IDEOLOGÍA
   
Nº 471
23/7/01

Republicanismo, el nuevo evangelio de Zapatero

J.G.A.

Republicanismo. Ésta es la nueva doctrina del PSOE en la era de Zapatero, una doctrina que tiene un profeta, el autor del libro que lleva el mismo título: Philip Pettit, un profesor irlandés que estuvo a punto de ser cura y que ejerce en Australia como profesor de Teoría Social y Política. Zapatero es el Lenin español de un Marx que vive en las antípodas.

José GARCÍA ABAD

El líder socialista empieza, pues, a lo grande, aportando doctrina con una interesante revisión ideológica. Ha ido más lejos que González, que hizo una aportación fecunda por la vía negativa: la renuncia a Marx que situó al partido en condiciones de gobernar y con la que gobernó 13 años. Zapatero no niega a nadie; al contrario, levanta una bandera que podría ser aceptada por casi todo el mundo. Y, sin embargo, a pesar de su apariencia leve, el republicanismo representa una verdadera alternativa y, según la interpretación que quiera dársele, según el grado de radicalidad con la que los socialistas la apliquen, puede ser una propuesta verdaderamente de izquierdas.

La doctrina se edifica en torno al principio de la "no dominación", frente al principio liberal clásico de "no interferencia", una opción que puede ser aceptada por muchos liberales situados "en la izquierda del centro", aquellos a los que no les resulta indiferente la justicia social y, por supuesto, por comunitaristas y socialistas. Zapatero ha encontrado una buena veta ideológica que puede representar el sorpasso liberal, poniendo el énfasis socialista en la libertad bien entendida, en una libertad profunda que representa una alternativa razonable al pensamiento único neoliberal, con una potenciación del Estado y una reivindicación del intervencionismo político y social, desde un nuevo enfoque; no como estatalismo, ni mucho menos como alimentación de la burocracia, que también puede ser una instancia de dominación indeseable, que ya ha sido erradicada de la nueva izquierda. Representa una intervención destinada a garantizar que nadie sea dominado por nadie.

Republicanismo

El nombre tiene una enorme importancia. Las palabras no son asépticas: tienen significado y se cargan de emotividad. Además, pueden representar un obstáculo o, por el contrario, como yo creo que ocurrirá en este caso, puede contribuir al del movimiento zapatista. Acuñar un término propio puede tener un gran efecto en la palestra eolítica y como movilizador de la ciudadanía, tal como consiguiera Tony Blair  con la "tercera vía" inspirada por Giddens. Más vale ponerse un nombre que te lo pongan. En la última etapa del Gobierno socialista, los adversarios acuñaron lo de felipismo, mientras los socialistas se movían, no sin conflicto, en torno a la "socialdemocracia liberal", cuyo profeta era Carlos Solchaga.

Cuando Zapatero llegó a la Secretaría General, comprendió la importancia de buscar una adscripción ideológica y un nuevo nombre para un nuevo socialismo español. El primer paso fue con resbalón. Ocurrió en su primera conferencia, pronunciada en el Club Siglo XXI, el 19 de octubre de 2000, su presentación en sociedad, por así decirlo. El flamante nuevo secretario general del PSOE se lanzó con la peligrosa expresión: "Socialismo Libertario", a la que dedicó un simple párrafo, pero suficiente para desencadenar el escándalo: "El socialismo que empezamos a construir hoy será profunda y auténticamente liberal, o si prefieren libertario y radicalmente promotor de la igualdad del individuo". La reacción provocada no es pequeña: en España lo de libertario suena a anarquista, mientras, curiosamente, fuera de España, los libertariam son la extrema derecha del liberalismo.

Ahora, aunque todavía con algún titubeo, parece que Zapatero se ha inclinado por el término republicanismo. Cuando escribo estas líneas, en el cierre de la revista, a·n no se ha celebrado la conferencia del partido, y desconozco si será esta la ocasión para su puesta de largo. No obstante, parece que esta es la opción elegida. El término es ambiguo y, por tanto, con connotaciones variadas y con un considerable riesgo de equívoco, que, pienso, se eliminará con cierta rapidez beneficiándose de no pocos aspectos positivos.

La connotación más obvia se relaciona con la forma de Gobierno, que no es la vigente en España. Es un significado que no responde a la realidad: Zapatero no va a reivindicar la república para España, ni falta que hace, pues el sentido tradicional y esencial del republicanismo encaja perfectamente con la monarquía parlamentaria. En sus orígenes, la expresión republicana tenía junto a su acepción amplia como civismo,  autogobierno, ciudadanos iguales ante la ley, libres y fraternos (hoy diríamos solidarios) una bandera concreta contra la tiranía monárquica de forma evidente en la Revolución Francesa, donde hoy el republicanismo es un elemento de coincidencia de todos los ciudadanos y con perfiles muy peculiares en la revolución americana, que representaba, junto a la independencia de la corona británica, la forma republicana, aun cuando la monarquía inglesa era constitucional, desde la gloriosa revolución.

De puertas para adentro, en el PSOE, el término no genera contraindicaciones sino todo lo contrario, conecta con la emoción de tantos años de republicanismo, desde su fundación hasta la reciente aceptación de la monarquía constitucional por razones pragmáticas. Las suspicacias no vienen, pues, por la izquierda sino por las adherencias  derechistas del término. Ya en los tiempos de González se hizo mucha coña con la supuesta tendencia el PSOE a reinventar el partido Demócrata norteamericano. Me imagino las que ahora podrían circular con una supuesta reinvención del partido Republicano de este país. Mero juego de palabras, porque quien mejor recoge el espíritu republicano americano es el partido Demócrata.

Pero más allá de los términos que, insisto, tienen su importancia -Pettit dedica un capítulo al nuevo lenguaje, que, por otro lado, es básico en la concepción de Habermas, el gran pope europeo de la izquierda que acuñó el "republicanismo universalista"-, lo verdaderamente importante es la versión que Zapatero atribuya al republicanismo, pues es una idea de amplio espectro, en el que se puede optar por el mayor radicalismo o por la nada; por un mero juego de frases y ocurrencias. A esto es a lo que habrá que estar muy atento. De momento, a Zapatero le va como anillo al dedo esta doctrina que, según señala Salvador Giner, un apóstol español del republicanismo con el que Zapatero también mantiene contactos, "es la cultura política más amable" (Véase En España también se piensa, en página 36), y Zapatero, efectivamente, ha optado por la simpatía, frente a un Aznar instalado en el mal genio.

El evangelio según Pettit

Philip Pettit, enlaza con la idea de no dominación de los primeros republicanos antes de que fueran suplantados por la derecha liberal, la libertad como ausencia de servidumbre, como huida de la arbitrariedad frente a la línea que se ha impuesto en el liberalismo, individualista, basada en la no interferencia, que en cierta medida tenía el sentido de "no molesten, por favor", muy grato para sus destinatarios empresariales en el nacimiento del capitalismo industrial; una no interferencia que deducía el Estado a la mínima expresión, prácticamente a la función de policía, y que relegaba la responsabilidad social a los términos de un contrato, un vínculo sagrado en el que, evidentemente, ambas partes no eran igualmente libres. Este liberalismo dio paso al marxismo desde la constatación del proletariado, el hombre con prole que alimentar que solo podía perder sus cadenas.

Quedó, pues, más o menos virgen el camino cívico, el de los ciudadanos que confiaban en la justicia por medio de la organización social con un trípode poderoso, los lemas de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

"El agravio que tengo en mente -dice Pettit- es el de tener que vivir a merced de otros, el de tener que vivir de manera tal, que nos volvamos vulnerables a algún mal que otro esté en posición de infligirnos arbitrariamente" (...) "Es el agravio expresado por la mujer que se haya en una situación tal, que su marido puede pegarle a su arbitrio, sin la menor posibilidad de cambiar las cosas; por el empleado que no osa levantar queja contra su patrono, y que es vulnerable a un amplio abanico de abusos, insignificantes unos, serios otros, que su patrono pueda arbitrariamente perpetrar; por el deudor que tiene que depender de la gracia del prestamista, del banquero de turno para escapar al desamparo manifiesto o a la ruina; y por quienes dependen del bienestar público, que se sienten vulnerables al capricho de un chupatintas para saber si sus hijos van o no a recibir vales de comida".

Para Pettit no toda interferencia es mala, puede haber una interferencia legítima marcada por las leyes; el autor resume en tres las condiciones necesarias para la dominación: 1) Tiene capacidad para interferir. 2) de un modo arbitrario. 3) en determinadas elecciones que el otro pueda realizar.

No basta con que una persona no interfiera, pudiendo hacerlo, que sea benigno o que uno sea muy astuto para eludirlo, o que uno caiga bien; se manifiesta contra la propia capacidad de interferencia abusiva aunque no se ejerza, sobre todo cuando tal capacidad arbitraria es del dominio público. Lo mismo que hay interferencia sin dominación -la interferencia democrática legítima- puede haber dominación sin interferencia, porque como decía Richard Price: "los individuos cuya vida privada está sometida al poder de un amo no pueden llamarse libres, por equitativa y bonachonamente que sean tratados".  Junto a esta idea general, es muy interesante la distinción que expresa el autor respecto al Gobierno entre consentimiento y disputabilidad. No basta con que mande la mayoría, no es suficiente con la legitimidad de las urnas para que los gobernantes dispongan de un cheque en blanco. Lo que se requiere para que no haya arbitrariedad y, por tanto, dominación, no es sólo el consentimiento a ese poder, sino también la permanente posibilidad de ponerlo en cuestión, de disputarlo. Hay que hacer inaccesible el poder arbitrario.

¿Cómo se traduce políticamente la garantía de no dominación? ¿Cuál es su instrumentalización político-institucional? Pettit señala dos vías: el poder recíproco y la prevención constitucional. Y aquí es donde aparece una alternativa radical al neoliberalismo: conferir al Estado un poder considerable, aunque muy diferente al enfoque tradicional de la izquierda, una intervención que reduzca, por etapas, el poder de dominación y que intervenga en el terreno social más allá del contrato.  El primer pronto de los republicanos "les induce a ser políticamente más optimistas y socialmente más radicales". También son radicales en su "igualitarismo estructural", que es muy diferente, radicalmente diferente del igualitarismo material comunista.

El republicanismo se manifiesta ambientalista, feminista, multiculturalista y hasta socialista, aunque reformula todas estas causas según el método de la no dominación. Aunque más antropocéntrico y pragmático que los verdes más radicales, el movimiento es muy beligerante respecto al medio ambiente y, según el profeta, "el Estado republicano podría ser una comunidad política en la que los ambientalistas se hallaran como en casa".

La preocupación por la situación dominada de la mujer aparece a lo largo del libro, y casi todos los ejemplos propuestos se refieren a su situación dominada dentro del matrimonio, en el trabajo y en las calles. Y también en la política, un mundo para varones descargados del cuidado de la familia, un mundo, además, organizado con hábitos de trato y vínculos masculinos.

Estima Pettit que el republicanismo puede resultar también atractivo a los socialistas : "la tradición encarnada por los panfletos, los versos y las consignas del movimiento de la clase obrera, a menudo ha expresado el deseo de un status como el que va con la libertad como no dominación".

Y es multiculturalista, pues, entendiendo la libertad como no dominación, el movimiento tendrá capacidad para cumplir con las exigencias de los miembros de las culturas minoritarias.

Y además , el Estado republicano se involucrará en cinco grandes áreas: la defensa exterior; la protección interior; la independencia personal; la prosperidad económica; y la vida publica.

En defensa exterior, el republicanismo tendrá que constituirse como "un buen ciudadano internacional" que transferirá numerosos asuntos a árbitros internacionales, a los organismos internacionales pertinentes.

En protección interior  seguridad interna- está por la parsimonia penal -las leyes penales son armas delicadas y peligrosas que sólo funcionan bien combinadas con otras fuerzas culturales- y por quitar poder a la policía, que tiende al abuso.

La independencia personal está referida al terreno socioeconómico: "A medida que la sociedad se ha hecho más compleja y a medida que las demandas de una vida social próspera se han multiplicado, también ha subido el nivel, lo que se considera necesario para garantizar el acceso a una calidad de vida decente: de lo que se considera necesario para la independencia socioeconómica personal".

La prosperidad económica tiene para los republicanos, según el evangelio de Pettit, el condicionamiento de que permita mitigar las perspectivas de dominación y no se define respecto a políticas concretas que son muy variables según el país que las aplique.

La vida pública se refiere a los asuntos de conocimiento o creencia común; "asegurarse de que la no dominación de las gentes está grabada en la vida pública". Este es uno de los capítulos más interesantes del libro y se centra en la falsa conciencia que tiene la gente de la realidad, motivada entre otras razones por la manipulación y la banalización de los medios. ¿Qué podría hacer el Estado?: evitar la concentración de la propiedad y el control de los medios de difusión; fomentar medios de comunicación que estuvieran gobernados por intereses distintos de los dominantes en la vida comercial, servicios de información estatales o comunales semiautónomos, estimular la autorregulación de los medios.

Democracia contestataria

No basta, como decíamos al principio, con la legitimidad de Gobierno por el sufragio, hay que introducir un sistema para que la gente corriente pueda disputar los actos del Estado, que los actos del Estado puedan sobrevivir a la contestación popular, no que sean el producto de la voluntad popular. La democracia contestataria.

Una democracia contestataria tendrá que ser deliberativa, incluyente: con canales de disputa bien establecidos y que el Estado pueda guardarse de la influencia de las organizaciones empresariales y de otros intereses poderosos. Tendrá modos de dar a los disidentes el tipo especial de status concedido tradicionalmente a los objetores de conciencia. Y de acuerdo con la tradición republicana, que el pueblo tenga derecho a desafiar y a resistir las leyes arbitrarias, que es lo que en definitiva hace al pueblo soberano.

Control y civilización

Aunque la mayoría de las gentes andan muy dispuestas a reconocer y a perseguir lo que mande la virtud, son susceptibles de corrupción si se ven expuestas a grandes tentaciones. Hay, pues, que castigar y cribar a los villanos, pero evitando que estas medidas puedan coartar la libertad de la mayoría, que no son villanos. La posibilidad más llamativa para "las sanciones no alienantes" la ofrecen la recompensa de la buena opinión ajena y el castigo de la mala opinión ajena, comunicando una imagen positiva de la virtud.

La república legal necesita convertirse en una realidad cívica. La gente corriente tiene que estar lo suficientemente comprometida, sostener los esfuerzos de las autoridades: la gente corriente tiene que mantener una vigilancia perenne; ese es el precio de la libertad republicana. La mejor forma de conseguirlo es hacerlo a través de una democracia disputatoria efectiva.          


Philip Pettit, el nuevo evangelista

 

El autor del nuevo evangelio de Zapatero, Philip Pettit, nació en Irlanda hace 56 años aunque vive y trabaja en Australia, donde  es profesor de Teoría Social y Política en la Escuela de Investigación en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional Australiana de Canberra y de Filosofía en la Universidad Columbia de Nueva York. Ha escrito The Common Mind: An Essay on Psychology, Society and Politics (1993), del que es continuación Republicanismo y Not just Deserts: A Republican Theory of Criminal Justice (1990) con John Braitwaite, a quien considera su maestro. Su libro Republicanismo. Una teoría sobre la libertad y el gobierno apareció en 1997 y ha sido publicado en España en 1999 por Paydos. Barcelona, con una traducción admirable de Toni Doménech, que es un reconocido experto español en estas materias, autor, entre otros, del libro De la Ética a la Política, publicado en 1989 por Crítica en Barcelona.

Pettit estuvo en Valencia recientemente, donde participó en un seminario organizado por la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo. Curiosamente, el inspirador ideológico de Zapatero vino a España por la intercesión de Adela Cortina conocida por su posición antisocialista y autora del libro La moral del camaleón. Ello no impidió a Pettit  elogiar a Zapatero. En una entrevista concedida a Víctor Romero en el diario valenciano Levante , el profesor Pettit declaraba, refiriéndose al líder socialista: "Me siento muy impresionado. Creo que es bueno que personas de la vida pública hagan uso de este tipo de trabajos, que puede ser el mío o el que realizan otras muchas personas. En los últimos 25 años todas las políticas de derechas han tenido sus propios pensadores. Es maravilloso que dirigentes de izquierda puedan apoyarse en las ideas formuladas por pensadores de izquierda".

 

EN ESPAÑA TAMBIÉN SE PIENSA

 

Las dos ideas fuerzas con las que hasta ahora se ha manifestado Zapatero tienen su origen fuera de nuestras fronteras: el republicanismo procede de un pensador irlandés-australiano y el "tipo único" acuñado por Jordi Sevilla procede del profesor inglés Anthony Atkinson.

Sin embargo, en España también hay pensadores de izquierda y, muy concretamente, en lo que se refiere al republicanismo. Hay que resaltar, en primer lugar, el trabajo que en este campo ha realizado desde hace muchos años Salvador Giner, catedrático de Sociología en la Universidad de Barcelona. El profesor Giner publicó en 1987 el libro Ensayos Civiles en el que exploraba esta línea de pensamiento. Pero, además de Giner, hay multitud de autores españoles, muchos de ellos muy traducidos y valorados en el extranjero que se han adentrado fecundamente, desde una perspectiva progresista y, en algún caso, netamente socialista, en este terreno: Citaré, entre los muchos ejemplos que podrían aportarse, a Victoria Camps, Ramón Vargas Machuca, Amelia Valc·rcel, Miguel Angel Quintanilla, Pepe Rubio Carracedo, José María Rosales y, en cierta medida, Fina BirulÈs, la hermana de la ministra, que es socialista y que ha estudiado a fondo a Hanna Arendt, radicalmente republicana y figura a la que también ha citado Zapatero, asÌ como al propio traductor del libro de Pettit, Toni Doménech; y en el terreno de los impuestos, también entre otros, Gregorio Rodríguez Cabrero o el propio José Sevilla, hermano de Jordi.

El republicanismo según Giner. Salvador Giner es fecundo como profesor, como escritor y como animador y coordinador del debate sociológico. Me referiré sólo a su último libro publicado -como coordinador y autor de uno de los capítulos- La Cultura de la democracia: el futuro. Ariel. Barcelona. Diciembre de 2000. Recojo algunos párrafos significativos:

Refiriéndose a las tres versiones de democracia: la hegemónica liberal, la comunitarista -la de los nacionalistas, para entendernos- y la republicana se inclina por esta última, con las siguientes palabras:

"... una versión de la democracia deseable que está ligada a las varias manifestaciones del igualitarismo, del solidarismo y, sobre todo, de la participación ciudadana. Para ella la democracia, no sólo se legitima por el hecho de garantizar libertades y autonomías -como sucede, respectivamente, en los dos casos anteriores- sino también por la puesta en vigor de procesos de justicia social y por el fomento político de tendencias redistributivas y de capacitación de la ciudadanía" (...) "Me inclino por la última en su versión republicana. (Y dentro de ella, por la interpretación más fuerte, o democrática.)

"El republicanismo es aquella concepción de la vida política que preconiza un orden democrático dependiente de la vigencia de la responsabilidad pública de la ciudadanía"

"Por tanto, la virtud cívica se convierte en la piedra angular del orden republicano."

"El republicanismo no tiene nada que objetar ante los escrúpulos procedimentales del liberalismo. Tampoco ante su apego a los derechos fundamentales de cada cual. Abraza estas nociones con entusiasmo" (...)

"pero el liberalismo es en cierto sentido vacuo" (...) "para dotarle de contenido, uno tiene que optar por ser liberal socialista, o liberal redistribuidor de riqueza por vía estatal (amigo del estatalismo benefactor) "(...)  "o liberal capitalista ...".

"Hay que recuperar las palabras de la decencia a sabiendas de que su sentido suele tergiversarse".

"Ello supone confiar en el potencial de la ciudadanía, paradójicamente desconfiando al mismo tiempo de la capacidad de resistencia que tenga una buena parte de ella ante las condiciones adversas que puedan socavar su predisposición cívica. Así, el caso de la panoplia mediática y de los empresarios del poder que se hallan en conciencia con ella y contribuyen a destruir tal predisposición es paradigmático. (La tarea de elaborar una pedagogía política para la era mediática está enteramente por hacer). "

"El republicanismo es realista. No espera demasiado".

"El liberalismo fragmenta. El comunitarismo aísla. El republicanismo, en cambio, relaciona. El primero nos concibe como voluntades soberanas y egoístas; el segundo, como seres tribales. Sólo el tercero, sin rechazar la autonomía del individuo ni el fuero de cada comunidad, hace hincapié sobre la naturaleza esencialmente interactiva de toda vida social".

El republicanismo "constituye, a no dudarlo, la cultura pública más amable de las hoy posibles".


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