con todo esto y los que ahora han constituido una asociación autonómica nos dicen que no pueden más. Éste es un problema.

—Están desbordados...

—E. S: Cuando yo excavé la fosa de mi abuelo, Isabel apareció allí para pedir que le ayudáramos a descubrir la de su hermano. Yo pensaba hasta entonces en desenterrar a mi abuelo, identificarlo y enterrarlo con mi abuela, que es lo que ella siempre quiso. Cuando apareció gente a contar sus historias, gente de pueblos pequeños a la que no le puedes decir, ‘vete al archivo de Salamanca a informarte’ porque es como si les dices ‘vete a la luna’, fue cuando nos dimos cuenta de que necesitaban ayuda y por eso decidimos formar la asociación. Pero yo no tenía intención de meterme en este follón. Lo que pasa es que a mí me ha cambiado la vida. Nosotros nos pasamos los fines de semana yendo de aquí para allá, hablando con familias, investigando, escuchando, porque hay personas que lo único que quieren es que les escuchen. Me pasó una cosa muy curiosa en León. Excavamos la fosa que sale en la portada del libro y llegaron dos viejecitos de Asturias. Les vi que llegaban andando con dificultad. Me acerqué a ellos. Preguntaron por alguien de la asociación, les dije que era yo y la mujer sacó una carta del bolso, la desdobló y me la leyó. Era la última carta que había escrito su hermano, que era de un pueblo que estaba a cuatro kilómetros de allí. Tras acabar de leerla se despidió y se fue. Cuando marchaba le dijo a su marido: “ya era hora de que nos hicieran caso”. Y es que a veces lo único que quieren es que alguien les escuche, porque durante tantos años de dictadura y tantos años de transición no han podido hablar.

—¿Cómo se les ha quedado el cuerpo con la guerra de Iraq?

—E. S: A mí me espeluzna. Cuando veo a José María Aznar decir como un triunfo que vamos a participar en la reconstrucción de Iraq, lo primero que pienso es que reconstruir un país en una sociedad que ha perdido una guerra no es ir a poner ladrillos. Aquí estamos reconstruyendo una guerra 64 años después, porque lo más difícil de reconstruir precisamente es lo emocional, el poso que deja en la gente. Me parece vergonzoso que se exhiba como un logro la participación española cuando lo realmente difícil es reconstruir a las personas.

Hemeroteca Inicio