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Nº 419
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19/6/2000 |
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Dirigentes
clave para un congreso crucial (VI) Matilde
Fernández: la cara más amable de la tradición guerrista |
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Esther JAÉN De todos aquellos que aspiran a liderar el PSOE,
Matilde Fernández es la que, sin duda, puede acreditar una mayor antigüedad
no sólo en el PSOE sino también en el sindicato UGT. La que fuera dirigente
socialista y ministra de Asuntos Sociales ingresó en el PSOE a principios
de los años setenta y ya militaba en el partido cuando se celebró el
tan traído y llevado congreso de Suresnes, que situó a Felipe González
al frente de los socialistas españoles. No estuvo en la primera fila,
pero su aportación, más en el sindicato UGT que en el PSOE en aquella
época, tenía ya un peso notorio. Sindicalista por convicción y de todo corazón,
Matilde Fernández quiere ahora recuperar las buenas relaciones y la
sintonía que antaño tuvieran los socialistas con los sindicatos. Si
consigue hacerse con las riendas del partido, promete dejar dos sillas
vacías en la futura dirección del PSOE para los secretarios generales
de CC 00 y de UGT. No es un farol. Ella, que proviene del sindicalismo,
que fue la primera mujer secretaria de una federación, la de Química,
en la UGT, ha reclamado, desde hace muchos años, que se recupere el
entendimiento entre la cúpula del PSOE y las centrales sindicales. Nunca ha ocultado su fidelidad a Alfonso Guerra
y, en esta última batalla, ha sido capaz incluso de lanzarse al ruedo
para defender un pasado del que, como todos los guerristas, no quiere
ni tiene por qué renegar. Defensora de las esencias del socialismo, no
aspira a convertirse en candidata a presidenta del Gobierno en el futuro.
Su misión, la que apoya todo el colectivo conocido como guerrista más
otras personalidades y militantes de base que se le han sumado, es poner
orden en el PSOE, intentar aglutinar el mayor número de apoyos posibles
a través del diálogo (porque a Matilde no se le puede negar su tolerancia,
su capacidad de diálogo y entendimiento y su esfuerzo y dedicación a
toda aquella empresa en la que se embarque) y sacar de la profunda crisis
en que se encuentra inmerso el PSOE. Como buena psicóloga, tiene una capacidad innata
para escuchar a los demás y para que la sientan una mujer cercana. Frente
a esa imagen dura y combativa que presentan los guerristas, Matilde
Fernández se aparece como la cara más amable. Sin embargo, tras su cara
de niña y su semblante dulce se oculta una dura negociadora y una mujer
sólida y defensora de sus principios. Es por ello que, finalmente, quienes
se acogen bajo el título de El Proyecto Socialista han decidido colocarla
al frente de sus propuestas. Por ello y porque el presidente extremeño,
Juan Carlos Rodríguez Ibarra, zanjó la duda que existía entre presentar
la candidatura de Matilde Fernández y la de él mismo cuando le espetó,
en un almuerzo con el núcleo impulsor de esta plataforma: "Matilde,
tú eres mi canclidata". Matilde Fernández ha aceptado el reto nada fácil
que es intentar hacerse con la secretaría general del PSOE desde una
plataforma otrora poderosísima pero ahora mismo minoritaria. Ella y
sus seguidores saben que el resto de candidatos la temen. . Aprendiendo
a ser socialista
Posiblemente con el ascendente socialista de
su abuelo materno, que además de socialista era republicano y masón,
y de su abuela materna, una campesina asturiana, cristiana y recta,
Matilde Fernández tenía suficiente para demostrar sus convicciones y
la tradición socialista de su familia. Pero los incipientes años setenta
eran tiempos dificiles para el pensamiento político y mucho más para
la militancia. Teniendo en cuenta que la clandestinidad era
la única fórmula válida para militar en un partido político defensor
de las libertades y de izquierdas, el PSOE tomaba sus precauciones frente
a la afluencia de jóvenes que llamaban a su puerta. Fue precisamente durante su etapa de estudiante
en la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid
cuando Matilde Fernández entró en contacto con aquellos socialistas
que más tarde se convertirían en sus “compañeros" de partido. Rápidamente
se interesó por el ingreso en el partido y, por tanto, la militancia
clandestina en el PSOE. Para ello tuvo que someterse a esa especie de
cursillos teóricos del buen socialista que le impartía el profesor de
la Universidad Complutense Luis Gómez Llorente. Precisamente, este teórico
del socialismo que fuera miembro de la dirección en aquellos duros años
y del cual no dudó Felipe González en prescindir poco después de hacerse
con el liderazgo del PSOE, no quiso perderse la presentación en Madrid
de la candidatura de Matilde Fernández, el pasado sábado, 26 de mayo,
en la sede madrileña de la UGT. Allí estaba Gómez Llorente y allí permanecían
intactos sus vínculos a pesar de los años transcurridos. Lo cierto es que los cursillos de socialismo
no acentuaron más las ya marcadísimas tendencias socialistas de Matilde
Fernández, pero como militante disciplinada que siempre ha sido y seguirá
siendo se sometió a tantas pruebas como fueron precisas. Ella siempre defendió los valores de la igualdad
y la solidaridad; así se lo inculcaron sus padres, los porteros de un
edificio de la calle Juan Bravo de Madrid, donde se crió. Y los puso
en práctica en cuanto pudo: dedicó buena parte de sus energías a ayudar
a los demás, dio clases a colectivos gitanos... Matilde Fernández, que también compaginó su militancia con su trabajo
en unos laboratorios de una importante firma cosmética, tenía muy claro
por qué y para qué era socialista. Y así se lo hizo saber a algunos
de sus compañeros de trabajo que le preguntaron un buen día por qué
se metía en problemas y militaba en un partido como el PSOE. Su respuesta
fue gráfica, contundente y al uso: enseñó un tubo de crema facial al
preguntante y le dijo: "La fabricación de esta crema cuesta exactamente
78 pesetas y su precio de venta al público son 4.000. ¿Quién se queda
con todo ese dinero y por qué no se reparte mejor?”. Para intentar redistribuir
la riqueza deforma más
solidaria, para evitar las desigualdades, Matilde Fernández entró en
política siendo muy joven, con poco más de 20 años y con las mismas
aspiraciones ha seguido y sigue defendiendo sus planteamientos hasta
hoy. Sindicalista
y socialista de armas tomar Quienes conocen bien a Matilde Fernández no
se han dejado sorprender por su reciente propuesta de incorporar a la
futura Ejecutiva socialista las voces de los secretarios generales de
UGT y de CC 00. Su referente y su cultura sindical jamás la han abandonado.
Y es que Matilde Fernández, antes de ser dirigente del PSOE, lo fue
del sindicato UGT. Ella fue la primera mujer que se convirtió en secretaria
de una federación, la de la Química, en el sindicato UGT. Fue en el
año 1978, cuando pocas eran las mujeres que tenían cargos en las centrales
sindicales. Matilde Fernández tuvo una participación muy
activa y directa en la concertación social de principios de los años
ochenta y tuvo un gran protagonismo en el primer convenio a nivel nacional
que se firmaba en el sector químico. Por primera vez se suprimieron las ordenanzas
laborales, se consiguió reestructurar las categorías por niveles e incluir
en el convenio un capítulo de salud laboral. Eran elementos revolucionarios
para la época. Y ella tuvo mucho que ver en su consecución. Fue en su etapa sindical cuando entró en contacto
con quien después sería compañero de gabinete, José Luis Corcuera, y
fue también a través de su actividad en el sindicato por la que Alfonso
Guerra se fijó en ella para ocupar tareas de altura en el Partido Socialista
y posteriormente en el Gobierno. En 1984, en el 30 Congreso Federal del PSOE,
Matilde Fernández pasó a formar parte de la Ejecutiva socialista por
voluntad expresa del vicesecretario general, Alfonso Guerra. La
misión que ella misma se autoasignó, en contra de la voluntad de su
valedor, fue la de que se crease una secretaría específica para tratar
los temas de la mujer y promover las políticas de igualdad. Fue Matilde
Fernández quien dio los primeros pasos para establecer la cuota del
25% de mujeres en los cargos orgánicos y públicos. Cuota de la que,
tras seis años de gobierno socialista sin mujeres, se beneficiarían
ella misma y Rosa Conde, nombradas en 1988 ministra de Asuntos Sociales
y Portavoz, respectivamente. Desde el PSOE, Matilde
Fernández promovió el establecimiento de esa cuota, que fue el
primer paso de los socialistas para incorporar a sus mujeres a la vida
política. Sus trabajos empezaron en 1984. Ella promovió la creación
de un "Comité de Sabias", se encargó de enviar, una por una,
a todas las afiliadas al PSOE, cartas personalizadas para concienciarlas
de su situación de desventaja y animarlas a participar en el debate
y forzar un cambio en los Estatutos Federales del PSOE. Su postura en defensa de ¡as cuotas no sólo
no era compartida por numerosos dirigentes socialistas, como el propio
Alfonso Guerra, también algunas mujeres, como la que fuera ministra Portavoz, Rosa Conde, estaban en contra y así se lo hicieron
saber. El debate llegó incluso a enfrentar en un programa de televisión
a Rosa Conde y a Matilde Fernández quienes se emplearon a fondo la una
en echar por tierra y la otra en defender con uñas y dientes la puesta
en marcha de las cuotas. Todo ello lo hizo mientras ayudaba en su secretaría
a Francisco Fernández Marugán, quien se ocupaba de los asuntos económicos
y por ende de las relaciones del PSOE con las centrales sindicales.
Nunca perdió de vista su vertiente sindical. Los frutos de la
campaña que Matilde Fernández inició para potenciar el papel de la mujer
en la vida pública allá por 1984 dieron sus frutos seis años después,
en 1990. El 32 Congreso Federal del PSOE no sólo aprobó la creación
de una cuota de participación forzosa de un 25% de mujeres en los cargos
orgánicos e institucionales, sino que creó también una secretaría del
área de la mujer, al frente de la cual situó a la también sindicalista
y buena amiga de Matilde Fernández, Josefa Pardo. Entonces ella compatibilizaba
su cargo en la cúpula socialista con el Ministerio de Asuntos Sociales. Inventando
un ministerio Aquel caluroso día de julio de 1988, Matilde
Fernández se hallaba en un restaurante madrileño, almorzando con el
secretario de la Federación de Química del sindicato CC 00. Intentaban
desbloquear el convenio colectivo del sector cuando el dueño del restaurante
se acercó a Matilde Fernández y le advirtió que tenía una llamada telefónica
urgente. Al otro lado del hilo, una voz le advirtió que estaba en comunicación
con el Gabinete Telegráfico de Moncloa y que se disponían a pasarle
con el presidente del Gobierno. Felipe Gonzáiez le espetó que iba a ser ministra
y que quería verla esa misma tarde en el palacio de la Moncloa. Ella
intentó decir que no, que el cargo quizá le vendría grande... Pero se
presentó puntualmente a ver a González aquella tarde. Llevaba consigo
una lista de nombres de mujeres que ella consideraba muy aptas para
el cargo. Pero González no le dio opción. Le explicó su idea: quería
crear un ministerio que atendiera a ¡a vez los asuntos de las mujeres,
de la infancia, de la tercera edad.... Estaba poniendo bajó sus órdenes
el que iba a ser el nuevo Ministerio de Asuntos Sociales. Ella siempre
ha creido que quien la propuso para el cargo fue Alfonso Guerra e incluso
llegó a preguntárselo en una ocasión. Ante el mutismo de Guerra, no
volvió a formular la pregunta nunca más. Matilde Fernández empezó su andadura como ministra
con un gran desconocimiento del boato que comporta ser ministro. Así,
se presentó a su primera reunión del Consejo de Ministros con su vieja
cartera del sindicato y, cuando le indicaron que tenía que ir con la
cartera negra de ministra, pidió que le dijeran dónde podía comprarla.
Ese despiste en los formalismos era inversamente proporcional a la claridad
de ideas con que llegó a hacerse cargo del cajón
de sastre que era ese ministerio de nueva planta. Como ministra, Matilde
Fernández escuchó consejos del ex vicepresidente del Gobierno con la
UCD, Fernando Abril Martorell, aunque no siempre los siguió, y aceptó
el traspaso de un buen número de funcionarios que le cedió su compañero
y amigo Manuel Chaves, a la sazón ministro de Trabajo. Se estrenó en su
tarea gubernamental con un decreto que, en su momento, no estuvo exento
de polémica: retirar la hegemonía a la Iglesia y dar al ciudadano la
posibilidad de escoger si el 0,5% de su IRPF debía ser destinado bien
a la Iglesia, bien a otros organismos de carácter social. No menos polémica
fue su campaña publicitaria en favor de la utilización de los preservativos,
“Póntelo, pónselo". La Iglesia, que no tenía buenas relaciones
con aquella ministra que había mermado sus ingresos, criticó con dureza
esa iniciativa. Matilde Fernández también tuvo que escuchar no pocos
improperios de las filas populares. La ministra, muy apreciada por sus compañeros
de partido, que disfrutaban cuando se subía a la tribuna de oradores
en el Parlamento y era capaz de poner en su sitio a la oposición con
su verbo ágil, sin insultos pero directo y demoledor para el oponente,
creó otros organismos que se han mantenido hasta hoy. El Inserso fue
una invención de Matilde Fernández que no sólo contribuyó a hacer las
delicias de la tercera edad gracias a unas vacaciones que muchos de
los beneficiados jamás habían soñado, sino que ayudó a crear puestos
de trabajo en el sector servicios y permitió que el gremio de la hostelería
se beneficiara ampliamente de esa iniciativa, en lugar de tener que
cerrar sus establecimientos al llegar el otoño como solían hacer anteriormente.
También son de su etapa el Injuve o el Instituto de la Mujer. Ella solita
se inventó un ministerio, sus organismos y competencias y salió muy
bien parada de esa empresa. Una de las iniciativas que recuerda Matilde
Fernández con más cariño de todas las que llegó a poner en marcha fue
la creación de las pensiones no contributivas, que hasta su paso por
ese ministerio y hasta que ella se empeñó personalmente en sacar adelante
no existían en nuestro país. En la otra cara de la moneda y junto a sus muchos
logros, también tuvo que afrontar situaciones complejas y no deseadas,
como la lluvia de huevos con que le obsequiaron un grupo de trabajadores
de la empresa Sniace, de Torrelavega (Cantabria), como forma de protesta
por la política del Gobierno. Con todo, Matilde Fernández fue una buena ministra
y de ella todavía tienen un grato recuerdo muchos de los funcionarios
que trabajaron y convivieron con ella. Ministra
guerrista en desgracia A Matilde Fernández no le sorprendió lo más
mínimo su salida del Ministerio de Asuntos Sociales tras las elecciones
de 1993. incluso decidió, tras ser llamada a Moncloa, ponérselo fácil
a Felipe González y preguntarle directamente por quién pensaba sustituirla.
Pese a que sus relaciones personales y políticas estaban muy deterioradas,
la ministra cesante se permitió darle un consejo al presidente del Gobierno:
si tenía presupuesto para gastar en las políticas de Asuntos Sociales,
debía nombrar a una socialista; si no lo tenía, debía decantarse por
una jurista. González se decantó por una jurista independiente: Cristina
Alberdi, quien, a su llegada al Ministerio de Asuntos Sociales, se ocupó
de que no quedase ni rastro de su antecesora. No quedó títere con cabeza
del anterior equipo y hasta los ujieres fueron relevados por la ministra
entrante, que no quería aprovechar lo que se le había dejado hecho. Desde el principio, Matilde Fernández, Javier
Sáenz de Cosculluela y Virgilio Zapatero fueron considerados los ministros
guerristas por excelencia en el Gabinete de González. No es de extrañar
que, en 1991, tras la dimisión del vicepresidente del Gobierno, Alfonso
Guerra, los tres se reunieran, desolados, para analizar las consecuencias
de esa marcha que auguraban nada halagüeñas. Mientras tanto, otros ministros,
como Carlos Solchaga y Claudio Aranzadi, cenaban juntos y, lejos de
estar desolados, analizaban el alcance de esa dimisión con mucho más
entusiasmo. En 1990 en medio de las reyertas entre el clan
de Chamartín, germen de la renovación y el aparato guerrista del
PSOE, surgieron ya algunas voces que pidieron que, del mismo modo que
no se había admitido la inclusión de Javier Solana en la Ejecutiva por
ser ministro, Matilde Fernández y Enrique Múgica, ministros de Asuntos
Sociales y de justicia, respectivamente, debían dejar de serlo. Fueron
las primeras escaramuzas que no condujeron más que a la melancolía a
sus patrocinadores. Pero Matilde Fernández no necesitaba quien la impulsase
en la dirección contraria a Felipe González. Ella sola se encargó de
hacerlo cuando, sin importarle las consecuencias, se convirtió en una
especie de Pepito Grillo muy incómodo para un Felipe González
acostumbrado a escuchar elogios y no voces contrarias a su voluntad,
argumentadas con todo lujo de detalles. Matilde Fernández nunca ocultó ni su lealtad
por el número dos del Gobierno ni sus ideas. Al contrario, las
defendió con vehemencia en un momento en el que al presidente del Gobierno
no se le acostumbraba a llevar la contraria. En medio de las felicitaciones, los elogios
y los parabienes, González se tuvo que acostumbrar a escuchar la vocecilla
dulce pero crítica y certera de Matilde Fernández. Ella fue la única
que se atrevió a decirle en su cara, siendo ministra y miembro de la
dirección del PSOE, en una reunión de la cúpula socialista para analizar
con carácter de urgencia la crisis abierta por el estallido del caso
Filesa, que su actitud era “cesarista”. Tampoco tuvo ningún reparo en decir a través
de los micrófonos de una emisora de radio que no había punto de comparación
entre cómo desempeñaba las labores de vicepresidente del Gobierno Alfonso
Guerra y su sucesor, Narcís Serra. Matilde Fernández fue la primera en decirle
a Felipe González que no era capaz de entender su interpretación del
"cambio del cambio" que le llevó a ganar las elecciones de
1993. La respuesta de
González fue airada: ella ‑le dijo- debía ser una de las pocas
que, a diferencia de nueve millones y medio de votantes, no se había
enterado. Esta última discusión se produjo en el seno de la Ejecutiva
socialista, cuando Felipe González propuso a Carlos Solchaga como portavoz
parlamentario en contra de los guerristas. Era la primera vez que la
dirección socialista se veía obligada a votar a favor o en contra de
la propuesta del secretario general, Felipe González. Votaron y Felipe
González sacó adelante su propuesta, pero con la oposición de Matilde
Fernández, Ramón Rubial, Alfonso Guerra, Elena Flores, Salvador Clotas,
Pepa Pardo, José Félix Tezanos, Francisco Fernández Marugán, Abel Caballero,
José Acosta, Enrique Múgica, Marisol Domínguez y Txiki Benegas. Después de todo, no es de extrañar que Matilde
Fernández saliese del Gobierno de Felipe González, muy bien valorada,
si bien es cierto, pero salió del Ejecutivo. Y la menos sorprendida
fue ella misma. Tras el batacazo electoral del pasado 12 de
marzo de 2000, un grupo de antiguos dirigentes socialistas, en su mayoría
relegados por los vientos renovadores que se hicieron con el PSOE en
el 34 Congreso Federal, celebrado en 1997, decidieron propiciar una serie de encuentros para analizar el desastre
y ver qué se podía hacer. A la primera cita acudieron unos pocos que
decidieron convocar nuevas reuniones. La sede de los encuentros era
el restaurante madrileño situado en la Casa de Campo Currito, el mismo
establecimiento en el que José María Aznar había celebrado días antes
su victoria con los periodistas que le siguieron durante la campaña
electoral. Coincidencias al margen, todos los asistentes
a la reunión, en su mayoría pertenecientes al sector guerrista, concluyeron
por primera vez en que había que dar un paso al frente. Por responsabilidad,
alegando su excesiva preocupación por el partido o cualquier otra excusa,
muchos de los asistentes se habían guardado sus ganas de presentar batalla
a la dirección del PSOE que un buen día decidió prescindir de ellos.
¡Cuántas noches en vela, redactando documentos alternativos a los oficiales,
no se habrán pasado muchos de los guerristas en la víspera de la celebración
de un comité federal para, finalmente, ver toda su tarea en el cubo
de la basura "por no dañar la imagen del partido”! En esta ocasión, los comensales de Currito decidieron
que era el momento de actuar, de dar la cara, decir lo que piensan y
¿por qué no?, de presentar una alternativa para llevar las riendas del
PSOE. En la primera reunión no se habló de nombres,
aunque todos pensaron que la responsabilidad de tirar del carro correspondería
bien al presidente extremeño, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, bien a Matilde
Fernández. En el segundo encuentro, ante unos 150 comensales,
fue el propio Rodriguez Ibarra el que, con la claridad y la contundencia
que le caracterizan, dijo que no pensaba ser él. Alto y claro, el presidente
extremeño dijo: "Mi candidata eres tú, Matilde" y, pese a
las protestas de José Luis Corcuera, quien veía mejor candidato en Rodríguez
Ibarra, aunque apoyará hasta el final a la ex ministra, quedó claro
que la candidata de este colectivo es Matilde Fernández. Todos ellos
la arropan y la animan. Lo demás es todo muy artesanal. Apenas tienen
ayudas. Pagan a escote comidas, desplazamientos y todo tipo de gastos.
Han abierto una suscripción voluntaria y en función de las posibilidades
de cada quien a fin de recaudar un fondo que permita sufragar la campaña
en toda regla que está haciendo Matilde Fernández por toda España. |
Fechas
clave: 19 72 Se licencia en Psicología
en la Universidad Complutense de Madrid, donde entra en contacto con
el entorno socialista en la clandestinidad. 1973 Ingresa en el PSOE. 1974 Ingresa en la UGT. 1976 Elegida la primera mujer
secretaria de una federación del sindicato UGT. Secretaria de la Federación
de Química hasta 1988. 1984 Es elegida miembro de la
Comisión Ejecutiva Federal del PSOE y se ocupa de los temas relativos
a la mujer al tiempo que impulsa la aprobación de cuotas para promover
la incorporación de la mujer a la vida pública y la creación de una
secretaria permanente de la mujer en la dirección socialista. 1986 Elegida vicepresidenta de
la Internacional Socialista de Mujeres. 1988 Nombrada ministra de Asuntos
Sociales en el Gobierno de Felipe González. 1988 Reelegida miembro de la Ejecutiva
socialista. 1989 Elegida diputada por la circunscripción
de Cantabria. 1990 Vuelve a ser elegida miembro
de la Ejecutiva socialista en el 32 Congreso Federal del PSOE. 1993 Revalida su escaño por la
circunscripción de Cantabria. 1993 Abandona el Gobierno tras
las elecciones y es sustituida por Cristina Alberdi. 1994 Es reelegida secretaria ejecutiva
del PSOE en el 33 Congreso Federal del PSOE. 1995 Se convierte en miembro de
la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa. 1996 Revalida su escaño en el
Congreso de los Diputados. 1999 Se presenta en la lista municipal
del PSOE en Madrid, tras Fernando Morán y Cristina Narbona, y se convierte
en concejala del Ayuntamiento, cargo que desempeña en la actualidad.
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Ideario
y propuestas de El Proyecto Socialista El ideario que promueve Matilde Fernández tiene tres grandes líneas de
actuación: convertir al PSOE en un partido más habitable y ‑tolerante,
hacerlo al tiempo más abierto y cercano a los ciudadanos y, por último,
presentar a esa ciudadanía un nuevo proyecto, acorde con los nuevos
retos que se nos plantean. Esas ideas se recogen y se especifican en el manifiesto de 37 páginas
que quienes suscriben El Proyecto Socialista han incluido en su página
web, en Internet (www.elproyectosocialista. com). En él hacen
un exhaustivo análisis de las
causas de la derrota del
PSOE en las pasadas elecciones, muy critico para con la última dirección
del partido, en el que denuncian subordinación del partido, concentración
de poder, el efecto nocivo que producen las baronías y los barones que ejercen presión al PSOE a través de su
poder Entre sus ideas-fuerza proponen la creación de empleo estable y el fin
de la precariedad laboral y la redistribución de la riqueza con una
importante recuperación del gasto social, disminuido en cerca de dos
billones de pesetas en los últimos cuatro años. Pero, al margen de las ideas que hayan presentado y recogido formalmente
en sus documentos, Matilde Fernández, como abanderada de ese equipo,
no cesa de hacer propuestas en sus múltiples actos con militantes y
en diversas agrupaciones. Fue en uno de esos actos cuando propuso dejar
dos sillas vacías para los dirigentes de los sindicatos. También fue
en el transcurso de su campaña para hacerse con la secretaría general
del PSOE cuando anunció su intención de aumentar la afiliación de su
partido hasta un millón de personas, de los cerca de 400,000 que tiene
en la actualidad. Son ideas que, por ahora, aspiran a poner en marcha, si es que consiguen
ganar el próximo congreso federal. No parece lo más probable hoy por
hoy, aunque, a buen seguro, tendrán un papel muy destacado y serán algunas
de las figuras clave de ese congreso al que acudirán, por primera vez
desde que son minoría organizados
en un movimiento alternativo. |