Nº 416
29/5/2000

 

Dirigentes clave para un congreso crucial (III)

José Bono: la ambición de un político de raza


Esther JAÉN

José Bono, presidente de la junta de Castilla‑la Mancha, abogado de profesión, pero, por encima de todo, político. Lleva 17 años al frente del Gobierno su comunidad autónoma. Castilla‑la Mancha es su feudo, el bastión que le da fuerza para aspirar ahora, en un momento de confusión y de dar rienda suelta a las aspiraciones y ambiciones de unos y otros, a la secretaría general del PSOE. Desde esa atalaya aspiraría más adelante a aquel cargo que nunca ha perdido de vista durante toda su trayectoria política: la presidencia del Gobierno de España. Se ha cuidado mucho hasta la fecha de ir por partes. Es el momento de aspirar tan sólo al liderazgo del partido; después vendrán los comicios y la necesidad de buscar un candidato. José Bono sabe que, si consigue ser el próximo secretario general socialista, será también el futuro candidato a ocupar el palacio de la Moncloa.

A su favor en la carrera por la secretaría general del PSOE, su experiencia, su profundo conocimiento del partido, su solidez dentro del PSOE y el poder demostrar que él, personalmente, aporta votos. Sólo tiene para ello que comparar resultados electorales: en Castilla‑La Mancha, el PSOE ha perdido todas las recientes contiendas (municipales, generales, europeas ... ) a excepción de las elecciones autonómicas, las suyas, las que le convierten en cabeza de lista. En ellas obtiene sistemáticamente mayoría absoluta desde 1983.

En su contra, la imagen de político chaquetero que pudo haberle ocasionado su paso con armas y bagajes a la renovación, habiendo sido un furibundo guerrista. lo que nadie puede negarle es su dedicación plena, su tenacidad y su esfuerzo en sus tareas políticas.

José Bono tiene casi 50 años, algo que no casa demasiado con ese mensaje de "necesario relevo generacional' que ha invadido el PSOE. Sin embargo, sus adeptos aseguran que eso del relevo generacional no va con Pepe Bono.

La llegada al PSOE.

Bono:el hacedor de la fusión PSOE‑PSP

El 30 de abril de 1978, un joven abogado que no había cumplido siquiera los 28 años leía el acta de unidad del PSOE, que lideraba Felipe González, y el PSP, el partido de don Enrique Tierno Galván, el viejo profesor, que se avenía a regañadientes a esa integración de su formación dentro de un partido que dirigían unos jovenzuelos a los que despreciaba intelectualmente. El joven abogado no era otro que el actual presidente de la junta de Castilla­-La Mancha, José Bono. Aquel jovencito había puesto todo su empeño en conseguir esa fusión. Había invertido tiempo y esfuerzos, junto a su amigo y Correligionario, Raúl Morodo, para llevar a buen puerto (a los brazos del PSOE) al PSP. Ese entusiasmo le llevó a ganarse alguna que otra desconfianza y más de un sarcasmo del propio Enrique Tierno Galván, quien años más tarde le dedicaba comentarios de este tipo en su libro Cabos sueltos: “Mantenía Bono estrechas y cordialísimos relaciones con la directiva del PSOE. Imagino que, sin delatar ni siquiera informar, en las conversaciones con sus buenos amigos siempre habría algo que iluminara acerca de nuestras opiniones y conductas a los dirigentes socialistas, ya que tenían un grandísimo interés en que se hiciese la fusión".

No obstante, a renglón seguido, Tierno Galván reconocía que Bono nunca ocultó su juego ni sus intenciones, algo que le honraba a ojos del viejo profesor: "Defensor de la unidad con el PSOE, la sostuvo siempre y yo diría que fue el único de los miembros de la ejecutiva que tuvo la audacia y sinceridad de defender paladinamente la unidad... En los demás no vi nunca la actitud de Bono. Me pareció mejor la actitud de Bono, en apariencia más hostil, pero más transparente y quizá, por eso, más amistosa”.

En las reuniones internas del PSP, Bono replicaba hasta la extenuación a todos los peros que Enrique Tierno Galván sacaba a relucir contra la dichosa fusión. Si era preciso, el joven Bono replicaba a las acusaciones del viejo profesor sobre la supuesta financiación que los socialdemócratas alemanes prestaban a sus correligionarios españoles, recordándole, por ejemplo, que en la historia del PSP había muchos otros puntos negros en lo que se refería a financiación.

Nunca ocultó José Bono sus intenciones, como tampoco quiso disimular, en aquellos tiempos de negociaciones para la fusión entre el PSOE y el PSP, la amistad que había surgido entre el número dos socialista, Alfonso Guerra, y él mismo.

Fueron largas horas de reuniones y negociaciones las que dieron paso a esa unidad en abril de 1978. Bono cumplió su objetivo y se convirtió en el hombre de confianza de Alfonso Guerra, entonces todopoderoso en la organización socialista. Tan sólo un año después, en 1979, José Bono encabezaba la lista del PSOE al Congreso de los Diputados por la circunscripción de Albacete, por la que resultó elegido. Su premio y reconocimiento al esfuerzo invertido con un nada fácil Tierno Galván fue su designación como secretario cuarto de la Mesa del Congreso de los Diputados.

Su amistad y lealtad a Guerra fue en aumento paulatinamente y, años después, con motivo de la celebración de las primeras elecciones autonómicas en Castilla‑La Mancha, José Bono fue designado candidato a la presidencia de esa comunidad por indicación expresa de Alfonso Guerra y para sorpresa de muchos socialistas, que le consideraban casi un cunero, desconocedor de esa tierra que aspiraba a gobernar. El tiempo les ha demostrado sobradamente cuán equivocados es­taban.

En las filas socialistas existían, por aquel entonces, otros posibles candidatos con más pedigrí que Bono (Virgilio Zapatero, Manuel Marín o Leopoldo Torres, entre otros) pero, ante un resultado incierto, no pareció importarles demasiado a ninguno de ellos que Bono asumiese esa responsabilidad. José Bono se convirtió en el presidente de todos los castellano-manchegos a los 32 años, gracias al empujón de Guerra y a su valentía política.

Choques providenciales con el Gobierno socialista

Político de raza, a José Bono siempre le ha gustado el contacto directo con los ciudadanos, poder medir su grado de seducción con los votantes. Y eso lo puso en práctica nada más tomar posesión en su cargo. Durante el solemne acto, Bono acertó a ver una pancarta al fondo de la sala que rezaba: "Salvad Cabañeros". En aquel momento no tenía ni la más remota idea de a qué se referían los jóvenes que la portaban. Por ello esperó al término del acto para indicarles que pasasen a su despacho.

Cabañeros era un bello paraje de Ciudad Real donde el Gobierno del PSOE, manteniendo lo que en su día estableció el de la UCD, quería instalar un campo de tiro. A cambio de permitir que los soldados de la OTAN hicieran allí sus prácticas, esperaban obtener algún contrato que garantizase la venta de un buen número de efectos militares fabricados en España.

Bono no tardó en visitar la zona que iba a ser afectada por ese campo de tiro e inmediatamente decidió oponerse al proyecto. Echó mano de su amistad con Guerra. Pero no le sirvió en este caso, ya que el vicepresidente del Gobierno se lavó las manos. Intentó que el entonces ministro de Defensa, Narcís Serra, entrase en razón. Pero también pinchó en hueso. Ni siquiera sus requerimientos al mismísimo Felipe González surtieron ningún efecto. Fue entonces cuando Bono decidió hacer la batalla por su cuenta. Convirtió el asunto Cabañeros en una cuestión vital para los intereses de los castellano-­manchegos. Puso en marcha una amplísima campaña en los medios de comunicación, consiguió poner a sus conciudadanos de su parte y concienciarlos de la necesidad de rebelarse contra los designios del Gobierno central (aun siendo del PSOE) y, finalmente, poco antes de celebrarse las elecciones de 1987, anunció su intención de convertir Cabañeros en parque natural e impedir así su conversión en campo de tiro. Su comunidad ya tenía transferidas las competencias necesarias para hacerlo. Fue una jugada maestra de cara a unas elecciones que volvieron a revalidar su mayoría absoluta. Finalmente, Cabañeros no se convertiría en campo de tiro. Pero sus detractores le critican con dureza que, a tan sólo 40 km de allí, se construyera el polígono de tiro de Anchuras.

Si Cabañeros fue la primera escaramuza que tuvo con el Gobierno de sus compañeros socialistas, no fue la última. La construcción de la autovía de Valencia le llevó a protagonizar un duro enfrentamiento con el entonces ministro de Obras Públicas, Josep Borrell, por intentar impedir que se llevase a cabo el trazado que originariamente había diseñado el ministerio.

Bono tampoco atendió a esa "responsabilidad de partido" a la que apelaban algunos dirigentes socialistas cuando se opuso con unas y dientes a que se trasvasara agua del pantano de Entrepeñas‑Buendía a otras zonas de España con problemas de sequía. Convocó incluso manifestaciones contra la decisión del Gobierno de Felipe González. Y, eso si, siempre coordinó sus protestas con un amplio despliegue en los medios de comunicación. Así, llegaron las elecciones autonómicas de 1991 y, posteriormente, de 1995. En éstas últimas, que arrojaron resultados adversos para todos sus compañeros y en las que hasta el extremeño Rodríguez Ibarra perdía la mayoría absoluta, José Bono consigue ' revalidarla una vez más. En aquella campaña electoral, Bono mantuvo en todo momento i. discurso de enfrentamiento con un Gobierno (el del PSOE) que estaba en fase terminal `Podrán quebrarme pero no me doblegarán', exclamaba Bono en todos los mítines, en los que dedicaba buena parte de su intervención a señalar y amplificar si cabe sus discrepancias con el Ejecutivo por el problema del agua o por la construcción de la autovía.

Populista pragmático

Además de la habilidad de embarcar a sus conciudadanos en todas estas causas, Bono ha gozado (y sigue gozando) de una gran capacidad de seducción en su territorio. Trabajador impenitente, conoce palmo a palmo todos los pueblos de su comunidad y en todos ellos ha conseguido hacer algún amigo. ,

Siguiendo de cerca a Bono se observa un episodio que suele repetirse con frecuencia en sus visitas con vocación de baño de multitudes. El presidente de Castilla‑La Mancha lleva con frecuencia relojes que llevan impreso “Castilla‑La Mancha". Nunca falta el conciudadano que, de buena fe, elogia el dichoso reloj. Y de buena gana también, Bono se desprende de él y se lo regala al vecino en cuestión.

¡Qué decir de la devoción que el presidente de Castilla‑La Mancha despierta entre el clero! Que se lo pregunten a sus rivales del PP que, con frecuencia, van a los conventos a recabar los votos de las monjitas que, muy amables, les repiten siempre la misma cantinela: "Perdone, pero nuestro voto es para don José". Seguramente no sólo tienen en cuenta las reparaciones que les ha prometido y cumplido puntualmente el presidente en sus conventos.

Por todo ello sus detractores le acusan de ser un populista. Pero lo que nadie puede negar es su gran capacidad de trabajo y su pragmatismo. Ese pragmatismo que le lleva a alcanzar con el Gobierno del PP (aunque, a priori, sea impopular para sus votantes de izquierdas) un acuerdo en un periquete sobre el trazado de la autovía Madrid‑Valencia; ese dichoso trazado que le valió un largo enfrentamiento en el pasado con el Gobierno socialista y, en concreto, con el ministro de Obras Públicas, Josep Borrell.

Ese mismo sentido de la praxis le lleva a mantener una excelente relación con el presidente vecino, el de la Comunidad Autónoma de Madrid, Alberto Ruiz‑Gallardón. No se molesta en ocultar sus buenas relaciones ni el acuerdo suscrito por ambas Administraciones para que sea Telemadrid la TV que dé servicio regional a los telespectadores de Castilla‑La Mancha.

Del guerrismo a la renovación en un tiempo récord

Desde su ingreso en el PSOE, en 1978, hasta 1991, José Bono fue considerado, sin ninguna duda, "un hombre de Guerra”. Tal era su grado de lealtad con el entonces vicesecretario general del PSOE, que en los círculos socialistas se le conocía como uno de los alfonsinos. Fue él el único barón socialista que, junto con Rodríguez Ibarra, tuvo el honor de asistir y conocer de primera mano, la intención de Alfonso Guerra de dimitir de su cargo como vicepresidente de¡ Gobierno. Fue precisamente en ese momento cuando la división entre González y Guerra era ya tan patente cuando Bono se decidió a soltar lastre y dejar de defender a su hasta entonces amigo Alfonso Guerra o acatar sus designios.

En 1991, poco después de la dimisión de Alfonso Guerra, los socialistas volvían a afrontar unas elecciones que empezarían a marcar el declive de los del puño y la rosa, si bien no tan acusadamente, como habían previsto José María Aznar y el resto de dirigentes del PP.

Fue en aquellas elecciones municipales y autonómicas, después de que los guerristas declarasen persona non grata al entonces ministro de Economía, Carlos Solchaga, por su boicot a la que iba a ser propuesta‑estrella en la campaña socialista (el plan de viviendas) cuando José Bono decidió invitar, para sorpresa de quienes como él habían comulgado con el catecismo guerrista, a Carlos Solchaga a dar un mitin en Castilla‑La Mancha. Y no sólo eso. Bono se deshizo en elogios hacia el ministro de Economía. El asunto levantó ampollas y no pocos recelos en la familia guerrista y el propio Alfonso Guerra le pidió explicaciones al respecto. La respuesta de Bono ante la insistencia del número dos socialista para que aclarase en qué bando estaba se limitó a señalarle que su actitud sólo respondía a su intención de ganar las elecciones.

El episodio tuvo su segunda parte en la toma de posesión de Bono, tras su renovada victoria electoral. Todavía con el cadáver caliente de Guerra, Bono invitó al flamante nuevo vicepresidente del Gobierno, Narcís Serra, al acto. Aquello y el giro brusco que hizo el presidente castellano‑manchego con respecto a sus opiniones sobre el caso Juan Guerra fueron la prueba definitiva de que Bono se había apuntado, con todas las consecuencias, a la renovación.

El presidente de la junta de Castilla‑La Mancha hizo un intento por explicarle a quien había sido su guru que, al margen de las discrepancias políticas, tenía la intención de seguir manteniendo una estrecha amistad con él. Pero Guerra se sentía traicionado y no tenía ninguna intención de ser amigo de Bono. Más bien al contrario, lo colocó en una lista negra y le declaró la enemistad eterna del sector guerrista. Esas enemistades se mantienen todavía a día de hoy y son uno de los problemas con que se enfrenta Bono a la hora de recabar el máximo número de apoyos dentro de su partido para convertirse en el futuro secretario general.

Apóstol de la renovación

Entre todos los barones socialistas, José Bono ha sido, quizá, el más activo a la hora de fomentar encuentros, reuniones o simples charlas de los líderes regionales. Él ha invertido tiempo y esfuerzo en atraer al resto de barones hacia la renovación. De su relación con Alfonso Guerra, José Bono pasaba a otra de similar proximidad y lealtad con el entonces vicepresidente del Gobierno, Narcís Serra, sin apenas pestañear.

De la mano de Bono, Serra inició su aventura de conquista de muchos de los territorios que hasta el momento habían sido coto cerrado de Alfonso Guerra.

El presidente de Castilla‑La Mancha se convirtió en el anfitrión de no pocas reuniones celebradas en Toledo y a las que se encargaba de que asistieran los líderes gallego, Antolín Sánchez Presedo, castellano-leonés, Jesús Quijano, o el madrileño, Joaquín Leguina, entre otros.

También el propio Serra organizaba reuniones en el palacio de la Moncloa. En ese caso, Bono jugaba un papel definitivo a la hora de convencer a algún receloso que no veía claro qué pretendían hacer los barones en una supuesta reunión de trabajo para hablar del PSOE, organizada en la sede de la vicepresidencia del Gobierno y a la que eran completamente ajenos el vicesecretario general socialista o el secretario de organización, Txiki Benegas.

Sin embargo, a José Bono se le recordará especialmente por uno de los encuentros que preparó al detalle y que concluyó con el fichaje del superjuez Baltasar Garzón. Tras dos meses de conversaciones y tanteos, Baltasar Garzón accedió a convertirse en el número dos de la candidatura socialista de Madrid, inmediatamente después de Felipe González. José Bono fue el maestro de ceremonias. A través de su amigo Ventura Pérez Mariño, conoció a Baltasar Garzón y, a su vez, lo puso en contacto con González, quien no dudó en captarlo para la causa, que era, en aquellos momentos, la lucha contra la corrupción. Bono se había apuntado todo un tanto. Lo que nadie calculaba en aquel momento era el desastroso final que tendría aquella operación.

Bono ejerce su poder

Aunque al presidente de la junta de Castilla‑La Mancha le parece prematuro hablar de ello/ de convertirse en el futuro secretario general del PSOE, José Bono no tendrá mayores dificultades en convertirse en el futuro cartel electoral socialista. Y es que sabe bien cómo ejercer su poder.

Llegó a Castilla‑La Mancha "por recomendación" y se encontró frente a él a hombres de más peso en el partido, como Miguel Ángel Martínez, Manuel Marín o Virgilio Zapatero. Pero ninguno de ellos supuso un problema para que Bono se convirtiera en el único e indiscutible referente del socialismo en aquella comunidad. Desde 1983 nadie en el PSOE de Castilla‑La Mancha tiene la menor duda de quién manda y quién seguirá haciéndolo en ese territorio. En favor de Bono hay que decir que lo ha luchado y peleado como ningún otro.

Pero no sólo en su federación ha dejado su impronta. El poder de Bono, líder de una de las federaciones más importantes en cuanto a militancia, barón por excelencia, el único presidente autonómico que revalida sin cesar las mayorías absolutas, sabe de su peso específico y lo ha hecho valer en todos y cada uno de los congresos del PSOE. Concretamente en el último, en el que Almunia salió elegido secretario general, se encargó de dejar claro que, aun siendo secretario general, la composición de la Ejecutiva no la iba a imponer como pretendía Almunia, un señor al que aupaban con los votos prestados de su federación, entre otras.

En la actualidad, Bono, consciente de que la persona que puede aunar mayor número de criterios ante la crisis socialista es el presidente andaluz, ha dejado que sea Manuel Chaves el que presida la Comisión Política. Pero ha estado hábil a la hora de colocar a un hombre suyo, Máximo Díaz Cano, en la portavocía de la citada comisión. Entre él y Chaves existe un pacto de no agresión y de reparto de competencias hasta la fecha.

José Bono ha dejado pasar otras oportunidades en las podría haberse lanzado a la carrera por la secretaría general del PSOE o por el cartel electoral. Esta vez no piensa quedarse quieto. Por eso tiene en primera línea colocado a su hombre, Díaz Cano, para procurar que el proceso hasta el congreso no se desvíe. La afluencia de candidatos registrada hasta el momento no supone un problema para Bono. Más bien al contrario, le reafirman como el que ha demostrado que tiene tirón electoral propio, que conoce bien el partido y que tiene experiencia y autoridad moral tras de sí como para sacar al PSOE de su profunda de presión.                     

Tres ocasiones perdidas

Aunque José Bono no ha dejado de mirar de soslayo al palacio de la Moncloa, nunca ha tenido tantas tentaciones como en los últimos tiempos de lanzarse a la lucha por conseguirlo. Ha sido en los últimos años, desde 1997, cuando ha acariciado de veras la idea de ser el sustituto de Felipe Gonzáléz.

La primera vez que estuvo tentado de hacerlo fue durante el 34 Congreso del PSOE, tras la marcha sorpresiva de Felipe González, Pero no tardó en descartarlo. Felipe había señalado a otro sucesor y eso de ir "a contracorriente", con unas elecciones autonómicas que afrontar en tan sólo dos años, no le pareció lo más adecuado, Por otra parte, conseguir el apoyo de la mayoría de los delegados de ese congreso no le hubiera sido nada fácil. Dejó por tanto pasar la ocasión, calculando que habían de llegar tiempos mejores.

Llegaron poco después, cuando Joaquín Almunia, colocado al frente del PSOE con el poder prestado de Chaves o Bono, entre otros, decidió reafirmar su poder y aceptación convocando unas primarias. El presidente de Castílla‑La Mancha acarició de nuevo la idea de presentarse a esas primarias. Pero fue Josep Borrell quien se adelantó. Nuevamente Bono se había quedado atrás.

La tercera ocasión llegó cuando, inopinadamente , Borrell dimitía como candidato de¡ PSOE a la presidencia del Gobierno. Faltaba poco para la celebración de las elecciones autonómicas y municipales. Pero, en aquella ocasión, Bono decidió lanzarse. Planteó su disponibilidad para ser el candidato socialista. Lo hizo en un almuerzo celebrado en Toledo dos días después de la dimisión de Borrell y al que asistieron Felipe González, Joaquín Almunia, Alfredo Pérez Rubalcaba, Manuel Chaves, Juan Carlos Rodríguez Ibarra y Rosa Diez. Bono se postuló ante ellos y sólo puso una condición: que le aseguraran que en el 35 Congreso le garantizarían su apoyo para convertirse en secretario general, además de candidato. La respuesta fue no. Y Bono se echó atrás por tercera vez. En esta ocasión, la cuarta, no piensa hacerlo.

 

Sus fechas clave:

1978. Tras poner todo su empeño en la operación, fue el encargado de leer públicamente el acta de la fusión del PSOE y el PSP y, por tanto, se convirtió en militante socialista en ese momento.

1979. Encabezó la candidatura del PSOE por Albacete en las elecciones generales.

1979. Nombrado secretario cuarto de la Mesa del Congreso.

1993. Elegido el primer presidente de Castilla‑La ancha de la democracia.

1987. Renueva la mayoría absoluta en su comunidad.

1988. Elegido secretario general del Partido Socialista de Castilla‑La Mancha.

 1990. Elegido presidente del Partido Socialista de CastillaLa Mancha y pasa a formar parte de la Ejecutiva Federal del PSOE como vocal.

1991. Se desmarca del guerrismo, del que había sido miembro desde su ingreso en el PSOE. Vuelve a ganar las elecciones autonómicas por mayoría absoluta.

1993. Inicia la operación que concluirá con el fichaje de Baltasar Garzón por la lista del PSOE para Madrid.

1994. Reelegido presidente del PSCM‑PSOE.

1995. Se convierte en el único de los barones socialistas que revalida la mayoría absoluta en las autonómicas celebradas en ese año.

1996. Un año después de conseguir la mayoría absoluta en Castilla‑La Mancha, su federación vuelve a perder las elecciones generales frente al PP castellano‑manchego.

1997. Elegido miembro de la Ejecutiva del PSCM‑PSOE en su VI Congreso. Participa activamente en la colocación de Joaquín Almunia al frente del PSOE en el 34 Congreso Federal, con los votos de su federación, y revalida su cargo como vocal.

1999. Nueva mayoría absoluta en Castilla‑La Mancha.

2000. Decide lanzarse a la conquista de la secretaria general del PSOE.

José Bono Martínez

Edad: 49 años, cumplo 50 años en diciembre

Profesión: abogado

Estado civil: casado

Hijos: tres hijos

Muy personal

¿Cuales son sus aficiones? La jardinería, la fotografía y la lectura.

¿Practica algún deporte? ¿Con qué frecuencia? Voy al gimnasio tres veces a la semana.

¿Cuál es su libro preferido? ¿Cuántas veces lo ha leido? Rojo y negro, de Stendhal.

¿Cuál es el último que ha leido? Felipe de España

¿Prefiere la literatura de ficción o basada en la realidad? Prefiero la novela histórica.

¿Ir al cine o verlo en casa en zapatillas? Ir al cine, por supuesto.

¿Su película favorita? Ciudadano Kane.

¿Cuál es la que más le ha marcado? Ninguna en especial.

¿Y la última que ha visto? ¿Dónde? Todo sobre mi madre, en un cine de Toledo.

¿Nouvelle cuisine o guisos tradicionales? Guisos tradicionales.

¿Sabe cocinar? Sí, pero tengo muy poco tiempo.

¿Con qué plato deleita a sus invitados? Con comidas muy camperas y manchegas. Por ejemplo, las migas. Pero me salen muy bien los flanes.

¿Por qué plato pierde el sentido? El sentido no se puede perder nunca por un plato pero confieso que me gustan mucho los dulces y como no puedo abusar de ellos me gustan todavía más.

¿Vacaciones en el mar o en la montaña? Últimamente en el mar porque los amigos me invitan a ir hacia zonas de mar.

¿En familia o con amigos? En familia y con amigos.

¿Vacaciones de relax o culturales? De todo tipo, fundamentalmente culturales, pero en verano me gusta coger unos días sólo de relax.

¿Cuál es el político que más admira? El que más trabaja solidariamente.

¿Y el que más le ha sorprendido? Los que llevan mucho tiempo en política y siguen con las mismas ganas que el primer día.

¿A qué políticos hay que temer? A los políticos de representación, de cartón piedra y discurso vacío.

¿Cuál es su principal acierto en política? Trabajar desde la cercanía a la gente.

¿Y su mayor error? Seguramente tengo muchos pero prefiero que lo digan otros.

Fecha más importante de su vida: El nacimiento de mis hijos y en concreto el nacimiento de mi primera hija, Amelia.

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