Nº 549 - 31 de marzo de 2003

El futuro de Naciones Unidas, en crisis

La ONU después de la guerra

La guerra de Iraq ha puesto de manifiesto dos formas de enfocar el mundo y las relaciones internacionales: mientras la derecha estadounidense apuesta por el unilateralismo y el poder militar para construir el orden mundial del siglo XXI, Europa prefiere el multilateralismo y la vigencia de las organizaciones de cooperación entre los países. En medio de las dos posturas está la ONU, hasta ahora incapaz de integrar las dos visiones y desde hace semanas más cuestionada que nunca.

Por David Fernández

Saddam Hussein no se hundirá solo: en una despedida irónica, arrastrará consigo a la ONU; morirá la fantasía de que la ONU es la base del nuevo orden mundial. Gracias a Dios que Naciones Unidas ha muerto”, escribía recientemente Richard Perle, director del Consejo de Defensa de Estados Unidos, uno de los grupos ultraconservadores que diseñan la política internacional y de Defensa de la actual Administración estadounidense. Y después de la muerte de Naciones Unidas, según Perle, “será importante comprender el naufragio intelectual de la presunción liberal según la cual la seguridad puede conseguirse a través de leyes internacionales administradas por instituciones internacionales”. Traducido: si existe una única hiperpotencia mundial, con un gasto militar que pronto será igual al del conjunto de los siguientes 15 países más poderosos, ¿para qué hacen falta instituciones y normas internacionales?

La guerra preventiva que Bush, con el respaldo de Tony Blair y José María Aznar pero sin el amparo de Naciones Unidas, ha lanzado contra Iraq después de rubricarla en la Cumbre de las Azores, ¿ha enterrado el orden internacional vigente desde la caída del Muro de Berlín y apoyado en las instituciones surgidas tras la II Guerra Mundial? ¿Está herida de muerte la ONU, como indica el ala más ultraconservadora de la Administración estadounidense, que la considera “irrelevante”? ¿O ha sido “un terrible fracaso diplomático, el peor que haya sufrido Washington en toda una generación, como mínimo” lo que ha llevado a una crisis sin precedentes desde hace décadas del sistema de relaciones internacionales, como aseguraba en un reciente editorial The Washington Post?

Estas dos formas antagónicas de enfocar la situación internacional derivada de la guerra de Iraq confluyen en un punto: la crisis de Naciones Unidas. Unos y otros coinciden en que la institución que ha regulado la relaciones internacionales en el último medio siglo atraviesa una profunda crisis que ha puesto al descubierto una realidad que desde hace más una década se intentaba ocultar: Naciones Unidas no ha evolucionado al mismo ritmo que lo ha hecho la historia reciente; de hecho, mantiene la misma estructura de poder que se diseñó en 1945, que dejaba la gestión del orden y la paz mundiales en manos de los vencedores de la II Guerra Mundial.

No deja de ser paradójico que sea ahora Estados Unidos quien aseste un golpe en la línea de flotación de la ONU, tal y como se estructura hoy en día, después de que fuera el gran impulsor de una institución que agrupara al mayor número de naciones posible para resolver los conflictos internacionales por vías diplomáticas y no tener que recurrir a la fuerza. El máximo organismo internacional nació en suelo estadounidense (San Francisco, 1945) impulsado por el presidente Franklin D. Roosevelt, que, a su vez, resucitó la idea del presidente Woodrow Wilson, inspirador de la Sociedad de Naciones.

Wilson, como después Roosevelt, creía necesario, tras la I Guerra Mundial, crear una institución que agrupara a las naciones hasta entonces enemigas y que estableciera unas reglas de juego a las que se ajustaran las relaciones internacionales. El proyecto de Wilson fracasó en buena medida porque Estados Unidos, entonces ya la primera potencia mundial, no se integró en su estructura. Y no lo hizo porque quedó atrapada, como recuerda Norman Birnbaum, profesor emérito del Georgetown University Law Center, “por un proyecto de política exterior (en 1920) que es ahora totalmente contemporáneo: el ejercicio solitario e ilimitado del poder”. El fracaso de la Sociedad de Naciones, que fue incapaz de aglutinar a todas las potencias del momento –en 1933, de las siete grandes potencias de la época cuatro estaban ausentes de la Sociedad: Estados Unidos, Japón, la URSS y Alemania–, colaboró a la inestabilidad mundial que explotó en la II Guerra Mundial.

Con ese precedente, Roosevelt no se podía permitir de nuevo la aventura  de quedarse fuera de las instituciones internacionales: el 24 de octubre de 1945, 50 países (ahora son 191) ratificaron una Carta con 111 artículos basados en cuatro propósitos fundamentales: mantener la paz y la seguridad internacionales; fomentar las relaciones de amistad entre las naciones; recurrir a la cooperación internacional para resolver los conflictos; y servir de foro de cooperación entre naciones iguales y soberanas. Sólo ante una clara amenaza o en caso de defensa propia, el nuevo organismo podía justificar el uso de la fuerza, invocando el capítulo VII.

La implicación de Estados Unidos en la puesta en marcha de esta nueva organización fue tal que el magnate petrolero John D. Rockefeller donó el terreno sobre el East River neoyorquino para que se construyera el rascacielos que todavía hoy alberga la sede de la ONU. Incluso su embajador en los años 50, Henry Cabot Lodge, llegó a decir que “fue creada para evitar que fuéramos al infierno, no para que nos llevara al cielo”.

Nada que ver con las declaraciones que hoy en día hacen los colaboradores más cercanos del presidente Bush: “No me gusta nada la idea de que Naciones Unidas sea la única institución capaz de legitimar el uso de la fuerza. ¿Por qué Naciones Unidas? ¿Es mejor que, digamos, una coalición de democracias liberales? (...) En la ONU se compran y venden votos. Es una institución que una vez Helmut Schmidt calificó de ‘parque infantil para el Tercer Mundo’”, escribía en noviembre en el Herald Tribune Richard Perle.

El enfriamiento del entusiasmo de Estados Unidos por Naciones Unidas no ha nacido con la Administración Bush ni lo ha inventado Perle: es producto de una evolución que comenzó con la crisis de la primera guerra de Corea (1950-53) y que tuvo su culminación con el conflicto de Kosovo (1999). Tal y como había sido concebida, la organización tenía que basarse en la solidaridad de intereses y en el liderazgo consensuado entre las grandes potencias vencedoras en la II Guerra Mundial. Así quedó reflejado en la composición de su máximo órgano, el Consejo de Seguridad, que cimentó las diferencias de poder entre los vencedores (Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia y China, con asiento permanente y derecho a veto) y el resto del mundo, representado por seis países no permanentes (10 a partir de 1965), limitados a un mandato de dos años. También se fijó el reparto regional: en el máximo órgano decisorio se sentarían tres países africanos, dos asiáticos, dos latinoamericanos, dos europeos occidentales y un europeo oriental. El 1 de enero de 2003 se incorporaron Guinea-Conakry, Camerún y Angola; Pakistán y Siria; Alemania y España; y Bulgaria. Para que una resolución salga adelante es necesario el voto favorable de nueve de los miembros del Consejo sin que se produzca ningún veto del “núcleo duro”.

La Guerra Fría pronto reveló las limitaciones de este sistema de equilibrio de poder: el papel de la ONU sería necesariamente irrelevante en un mundo bipolar, con dos regímenes antagónicos y visceralmente enfrentados. Y mucho más después de que el Consejo de Seguridad se alineara con Estados Unidos y amparara, pese a la ausencia del embajador soviético, la invasión de Corea en 1953.

La organización comenzó a crecer durante los años 50 y 60, cuando el proceso de descolonización multiplicó el número de países miembros. La entrada de más de 100 países, la mayoría de ellos pequeños y pobres caracterizó la crisis de crecimiento de la organización, de la que comenzó a distanciarse la diplomacia estadounidense, a menudo incómoda con la fórmula de “un país un voto”. En realidad, las dos superpotencias eran las que controlaban el mundo y las Naciones Unidas tenían un papel absolutamente secundario y encorsetado por el derecho de veto que Washington y Moscú no dudaban en utilizar.

“La etapa 1945-1989 se caracterizó por un paulatino abandono del compromiso hacia el multilateralismo que había animado el proceso de creación de Naciones Unidas”, asegura Juan Carlos Jiménez Redondo, profesor de Relaciones Internacionales de la UNED. En medio de esa parálisis, apenas un puñado de sus decisiones merecen una mención en el repaso histórico de la organización: en agosto de 1963 adoptó un embargo voluntario de armas contra Suráfrica; en marzo de 1964 acordó enviar una fuerza de paz a Chipre; y en 1967, tras la guerra de los Seis Días, aprobó la resolución 242, que se convertiría en la piedra angular del conflicto entre israelíes y palestinos, paradigma de la incapacidad de la ONU para resolver conflictos generados por sus propias decisiones: casi un centenar de las poco más de 1.440 resoluciones del Consejo han sido violadas. Ni siquiera cuando el conflicto surgió entre las dos superpotencias, las Naciones Unidas pudieron jugar un papel relevante: en la crisis de los misiles cubanos, en 1962, no fue más que un escenario donde se realizaron negociaciones bilaterales. Jiménez Redondo es tajante: “Resulta fácil limitar el balance de Naciones Unidas en estos años a un solo calificativo: fracaso”.

La Guerra Fría congeló el sistema de relaciones internacionales. Pero su final, provocado por la caída del Muro de Berlín y ratificado por el desmoronamiento de la Unión Soviética, dejaba sobre la mesa un nuevo orden mundial, con una única superpotencia que necesariamente tenía que decidir si apostaba por mantener relaciones de cooperación con el resto del mundo o, por el contrario, decidía enfrascarse en el aislamiento e imponer una visión del mundo unilateral, con un poder central y absoluto ejercido desde la Casa Blanca sobre el resto del mundo, el gran sueño de los neoconservadores que ahora ocupan los aledaños del poder en Washington y que entonces ya diseñaban las estrategias que ahora ejecutan.

La Guerra del Golfo, en 1991, colocó a Estados Unidos en ese cruce de caminos. Iraq, un amigo tradicional –más que por cualquier otra cosa, por ser enemigo de sus enemigos: Irán– había invadido Kuwait. Saddam Hussein había violado la Carta de las Naciones Unidas y estas, sin la atadura de la bipolaridad, tenían que decidir si desempeñaban el papel de árbitro internacional para el que habían sido creadas. Sin llegar a ser el protagonista de la crisis, la ONU se convirtió en la instancia legitimadora de la guerra desencadenada por Estados Unidos, como cabeza de una coalición internacional que se limitó a cumplir el mandato que le fue encomendado: expulsar a los invasores de Kuwait, pero no derrocar a Hussein. “El trabajo de Naciones Unidas no es derrocar a presidentes. En nuestra organización esto es ilegal”, recordaría años más tarde, en 1998, el actual secretario general, Kofi Annan.

Fue el primer acto representado en el escenario de un nuevo orden mundial que tenía todo menos orden. Y fue un espejismo que en 1992 llevó a decir al entonces secretario general, Butros Ghali, que el Consejo de Seguridad se había convertido en un instrumento central en la prevención y en la resolución de los conflictos. Sin embargo, la década de los noventa fue la continuación del fracaso anterior: “Los vicios de la máxima organización internacional se hacían por momentos evidentes. Incapaz de actuar con eficacia en las situaciones de conflicto, y eso pese a la multiplicación de sus operaciones de mantenimiento de paz, Naciones Unidas desempeñó un papel marginal en procesos tan importantes como los vinculados con el control de armamentos, con las negociaciones desarrolladas para resolver el contencioso de Palestina o con el encaramiento de las guerras postyugoslavas”, escribe Carlos Taibo, profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid.

Los ejemplos de esa incapacidad son numerosos. En 1994, el Consejo, presionado por Estados Unidos, que acababa de perder 18 soldados en una desastrosa operación en Somalia, no hizo nada por evitar las matanzas de Ruanda. En julio de 1995, los cascos azules tampoco pudieron impedir el genocidio de miles de musulmanes bosnios en Srebrenica. En 1999, el Consejo fue incapaz de frenar las matanzas de Kosovo y se inhibió a favor de la OTAN, la organización que la ultraderecha americana considera “la madre de todas las coaliciones”, en palabras de Perle. La última crisis, la de Iraq, es sólo otro episodio más del fracaso y la incapacidad de la organización para construir un orden mundial capaz de integrar todas las sensibilidades y que ha arrastrado definitivamente a la ONU a una de la las crisis de identidad más importante de toda su historia. Y que además ha conseguido poner de manifiesto las contradicciones de otras instituciones con vocación multilateral, como la OTAN y la Unión Europea.

Las Naciones Unidas se encuentran ante una profunda fractura que ha agravado la crisis de identidad y legitimidad que afecta al Consejo de Seguridad desde el fin de la guerra fría. Fiel reflejo de ello es el enfrentamiento que se ha producido entre los miembros permanentes del Consejo, producto de los equilibrios de otra época, y que no están dispuestos a diluir su autoridad y su poder admitiendo a nuevos miembros en su exclusivo “directorio” o renunciando al derecho de veto, dos prerrogativas que se autoconcedieron para ejercer juntos un liderazgo consensuado sobre la sociedad internacional.

El Consejo de Seguridad es el encargado de mantener la paz y la seguridad internacionales. Pero el Consejo de Seguridad es una prueba de la falta de adecuación de la organización a los tiempos actuales: refleja el orden de 1945, no el de 2003. Y mantiene el veto, un instrumento antidemocrático, “un anacronismo que explica otra época y que impide que la ONU pueda ejercer con coherencia la representación de la comunidad internacional”, como escribió Felipe González el 9 de mayo de 1999 en el diario El País después de que Rusia amenazara con vetar la intervención de Naciones Unidas en la antigua Yugoslavia para frenar la masacre de Kosovo. La reforma y ampliación del máximo órgano mundial se ha planteado varias veces en los últimos años. Thomas Friedman, que fue asesor de la secretaria de Estado de Bill Clinton, Madelaine Albraigth, lo planteó en The Washington Post de una manera un tanto rotunda: “¿Por qué no sustituir a Francia por la India? La India es la mayor democracia del mundo, la primera nación hindú y el segundo país musulmán del planeta y se ha comportado más seriamente que Francia”. Norman Birnbaum, mucho más moderado, también es partidario de un cambio: “En nuestro mundo, Brasil, la UE, Egipto, India, Japón y Suráfrica deberían estar incluidos en un Consejo de Seguridad que funcionase con reglas más flexibles”.

Estas opciones se han estudiado, pero los expertos explican que, por ejemplo, admitir a India supondría grandes problemas: respaldar de hecho su arsenal nuclear y romper el precario equilibrio que se vive en la región por el enfrentamiento abierto con Pakistán. Además, otros países también defienden su derecho a estar en el “directorio”: Japón y Alemania, la segunda y la tercera economías mundiales, que aportan a la organización el 19,6% y el 9,8% del presupuesto respectivamente; Brasil, primera economía latinoamericana; o Egipto, Nigeria y Suráfrica, tres potencias regionales africanas claves en el equilibrio mundial.

La otra reforma a la que se enfrenta el Consejo es la conveniencia o no de suprimir el derecho de veto, que otorga a Estados Unidos un gran poder, como única superpotencia, para desarrollar la política internacional más acorde con sus intereses. Pero, ¿está legitimada para ejercer el veto una nación que debe 1.700 millones de dólares a las Naciones Unidas? La ONU tiene actualmente un presupuesto ordinario de 2.630 millones de dólares anuales. Más o menos lo mismo que le adeudan sus miembros.

Además de sus propios problemas internos, detrás de la actual crisis de las Naciones Unidas se encuentra la diferente manera que Europa y Estados Unidos tienen de ver el mundo. De una manera tan gráfica como simplista, Robert Kagan, neoconservador, experto en Relaciones Internacionales y columnista de The Washington Post, lo expresó en un célebre artículo, Poder y debilidad: “Los americanos son de Marte y los europeos, de Venus”. Unos, los americanos, fuertes, marciales, conscientes de la importancia de tener y ejercer el poder militar en el mundo hobbesiano de principios del siglo XXI y los otros, los europeos, débiles, encorsetados en el mundo kantiano de la paz perpetua, las leyes y las normas, la cooperación y la negociación. Unilateralismo y multilateralismo; Estados Unidos y Europa; poder y debilidad. El artículo publicado por Policy Review en junio de 2002 se ha convertido en un libro, y, después del 11-S, en el compendio ideológico de la Administración Bush, que ha recurrido a la simplificación para justificar la guerra de Iraq al margen de la ONU: sólo el poder militar, y no la cooperación multilateral, garantiza la seguridad de EE UU. Y Europa es multilateral pero no poderosa militarmente: es débil.

Con esas tesis se ha justificado en Estados Unidos la posición de Francia, decidida a vetar la resolución que diera carta blanca a la guerra de Iraq. Y extienden esa supuesta debilidad a Naciones Unidas, la máxima expresión del multilateralismo y la cooperación internacional. “Naciones Unidas está congelada. Rusia y China no harán nada para contener la amenaza nuclear que representa su vecino, Corea del Norte. Francia y Alemania miran para otro lado y presionan a Estados Unidos para que soborne unilateralmente a los extorsionadores. Es una nueva abdicación de la seguridad colectiva. Puede ser que EE UU tenga que crear otra coalición de naciones libres para hacer frente al peligro que representa Corea del Norte”, escribía poco antes de la guerra de Iraq William Safire en el Herald Tribune en un artículo con un título expresivo: No, la ONU paralizada, como siempre.

Max Boot, miembro del Consejo de Relaciones Exteriores, aseguraba en The Washington Post el 23 de marzo que “el problema fundamental es que Alemania y Francia piensan que ya no necesitan la protección de EE UU; quieren demostrar su peso a través de la UE y no subordinarse a EE UU en la OTAN”. Boot añade que algunos analistas advierten ya de la creación de una “coalición de naciones emergentes” contra la “potencia hegemónica”. Y agrega: “Podría ser una evidencia de esto el debate que se ha producido en la ONU, donde Francia, Rusia y China han formado una cuadrilla contra EE UU. Pero sólo China está haciendo un esfuerzo para alcanzar el poder de EE UU. Francia, Rusia y el resto de Europa hacen poco o nada para aumentar su capacidad militar. Si quisieran enfrentarse en serio a EE UU, deberían formar una alianza militar contra nosotros. Es inimaginable. (...) Nunca una nación tuvo tanto poder como los EE UU de hoy”. Por eso, su conclusión es que “la principal utilidad de Naciones Unidas es como una organización que vele por el bienestar social y como una sociedad de debate. Porque no es un policía global y nunca lo será”. Así, no es extraño que Colin Powell, secretario de Estado, advirtiera al Consejo de que corría el riesgo de ser “irrelevante” si no legitimaba la guerra  en Iraq.

En Europa, esta concepción es fuertemente contestada. El analista francés Emmanuel Todd asegura que “Estados Unidos es una potencia en crisis porque no tienen el poder económico y porque su universalismo ideológico está en declive”. También en EE UU tiene respuesta. Birnbaum es tajante: “En ningún caso es EE UU la nueva Roma, ni siquiera el imperio británico. Sus conflictos y sus debilidades interiores son demasiado grandes y el resto del mundo no es tan estúpido ni tan sumiso como pensaban los arrogantes ideólogos de la Casa Blanca”.

Sin embargo, el unilateralismo no sólo es patrimonio de la Administración Bush o producto del 11-S, ni empezó al desmarcarse del Protocolo de Kioto, el tratado de control de armas biológicas o la Corte Penal Internacional. El propio Boot recuerda que “todos los presidentes americanos desde 1945 se han embarcado en alguna acción militar sin permiso explícito de la ONU”. Richard Holbrooke, ex embajador ante la ONU, no olvida que Bill Clinton, añorado en Europa por ser capaz de entender que el multilateralismo es esencial para construir el nuevo orden mundial y denostado por el núcleo duro que rodea Bush (Rumsfeld,  Wolfowitz o Perle), “hizo tres veces lo que los demócratas dicen que Bush no puede hacer: lo hizo en Bosnia en 1995; en Iraq, en la Operación Zorro del Desierto, en 1998; y en Kosovo, en 1999”. La diplomática Jean Kirkpatrick, en pleno mandato demócrata, advirtió de que la ONU “no puede ser el árbitro de la legitimidad en el uso de la fuerza”.

Contra ese unilateralismo, William Pfaff, en un artículo publicado el 11 de marzo en el Herald Tribune, encontraba el antídoto para acabar con la concepción imperialista americana: “La Administración Bush, sin entender qué está haciendo, ha creado una situación en la que la mayoría de los países ven a las Naciones Unidas como la única institución que tiene posibilidades de controlar el poder de EE UU y limitar las consecuencias de su unilateralismo”. Pfaff coincide en cierto modo con el ex ministro laborista británico Peter Mandelson, muy cercano a Tony Blair, que aboga por “un sistema internacional organizado de modo que una serie de centro de poder, competidores entre sí y entre los que figuren Europa, Rusia y China, representen un contrapeso al poder de EE UU”.

Esa es ahora la tarea que se ha marcado Blair, que trata de convencer a Bush de la necesidad de recuperar la centralidad de la ONU en las relaciones internacionales otorgándole un papel decisivo en la tarea humanitaria, la reconstrucción y la organización del nuevo régimen que gobernará la postguerra iraquí. No será fácil: Francia no parece dispuesta a que una resolución del Consejo legitime a posteriori la guerra. Y esa parece la última oportunidad de la organización, por mucho que algunos analistas, como hizo Ivo Daalder, de la Brookings Institution, en El País, aseguren que “la ONU es irrelevante hasta que Washington cambie de opinión y decida que vuelve a ser relevante. Y lo hará cuando busque el apoyo de la comunidad internacional para financiar la reconstrucción de Iraq. Ya pasó en Kosovo y en Afganistán”. La relevancia de Naciones Unidas pasa por un momento crucial en el que el único que parece tender dudas sobre su utilidad es Estados Unidos. Iraq puede convertirse en la soga que ahorque a Naciones Unidas o en los cimientos de una reforma que refuerce su poder y su legitimidad. Todo pasa por Washington. Y será de nuevo una pelea entre halcones y palomas.


ANNAN, DE AMIGO, A ENEMIGO DE EE UU

Kofi Annan se enfrenta a uno de los momentos más difíciles desde que llegó a la Secretaría General de las Naciones Unidas en 1997. La guerra de Iraq sin el aval de la organización mundial ha puesto en cuestión el sistema de las relaciones internacionales heredado del siglo pasado. Annan deberá ahora tratar de culminar una de sus grandes obsesiones: la reforma de las Naciones Unidas. Y tendrá que hacerlo enfrentándose a Estados Unidos, su gran valedor para que llegar al puesto que hoy ocupa.

El séptimo secretario general nació en 1938 en Kumasi (Ghana). Annan es el primer funcionario de la ONU, donde ingreso en 1962. Tras pasar por diversos puestos relacionados con el área económica y de planificación, Javier Pérez de Cuéllar le envió a Bagdad en 1990 tras la invasión de Kuwait por parte de Iraq para gestionar repatriación de los más de 900 funcionarios internacionales. Su relación con Iraq no terminó ahí: el futuro secretario general encabezó el equipo que negoció con Iraq la aplicación del programa Petróleo por Alimentos.

La misma crisis que le aupó le ha colocado en el momento más difícil de su mandato. Annan no fue capaz de lograr el consenso del Consejo para buscar una solución negociada a la última crisis a pesar de sus llamadas a la unidad. Tanta fue su impotencia durante los cuatro meses de recorrido diplomático de la crisis que acabó apelando a la dignidad de los miembros del Consejo: “Espero que tengan presente la confianza sagrada que los pueblos del mundo han depositado en ellos y se muestren dignos de ella”. Sus preocupaciones se centran ahora en evitar que una catástrofe humana se una al fracaso de la política y la diplomacia.

Annan llegó a la Secretaría General gracias a un veto de Estados Unidos. En noviembre de 1996, la Administración Clinton vetó la reelección en la Secretaría General de Boutros Ghali, francófilo y africanista. La candidatura del anglófono Annan, que también habla francés y varias lenguas africanas, contó entonces con el visto bueno de Washington, que exigía una amplia reforma de la organización, con el recorte de gastos y la eliminación de trabajos burocráticos. La experiencia financiera de Annan fue decisiva. El 1 de enero de 1997 Annan inauguró su primer mandato. En 2001 fue reelegido. A ello colaboró en buena medida su talante discreto y conciliador. Mohamed Sacirbey, embajador bosnio, describió su personalidad con tres frases: “La gente le cree porque es honesto. No trata de esconderse detrás de falsos argumentos. Defiende sus posiciones con mérito”.

Gran parte de sus preocupaciones al principio de su mandato vendrían provocadas por Estados Unidos. Consiguió que Iraq aceptara las inspecciones de los palacios de Saddam Hussein en 1998, pero las informaciones de que el jefe de las inspecciones, Richard Butler, había facilitado al Pentágono datos reservados para la ONU que luego fueron utilizados en los bombardeos de ese mismo año provocó un fuerte malestar en el Consejo. Antes, el Departamento de Estado le había presionado por supuesta condescendencia con Hussein.

Otro gran fracaso fue la resolución de la crisis de Yugoslavia. Y tampoco ha sido capaz de frenar la segunda intifada.

El gran logro del séptimo secretario ha sido la Corte Penal Internacional (CPI). Annan también impulsó la idea de la injerencia humanitaria tras las catástrofes humanas provocadas por los conflictos de Timor y Kosovo y ha dedicado grandes esfuerzos a la lucha contra el Sida. En el plano burocrático, una de las obsesiones del ghanés ha sido la reforma de la organización, que no ha logrado culminar. Annan heredó unas Naciones Unidas con graves dificultades económicas por la morosidad de varios países relevantes, empezando por Estados Unidos, que debe 1.700 millones de dólares. Washington sigue sin pagar a pesar de que Annan recortó su cuota. En 2001, la ONU y su secretario general fueron galardonados con el Premio Nobel de la Paz.

SECRETARIOS DE PERFIL BAJO

Antes de Kofi Annan, la ONU ha tenido otros seis secretarios generales. Y ninguno de ellos ha pasado al historia por sus logros al frente de la organización. El noruego Trygve Lie (1946-52) fue el encargado de poner en marcha las Naciones Unidas, que apenas unos años después enterraron la ilusión inicial y sucumbieron a la estructura bipolar. Lie también fue víctima de las presiones de EE UU y la URSS y acabó dimitiendo en plena Guerra de Corea.

Los mandatos de sus dos sucesores inmediatos, el sueco Dag Hammarskjold (1953-1961) y el birmano U Thant (1961-71) también estuvieron marcados por los enfrentamientos entre las potencias y los diferentes conflictos bélicos derivados del proceso de descolonización. Hammarskjold acabó siendo víctima de la guerra colonial del Congo, donde murió en un accidente de aviación cuando viajaba en una misión oficial. Y el periodo de Thant ha pasado a la historia marcado por su impotencia para frenar la escalada estadounidense en Vietnam.

La tensión en el seno de la propia organización se incrementó en la década de los 70, durante el mandato del austriaco Kurt Waldheim (1972-81), después de que en 1975 la ONU definiera el sionismo como un tipo de racismo. Posteriormente se desveló la implicación de Waldheim con el nazismo, lo que se utilizó para explicar una presunta conspiración contra Israel desde la ONU, que además había dado a la Organización para la Liberación de Palestina  (OLP) el trato de país miembro.

Javier Pérez de Cuellar (1982-1991), peruano, desplegó una intensa actividad exterior y trató de extender las relaciones internacionales más allá de las dos potencias. Su sucesor, el egipcio Boutros-Ghali (1992-1996) fue el primer secretario africano. Las malas relaciones con EE UU lastraron su gestión.

 

ALGO MÁS QUE EL CONSEJO DE SEGURIDAD

“El mundo sigue siendo de hecho multipolar. Naciones Unidas y sus organizaciones funcionales (OIT, OMC, UNCTAD, OMS, FAO) son indispensables”, asegura Norman Birnbaum, que considera que la actual crisis de la organización se circunscribe al Consejo de Seguridad y, colateralmente, a la Asamblea General, y no a todo el entramado de las Naciones Unidas. Entre esos organismos destacan algunos de carácter económico, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo (BIRD) o la Organización Mundial del Comercio (OMC). Sus funciones se centran, sobre todo, en garantizar la estabilidad económica mundial y fomentar la cooperación económica y financiera. Sin embargo, estas instituciones son puestas en entredicho habitualmente por su excesiva supeditación a los intereses de otros actores internacionales, especialmente los grandes países liderados por EE UU.

Igual de cuestionada está la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), cuyo objetivo fundamental es “contribuir a la paz y a la seguridad internacionales mediante el desarrollo de la educación, la ciencia, la cultura y las comunicaciones entre todos los países”. La UNESCO no se acerca al cumplimiento de esas metas y desde 1945 ha sido incapaz de diseñar un orden mundial de la comunicación y la información que garantice la igualdad internacional y, siempre bajo la tutela y las presiones de Washington, ha favorecido la colonización cultural de los países menos desarrollados por parte de las grandes multinacionales occidentales.

Mucho menos cuestionadas son la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), la Organización Mundial de la Salud (OMS) que trabajan en campos concretos y delimitados para poner en marcha mecanismos humanitarios mundiales.

Al lado de estos organismos  especializados, la ONU ha diseñado un entramado de órganos dependientes de la Asamblea dedicados a garantizar los derechos humanos y a poner en marcha todas las actuaciones humanitarias que sean necesarias. Los más destacados son la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), que trabaja en la mejora de las condiciones de vida de los niños u jóvenes de los países subdesarrollados, o el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas (PNUD), que elabora diferentes informes sobre la situación de las diferentes zonas del mundo.

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