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Nº 420
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26/6/2000
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Dirigentes clave para un congreso crucial (VII) Pasqual Maragall: contra la ortodoxia socialista |
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Heterodoxo como pocos, Pasqual Maragall entró en contacto con el PSOE en 1978, cuando su partido, el PSC, se fusionaba con la federación catalana del PSOE. Hijo de una familia burguesa y nieto del poeta Joan Maragall, Pasqual estuvo siempre vinculado a la izquierda, en su más tierna adolescencia, revolucionaria y posteriormente se quedó con las opciones transformadoras más moderadas. El que fuera el alcalde olímpico de Barcelona se resistió a serio en primera instancia. No quería ser alcalde pero sí se prestaba a estar en el equipo de Narcís Serra. A él fue precisamente a quien sustituyó, cuando Serra fue llamado por González para desempeñar tareas de gobierno al frente del Ministerio de Defensa. Maragall, contestado por la ortodoxia del PSOE, es, sin embargo, un líder político muy querido y valorado en el socialismo catalán. Más por los votantes, en muchas ocasiones, que por el aparato del PSC. Los capitanes, como se denomina coloquialmente a esa especie de barones territoriales de socialismo catalán, nunca le vieron como un hombre de partido, uno de ellos, alguien de quien se podían fiar. Sin embargo, tras varias contiendas electorales perdidas a fuer de no presentar el candidato que la mayoría de la sociedad catalana les reclamaba, todos convinieron que Maragall era la persona que necesitaban. Antes de que los capitanes vieran la luz, Maragall había dado la espantá. Abandonó la alcaldía de Barcelona y la dejó en manos de su delfín, Joan Clos, quien, años después, consiguió no obstante superar con creces el listón de Maragall. Abandonó también el partido y se fue. Se tomó su tiempo sabático en Roma, alejado de la, catalana, pero sabiéndose más deseado que nunca. Y finalmente. Volvió cuando el partido más anhelaba su vuelta. Desde la torre de comunicaciones de Collserola, construida con el resto de la Barcelona olímpica, Pasqual Maragall anunció su intención de presentarse a las elecciones catalanas, de enfrentarse a Jordi Pujol y de dar, por vez primera, esperanzas de victoria al socialismo catalán. En aquel momento fueron muchos los miembros del aparato del partido que tendrían que aceptar tal como es a un hombre peculiar, heterodoxo y nada dispuesto a hacer una campaña en la que no creyera. Abanderado del socialismo catalanista frente a aquellos dirigentes del PSC que todavía destacan la importancia de los votos de los inmigrantes andaluces y extremeños que habitan en el cinturón industrial barcelonés, Maragall volvió de Roma con sus teorías sobre el federalismo asimétrico bajo el brazo, con sus concepciones de partido a la americana, con sus plataformas de apoyo y con su particular esquema de campaña, que no todos los dirigentes del PSC veían muy claro en aquel momento. Pero, “todo sea por la victoria”, debieron pensar. Pasqual Maragall acarició el Gobierno de la Generalitat; la coalición con la que concurrió a los comicios obtuvo más votos que los obtenidos por Jordi Pujol y CiU. Pero la Ley Electoral y la asignación de escaños le jugaron una mala pasada. Pujol volvía a obtener más diputados y revalidaba su puesto al frente del Gobierno de la Generalitat. Hoy, Pasqual Maragall, es la esperanza blanca del PSC. Sus correligionarios saben que salvo alguna catástrofe no prevista, Maragall se convertirá en el futuro presidente de la Generalitat, en sustitución de Pujo¡, tras las próximas elecciones autonómicas de 2003. Por todo ello los apparátchiki del PSC han decidido hacer un pacto de no agresión con él y evitar que aflore cualquier diferencia hasta ese momento. Incluso lo han sacralizado con el tándem que forman el secretario de Organización, José Montilla, y el propio Maragall. Un tándem que habrá de dirigir el partido en el futuro. Mientras tanto, también los dirigentes del partido hermano, el PSOE, son conscientes de que Maragall se ha convertido en todo un peso pesado de la política y de que su influencia en el socialismo español es mucha. Por ello, salvo algunas excepciones, como las protagonizadas por el presidente extremeño, Juan Carlos Rodríguez ¡barra, o el alcalde de La Coruña, Paco Vázquez, que han pedido la disolución del PSC para que pase a convertirse en una federación más del PSOE, quienes aspiran a liderar el PSOE en el futuro intentan lanzar puentes entre el PSC y el PSOE a través de Maragall. De revolucionario a socialistaComo tantos otros jóvenes que acabaron militando en las filas socialistas, el adolescente Pasqual Maragall pertenecía a una familia de la burguesía catalana de reconocido prestigio. Su educación había sido exquisita, acudió a la escuela Virtelia, donde coincidió con otro estudiante con el que volvería a coincidir a lo largo de su vida política en numerosas ocasiones: Miquel Roca. De ella, además del nieto del poeta Joan Maragall, salieron tantos y tantos representantes de la gauche divine catalana. Estudiante de económicas especializado en materias municipales e internacionales, la Universidad fue en buena medida su trampolín al activismo político. Pasqual Maragall, ferviente admirador de Castro, marxista convencido y con ínfulas revolucionarias, empezó por militar en el FOC (Frente Obrero de Cataluña), pese a que era hijo de una familia acomodada de los barrios altos de Barcelona, de Sant Gervasi. No fue el único de los ocho hermanos que optó por esa vía. Su hermana, Mónica Maragall, era detenida en 1967 cuando transportaba octavillas en un Seat 600. El encargado de llevar su defensa fue el abogado Miquel Roca, quien, en aquella época, compartía bufete con el joven Narcís Serra. Maragall estaba tan dispuesto a cambiar el mundo, a luchar contra el franquismo y a llevar a cabo tantas otras empresas que rápidamente se desfondó y, desilusionado por el estancamiento de la lucha antifranquista, decidió irse dos años a estudiar a Nueva York. Poco después de su vuelta, en 1974, Maragall se convirtió en uno de los fundadores de CSC (Convergencia Socialista de Cataluña), un partido mucho menos radicalizado que el FOC, aunque seguía defendiendo unos rigurosos planteamientos de izquierdas que llevaron a su dirección a denegarle el ingreso al abogado Miquel Roca por considerar que su trabajo como asesor de la banca le contaminaba y le situaba demasiado cercano al "capital corrompedor" para su gusto. Desde CSC, pasando por el PSC, fue testigo directo de la fusión del Partit deis Socialistes de Catalunya con la federación catalana del PSOE. Ahí empezó su andadura conjunta con el partido que lideraba entonces Felipe González, tras la consecución del Pacto del Betis, plasmado en el congreso de Suresnes de 1974. Juntos pero no revueltos. El PSC siempre mantuvo su condición de partido federado al PSOE, pero con sus propios estatutos y peculiaridades. Municipalista vocacionalPasqual Maragall siempre estuvo predestinado a jugar un importante papel en el municipalismo catalán y, en concreto, en la ciudad de Barcelona. Pese a su ardor revolucionario, Maragall estuvo trabajando en un puesto destacado del gabinete del alcalde franquista José Maria Porcioles. Concretamente desempeñaba sus labores en un puesto estratégico: el gabinete de Programación. Desde allí tuvo que afrontar, en alguna ocasión, algún interrogatorio policial por su militancia política. Pero su puesto y la defensa que hacían de él algunos de sus superiores le libraron de males mayores. Fue poco antes de las elecciones municipales de 1979 cuando a Pasqual Maragall se le presentó la primera ocasión de convertirse en el alcalde de Barcelona o, al menos, de disputar el puesto. La discusión estaba en si el candidato debía ser Pasqual Maragall o bien Narcis Serra. Y aunque Maragall tenia incluso más posibilidades y más apoyos que Serra para dar ese paso al frente, se negó rotundamente a aparecer como cabeza de lista en las municipales de Barcelona, Eso sí, con quienes le presionaron hasta el final para que asumiese el reto se comprometió a trabajar "en la sombra" para el futuro alcalde Serra. Así empezó la andadura del tándem Serra-Maragall. Narcís Serra se convirtió en el primer alcalde de Barcelona elegido democráticamente y gracias a un amplio pacto alcanzado por el PSC, el PSUC, CiU y ERC. Maragall se dedicó en una primera fase a gestionar la administración municipal desde un segundo plano, ocupándose específicamente de la Organización y la Reforma Administrativa, para pasar, más adelante, a gestionar la Hacienda municipal. Precisamente, en su andadura en la corporación local, Maragall tuvo unos inicios poco loados por el funcionariado del Ayuntamiento. Fue el joven Maragall quien impuso a los trabajadores municipales la obligatoriedad de fichar a la entrada y salida de su jornada laboral. A la tarjeta que se vieron obligados a llevar y utilizar le llamaron en venganza la pascualina. Maragall se sentía cómodo al frente de las cuentas del Ayuntamiento barcelonés cuando, en 1982, con la victoria socialista, Narcís Serra era reclamado para colocarse al frente del Ministerio de Defensa y poner orden en las Fuerzas Armadas españolas, parte de las cuales había apoyado tan sólo un año antes el intento de golpe de Estado frustrado de Tejero. Maragall fue el sucesor de Serra, de él heredó el sueño olímpico y las ganas de seguir siendo el alcalde de Barcelona. Finalmente, en 1983 se presentaba él mismo como cabeza de lista, candidato a alcalde frente al que fuera su mentor y su maestro, el candidato de CiU, Ramón Trias Fargas. Y logró vencerlo. El alcalde olímpicoPasqual Maragall adquirió gran parte del renombre y la popularidad que le han acompañado hasta ahora gracias a su gran labor en la Barcelona olímpica. No fueron pocas las conspiraciones palaciegas, las luchas de intereses y los boicots que tuvo que sortear desde que Barcelona fue nominada sede olímpica, el 17 de octubre de 1986, hasta la celebración de los juegos Olímpicos, en julio de 1992. Lo cierto es que la idea se la sopló el entonces embajador español en la URSS, Juan Antonio Samaranch al recién elegido alcalde de Barcelona, Narcís Serra, en 1979. Fue más que un soplo, un aviso: si él conseguía que le eligiesen presidente del COI al año siguiente y Barcelona presentaba su candidatura como sede de las Olimpiadas, conseguiría su propósito. Serra recogió el guante y, en cuanto fue elegido Samaranch, lanzó públicamente la idea de presentar a la ciudad de Barcelona. Dos años después le cedería el testigo a Pasqual Maragall. El alcalde Maragall decidió hacer las cosas “a su manera" y eludió las presiones de Samaranch por favorecer la presencia de empresarios de su círculo en los organismos organizadores, sorteó el boicot que los nacionalistas le hicieron durante esos largos años de trabajo (el veto a la construcción de metro hasta Montjuïc, en lo referente a infraestructuras o la tremenda pita que le organizaron al Rey en 1989 colectivos Independentistas con motivo de la inauguración del Estadio Olímpico, son tan sólo una muestra) e incluso las zancadillas de algún ministro del Gobierno de González, celoso de la relación directa de alcalde a presidente que había establecido Maragall. Empecinado en sacar adelante su empresa, Maragall no dudó en recurrir al Rey y al propio Felipe González, puenteando ostensiblemente a los ministros cuando fue menester desbloquear algún asunto pendiente. lo que en un principio Maragall aseguró a González que se iba a resolver con 5.000 millones de pesetas en obras de infraestructuras se fue a más de 200.000 millones y todo el mundo intentó sacar tajada de tan suculento negocio. Hasta la banda terrorista ETA intentó incrementar su popularidad convirtiendo a Barcelona en uno de sus objetivos durante los años previos a la celebración de los Juegos Olímpicos. El atentado de Hipercor, en el que murieron 21 personas, fue el ejemplo más macabro de los métodos empleados por el comando Barcelona. Pero mientras esquivaba conspiraciones y puñaladas, Maragall llevó a cabo su sueño: transformar la ciudad de Barcelona, que tantos años había vivido de espaldas al mar, en una ciudad moderna, abierta y espectacular. Obsesionado por la estética, encargó al arquitecto Oriol Bohigas la construcción de la Villa Olímpica. Barcelona se convirtió en una ciudad modelo y las Olimpiadas fueron ejemplares y exitosas. La imagen de Pasqual Maragall, enfundado en su gabardina oscura dando saltos de alegría el día de la nominación de Barcelona como sede olímpica dio la vuelta al mundo. Su entusiasmo, en aquel momento, era patente. Y no lo perdió durante la larga travesía de cinco ¡argos y durísimos años plagados de zancadillas y sinsabores. Todo ello se esfumó el día que se clausuraron los Juegos Olímpicos y los expertos los calificaron como los mejores de la época moderna. Por si fuera poco, la promoción de la ciudad de Barcelona fue también espectacular. Todo había salido a pedir de boca. El militante/dirigente MaragallComo buen heterodoxo del PSC, Pasqual Maragall fue tolerado, gracias a su tirón electoral, por los capitanes, el aparato del PSC que nunca vio con buenos ojos que un burgués catalanista que despreciaba la organización y a quienes se trabajaban el partido desde la base, yendo de asamblea en asamblea, tuviese tanto poder. En su última etapa, el enfrentamiento entre el alcalde Maragall y el primer secretario de la Federación de Barcelona del PSC era patente. Y contra Maragall y su fuerza de los votos descargaron el poder orgánico. Nunca gustaron las maneras ni las formas de Maragall a la ortodoxia del partido, sus intentos por transformar su federación en una especie de Partido Demócrata americano, que nada tenía que ver con el modelo clásico de partido que habían mamado y defendido durante toda su vida sus compañeros. Tampoco a la dirección federal M PSOE le gustaba demasiado ver cómo se desenvolvía Maragall. Las campañas electorales protagonizadas por Maragall, concretamente la de 1995, se asemejó más a la de un independiente cualquiera que a la de un alto representante del PSC. Esos detalles, sin ir más lejos, dejaron boquiabiertos a los periodistas que desembarcaron en tropel en Barcelona, desde Madrid, en 1995, para cubrir un mitin que celebraba el vicepresidente del Gobierno, Narcís Serra, junto a Maragall. En ausencia de González ese día en cartel, habían optado por cubrir informativamente su hueco en el mitin de Narcís Serra a orillas del mar. La sorpresa se produjo cuando vieron aquel escenario, que en nada respetaba las pautas del resto de escenarios que habían visto en toda España. Ni un puño, ni una rosa, nada de siglas y mucho menos utilizar la megafonía para reproducir la sintonía electoral del PSOE. A Maragall le gustaba una versión de una canción de Bruce Springsteen y esa fue la que utilizó contra viento y marea durante toda su campaña. Parecía que había un cierto empeño en ocultar esos elementos. Todo eso resultaba chocante para los periodistas que acababan de aterrizar allí. Sus formas, su estilo y su independencia de un aparato integrado por esos capitanes, hijos de inmigrante, de origen andaluz, extremeño o murciano en su mayoría, que estaban convencidos de que el estilo Maragall desatendía a la verdadera bolsa de votos del PSC (el cinturón industrial) era a menudo criticado por quienes esgrimían su dedicación y respeto al partido frente a la actitud displicente de Maragall. La espantáde Maragall Tras numerosas luchas entre el alcalde y el primer secretario de la Federación de Barcelona del PSC, Antonio Santiburcio, llegó el esperado congreso en el que se iban a ver las caras y medir sus fuerzas. El estallido del caso Movilma, un presunto trato de favor del Ayuntamiento de Barcelona a una constructora propiedad de militantes socialistas, fue interpretado inmediatamente por el entorno de Santiburcio como una maniobra de Maragall para restarle poder a la organización y, en concreto, a su dirección. Maragall, por su lado, estaba intentando dar un giro político a su federación: cambiar hábitos y personas capaces de cambiarlos; abrirlo más a la sociedad en detrimento del poder orgánico y acercarlo más al modelo de un partido a la americana. Los capitanes habían hecho un trato: no le iban a pasar una al alcalde. Y forzaron su suerte hasta el último minuto. El rechazo al nombre de Ernest Maragall, hermano del alcalde, para pasar a formar parte de la nueva dirección fue la gota que colmó el vaso. El encargado de comunicar la postura inflexible de los capitanes al alcalde fue su mano derecha, Joan Clos, actual alcalde de Barcelona. Clos llamó de madrugada a Maragall para decirle que no había nada que hacer, que estaba todo perdido y que el aparato no pensaba ceder ni un milímetro. Pasqual Maragall tomó en aquel momento una decisión que causaría sorpresa y temor en la familia socialista barcelonesa. Al dia siguiente, el sábado, 23 de noviembre de 1996, anunció ante el plenario del congreso que dimitiría como alcalde y se permitió, en medio de la conmoción de los presentes, señalar a su sucesor: Joan Clos. El aparato del partido, que había puesto todos los reparos del mundo a Clos para suceder a Maragall entre bambalinas, tuvo que tragar saliva y sonreír ante la sorpresiva designación, acompañado del también sorpresivo anuncio de la marcha del alcalde. Maragall dio el portazo, dijo la última palabra y les dejó a todos boquiabiertos. Decidido a hacer las cosas a su manera o, sencillamente, no hacerlas. El alcalde dejó su cargo después de 14 años y se fue bien lejos, a Roma. Hasta allí tendrían que ir años más tarde a suplicarle que regresara y garantizarle que las cosas, de acceder a presentarse como candidato a la Presidencia de la Generalitat de Cataluña, se harían a su manera. El retorno de El Deseado Del mismo modo que se fue a Roma criticando con dureza los aparatos de los partidos y dejando claro en cuán poca estima y consideración los tenía, Maragall regresó alrededor de dos años después anunciando su intención de presentarse a las elecciones autonómicas catalanas. Esa decisión le había estado rondando la cabeza desde el año 1995, cuando, finalmente, consideró que no era su momento y dejó que fuera otro, el alcalde de Girona, Joaquim Nadal, quien asumiera la derrota segura. En el 99, sin embargo, estaba convencido, ilusionado y con ganas de alcanzar una victoria que le llevase al Palau de la Generalitat a hacer su política, con todas las alianzas que fuese menester, que él siempre gobernó la ciudad de Barcelona con pactos a múltiples bandas. Iba a hacer las cosas a su manera. Constituyó la plataforma Ciutadans pel Canvi, en la que se englobaron, fundamentalmente, independientes fieles a su persona y su proyecto. Habló de federalismo asimétrico, hizo una campaña con un marcado acento catalanista a pesar de los muchos votantes socialistas que no comparten esa sensibilidad en su comunidad autónoma. Decidió medir sus fuerzas con las del presidente Jordi Pujol. Contraponer su imagen de modernidad, su halo de gauche divine con las connotaciones un tanto rancias de la candidatura de Jordi Pujol. Demostró a Pujol que, si los empresarios catalanes beben los vientos por el presidente de la Generalitat, también los bebieron por él sin serio y pagando la friolera de 100.000 pesetas por cubierto por tener el honor de cenar con Pasqual Maragall. Maragall hizo las cosas a su manera y su coalición de izquierdas obtuvo más votos que la coalición nacionalista liderada por Pujol. No obstante, la Ley Electoral acabó por dar más escaños a CiU que al PSC‑Ciutadans pel Canvi en el Parlament de Cataluña. Le costó mucho asimilar esa derrota en escaños y, por tanto, derrota a la práctica. Tardó algunos días en dejar de decir eso de "hemos ganado las elecciones”, pero finalmente lo hizo. Se retiró a su puesto de líder de la oposición y buscó un entendimiento para los siguientes cuatro años con la dirección del PSC. Entendimiento que pasa por el anunciado tándem Montilla-Maragall, surgido del pasado congreso del PSC. Los capitanes, como Montilla, saben que Maragall es su única esperanza para ganar las próximas elecciones, pero Maragall también sabe que debe pactar si quiere tener la fiesta en paz y llegar indemne a las próximas elecciones autonómicas de Cataluña. Por otra parte, los líderes socialistas o quienes aspiran a liderar el PSOE han buscado mayoritariamente un punto de entendimiento con un socialista que, a menudo, les pone en serios aprietos cuando proclama a los cuatro vientos su modelo de Estado. “Las diferencias que plantea Maragall ‑dicen personas como Bono, Rosa Diez o José Luis Rodríguez Zapatero‑ son asumibles”. Lo que no tienen muy claro es cómo encajarlas sin que todo el mundo detecte que son discursos diferentes sobre un mismo tema. Prefieren pasar por el apuro de no saber qué decir cuando alguien les pregunta por el asunto con tal de tener a Maragall tranquilo, callado y satisfecho. Le necesitan a su favor y no en su contra. |
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El modelo alternativo de Maragall Quizás han sido sus continuas escapadas a Estados Unidos lo que le ha influido definitivamente, pero Maragall no cree en un partido de corte clásico, como el PSOE. El líder socialista catalán tiene una visión propia del partido. Cree que es una maquinaria para ganar elecciones, pero a la que no se debe dar muchas más atribuciones. Es una visión americana de los partidos políticos. Pasqual Maragall se sentiría más cómodo, en cuanto a estructuras, en el Partido Demócrata americano. De ahí, por ejemplo, su querencia por la creación de plataformas en torno a la persona, en torno al líder y no al partido. Cuando estaba dando vueltas a la idea de presentarse a las elecciones autonómicas de 1995, creó la plataforma de adhesión a su persona Catalunya Siglo XXI. En la última contienda también decidió presentarse con una plataforma, Ciutadans pel Canvi, que chirrió en algunos casos con respecto a los poderes establecidos del PSC. Pasqual Maragall ha buscado la formación de "El Olivo" a la catalana desde 1993, pero también intentó una aventura socioconvergente, en la que apelando a la transversalidad de su proyecto hubieran cabido hombres como el convergente Miquel Roca i Junyent. Sus iniciativas a título personal son fruto de su heterodoxia. Él solito hace sus campañas electorales y toma decisiones como las de convocar una cena con empresarios que están dispuestos a pagar un cubierto de 100.000 pesetas por sentarse junto al socialista Maragall. ¿Qué le importa que buena parte de sus compañeros de partido se escandalicen? En lo relativo al modelo de Estado, Pasqual Maragall ha acuñado el término "federalismo asimétrico", del que abominan hombres como el presidente extremeño, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, o el alcalde de La Coruña, Paco Vázquez. Ambos han pedido en voz alta que se disuelva el PSC y se vuelva a instaurar la federación del PSOE catalán. Política e ideológicamente, ellos son sus enemigos. Fuera de sus dominios catalanes, no tiene demasiados adeptos y sí muchos «amigos de conveniencia". El único que se reconoce como amigo y aliado político plenamente es el alcalde de San Sebastián, Odón Elorza, otro heterodoxo considerado una rara especie en su organización, |
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Fechas clave: 1965 Entra a trabajar en el Ayuntamiento de Barcelona, bajo el mando del alcalde franquista José María Porcioles, 1978 Participa, como fundador del PSC, en la fusión de este partido con la federación catalana del PSOE. La resultante será un partido independiente, federado al PSOE. 1979 Rehúsa presentarse a las elecciones municipales como cabeza de lista y cede el paso a su amigo Narcis Serra. Él se convertirá en teniente de alcalde. 1982 Se convierte en alcalde de Barcelona tras el nombramiento de Narcís Serra como nuevo ministro de Defensa. 1983 Es reelegido alcalde. 1986 Barcelona es designada sede olímpica para 1992. 1987 Vuelve a ser elegido alcalde de Barcelona. 1991 Reelegido alcalde. 1991 Elegido vicepresidente del Comité de las Regiones de la Unión Europea. 1992 Celebración de los Juegos Olimpicos de Barcelona. Gran éxito. 1995 Reelegido alcalde. 1995 Preside la primera Conferencia de Ciudades Mediterráneas. 1996 Elegido presidente del Comité de las Regiones de la Unión Europea. 1997 Abandona la alcaldía de Barcelona y la deja en manos de Joan Clos. 1998 Se marcha a vivir a Roma una temporada. 1999 Se presenta como candidato del PSC a la presidencia de la Generalitat de Cataluña. Acaricia el triunfo pero el mayor número de votos no se traduce también en más escaños. |
Muy personal Cuando consigue escaparse del ajetreo diario normal en la vida política y refugiarse los fines de semana en su casa de Rupià, Pasqual Maragall dedica ese tiempo libre a la lectura y a escuchar música. Admite prestar más atención a los dominicales que a los diarios, pero sobre todo a la novela y a la poesía. Asegura "sobre todo releer, desde mis propias notas, hasta los libros de interés". Entre otros pensadores actuales le gustan "Alain Touraine, por ejemplo, Norberto Bobbio, Anthony Giddens, Manuel Castells..." y también se interesa por Ignacio Ramonet y sus trabajos. En cuanto al cine, reconoce "ir poco", aunque sigue con atención el italiano actual. Hace un año, explicaba a EL SIGLO que conocía personalmente a Nanni Moretti y Roberto Begnini, y que siempre se ha interesado por Woody Allen, "además de algunas producciones del cine español". Respecto al teatro, dice, "como en algunas novelas, cuesta entrar en la obra". También escucha "cada vez más música clásica". Reconoce que casi no practica deporte (era aficionado al fútbol sala, pero sufrió múltiples lesiones). A veces va en bici, juega al tenis y al ajederez con su hijo "aunque cada vez me gana con mayor frecuencia". Lo que sí le gusta es "no sólo comer, sino tambien cocinar, sobre todo tortillas y paellas". Maragall, casado desde 1965 con Diana Garrigosa, tiene tres hijos: la mayor, Cristina, es arquitecto. La segunda, Airi, periodista. Y guim, el pequeño, sigue viviendo con sus padres. |