VIAJES CON LIBRO
Nº 508- 13 de mayo de 2002

Retorno a las Hurdes

Ilustrados contra románticos

 No han sido pocos los escritores e intelectuales que se han acercado al drama de Las Hurdes extremeñas a lo largo del siglo pasado, desde el hispanista Maurice Legendre hasta destacados autores del realismo social como Antonio Ferres y Armando López Salinas pasando por Unamuno, Marañón o Buñel. Hoy nuestro viaje con libro hace un recorrido actual por los pueblos que llevaron a Alfonso XIII a hacer su famoso viaje para comprobar que, con el tiempo, triunfaron las actitudes ilustradas que reclamaban un mayor desarrollo sobre las románticas que sólo alcanzaron a ver la miseria convertida en majestad.

Por José María Ridao 

Aunque la dramática degradación de Las Hurdes fuera ya objeto de atención durante el reinado de Carlos III, marcado por una decidida voluntad de reforma a partir de la experiencia y del contacto directo con la realidad, hubo sin embargo que esperar hasta el primer Congreso Jurdanófilo, en 1908, para que la opinión pública española, y con ella el gobierno y demás instituciones y poderes, tomaran puntual conciencia de lo que los doctores Goyanes, Bardají y Marañón considerarían catorce años más tarde un “caso de espantosa miseria colectiva tal, que quizá no tenga par en ninguna otra nación civilizada”. Aquel Congreso de 1908, celebrado en Plasencia a iniciativa de La Esperanza de Las Hurdes –una asociación animada de espíritu regeneracionista y promovida por el obispo Francisco Jarrín Moro y su secretario, don José Polo Benito-, marca en buena medida el tránsito entre el abandono secular de la comarca y una nutrida proliferación de informes y documentales de viaje, en los que se da cuenta, apenas sin variaciones, de su inclemente atraso y postración. Desde el hispanista Maurice Legendre hasta destacados autores del realismo social como Antonio Ferres y Armando López Salinas, pasando por Unamuno, Marañón o Buñuel, los escritores e intelectuales que se acercan a Las Hurdes a lo largo del medio siglo siguiente no hacen otra cosa que responder, de manera directa o indirecta, al llamamiento de los filántropos reunidos en Plasencia.

         Según relata Legendre en Mis recuerdos de las Jurdes, publicados en 1927 aunque referidos a sus sucesivas estancias desde 1909, su primera incursión en “las hondonadas de cuatro valles casi paralelos, limitadas al fondo por la sierra de Altamira”, obedeció a “un deseo punzante” de desvelar el “gran misterio” que escondían las tierras al sur de la Peña de Francia. “El gran misterio”: así se había referido a ellas, haciéndose eco de una arraigada superstición, el dominico que le había acompañado en su excursión hasta el santuario, construido en torno a la boca de una gruta a mil setecientos metros sobre el nivel del mar. De acuerdo con su propia y denigrante leyenda, Las Hurdes eran refugio de seres a media distancia entre el hombre y la bestia, vestidos con andrajos y privados, incluso, de la facultad del habla. Estimulado por estas y otras noticias propias del mito que envolvió a Las Hurdes durante buena parte de su historia, Legendre abandona su propósito inicial de dirigirse desde Salamanca a Madrid, compra “un poco de azúcar, chocolate, pan y lomo”, acumula “calderilla por valor de cincuenta pesetas” y se hace, finalmente, con un par de alpargatas. “Me encontré así equipado –escribe en Mis recuerdos- para lanzarme a lo desconocido”.

El camino entre la Peña de Francia y la población de La Alberca –Legendre se interna en Las Hurdes desde el norte, a través de un itinerario repetido más tarde por Buñuel y, ya en plena dictadura de Franco, por Ferres y López Salinas- resulta hoy de una belleza fantasmal: el bosque ha enfermado, y una vastísima extensión de árboles rígidos y sin hojas, recubiertos de liquen, van mudando de color a medida que declina la jornada. Luego, la aparición de las primeras construcciones de La Alberca, a la que Legendre llega de anochecida, confirma la grata impresión que éste consigna en Mis recuerdos: “fue aquélla una inolvidable revelación de la aldea más bonita de España, de un rincón medieval que había permanecido casi intacto”. Un siglo más tarde, su irresistible atractivo permanece: las calles empedradas, las fachadas cruzadas de vigas de madera, la plaza mayor en pendiente, con balconadas y soportales en torno a una cruz mineral en cuya espalda vierten los caños de un venero. Sobre el dintel de piedra de las casas más antiguas, invocaciones al Sagrado Corazón e inscripciones religiosas. Al atardecer, bandadas de golondrinas trazan sobre los tejados las formas caprichosas de un caleidoscopio, mientras su clamor, nervioso y agudo, hace de contrapunto a la sobria gravedad de las campanas. Las ancianas de La Alberca siguen cubriéndose la cabeza con un pañuelo, y todavía barren y baldean la calle frente a los umbrales.

Legendre emprendió viaje al amanecer, coronando la cima de El Portillo en dirección a Las Batuecas y, desde allí, hacia Las Hurdes. La vista de aquel primer valle entre comarcas le resultó sobrecogedora. Y contemplándolo hoy desde la ruta asfaltada que serpentea hasta Las Mestas, sobre el río Ladrillar, la descripción contenida en Mis recuerdos mantiene una vigencia en verdad imperecedera: “la vegetación –anota Legendre- iba tomando proporciones imponentes y los arbustos adquirían la talla de verdaderos árboles”. Y a continuación añade: “nos adentrábamos en un reino nuevo, originario, que no significaba ya lucha y destrucción, sino fecundidad”. La rapidez con la que el hispanista transita en tan sólo unas líneas desde la mera recreación del paisaje a la exaltación de valores abstractos, a la formulación de una ilusoria cosmogonía, tiene sin duda que ver con la exuberante belleza del lugar. Pero tiene que ver, además, con la evocación de su visita al convento carmelita de San José, un centro de recogimiento y meditación construido en 1756 en el corazón mismo de Las Batuecas. “Era aquél un paraíso hecho para el hombre –escribe Legendre-, donde la fertilidad se volvía disciplinada y amable y se engalanaba con flores”.

Resulta imposible no compartir su admiración: apenas se cruza el breve puente de piedra hoy restaurado, encarándose hacia el pórtico de entrada, dos lápidas de pizarra con versos de San Juan dan una inesperada bienvenida. La inspiración inigualable del Cántico Espiritual parece, de pronto, una escueta enumeración del espectáculo natural que ofrecen los sentidos. Basta volver sobre los propios pasos y mirar, guardar silencio: allí se diría que están, en efecto, “las montañas,/los valles solitarios nemorosos,/las ínsulas extrañas,/los ríos sonorosos,/el silbo de los aires amorosos” evocados en el muro. Siguiendo después el azor de piedra que cerca el convento, junto a los rápidos y desniveles de un arroyo, aparece la tercera y última lápida con sus versos, como una anticipación de lo que aguarda al otro lado de este valle: “buscando mis amores –puede leerse-,/iré por esos montes y riberas,/ni cogeré las flores,/ni temeré las fieras,/y pasaré los fuertes y fronteras”. Erguidas sobre el bosque impenetrable en el que se interrumpe el sendero, apuntan las cimas de roca tras las que comienzan Las Hurdes.

Las observaciones de Legendre acerca de la vida en las aldeas que visita a partir de este punto coinciden, casi en su estricta literalidad, con las que el doctor Marañón registrará en su diario de viaje y con las que Buñuel, destacado a la comarca por el gobierno de la República, filmará en el célebre documental que acabará siendo prohibido. Legendre advierte con sorpresa que el pan es un lujo inalcanzable para buen número de hurdanos. En Martilandrán, Marañón escribe en su cuaderno: “espectáculo horrendo, dantesco”. Y a renglón seguido deja constancia de que “muchos vecinos” nunca lo han probado. Tierra sin pan será, precisamente, el título escogido por Buñuel para las escalofriantes imágenes con las que regresa de Las Hurdes. La escasez de alimento que corroía una población de entre cinco y siete mil personas -de acuerdo con las estimaciones del doctor Goyanes- alteraba de tal forma las nociones de riqueza y de pobreza que, en estas aldeas, la mendicidad llegaba a ser una profesión reconocida y codiciada. Las jornadas que los hurdanos más emprendedores invertían en Cáceres, Salamanca y Ciudad Rodrigo invocando la caridad pública mientras sobrevivían al raso, les aseguraba al regreso mejores condiciones de vida que las que dejaron. En concreto, les aseguraba una reserva de mendrugos para mitigar el hambre y comerciar, razón por la que, según señala Legendre y corroboran los viajeros posteriores, los mendigos de Las Hurdes recibían el nombre de panaderos. En un momento de su documental, Buñuel filma un par de niñas humedeciendo unas rebanadas en la corriente de agua que baja por un callejón –una corriente que se emplea para todos los usos domésticos-, y explica que el maestro les obligaba a comérselas en su presencia para evitar que nadie se las arrebatase.

Pero la capacidad de la extrema miseria de los hurdanos para alterar lo que, fuera de aquellos valles inaccesibles, parecían hábitos corrientes, cuando no comportamientos instintivos del género humano, alcanzaba incluso a la relación entre padres e hijos. Legendre documenta a este respecto el negocio de la “crianza mercenaria”, un sistema empleado por las inclusas y orfelinatos de las grandes ciudades limítrofes de Las Hurdes. Con el fin de atender una demanda que excedía las capacidades de la beneficencia estatal, se encargaba el cuidado de los niños huérfanos o abandonados –los pilos- a las mujeres hurdanas, a cambio de un salario. En los momentos de irremediable escasez, estas madres adoptivas preferían desatender a sus propias criaturas, que podían morir de inanición, con el único propósito de mantener los ingresos que representaba el pilo. Unos ingresos que, por lo demás, llegaban tarde o no llegaban en absoluto, como lo demuestra la carta abierta que Pedro Segura, Obispo de Coria, dirigió a Alfonso XIII. La deuda de las Diputaciones de Cáceres y Salamanca con las mujeres hurdanas alcanzaba las treinta mil pesetas de la época, con el agravante de que el retraso en los pagos había generado un sistema de usura a partir de “los mismos fondos que vuestra munificencia aportó para la extinción de esta plaga”. Goyanes, Bardají y Marañón se expresan con crudeza acerca de la “crianza mercenaria” que se ven obligadas a realizar unas jurdanas “esqueléticas con los pechos rudimentarios y exhaustos”, un verdadero “crimen” oculto “bajo una máscara de caridad que lo hace más repugnante”. Con todo, su informe sostiene que tal vez gracias a los pilos, a la renovación genética que aportaban, la población hurdana no había desaparecido arrasada por la enfermedad, “autoaniquilada en su aislamiento”.

Porque de la misma manera que Legendre constata que “el gran misterio” de las tierras situadas al sur de la Peña de Francia no era otro que una inconcebible miseria, Goyanes, Bardají y Marañón advierten que las leyendas acerca de Las Hurdes y sus habitantes, que los mitos acerca de su pintoresca cuando no dudosa humanidad, responden a un gravísimo problema sanitario. En sus “Notas sobre la patología de Las Hurdes”, publicadas en La Medicina Ibera del 8 de marzo de 1924, Marañón describe la comarca como “un inmenso repliegue montañoso habitado por gentes que parecían escapadas a medio curar de un hospital”. El catálogo de padecimientos que observa en los hurdanos resulta sencillamente abrumador, comenzando por las fiebres palúdicas y continuando por el tifus, la sífilis, la viruela, el tracoma, la tiña y unos casos de ansiedad histérica tan frecuentes en porcentaje, siempre según Marañón, como en las grandes capitales de los Estados Unidos. La falta de tratamiento adecuado para estos males, unido a la causa primordial e irresuelta de la situación sanitaria de Las Hurdes, el hambre crónica, se tradujo en endemias como el bocio, la enanez y el cretinismo, que dejaron su estigma en varias generaciones de hurdanos. Algunas de las imágenes más sobrecogedoras de Tierra sin pan muestran los efectos devastadores de estas dolencias: un hombre tiritando a resultas de un acceso palúdico, una criatura entristecida y agonizante que se acurruca a solas contra una roca, una muchacha adormilada en el exterior de una zahúrda, buscando el alivio de una brisa para su fiebre. Y, junto a ello, la trágica indiferencia de enanos y cretinos ante la cámara de Buñuel.

Las cuatro jornadas que Alfonso XIII pasó en Las Hurdes, viajando a lomos de caballo, tuvieron una consecuencia no prevista y sólo perceptible en el transcurso de las décadas siguientes: actuaron de catalizador en la vida intelectual de la época, mostrando los sutiles pero evidentes alineamientos que operaban en el panorama de nuestras letras, luego recrudecidos por la guerra civil y por el exilio. Apremiados por la visita del monarca al “Tibet español” -según el nombre que algunos medios darían entonces a los valles hurdanos-, los periódicos de 1922 publicaron una avalancha de comentarios acerca de la iniciativa real, así como de las causas de aquel drama continuado y silencioso. Quizá por la naturaleza misma de su profesión médica, Marañón, Goyanes y Bardají se habían acercado a Las Hurdes con la actitud propia de los ilustrados, atenta sobre todo a los datos que suministran la observación y la experiencia. Una vez sobre el terreno, Marañón indaga, anota cuanto ve, avanza hipótesis y, a la hora de sugerir remedios, evita la abstracta exaltación romántica de los noventayochistas, la radical incongruencia entre los instrumentos que proponen y los fines perseguidos: puesto que el problema de Las Hurdes es en buena medida sanitario –asegura Marañón-, lo que Las Hurdes necesitan son médicos. Más tarde, y sólo más tarde, habría que pensar en las cuestiones de índole religiosa y moral –en sus notas manuscritas deja constancia, herido en sus convicciones católicas, de casos de incesto y poligamia, así como de la práctica frecuente de la sodomía-, abordándolas a través de la educación.

En contra de lo que cabría imaginar, la actitud ilustrada de Marañón y de los doctores Goyanes y Bardají es compartida por la propia iglesia; en concreto, por el obispo Segura, el mismo que reclamaba el pago de los atrasos a las nodrizas hurdanas. El catálogo de actuaciones para la comarca que dirigió a Alfonso XIII se inicia por la alfabetización y continúa por la mejora de la higiene, la agricultura, las comunicaciones y los servicios públicos. Sólo en último extremo se refiere a la necesidad de crear capillas y cementerios, además de favorecer el restablecimiento de la comunidad de padres carmelitas en el convento de San José. Y, junto a la del obispo Segura, otro tanto cabría decir de la actitud del conde de la Romilla, diputado a Cortes por el distrito de Hoyos, cuya defensa de Las Hurdes en el debate parlamentario a que dio lugar la visita del rey constituye un ejemplo de pragmatismo y precisión muy alejado de la retórica política del momento.

Sobre eso de Las Hurdes será el título del comentario que, por su parte, Unamuno dedica al viaje de Alfonso XIII en las páginas de El Liberal, en junio de 1922. Casi una década antes, el rector de Salamanca había acompañado a Legendre en una de sus visitas a los valles hurdanos, publicando a renglón seguido algunos textos luego recogidos en Andanzas y visiones españolas. Lo que aquí no eran más que disquisiciones egocéntricas realizadas en pleno corazón de una realidad dramática –Unamuno las considera “notas de un excursionista”-, se convierten ahora, en Sobre eso de Las Hurdes, en un auténtico manifiesto romántico. Nada de enfermedad o de pobreza: para el rector de Salamanca, “lo que retiene a los hurdanos en sus fragosidades es el instinto de la propiedad”. Y aclara: “el hurdano prefiere pensar libre en la majestad de su indigencia o vivir del botín de la limosna a tener que ser jornalero durmiendo sobre el suelo de un amo”. Por supuesto que “en Las Hurdes hay el bocio, y con el bocio, el cretinismo; pero en toda España se está envenenando a la mocedad, a nuestros hijos, con algo peor que el bocio”. Vistas así las cosas, esto es, dando por descontado que la miseria es una opción voluntaria de los hurdanos y que sus enfermedades físicas no son tan graves como las espirituales que aquejan a toda España, Unamuno puede entonces declarar que sí, que lleva “en el fondo del alma, en la retina espiritual, la visión de una de aquellas chozas, de un cuchitril, en La Segur”; pero que, sobre todo, lleva “el recuerdo de aquel aire de libertad que se respiraba en las cumbres que separan a los barrancos hurdanos y de aquella majestad de la indigencia laboriosa”.

Tan sólo tres días después de que apareciese el comentario de Unamuno, Ramón Gómez de la Serna publicó, también en El Liberal, una Carta de Quevedo sobre el viaje del rey a Las Hurdes. Si para el primero la situación de la comarca tenía que ser interpretada como un síntoma espiritual, para el creador de las greguerías la miseria de los hurdanos ofrecía, en cambio, una ocasión para dar rienda a su peculiar sentido del humor y para el lucimiento de su prosa. “Sigue siendo muy interesante este viaje del rey al país de los habitantes pequeños –escribe Gómez de la Serna, aludiendo a una de las endemias de Las Hurdes-, que han pasado por debajo de su caballo como por debajo de un arco de triunfo”. El esperpento que se adivina en esta imagen, y que se mantiene hasta el final del texto, parece colocarse en la estela de las geniales creaciones de Valle-Inclán; en realidad, prolonga una tradición ideológica diferente, muy alejada de la mirada crítica y mitoclasta del autor de Tirano Banderas. En la exageración de Gómez de la Serna no existe esa distancia de la miseria que en Valle provoca, junto a una risa contradictoria y culpable, estremecimiento, espanto; antes por el contrario, su humor zumbón y su prosa trotona se limitan a forjar un rostro risueño para la miseria y el sufrimiento, exactamente como haría, apenas un cuarto de siglo más tarde, el Cela que viaja a La Alcarria y dedica el famoso relato de su estancia al doctor Marañón, cuyas observaciones sobre Las Hurdes se hallan en los antípodas de su inhumanidad y sus chascarrillos.

Las Hurdes de hoy nada tienen que ver con las que conocieron Legendre, Marañón, Buñuel, Unamuno o, ya en plena dictadura de Franco, Antonio Ferres y Armando López Salinas. En Las Mestas, un pueblo de construcciones en su mayoría recientes, confluyen las rutas que conducen a las dos partes de la comarca: Las Hurdes bajas -atravesadas por una carretera amplia y bien asfaltada que une Miranda del Castañar con Vegas de Coria, Nuñomoral, Caminomorisco y Pinofranqueado-, y Las Hurdes altas, una sucesión de pueblos –Martilandrán, Fragosa, El Gasco, Asegur, Casares, Riomalo, Ladrillar, Cabezo- encajonados en los repliegues de la sierra y en los que aún se pueden contemplar, abandonados, restos de las viejas zahúrdas y alquerías. Por otra parte, décadas de repoblación forestal han atenuado la aspereza y desnudez de los riscos hurdanos, en los que, de trecho en trecho, siguen apareciendo las diminutas terrazas sobre las que se yergue un solo olivo. La mayor parte de los viajeros que se acercaron a aquellas Hurdes, felizmente desaparecidas, suelen referirse a la antigua costumbre de legar en herencia una simple rama de árbol, prueba de que hasta el más mínimo cultivo representaba una titánica conquista contra el medio. Escritores como Unamuno vieron en ello un deseo de independencia que, al parecer, convertía la miseria en majestad y hacía llevadero el sufrimiento. Otros, como Marañón, no se recrearon en respirar la libertad de las cumbres ni en admirar la estremecedora laboriosidad de los hurdanos, sino que comprendieron que la miseria es sólo miseria, y el sufrimiento sólo sufrimiento, y exigieron para Las Hurdes una vida digna, y maestros en las escuelas, y médicos en los dispensarios.

Con la perspectiva que ofrece el tiempo transcurrido, puede sin duda concluirse que fue el triunfo de esta mirada pragmática sobre aquella que pretendía sustituir una leyenda denigrante de Las Hurdes por otra de exaltación y heroísmo, que fue en definitiva el triunfo de las actitudes ilustradas sobre las románticas, lo que permitió que el “Tibet español” pasara a ser, sin más, una región como las otras.

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