Nº 421
3/7/2000

 

Dirigentes clave para un congreso crucial (VIII)

Alfonso Guerra:el malo de la película


Esther JAÉN 

Acaba de cumplir 60 años y lleva a sus espaldas la friolera de 42 de militancia socialista. Y nunca fue un militante cualquiera. Alfonso Guerra, que desembarcó en el PSOE con sólo 18 años, hijo de una familia humilde y numerosa, se encontró con un partido falto de vitalidad, con una dirección que vivía fuera de España y con pocas posibilidades, aparentemente, de abanderar la lucha antifranquista y mucho menos de acabar gobernando España durante 14 años.

Socialista convencido desde siempre, tuvo que soportar que muchos de los que hoy siguen siendo sus compañeros de partido le tacharan de reformista, de “paniaguado" e incluso de excesivamente "derechizado" para sus radicales gustos izquierdistas. Guerra tuvo siempre claro los parámetros en los que debía moverse ideológicamente. Y no sufrió graves alteraciones con el paso del tiempo.

Fue en los años sesenta cuando conoció a Felipe González, primero militante de las juventudes Socialistas y posteriormente del partido. En él depositó toda su confianza y sus esperanzas de llegar a gobernar algún día España.

De apariencia fría y de talante exigente, Alfonso Guerra peleó en el congreso de Suresnes por colocar a Felipe González al frente del PSOE. Fue uno de los hacedores del Pacto del Betis y, desde ese congreso de Suresnes, celebrado en 1974, se convirtió en el secretario de Información y Prensa de la Comisión Ejecutiva Federal del PSOE.

Desde ese momento, González y Guerra formaron un tándem perfecto: Alfonso se dedicaba a la organización, a "preparar los platos en la cocina", como él mismo definió años más tarde, mientras Felipe González, con su don de gentes y gran capacidad comunicativa, los servía al público.

En los sobresaltos, como el del congreso en el que se dejaron el marxismo por el camino, Alfonso Guerra se encargó de enderezar el más que torcido panorama, reformando a su conveniencia y a la del secretario general, Felipe González, los Estatutos del PSOE para evitar un nuevo susto.

Fue Alfonso Guerra quien llevó con mano dura la organización del partido y su coordinación con el Gobierno cuando, en 1982, el PSOE se hacía con el Ejecutivo tras una victoria aplastante en las urnas.

Fiel a su gente e implacable con quienes consideraba un peligro para la unidad y la buena marcha del partido, Guerra fue construyendo la estructura territorial del PSOE, Colocó a sus hombres en presidencias autonómicas, en secretarías regionales y, con la misma facilidad, les descabalgó de sus cargos llegado el momento en el que creyeron que estaban por encima del partido, que tenían la fuerza de sus propios votos y que podían tener voz propia distinta a la del PSOE en tanto que presidentes autonómicos. Por el camino se quedaron los presidentes andaluces Rafael Escuredo o José Rodríguez de la Borbolla, quienes, un buen, día, amanecieron aquejados de ese mal a juicio del todopoderoso vicesecretario general del PSOE y vicepresidente del Gobierno.

A todos los efectos, fue siempre Guerra el que puso quitó peones en el tablero de juego del PSOE, pero más allá de las apariencias, el vicesecretario general socialista nunca eliminó a nadie sin la aprobación de González. A menudo, era Felipe quien dictaba la sentencia y Alfonso el encargado de ejecutarla, cuentan sus allegados. Los papeles estaban muy bien repartidos: el bueno y el malo.

En su etapa como vicepresidente del Gobierno, Guerra siempre quiso ser el defensor de la esencia de la política de izquierdas frente a hombres como Miguel Boyer o Carlos Solchaga, a quienes consideraba neoliberales peligrosos. El  problema era que González se había dejado seducir por ellos.

Poco a poco, la relación entre los números uno y dos del PSOE se fue deteriorando. Si bien nunca fueron amigos de los que salen juntos a cenar o a tomar copas y se confían sus secretos y sus problemas, funcionaron muy bien como tándem político hasta 1990, cuando su divorcio se hizo patente y arrastró consigo a todo el PSOE: renovadores frente a guerristas, Y abanderando cada una de esas facciones, Felipe y Alfonso respectivamente.

En 1991 Guerra salió del Gobierno después de que González hubiese salido en su defensa a raíz del escándalo protagonizado por hermano, Juan Guerra. Aquella había sido la última defensa cerrada que haría de su lugarteniente.

El vicesecretario genera¡ del PSOE se refugió en el partido e intentó seguir llevando las riendas. Lo consiguió parcialmente. Felipe González había iniciado también su conquista particular. Guerra y González protagonizaron no pocos desencuen­tros durante los seis años que aún convivieron en los puestos uno y dos del PSOE.  Finalmente, el anuncio de Felipe González de que no se presentaba a la reelección a su cargo de secretario general acabó llevándose de la mano a todos los guerristas y a cualquier vestigio de Suresnes.

Hoy Alfonso Guerra y los suyos reivindican ese congreso de Suresnes, así como también reivindican un pasado transformador y beneficioso para España durante los mandatos del PSOE en el Gobierno de España,, frente a quienes se empecinan en pasar página o en que los socialistas sigan pidiendo  perdón por los casos de corrupción que afloraron durante su mandato.

Por primera vez se han organizado para presentar una alternativa oficial y no oficiosa como basta la fecha. Su candidata es Matilde Fernández, su objetivo, recuperar las esencias perdidas en manos de la renovación y volver a colocar al PSOE en una etapa similar a la de 1982.

Asalto al poder: Suresnes

Pocos de quienes han conocido a Alfonso Guerra como el todopoderoso vicesecretario general del PSOE se lo imaginan como el joven sevillano que, allá por las postrimerías de los sesenta, se sentía defraudado, impotente y "ninguneado” como secretario general de la federación andaluza que era. La dirección del PSOE, poco operativa, esclerotizada y en el exilio, se negaba a reconocer la legitimidad de los socialistas sevillanos y se empecinaba en asegurar que el representante de la dirección socialista en el exilio era un abogado sevillano llamado Antonio Calderón. Era el hombre de Rodolfo Llopis, "el señor Llopis”, como se había empeñado en llamarle Alfonso Guerra en su intervención en una reunión de las Juventudes Socialistas celebrada en 1966 a la que, para variar, no había sido convocado.

González, Guerra, Guillermo Galeote y Luis Yáñez formaban el núcleo duro de ese socialismo sevillano que Rodolfo Llopis. y el resto de la dirección en el exilio se negaron a admitir. A ellos se fueron sumando el que sería años después presidente de la junta de Andalucía, Rafael Escuredo, y su mujer, Ana María Ruiz Tagle, Manuel Chaves, quien tuvo que superar no pocos recelos de sus compañeros por tratarse del hijo de un militar franquista, o el abogado sevillano y más tarde alcalde de la capital hispalense Manuel del Valle, entre otros.

A raíz de la huelga de los trabajadores de la empresa Unimasa, los sevillanos entraron en contacto con la facción vasca del PSOE. Ésta sí reconocida y respetada por la dirección en el exilio. Enrique Múgica y Nicolás Redondo les facilitaron fondos para defender a los huelguistas y, desde ese momento, les facilitaron también información sobre numerosas reuniones y actos que el PSOE convocaba y a las que, por norma, no eran invitados los andaluces.

La amistad entre andaluces y vascos fue fructificando hasta llegar a pergeñar el golpe de mano que dieron en el partido en el congreso de Suresnes. Tanto Guerra como González fueron activos participantes en reuniones y conspiraciones preparando el asalto al poder. De sus encuentros con los vascos surgió el llamado Pacto del Betis que situaría a Felipe González al frente del PSOE y a Guerra en la Secretaría de Información y Prensa.

Antes de llegar al congreso de Suresnes se celebró, sin embargo, el de Toulouse, en 1970. Allí fue donde se despejaron las dudas: el tándem González‑Guerra lo iba a liderar González. Todos cuantos escucharon su intervención, aquel bautismo de fuego que tanto impresionó a numerosos dirigentes de enorme peso político, supieron que el joven abogado sevillano sería el número uno, la cabeza de cartel llegado el momento, y Guerra sería el perfecto número dos.

En 1974 González y Guerra tomaron las riendas de un partido cuya dirección llevaba demasiados años ajena a la realidad española, desconectada de los movimientos y las transformaciones políticas que se estaban fraguando poco antes de la muerte del dictador Francisco Franco.

A partir de ese momento trabajaron codo con codo, sin fisuras, como una maquinaria perfecta, para llegar, tan sólo ocho años después, al Gobierno de la nación. Siempre, eso sí, respetando el orden: González el número uno y Guerra el dos.

El cocinero

El propio Alfonso Guerra utilizó en una ocasión un ejemplo muy gráfico de su relación política con Felipe González: “Yo cocino los platos y él se encarga de presentarlos”. Algo así era el trabajo a diario de ambos dirigentes socialistas.

Fue Alfonso Guerra quien, tras quedarse en minoría los planteamientos de González, que eran también los suyos, en el 28 Congreso Federal del PSOE, en 1979, se encargó de enmendar la situación. Mientras la mayoría de los pesos pesados del partido se apuntaban a la comisión redactora de la ponencia política, ya que la cuestión era decidir si el marxismo seguía siendo o no su catecismo, Guerra le confío a los suyos: "Que se vayan, que se vayan a la ponencia política, que yo me       voy a la de estatutos             Con su aportación, Guerra dio un vuelco a las normas socialistas y se ase­guró de que, en el futuro, nadie pudiese dar un asalto al poder tan impunemente. Meses después, en septiembre de 1979, González volvía a hacer­ se con las riendas del PSOE, él se convertía en el vicesecretario general, el PSOE abjuraba del  mar­xismo y se iniciaba en el partido la época de las mayorías a la búlgara.

Alfonso Guerra siempre se ocupó de mantener la disciplina férrea en el partido, un PSOE en el que no se movía una brizna sin que se enterase el número dos. No así el número uno, quien, poco a poco, fue dejando en manos de Alfonso Guerra todas las cuestiones relativas a la vida diaria de la familia socialista.

Fue Alfonso Guerra el diseñador de la campaña socialista para pedir el "sí" a la OTAN, cuando Felipe González se embarcó en lo que él mismo reconoce como uno de sus mayores errores en política: la convocatoria del referéndum de la OTAN. Fue, además del propio González, Alfonso Guerra quien echó el resto y consiguió el apoyo de la mayoría de los votantes que, previamente, habían apoyado a un PSOE anti‑OTAN, que había prometido la salida de ese organismo bélico. Fue Guerra y su entorno quienes diseñaron la frase que sembraría el miedo en el electorado y que les llevaría a votar, en muchos casos, algo en lo que no creían. Había aprendido de Adolfo Suárez, con su célebre "o yo o el caos", que le dio la victoria in extremis en 1979, a sembrar incertidumbre en el electorado. Por ello, su frase ante el referéndum de la OTAN fue: "¿Quién gestionará la derrota?".

Desde 1982, Guerra se había seguido ocupando del partido, de su coordinación con el Gobierno, desde su vicepresidencia en el Ejecutivo. Intentó que las propuestas surgiesen del PSOE y que el Gobierno las vehiculase y las convirtiera en leyes. Eso le supuso más de un problema con aquellos ministros no guerristas, por ejemplo, con Carlos Solchaga, quien, en 1991, se dedicó a boicotear la propuesta estrella del PSOE para las elecciones municipales y autonómicas: el plan de viviendas. Por aquel entonces Guerra acababa de salir del Gobierno, pero no fue la única polémica que le enfrentó al ministro de Tafalla.

Contra las baronías

Alfonso Guerra se encargó de extender su poder a todos los rincones de España. Él en persona supervisó y, en gran parte de los casos, colocó a sus hombres en la plataforma de lanzamiento para presidir las recién creadas comunidades autónomas. Así envió a su fiel amigo Bono a Castilla-la Mancha, o a Rodríguez ¡barra a Extemadura. Él fue el principal responsable de la creación de las baronías que, a la postre y tras la marcha de Felipe González, se han hecho con el control del partido, al menos esos que han logrado sobrevivir a las iras de un electorado que a mediados de los noventa empezó a retirar su confianza al PSOE.

Sin embargo, del mismo modo que él los creó, él fue también el primero en darse cuenta del peligro que suponía el poder que iban acumulando paso a paso. Intentó por todos los medios acabar con aquellos barones que un buen día se sintieron con la suficiente autoridad como para soltar alguna que otra amarra con el aparato del partido.

Él acabó con Rafael Escuredo en la presidencia de la Junta de Andalucía, así como también con su sucesor, José Rodríguez de la Borbolla. Colocó algunos hombres que mantuvieran entretenido en las trifulcas internas de partido al presidente valenciano, Joan Lerma, e hizo lo propio con el entonces presidente madrileño y aparentemente ultrarrenovador, Joaquín Leguina. Intentó atajar por todos los medios el ascenso de las baronías que, a su juicio, ponían en riesgo la unidad del partido y la disciplina interna.

Sin embargo, con su estrategia se cruzó la del propio Felipe González que, decidido ya en los noventa a independizarse definitivamente de Alfonso Guerra, inició una conquista de los territorios a través de sus barones.

Si hasta la fecha el que se reunía, despachaba y trazaba toda estrategia con los poderes territoriales era Alfonso Guerra, Felipe González empezó a convocar reuniones de dirigentes territoriales en el palacio de la Moncloa, en Las Navas del Marqués o donde fuera menester, para hacerles saber que Guerra y él no eran la misma persona ni tenían una misma voluntad.

Curiosamente, el creador de las baronías acabó cayendo ante el poder ejercido por las mismas. El ejemplo más crudo fue el de su hasta entonces fiel amigo Bono, quien días después de que Guerra abandonase la vicepresidencia del Gobierno, cambió radicalmente su discurso sobre el vicesecretario general, el guerrismo y sobre el caso Juan Guerra. Si antes Bono había defendido al número dos socialista, pasó a proclamar que, si Guerra era culpable, se alegraría de que lo condenasen y que, si por el contrarío, era inocente, se alegraría igualmente de que le absolviesen. Por si fuera poco, sustituyó a Guerra en su libro de honor de padrinos por su sucesor, Narcís Serra, personaje odiado por el sector guerrista por haber osado ocupar tan sagrado puesto.

Tardó mucho más en hacerlo Manuel Chaves, ero acabó cambiando el paso cuando le obligaron a votar en la Ejecutiva socialista a favor de la propuesta de González de nombrar a Carlos Solchaga portavoz parlamentario, o de la de Guerra ara mantener a Eduardo Martín Toval en ese pues. Tras tener que tomar una decisión traumática, Chaves votó con Felipe González.

La inmensa mayoría de los barones, quienes crecieron a los pechos de Guerra, acabaron optando más pronto o más tarde por Felipe González, a excepción de Rodríguez Ibarra. Acabaron dejando a Guerra al frente de una minoría que nunca se constituyó como corriente ni como plataforma alternativa: el guerrismo. Sin embargo, su conocimiento profundo del partido, su poso ideológico, el saberse todos sus adeptos hombres de partido, les convertía a los ojos de la renovación en enemigos duros de pelar. Quizá por ello los esfuerzos por borrarlos del mapa en determinados territorios fueron desmedidos.

Caso Guerra: "Dos por el precio de uno"

Alfonso Guerra era un hombre o querido y respetado, o bien temido en el PSOE. No se le conocía talón de Aquiles pese a que él parecía conocer ampliamente los de cada uno de los dirigentes socialistas y, en especial, los de los líderes de los partidos rivales. Esto fue así hasta que estalló el escándalo Juan Guerra, que se refería a la utilización que su hermano menor hizo del despacho del vicepresidente en la Delegación del Gobierno de Sevilla. Fue la conservadora revista Época, a finales de 1989, la primera en airear un dossier que había puesto en sus manos la ex mujer del propio Juan Guerra. En él se hablaba de negocios millonarios y tráfico de influencias organizados por el hermano menor del vicepresidente, Juan. Rápidamente, el también conservador diario Abc se lanzó tras la pista a buscar algo con que descabalgar al número dos socialista y vicepresidente del Gobierno.

Para desesperación de Guerra, no fueron pocos sus compañeros de partido que creyeron ver en ese incidente una forma de acabar con el todopoderoso Guerra. Él es consciente de que más de uno de los que antaño fueran directos colaboradores suyos contribuyeron a avivar la llama del escándalo, ofreciendo informaciones a Abc, haciendo confidencias sin dar la cara solicitando la destitución de Guerra en el Gobierno o bien haciendo críticas públicas del asunto y de la falta de respuesta del vicepresidente ante tamaño escándalo.

Así se sucedieron los acontecimientos hasta el 1 de febrero de 1990. Fue el día escogido por el vicepresidente del Gobierno para comparecer ante el pleno del Congreso de los Diputados a fin de explicar su vinculación o no con el caso que afectaba a ¡as actividades de su hermano.

Guerra negó no sólo su implicación sino también conocer las actividades de su hermano Juan y la posibilidad de que todo aquel alboroto pudiese tener relevancia alguna. En aquel momento, Felipe González salió en defensa de un Alfonso Guerra que no había convencido a nadie con sus explicaciones y con su postura a la defensiva.

"Dos por el precio de uno" es la frase que acuñó González cuando salió en defensa de la honorabilidad de Guerra. Si querían dimisiones, dijo en el los pasillos de la Cámara baja, tendrían la suya junto a la de Guerra.

Aquella fue la última vez que González salió en defensa de Guerra. El divorcio entre ambos se hizo desde entonces cada vez más patente. A nadie se le ocultaba ya que González no se sentía cómodo con un vicepresidente que no sólo tenía una visión distinta del partido sino que se atrevía, además, a cuestionar no pocas medidas económicas de su Gobierno por considerarlas escasamente de izquierdas.

González se divorcia

Pese a que González no aceptó la dimisión de Guerra cuando éste la puso sobre la mesa tras el estallido del caso Juan Guerra, la brecha entre ambos se fue agrandando por momentos hasta que Guerra salió del Gobierno.

El sábado, 12 de enero de 1991, en uno de los feudos guerristas, Extremadura, Alfonso Guerra anunciaba su dimisión como vicepresidente del Gobierno. Acompañado por el presidente de la junta de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, y el entonces también guerrista José Bono, Guerra anunciaba ante los asistentes al congreso regional del PSOE su disposición "a abandonar las tareas de gobierno". En un primer momento, los presentes no parecieron percatarse de la magnitud de sus palabras ante la desesperación de Rodríguez Ibarra, que no cesaba de repetir entre dientes "que se va, coño, que se va”. Poco después, los presentes entendieron al número dos del partido. De nada sirvieron los gritos y lamentos del público. Aquella decisión estaba más que hablada. Incluso había sido promovida por un Felipe González que, si en un primer momento no quiso su dimisión, poco después recapacitaba y recordaba a su lugarteniente su disponibilidad de antaño.

Guerra al partido y González en el Gobierno. La batalla entre renovadores y guerristas no había hecho más que comenzar. Fue larga y cruenta. Se sucedió a lo largo de los años con innumerables episodios que acreditaban cuán lejos estaban el uno del otro.

El mitin de la plaza de toros de Las Ventas, con ese frío saludo entre ambos dirigentes, fue una prueba de ello. La militancia, no obstante, se negaba a "escoger entre papá y mamá". Se sucedían las jornadas de "existencialismo socialista" a fin de ver si, por casualidad, había un punto de encuentro entre ambos. Pero no servia de nada.

En unas jornadas celebradas en Granada, Felipe González le pedía al Partido Socialista que se ¡imitase a ganar elecciones, que para gobernar ya estaba el Gobierno. Toda una carga de profundidad para Guerra, quien seguía pensando que el PSOE estaba obligado a marcar unas políticas de izquierdas que el Gobierno debía llevar a la práctica. Al día siguiente, en el mismo foro, Alfonso Guerra decía todo lo contrario.

Renovación contra guerrismo fue la tónica general de los años noventa en el seno del PSOE hasta 1997. Fue en ese año, tras perder las elecciones frente al PP, cuando Felipe González anunciaba su intención de no presentarse a la reelección como secretario general. Si la pelea hasta el momento había sido si Guerra seguía o no, si el guerrismo, mermado de fuerzas, tendría cabida en la futura dirección socialista, la marcha de González dejó claro que con él se tenía que ir Alfonso Guerra.

Antes de irse, sin embargo, González designó a su sucesor: Joaquín Almunia, quien se encargó de no acoger a un solo guerrista en su Ejecutiva.

El Proyecto Socialista

Desde que Alfonso Guerra saliera del Gobierno fueron muchas las noches que los guerristas pasaron en vela en la víspera de la celebración de un Comité Federal del PSOE elaborando un documento alternativo al de la dirección. Pero en todos los casos, esos documentos acababan en la papelera por no causar daño al partido y dar argumentos a la prensa, que hablaría de divisiones y enfrentamientos. Con ese arraigado sentido del partido, los guerristas siempre se han mantenido, salvo alguna salida de tono, al margen de manifiestos, protestas o corrientes alternativas. Se limitaban a hacer declaraciones cuando consideraban que la afrenta que se le estaba haciendo a los hombres de bien del PSOE era demasiado grande.

Ese silencio se fue rompiendo poco a poco. En los últimos tiempos, un Juan Carlos Rodríguez Ibarra, fuera de la Ejecutiva pero miembro del Comité Federal, ha realizado no pocas intervenciones duras, durísimas, contra la dirección y contra el propio Almunia. Rodríguez Ibarra encarna en su persona al último reducto guerrista que sigue ganando elecciones por mayoría absoluta y al que la renovación no ha podido eliminar.

Ha sido Rodríguez Ibarra uno de los promotores del movimiento El Proyecto Socialista, que presenta a Matilde Fernández como aspirante a la secretaria general del PSOE y que tiene tras de sí a Alfonso Guerra, a su proyecto y a todas las personas que, a pesar de la persecución sufrida en los últimos años, no han dejado de creer en él.                       

 

"A usted todo el mundo le tiene ganas"

Alfonso Guerra, hombre sensible, fiel a sus amigos y a sus fieles, despierta dos tipos de sentimientos encontrados en el colectivo socialista., o le adoran o le odian, pero, sea lo que sea, siempre es algo muy intenso.

Ya se lo advirtió Miquel Roca, el entonces portavoz de CiU en el Congreso de los Diputados en 1990, cuando se vio obligado a comparecer para dar explicaciones por el turbio asunto que afectaba a su hermano: "A usted, señor Guerra, todo el mundo le tiene ganas".

Durante años Alfonso Guerra fue un hombre temido. Él no pasaba el mínimo detalle por alto. Todo el mundo comentaba que el archivo de Guerra estaba repleto de dossieres que, de darse a conocer, harían palidecer a más de un político, periodista o empresario.

Los canales de información de Guerra eran, se decía, privilegiados.

Quizá por ello o por la fama que se le atribuyó de hombre adusto, cortante y desagradable, quienes no le tenían entre sus amigos sentían una especial inquina contra él.

Sus relaciones con la prensa, por ejemplo, nunca fueron buenas. Pero aunque él jamás se dedicase a cultivarlas, siempre estuvo sometido a un enconamiento muy especial contra su persona.

No sólo se convirtió en uno de los principales enemigos de los grandes grupos de comunicación (del Grupo Prisa, por ejemplo, tras negarse que se le diera la concesión de un canal de TV privada a Canal+) sino, en muchas ocasiones y d forma incomprensible, entre los periodistas de a pie.

En una ocasión, acorralado y arrinconado por un alud de cámaras y micrófonos en los pasillos del Congreso de los Diputados y temiendo que ese tumulto, como en una ocasión anterior, acabara con sus gafas en el suelo, Guerra dijo con mucha sorna: “No empujen, calma, sepárense un poco que a veces el desodorante no dura todo el día... para todos, ¿eh?, para todos, también para mí'.

Eso, dicho con mucha sorna, fue corriendo de boca en boca hasta las últimas a filas del improvisado coro de periodistas que le acosaban. El resultado fue un titular de un periódico al día e siguiente que decía: "Guerra insinúa que e los periodistas huelen mal". ¿Casualidad? ¿Mala fe? Eso probablemente no se sabrá nunca, pero si el periodista tuvo que deducir la intención de sus palabras atendiendo a su fama, seguro, segurísimo que optó por la versión más perversa.

 

Fechas clave:

1958 Se acerca al PSOE.

1960 Ingresa en la Juventudes Socialistas.

1962 Ingresa en el PSOE.

1966 Mantiene un enfrentamiento verbal en una reunión de las Juventudes Socialistas a la que no habií sido convocado con el dirigente del PSOE en el exilio Rodolfo Llopis.

1970 Deja de ser secretario de la federación andaluza del PSOE.

1974 Elegido secretario de Información y Prensa en el congreso de Suresnes.

1976 Es elegido secretario de organización del PSOE en el 28 Congreso Federal.

1977 Elegido diputado por Sevilla.

1979 Asiste al congreso que acaba con una gestora al no presentarse Felipe González ni su ejecutiva a la reelección porque los delegados se oponen a su voluntad de abandonar el marxismo. Guerra prepara los estatutos para que en el futuro la dirección tenga mayores "garantías" frente a los delegados.

19 79 En el congreso extraordinario conocido como 28 y medio es elegido vicesecretario general del PSOE.

1979 Revalida su escaño por la circunscripción de Sevilla.

1982 Con el triunfo por mayoría absoluta del PSOE es nombrado vicepresidente del Gobierno.

 1990 Estalla el caso Juan Guerra y Alfonso Guerra comparece ante el Congreso de los Diputados para negar cualquier vinculación con los delitos que se le imputan a su hermano.

1991 Dimite de su cargo como vicepresidente del Gobierno. La ruptura del tándem González‑Guerra está servida.

1992 Ante la intención de Felipe González de abandonar la Presidencia del Gobierno tras los fastos de ese año, promueve internamente y con discreción a Chaves como sucesor de González.

 1993 Dirige su última campaña electoral. El PSOE gana las elecciones por última vez.

1994 Mantiene su vicesecretaría general en el 33 Congreso Federal del PSOE pese a los malos augurios con que se inicia el congreso. Los guerristas se mantienen, aunque en minoría, en la cúpula socialista.

1996 Elegido diputado por Sevilla.

1997 Abandona la vicesecretaría general de¡ PSOE junto a Felipe González, que anuncia, en ese 34 Congreso Federal, que no se presenta a la reelección como secretario general.

2000 Obtiene nuevamente el escaño por Sevilla aunque, en esta ocasión, no encabeza la lista él sino Felipe González, quien, al no optar a al Presidencia del Gobierno, abandona la lista de Madrid.

 

Muy personal

Pese a que su fama de hombre frío e implacable le precede, Alfonso Guerra es una persona extremadamente sensible. Sus dos pasiones en esta vida son dos hijos. Alfonso (al que jamás llamaron Pincho, como se empeñó en decir la prensa para desesperación del ex vicesecretario general del PSOE) y Alma. Con ellos y por ellos ha hecho laçs cosas más insospechadas, aunque quizá las más gratificantes.

Ir de safari a Kenia, apuntarse a cursos de idiomas en Oxford o jugar al rugby hasta la extenuación y hasta la lesión, porque su propia complexión física desaconseja ese rudo depore son algunas de las cosas que Alfonso ha hecho y volvería a hacer tantas veces como fuera necesario con y para sus hijos.

A menudo la prensa ha tildado de excentricidad su pasión por Mahler. Sabe apreciar la música, en especial la buena, aunque la riqueza de Gustav Mahler y su rebeldía musical no fuera entendida por la mayoría de quienes buceaban en sus gustos y hábitos cuando se dedicó a promocionar la figura del músico austriaco.

Poco dado a los grandes banquetes, Alfonso Guerra es amigo de comidas frugales. Lo único que no perdona son los dulces. No es nada inusual que en la cartera del ex número dos del PSOE viajen siempre algunas chocolatinas y dulces que devora con sumo placer a lo largo del día, pero, a sus 60 años, la canmtidad de chocolate ingerida no ha conseguido todavía acabar con su extrema delgadez.

Devorador impenitente de libros, es casi un hábito en él matar el tiempo en las aburridas sesiones parlamentarias leyendo libros. Sus detractores le acusaron en tiempos de ser un lector de "solapas" de libros, porque no le creían capaz de devorar tanta literatura en tan poco tiempo y conocer todas las novedades dignas de mención antes incluso de ser publicadas.

De entre las muchas novelas que ha leido a lo largo de su vida, una llamó suatención hasta el punto de convertirlo en un coleccionista de ejemplares de la misma: La Regenta. La crisis de Ana Ozores y el análisis psicológico de la sociedad que rodea al personaje de Clarín han subyugado de tal modo a Alfonso Guerra que anda rastreando librerías siempre que le es posible para hallar un nuevo ejemplar que añadir a su colección.

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