Nº 427
11/9/2000

Sydney 2000

El mayor negocio deportivo de la historia

La cita con el mayor espectáculo deportivo del mundo, los Juegos Olímpicos de Sydney 2000, tendrá lugar este jueves, 15 de septiembre, entre las críticas a la mala organización y la amenaza de boicot de grupos anarquistas, e incluso de algún tipo de acción terrorista. Todo esto no va a impedir, sin embargo, que estos Juegos se conviertan en el mayor negocio deportivo de la historia, con unos ingresos estimados de 300.000 millones de pesetas, y una audiencia que llegará a los 3,5 billones de espectadores de todo el mundo que estarán pendientes de las competiciones.

Fermín NÚÑEZ

Cuando la llama traída de Olimpia entre en el estadio de Sydney el jueves, día 15 de septiembre, y prenda como en cada cita la gran antorcha olímpica comenzaran oficialmente los últimos Juegos del milenio –vigésimo terceros de la era moderna–, que se celebrarán en Australia hasta el 1 de octubre. Unas Olimpiadas que por su audiencia estimada, unos 3,5 billones, serán una máquina de hacer dinero y servirán también como plataforma para la publicidad y las reivindicaciones sociales o políticas. La ceremonia de apertura tendrá lugar a las 19 horas de Sydney (ocho horas por delante de la hora peninsular española) y la de clausura, el día 1 de octubre, a las 22 horas locales. Serán 15 días para encumbrar a varios centenares de un total de 10.200 atletas que representarán a 200 países de todo el mundo en 28 deportes diferentes. Se estima también que sean los juegos más seguidos de la historia, con 12.000 periodistas acreditados y 3,5 billones de personas pegadas al televisor y a Internet. Tales magnitudes de expectación serán aprovechadas tanto por los organizadores como por los políticos australianos e incluso los grupos anticapitalistas que con toda seguridad intentarán tener la máxima presencia en los medios.

El miedo a los atentados terroristas y al boicot de grupos sociales de presión, así como algunos fallos en la organización, han empañado los momentos preliminares de esta competición por antonomasia en el mundo del deporte. Australia se juega demasiado: el prestigio, su promoción en el mundo y, sobre todo, el negocio que supone tener a todo el globo terráqueo pendiente del acontecimiento. Si los juegos salen mal, no será porque el comité organizador (SOGOG) no lo haya intentado. La sede de este año cuenta con escenarios inigualables, entre los que destacan el estadio olímpico más grande jamás visto –con capacidad para 110.000 espectadores– y la villa olímpica de Homebush Bay, cuyas instalaciones forman el mayor complejo urbanístico del mundo alimentado exclusivamente por energía solar.

El aprovechamiento de estas instalaciones, así como los derechos de retransmisión de las mismas y la venta de artículos publicitarios y conmemorativos, supondrá unos ingresos que se estiman muy superiores a los de Barcelona 92 y Atlanta 96. Los 220.000 millones de pesetas que la organización se ha gastado se verán compensados con los 300.000 que espera recaudar (147.630 por la venta de derechos de TV y 65.860 por la de entradas, sin contar con el merchandising). Estos ingresos se complementarán además con futuros ingresos que vendrán como consecuencia de los Juegos. De hecho, la Oficina Comercial de Australia (Austrade) ha lanzado una iniciativa llamada Business Club Australia con el objetivo de aprovechar el acontecimiento para poner en contacto a los empresarios extranjeros con sus homólogos australianos y promocionar las oportunidades de negocio en el país. Por su parte, la Oficina de Turismo de Australia también ha desarrollado diferentes programas para la autopromoción como destino turístico, y el SOGOG ha organizado, como es tradición desde Barcelona 92, un Festival Olímpico de las Artes, que reúne a 4.000 artistas locales y extranjeros con el fin de mostrar la vida cultural de Australia.

Sin embargo, tan ambicioso plan ha tenido durante los cuatro años de preparación graves dificultades y errores que han hecho que a tan sólo 15 días del comienzo de los Juegos, el director ejecutivo del comité organizador, Sandy Hollway, haya sido despedido. El proyecto de levantar la sede de las Olimpiadas se ha convertido, desde que hace siete años Sydney fuera elegida como anfitriona, en un auténtico calvario para la organización, que ha sufrido acusaciones de falta de planificación, instalaciones sin preparar, infraestructuras deficientes, etc.

Según parece, muchos australianos no están precisamente entusiasmados con ser los anfitriones de los Juegos, pese a haber vivido ya la celebración de unas Olimpiadas (en Melbourne, 1956). Las encuestas previas sobre la expectación que despertará la cita en el país anfitrión no dan resultados muy alentadores: sólo un 49% de los australianos se muestra interesado, y un 17% confiesa estarlo menos que hace un año. Australia vive de hecho con pasión dos deportes, el fútbol autóctono y el rugby, que no compiten en los Juegos. Muchos habitantes de Sydney han decidido marcharse fuera durante los 15 días de los Juegos y ya ha habido controversias de los vecinos con la organización. Por ejemplo, los residentes de la playa de Bondi, donde se celebrarán las competiciones de volley playa, se han quejado de que el estadio le ha quitado su acceso al mar. También se estima que el tráfico por la ciudad vaya a ser un auténtico problema para los residentes.

A todos estos quebraderos de cabeza deben sumarse otros de mayor calado, como el descubrimiento por parte de la policía neozelandesa de un complot terrorista que pretendía atentar contra el reactor nuclear de Lucas Height, situado a tan sólo 25 km del estadio olímpico. Un macabro plan ideado, según parece, por Osama Bin Laden, el terrorista más buscado por el FBI, multimillonario y protegido del régimen talibán en Afganistán, por cuya captura el Gobierno de EE UU ofrece unos 925 millones de pesetas. Las Olimpiadas son un blanco perfecto para este tipo de ataques debido a su amplia resonancia internacional, y aunque la organización ha quitado hierro al asunto, el Gobierno ha preparado su maquinaria, reforzando la seguridad, e incluso potenciando la capacidad del Ejército australiano en el caso de un eventual ataque terrorista. Junto a esta amenaza, se cierne sobre Sydney la de los grupos sociales que se sabe planean algún tipo de boicot. Diferentes organizaciones sociales, sobre todo anarquistas, anticapitalistas y ecologistas, podrían aprovechar la presencia de medios de comunicación de todo el mundo para llevar a cabo sus reivindicaciones. La policía está realizando un seguimiento en Internet para tratar de averiguar qué planean hacer grupos como la Agrupación para la Subversión Ingeniosa del Orden Olímpico o la Alianza Antiolímpica, y el Gobierno australiano ha advertido a diversas firmas patrocinadoras del evento, como McDonald’s o Coca Cola de la posibilidad de que puedan ser objeto de un ataque, y ha establecido leyes provisionales que conceden a los guardias de seguridad de los Juegos el derecho de exigir nombres y direcciones de los manifestantes e incluso el poder de detenerles si fuera preciso.

Los últimos escándalos sonados de organización han sido, por un lado, el de la necesidad de comprar derechos de retransmisión para acreditarse como periodista en los Juegos (ver cuadro El escándalo de la retransmisión) y, por otro, el del diseño de las medallas olímpicas, en cuyo reverso se reprodujo un coliseo romano en vez de un anfiteatro griego. La confusión ha provocado la protesta de la comunidad griega en Australia, a la que le ha parecido insultante el error. La organización justificó el fallo asegurando que el diseño había sido aprobado por el COI y que se realizó según un modelo de una medalla olímpica de 1928.

Con estos precedentes, sólo cabe cruzar los dedos para que no pase nada y disfrutar otra vez más, como se pueda, del mayor espectáculo del mundo, con la confianza de que los próximos Juegos, que se celebrarán en Atenas en 2004, no se repitan episodios de este tipo.

El papel de España

España presta en los últimos años especial atención a las Olimpiadas y viene cosechando recientes triunfos. El éxito de Barcelona 92 desató un espíritu olímpico que se ha perpetuado hasta hoy. Hace unos días, por ejemplo, el alcalde de Madrid, José María Álvarez del Manzano, anunció que pretendía presentar la candidatura de la ciudad a los Juegos de 2008, tal como hizo hace tiempo la ciudad de Sevilla. Una decisión que ha sembrado la polémica y el enfrentamiento entre ambos consistorios.

La semana pasada el presidente del Gobierno, José María Aznar, recibió en el palacio de la Moncloa a una gran parte de la representación española en Sydney 2000, como gesto de apoyo del Ejecutivo a nuestros atletas.

Sin embargo, no todo ha sido camino de rosas en estos momentos previos. La selección de los atletas españoles que competirán en Australia no ha quedado exenta de controversia: los jinetes Iván Buezo y Coby Bolger han acusado a la Federación Hípica Española de saltarse “a la torera” los criterios de preselección y de haber hecho el equipo “a dedo”, y el jugador de waterpolo Iván Pérez y la saltadora Niurka Montalvo, ambos procedentes de Cuba, han sido vetados por el Gobierno de Fidel Castro y no podrán ir a la cita olímpica. Un caso similar al que se ha dado en Francia con tres atletas marroquíes recién nacionalizados franceses. Estas situaciones, junto a las lesiones sufridas por otros de nuestros atletas, como Fermín Cacho, han mermado sustancialmente las posibilidades de conseguir tantas medallas en Sydney como las cinco de oro, seis de plata y seis de bronce conseguidas en Atlanta 96, aunque nuestra amplia representación (más de 100 deportistas, con participación en todas las categorías), aumentará las posibilidades de éxito.

Una cuestión política

En la era moderna, la política se ha entremezclado más de una vez en las Olimpiadas, empañando ese espíritu olímpico por el que los griegos suspendían las guerras durante el transcurso de las competiciones. Las dos guerras mundiales de este siglo han propiciado tres suspensiones de los Juegos, en 1916, 1940 y 1944. El fin de estos conflictos mundiales tampoco ha acabado con otros enfrentamientos. Por poner dos ejemplos recientes, en los Juegos Olímpicos de Moscú (1980) no participaron un total de 55 equipos nacionales (entre ellos EE UU, la República Federal de Alemania, Japón, Canadá y China) como protesta por la presencia militar soviética en Afganistán. En los celebrados cuatro años después en Los Ángeles fueron 17 países socialistas (entre ellos la URSS) los que no acudieron, alegando falta de seguridad para sus atletas y el incumplimiento de la Carta Olímpica por parte de EE UU.

Los Juegos ya han servido también en numerosas ocasiones como plataforma de diferentes reivindicaciones sociales y políticas, incluso entre los propios atletas. Un ejemplo muy sonado fue el de dos corredores negros norteamericanos, Tommie Smith (con un récord en 200 m que permaneció 11 años imbatido) y John Carlos. En los Juegos Olímpicos de México 1968, después de ganar el oro y la plata respectivamente, ambos alzaron sus puños cubiertos con sendos guantes negros durante la ceremonia de entrega de medallas, como señal de protesta contra el racismo y a favor del movimiento Black Power, algo que les costó la expulsión del equipo de EE UU.

De Zeus a Nike: la historia

Los Juegos Olímpicos de la Antigüedad fueron fundados en el año 884 antes de Cristo, por Ífitos, rey de la ciudad de Élida (Grecia). El rey obtuvo de todos los Estados griegos el que su comarca fuera considerada como neutral en caso de guerra y que se celebrasen allí los Juegos Olímpicos. Entonces, las Olimpiadas formaban parte de festividades rituales dedicadas a los dioses griegos, aunque más tarde se ubicaron en el santuario dedicado a Olimpia en el Peloponeso y se decidió realizarlos cada cuatro años. Los primeros Juegos de los que se tiene constancia firme fueron inaugurados en el año 776 antes de Cristo con un programa que tan sólo contaba con una competición de atletismo en una pista de 200 metros. Con el paso del tiempo se irían sumando disciplinas de competición, entre las que destacaron las carreras de distancia, la lucha y la más completa de todas, el pentatlón, que combinaba salto de longitud, lanzamientos de jabalina y disco, carrera y lucha). El espíritu que movía las Olimpiadas de entonces no era ni mucho menos económico. Los vencedores ganaban el honor de ser considerados héroes y una especie de semidioses.

Las Olimpiadas eran sobre todo una fiesta religiosa dedicada al dios Zeus, al que se traían numerosas ofrendas de toda Grecia y cuyas estatuas decoraban Olimpia. Los atletas se encomendaban a los dioses para que les dieran fuerza en la competición. Tan importantes llegaron a ser los Juegos que se consiguió que hubiera una especie de tregua sagrada entre los pueblos griegos para celebrarlos, y a partir del 776 antes de Cristo el tiempo se contó en Olimpiadas (por ejemplo: año tercero de la segunda Olimpiada…). La era olímpica duró más de 1.200 años, hasta que en el 394 el emperador Teodosio los suprimió.

En 1892 el barón Pierre de Coubertin, secretario general de las Sociedades Francesas de Deportes, tuvo la brillante idea de restablecer los Juegos Olímpicos, que llegó a cristalizar al año siguiente gracias a la celebración de un congreso internacional y al patrocinio del banquero de Alejandría Averoff, que permitió construir el estadio de Atenas. En 1894 se constituyó en París el Comité Olímpico Internacional (COI), en el que estaban representados 43 países, y en 1896 se celebraron los primeros juegos de la era moderna en Atenas. Desde entonces, antes de la celebración de cada Olimpiada, se lleva una antorcha a su sede desde la ciudad de Olimpia, como gesto simbólico de continuidad con la tradición griega.

En poco más de un siglo, los juegos modernos han cambiado mucho. El llamado espíritu olímpico sigue vigente en el afán de superación de los atletas. Sin embargo, la llegada de la televisión, de las marcas comerciales y de los patrocinios ha hecho que los atletas y países competidores se jueguen mucho más que honores y mérito deportivo. Los países invierten tiempo y dinero en entrenar a sus representantes y los anfitriones aún más en la organización de las Olimpiadas. Quince días en los que el mundo entero está pendiente del acontecimiento, que son aprovechados para ubicar, en este caso a Australia, en el centro de las miradas de todo el mundo. El dinero invertido en unos Juegos tiene que ser aprovechado, y el recurso más fácil es el de la publicidad y el patrocinio. Sin duda, los nuevos dioses olímpicos a venerar son las marcas deportivas como Nike o Reebok y los imperios como Coca-Cola o McDonald’s.           

 

El escándalo de la retransmisión

El avance de tecnologías como la televisión por satélite e Internet van a hacer que los Juegos de Sydney 2000 vayan a ser los más vistos de la historia. En la red de redes se prevé que será el mayor acontecimiento jamás seguido (tan sólo en la página web oficial de los Juegos se esperan 6.500 millones de visitas). La razón de tal auge en Internet estriba en la gran diferencia horaria de Europa y Estados Unidos con Australia (11 horas por delante de Londres y 15 de Nueva York). Esta diferencia hará que los aficionados en busca de noticias y resultados al momento se conecten a Internet en vez de esperar a los boletines informativos que las cadenas de televisión tendrán que emitir horas después, en las franjas de mayor audiencia. El seguimiento inmediato mediante la nueva tecnología ya se dejó notar en los Juegos Olímpicos de Atlanta, en 1996, en cuya página oficial se registraron 634 millones de visitas. A estas cifras hay que sumar el aumento del uso de Internet en Asia, especialmente en India, China y Japón, que ha causado un aumento del número global de usuarios, desde los 40 millones existentes hace cuatro años, a los 275 millones de la actualidad.

El Comité Olímpico Internacional (COI) no ha permanecido insensible a estas previsiones y ha decidido adelantarse a los acontecimientos con el fin de no perder su tajada económica, prohibiendo cualquier retransmisión de los Juegos por Internet a todos aquellos que no hayan pagado los derechos correspondientes. De esta manera, los sitios sin derechos sólo podrán transmitir noticias en forma de texto. El celo del COI llega hasta el extremo de prohibir “cualquier uso de imágenes en movimiento o audio como una emboscada de los derechos de estos transmisores”. Esto incluye, no sólo la utilización de webcams y vídeos, sino también chats con deportistas, fotos secuenciadas o retransmisión sonora. La tajante decisión se explica al comprobar el dinero que el retransmisor oficial de los Juegos, la cadena norteamericana NBC ha pagado por emitir en directo las pruebas deportivas de Sydney unos 125.000 millones de pesetas.

Lejos de colaborar, la organización de los Juegos tampoco se ha quedado corta, negándose a proporcionar acreditaciones de prensa a los medios que no tuviesen derechos de retransmisión de las competiciones, algo por lo que la Unión Europea (UE) se planteó seriamente denunciar como “una restricción sin precedentes” ante la Organización Mundial del Comercio (OMC). De acuerdo con estas normas, sólo podrían acceder al parque olímpico las cadenas australianas y la citada NBC. La medida afectaría, por ejemplo, a dos de las agencias de noticias más importantes del mundo, Reuters y Associated Press, así como a la española Efe.

Otra medida que también ha despertado polémica es la intención del COI de prohibir además el “registrar un dominio (dirección de Internet) que incluya la palabra Olimpiada u olímpico”, aunque esa decisión corresponde en última instancia a una institución internacional independiente, por lo que el Comité Olímpico no tendría potestad para imponerla.

   

  

Las sedes olímpicas  (1896-2000)

1896     Atenas (Grecia)
1900     París (Francia)
1904     Sant Louis (EE UU)      
1908     Londres (Inglaterra) 
1912     Estocolmo (Suecia)      
1916     Asignados a Berlín, no llegaron a celebrarse  
            por la I Guerra Mundial.
1920     Amberes (Bélgica)        
1924     París (Francia)             
1928     Ámsterdam (Países Bajos)       
1932     Los Ángeles (EE UU)   
1936     Berlín (Alemania)          
1940     Asignados a Tokio y luego a Helsinki, no se             celebraron por la II Guerra Mundial.

1944     No se celebraron por el mismo motivo.    
1948     Londres (Inglaterra)       
1952     Helsinki (Finlandia)        
1956     Melbourne (Australia)    
1960     Roma (Italia)       
1964     Tokio (Japón)             
1968     México (México)                      
1972     Múnich (Alemania)       
1976     Montreal (Canadá)        
1980     Moscú (Rusia)             
1984     Los Ángeles (EE UU)   
1988     Seúl (Corea)                
1992     Barcelona (España)      
1996     Atlanta (EE UU)                       
2000     Sydney (Australia)        

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