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Nº 414
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15/5/2000
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Manuel Chaves.
El hombre que nunca quiso reinar El 35 Congreso del PSOE, previsto para los días 21, 22 y 23 del próximo julio, marcará un hito en la historia de los socialistas españoles. Por primera vez, desde el mítico Suresnes, la elección del secretario general es una incógnita. Los movimientos, pactos, negociaciones y también las conspiraciones, trampas y engaños que precederán a tan crucial cita tendrán como protagonistas a unos dirigentes clave a los que EL SIGLO ha querido retratar en profundidad para que sus lectores no se pierdan en las batallas que se avecinan. Iniciamos esta serie con el, por ahora, líder interino del PSOE, el presidente de la Comisión Política, Manuel Chaves. |
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Esther JAÉN Manuel Chaves nunca ambicionó hacerse con las riendas del PSOE y mucho menos en las actuales circunstancias. Sin embargo, ésta no es la primera ocasión en la que se le plantea la posibilidad de convertirse en el principal referente del partido. Poco amigo de las conspiraciones palaciegas, el entonces hombre del guerrismo Manuel Chaves, ex ministro de Trabajo y presidente de la junta de Andalucía, respiró aliviado cuando, en 1992, después de que Felipe González advirtiese a los suyos su intención de abandonar la presidencia del Gobierno y dejarla en manos del entonces vicepresidente, Narcís Serra, daba marcha atrás y decidía seguir siendo, por sexta vez, el cartel electoral de los socialistas. Chaves había sido llamado a filas por Alfonso Guerra. Él tenía que ser el sucesor de González frente a un Narcís Serra indigno de la confianza del guerrismo. En aquel momento, un cambio en los planes de González le permitió salvar una situación no deseada. No quería ser el sucesor de Felipe González, pero no era nada fácil negarse a los designios del entonces todopoderoso Alfonso Guerra. La antítesis del político ambicioso Pese a ser el líder de una federación que cuenta con más del 25% de los afiliados al PSOE, de no tener mayores conflictos orgánicos en su territorio y de haber ganado cuatro convocatorias electorales sucesivas en Andalucía, Manuel Chaves no quiere ser el sucesor y no lo ha querido nunca. Tanto es así que, desde su cargo como presidente de la Comisión Política o gestora del PSOE, está propugnando una reforma de la normativa de su partido para que los territorios tengan menos poder a la hora de elegir los cargos orgánicos socialistas. Lo está haciendo nada más y nada menos que el líder de la federación más numerosa y sólida de todas las socialistas y la que, lógicamente, mayor tajada podría obtener de aplicarse esos criterios territoriales en la composición de la nueva Comisión Ejecutiva Federal del PSOE. Decir que tira piedras contra su propio tejado es conocer muy poco a un hombre que tampoco ha utilizado jamás su amistad personal con Felipe González o la que tuvo en su día con Alfonso Guerra para conseguir auparse en el organigrama del PSOE. Manuel Chaves es, probablemente, la antitesis del político ambicioso. Nunca pidió desempeñar un cargo u otro desde su ingreso en el PSOE y en la UGT, allá por 1968. No fue él, por ejemplo, quien luchó hasta el último minuto, en 1984, por conseguir hacerse con la Secretaría de Organización del PSOE que, finalmente, recayó en el hombre que había escogido Felipe González: José Maria (Txiki) Benegas. Alfonso Guerra intentó persuadir a González hasta el último segundo para que su hombre de confianza, Manuel Chaves, ocupara ese puesto. Pero Chaves no movió un dedo por alzarse con el control real del partido en tanto que González y Guerra se hallaban en el Gobierno de España. Felipe González le tenía reservadas, por aquel entonces, otras tareas. Un año después, en 1985, entraba a formar parte del Ejecutivo, como ministro de Trabajo. Chaves fue el titular de Trabajo al que le tocó soportar la huelga general del 14 de diciembre. Pero ni siquiera eso le desalentó. Pretendía seguir adelante en su cargo. En sus planes nunca estuvo convertirse en el presidente de la junta de Andalucía. Más bien al contrario, se resistió tanto como pudo para evitarlo. El "candidato a palos" Si bien hoy se siente como pez en el agua al frente de] Gobierno andaluz, el entonces ministro de Trabajo se resistió con todas sus fuerzas a convertirse en e¡ candidato socialista a la presidencia de la junta de Andalucía. José Rodríguez de la Borbolla había caído en desgracia. Alfonso Guerra, con el beneplácito de Felipe González, había firmado su sentencia de muerte política. En principio, nadie pensó en Manuel Chaves, pero los aspirantes a suceder a Rodríguez de la Borbolla fueron cayendo a golpe de escándalo. Su implicación en el caso Juan Guerra obligó a descartar al más firme candidato, Leocadio Marín, el entonces presidente del PSOE andaluz. El siguiente candidato, Jaime Montaner, fue apartado también de las quinielas tras aparecer vinculado a un escándalo inmobiliario, el caso Doñana. Todas las miradas se volvieron en ese momento hacia Manuel Chaves quien llegó incluso a hablar con Felipe González del asunto. Su amigo le aconsejó que no hiciese nada que no le apeteciese hacer y que no escuchase los "cantos de sirena" del partido, que pretenderían empujarle hacia la presidencia de la junta. Incluso llegó a advertirle González que seguía contando con él y que tenia su sitio en el Gobierno. Los cantos de sirena llegaron (¡y de qué manera!). Txiki Benegas, Guillermo Galeote y el entonces secretario general del PSOE andaluz, Carlos Sanjuán, le hicieron una encerrona al ministro. Le habían convocado en la sede socialista de la madrileña calle Ferraz, no para pedirle sino para exigirle que abandonase su cartera ministerial y se fuese a hacer política a Andalucía. Por exigencias del partido, tenía que sacrificarse. De nada sirvieron los peros ni las invocaciones a González y al hecho de que lo necesitase en el Ejecutivo. Después de escuchar cómo le tachaban incluso de traidor, su resistencia numantina se vino abajo. Chaves se convirtió ese día en el candidato a la presidencia de la junta de Andalucía, después de haberlo negado sistemáticamente ante cámaras y micrófonos y, una vez más, sin haberlo buscado. Los rivales comunista y andalucista en aquellos comicios de 1990, Felipe Alcaraz y Pedro Pacheco, respectivamente, utilizaron a fondo esa sabida resistencia de Chaves y le bautizaron como el "candidato a palos". Usaron y abusaron del mote pero al electorado no pareció importarle. El 23 de junio de 1990 los socialistas, con Manuel Chaves como candidato y los escándalos salpicándoles incesantemente, volvieron a ganar las elecciones autonómicas en Andalucía por mayoría absoluta. Y, por si fuera poco, la lista encabezada por Chaves obtuvo dos escaños más que los obtenidos por José Rodríguez de la Borbolla cuatro años atrás. Un paso decidido al felipismo Una vez que hubo comenzado la cruenta batalla entre guerristas y felipistas en el seno del PSOE, todos los barones socialistas fueron alineándose en uno u otro bando. Manuel Chaves, sin embargo, intentó por todos los medios mantener la equidistancia. Lo consiguió durante algún tiempo, hasta el verano de 1993. Fue en aquel momento cuando se escenificó la ruptura, ya cantada, entre ambos sectores dentro del PSOE. El motivo que provocó la exhibición impúdica de las diferencias y desencuentros fue la propuesta de González de nombrar portavoz del grupo socialista en el Congreso al que había sido su ministro de Economía, Carlos Solchaga. Lo que estaba proponiendo González era una declaración de guerra en toda regla al vicesecretario general del PSOE y a sus adeptos. Carlos Solchaga era, posiblemente, la bestia negra del guerrismo (su enfrentamiento por el plan de viviendas que los guerristas intentaron convertir en el leit motiv de las elecciones municipales de 1991 y que Solchaga se encargó de sabotear, o su actitud marcadamente antiguerrista en el 32 Congreso del PSOE, que le llevó a declararse "perdedor" del mismo frente a los guerristas triunfadores, fueron sólo algunas mues‑' tras de ese odio casi africano que se profesaban el uno a los otros y viceversa), pero Solchaga tampoco era una persona apreciada por el resto de los dirigentes socialistas. No lo era por el entonces presidente de la Generalitat valenciana, Joan Lerma, ni tampoco por e¡ propio Manuel Chaves. Ninguno de los dos comulgaban con sus ideas económicas ni con sus rudas formas de navarro bravucón. La propuesta de Felipe, su empecinamiento por colocar a Solchaga al frente del grupo parlamentario, se vivió como algo traumático que provocó la primera votación en muchos años que enfrentaba al tándem GonzálezGuerra. Esa votación se convirtió en algo más que el nombramiento o no de Solchaga. Era un pulso entre Felipe González y Alfonso Guerra en el seno de una Comisión Ejecutiva integrada, según parecía, por una mayoría guerrista. Sin embargo, Chaves y tantos otros que se habían mantenido fieles a Guerra hasta la fecha entendieron que, de perder esa votación, Felipe González dimitiría de su cargo como secretario general socialista. Votar lo que consideraban correcto hubiera sido, cuando menos, debilitar al secretario general. Había que optar y Chaves lo hizo, aunque intentó por todos los medios evitar que se llegase a la votación. Aquella tarde, durante su intervención ante la Comisión Ejecutiva, Manuel Chaves repitió hasta la saciedad que Solchaga no era la mejor elección, que su nombramiento sería un error o que no era representativo del grupo socialista. Pero llegó la hora de la verdad. Llegó la votación y Chaves votó contra su propio criterio, pero en apoyo a Felipe González. A contracorazón, Chaves votó a favor del nombramiento de Solchaga como portavoz del grupo socialista y puso de manifiesto sus preferencias entre papá (González) y mamá (Guerra). Desde aquel momento a nadie le quedaron dudas sobre la adscripción política de Manuel Chaves. La batalla en Andalucía Tras haberse significado en lo que a sus preferencias políticas se refería, Manuel Chaves intentó que todo el PSOE andaluz siguiera sus pasos sin necesidad de llegar a la batalla encarnizada. Así se lo propuso al secretario general del PSOE andaluz, al guerrista Carlos Sanjuán y al resto de los fieles a Guerra. Convinieron que Chaves haría una especie de papel de “integrador” entre el guerrismo y la renovación. Para escenificar esa pretendida integración y equidistancia, los socialistas andaluces, capitaneados por Sanjuán y con el visto bueno de Chaves organizaron unas jornadas de reflexión en Granada. González y Guerra eran los invitados de lujo, aunque, eso sí, se cuidaron de no coincidir y cada uno acudió en un día diferente. El resultado de aquellas jornadas de supuesta convivencia fue nefasto. Los números uno y dos del PSOE acudieron con el hacha de guerra y se dedicaron a evidenciar y profundizar más en sus diferencias a través de sus discursos. Sin embargo, lo que realmente llevó a Manuel Chaves a querer hacerse con las riendas del PSOE andaluz, a ambicionar por primera vez un cargo orgánico, el de secretario general de los socialistas andaluces, fue la petición que le hizo Felipe González. González quería una federación andaluza que acudiera al 33 Congreso Federal del PSOE convertida a la renovación. Y eso no podía ser si el guerrista Sanjuán continuaba al frente del PSOE‑A. Desde ese momento, Chaves,empezó a luchar por hacerse con las riendas del socialismo andaluz. El Partido Socialista de Andalucía vivió una de las batallas más duras y encarnizadas de su historia. La que tradicionalmente ha sido la federación más poderosa llegó al 33 Congreso Federal del PSOE fracturada y extenuada. Chaves había conseguido, con los apoyos de algunos capitanes sevillanos y del resto de Andalucía, dar un vuelco a la situación en su federación. Pero el precio a pagar fue muy alto. Andalucía perdió la hegemonía en ese congreso y de eso sacó buena tajada su colega valenciano Joan Lerma que, aunque parezca mentira, acudió a ese congreso con una Federación Valenciana unida y sin fisuras. Poco después, como marcan los estatutos socialistas, llegaría la celebración del 6º Congreso del PSOE de Andalucía. Chaves había conseguido la mayoría y logró hacerse con ¡a secretaría general, tal y como había planeado. Lo que no consiguió fue integrar al sector guerrista (todavía muy numeroso) en la nueva dirección del PSOE andaluz. La situación se agravó cuando el ex secretario general del PSOE‑A, Carlos Sanjuán, acusó a Manuel Chaves de haber usado y abusado de su poder institucional para hacerse con el poder orgánico. Sanjuán aseguró que los fondos del PER habían sido moneda de cambio para captar adhesiones de alcaldes socialistas a la causa de la renovación. Si la oposición siempre había acusado al PSOE de nutrirse del voto cautivo, esta vez la acusación la formulaba un socialista.Los enfrentamientos se sucedieron en los consiguientes congresos provinciales y la situación desembocó finalmente en el mayor batacazo electoral que se le recuerda al PSOE andaluz: en las elecciones celebradas en 1994, el PSOE perdió la mayoría absoluta y la friolera de 18 escaños. Las urnas, que hasta la fecha no habían castigado escándalos, corrupciones, candidatos a palos o paracaidistas, decidieron castigar en esa ocasión la división interna y el espectáculo ofrecido por los socialistas. Manuel Chaves se habría de enfrentar a la peor etapa (1994‑1996) al frente del Gobierno andaluz. Víctima de la pinza PP‑IU Fóbico al enfrentamiento y la crispación, Manuel Chaves tuvo que soportar durante dos años la extrema dureza de una oposición que se cebó contra un Gobierno débil, con una mayoría precaria, que le obligaría a disolver el Parlamento andaluz y convocar elecciones anticipadas coincidiendo con la celebración de las generales de 1996. El presidente de la junta de Andalucía fue blanco de los ataques tanto de IU como del PP andaluz que, en aquellos momentos, lideraba el actual secretario general de los populares, Javier Arenas. IU por la izquierda y el PP por la derecha convergieron en intereses y energías. Su objetivo era desgastar y erosionar a un Gobierno, el de Manuel Chaves, que gobernaba por decreto ya que el Parlamento, con los votos de PP e IU (lo que dio en llamarse la pinza) bloqueó la práctica totalidad de las iniciativas legislativas procedentes del Gobierno de Chaves e incluso generó toda una serie de acciones, como la reprobación y petición de cese del entonces portavoz de la junta de Andalucía, José Nevado, el forzar la salida del presidente de la junta de la residencia habilitada para albergar al máximo mandatario andaluz o la imposibilidad de sacar adelante los presupuestos generales de la comunidad. Ese año 96, Manuel Chaves decidió poner punto final a un Gobierno débil y sometido a continuos avatares y, campos de minas sembradas amorosamente por la extraña pareja: PP y IU‑CA. Manuel Chaves sabía que no era el mejor momento para coincidir con su buen amigo Felipe González a la hora de pedir el voto, pero también fue consciente de que la crispación era tal y la campaña estaba tan polarizada que la mayoría de votantes socialistas de Andalucía iban a echar el resto. Lo cierto es que a él volvieron a darle una confianza mayoritaria que le permitió gobernar cómodamente con el apoyo del Partido Andalucista. Tampoco se podría quejar González de los resultados obtenidos en ese envite en su tierra natal. Andalucía y Cataluña, territorios donde el PSOE sacó una ventaja abismal al PP, permitieron a González traducir su derrota en lo que llamó la “derrota dulce", frente a la “victoria amarga" de José María Aznar. Ya tenía de nuevo la sartén por el mango en el Gobierno y en el Parlamento andaluz, había conseguido hacerse con el PSOE‑A tras unos años de luchas cainitas, gozaba del respeto de] resto de los socialistas, volvía a ser un peso pesado dentro de la familia socialista: Manuel Chaves recuperó el poder de su baronía y se convirtió en el principal de los tres tenores. Visto desde dentro del PSOE, Chaves ha sido el único barón capaz de liderar un partido en plena debacle. A él se le reconoce la autoridad. Esa misma autoridad con la que, tras su pacto con José Bono, decidió aupar a Joaquín Almunia a la Secretaría General del PSOE en el último congreso, buscando una salida de transición a la crisis que se avecinaba con la marcha de González. Ahora el presidente andaluz sabe que las soluciones transitorias y los parches no dan buen resultado. De momento, y por lo que respecta a la Comisión Política, ha vuelto a establecer una entente con Bono. Chaves preside la Comisión y Bono coloca a un hombre de su estricta confianza en la portavocía: Máximo Díaz Cano. El andaluz se ha autodescartado para ocupar esa Secretaría General. Pero hay quienes no descartan que en el último minuto se vea obligado a hacerlo, visto el rechazo y el enfrentamiento que suscitan entre diversas facciones los candidatos que se han lanzado hasta el momento a la palestra. Chaves sabe que no es estéticamente presentable haber ganado unas elecciones andaluzas y, a los dos días, hacer las maletas y marcharse a Madrid. No es su momento. Pero tampoco ve con buenos ojos que quien aproveche la coyuntura sea José Bono. Porque Manuel Chaves sabe que Bono, a diferencia de Joaquín Almunia, no seria un secretario general de trámite ni de transición. Seria el secretario general, el candidato a la presidencia del Gobierno y el que conseguiría, con los métodos que fuere, hacerse con el control definitivo del PSOE. Lo ha demostrado. Así fue como lo hizo en Castilla‑La Mancha. El presidente de la junta de Andalucía y el encargado de llevar las riendas del PSOE hasta la celebración del próximo congreso federal es, posiblemente, el único de los integrantes del conocido clan de la tortilla, inmortalizado en una foto (aquellos jóvenes emprendedores socialistas como Felipe González, Alfonso Guerra, Luis Yáñez o Carmen Hermosín, entre otros, que pretendían conquistar el PSOE y el Gobierno español desde su clan sevillano) que sigue siendo uno de los hombres con tanto peso como futuro dentro del Partido Socialista en estos momentos. Chaves es rotundo cuando dice que no será el futuro secretario general del PSOE. Pero también lo era cuándo decía que no seria en ningún caso el candidato del PSOE a presidir la junta de Andalucía. Una vez más, las circunstancias le han jugado una mala pasada. Si los socialistas llegan a su próximo congreso con un líder más o menos perfilado, que suscite un buen número de apoyos, Chaves se limitará a ejercer la fuerza que tiene la primera federación socialista. Si, por el contrario, el congreso se convierte en una batalla campal, Manuel Chaves se puede convertir en el único socialista capaz de aunar voluntades y calmar ánimos. El único que pueda llevar las riendas del PSOE. Algo que nunca ha buscado y que, desde luego, se va a resistir a hacer. |
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El tenor más temido Desde su presidencia de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves ha convertido a su comunidad en la que más quebraderos de cabeza trae al Gobierno de José María Aznar. Si las comunidades gobernadas por el PP veían con resignación cómo, tras las elecciones de 1996, se elaboraba un sistema de financiación “a medida" de Cataluña, impulsado por la Generalitat y acatado por un Ejecutivo que necesitaba imperiosamente de los 17 votos de los hombres de Jordi Pujol en el Congreso de los Diputados, Andalucía, que en tiempos de González se acogiera a la cesión del 15% del IRPF, no quiso ni la cesión del 30% ni la capacidad normativa. Chaves dio órdenes de votar contra ese modelo de financiación en el Consejo de Política Fiscal y Financiera y rechazó acogerse al mismo. También lo hicieron sus correligionarios, el presidente de Castilla‑La Mancha y Extremadura, José Bono y Juan Carlos Rodríguez Ibarra, respectivamente y, según insiste José María Aznar, condenaron a sus gobernados a perder cientos de millones de financiación por su cabezonería. Pero el que, sin duda, ha hecho más ruido y más daño al Gobierno de José María Aznar ha sido Manuel Chaves. No sólo ha sido su resistencia numantina a acogerse al sistema de financiación autonómica. Chaves no ha desperdiciado un solo resquicio para espolear al Gabinete de Aznar: ha litigado con desmedida vehemencia por conseguir que el Ejecutivo salde la deuda histórica que tiene con Andalucía y que supone una gran cantidad de millones y, como jugada maestra de la estrategia política, ha conseguido coger a contrapié a Aznar y a su política, tan loada desde el PP, de aumento de las pensiones, Manuel Chaves fue el primero en tomar medidas cuando se suscitó el debate de las pensiones. Los socialistas pedían un aumento, dada la bonanza económica, el Gobierno les llamaba irresponsables y se negaba. Y surgió Chaves. Con su presupuesto, aprobó una dotación extraordinaria para todos los pensionistas andaluces. El Gobierno de José María Aznar fue pillado por sorpresa y tardó en reaccionar. Cuando lo hizo, recurrió la decisión de Chaves ante el Tribunal Constitucional por considerar que se estaba inmiscuyendo en competencias de la Administración central. Lo curioso del asunto fue que Jordi Pujol, el principal y más sólido socio de Aznar, decidió seguir los pasos de Chaves y colocó en una situación incomodísima a Aznar. Electoralista o no, la medida de Manuel Chaves fue acogida con entusiasmo por los pensionistas andaluces y al Gabinete de Aznar se le puso bastante cuesta arriba el explicar por qué se oponían a ese aumento. La medida fue replicada con un aumento de las pensiones por parte del Gobierno Aznar, pactada con los sindicatos. Al final, afortunadamente, los más beneficiados por la pelea fueron los pensionistas de toda España. Manuel Chaves tiene ahora el poder institucional, la fuerza que le dan los votos, su presupuesto autonómico y la autoridad moral de ser una institución dentro del PSOE. Por eso es el más temido de los tres tenores socialistas. |
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Sus fechas clave: 7 de julio de 1945: Nace en Ceuta. 1968: Ingresa en el PSOE y en la UGT. 1976: Entra a formar parte de la Comisión Ejecutiva Confederal de la UGT, donde permanecerá nueve años. 1977: Se convierte en diputado por la circunscripción de Cádiz tras las primeras elecciones generales de la transición. 1984: En el 30 Congreso del PSOE es elegido secretario de Asuntos Económicos, Sociales y Sindicales. 1985: Felipe González lo nombra ministro de Trabajo. 1987: En el 31 congreso es nombrado miembro del Comité Federal del PSOE. 1990: En el 32 Congreso entra en la Comisión Ejecutiva Confederal. Deja de ser ministro y diputado para presentarse como candidato a la presidencia de la Junta de Andalucía. 1994: En el 6" Congreso del PSOE de Andalucía da un vuelco a la federación y consigue hacerse con la secretaría general. Junio de 1990: El PSOE gana las elecciones andaluzas y se convierte en presidente de la Junta, cargo que revalida en las tres elecciones siguientes, la de 1994, 1996 y la última, el 12 de marzo de 2000. Abril 2000: Tras la dimisión de la Ejecutiva Federal del PSOE asume la presidencia de la Comisión Política que debe conducir al partido hasta el congreso de julio. |
Muy personal¿Cuales son sus aficiones? El cine y la tertulia con los amigos ¿Practica algún deporte? ¿Con qué frecuencia? Carrera y gimnasia. Tres o cuatro días por semana ¿Cuál es su libro preferido? ¿Cuántas veces lo ha leido? Cien años de soledad. Dos veces ¿Cuál es el último que ha leido? Historia de México, de Ernesto Krauze. ¿Prefiere la literatura de ficción o basada en la realidad? La literatura de ficción ¿Ir al cine o verlo en casa en zapatillas? Ir al cine. ¿Su película favorita? El padrino (1 y 2) ¿Cuál es la que más le ha marcado? Tal como éramos (Sydney Pollack) ¿Y la última que ha visto? ¿Dónde? Las normas de la casa de la sidra (en el cine) ¿Nouvelle cuisine o guisos tradicionales? Ambas ¿Sabe cocinar? No ¿Con qué plato deleita a sus invitados? – ¿Por qué plato pierde el sentido? Ninguno ¿Vacaciones en el mar o en la montaña? En el mar ¿En familia o con amigos? En familia ¿Vacaciones de relax o culturales? De relax ¿Cuál es el político que más admira? Ramón Rubial ¿Y el que más le ha sorprendido? Gorbachov ¿A qué políticos hay que temer? A los simuladores ¿Cuál es su principal acierto en política? Ganar las elecciones (por lo menos hasta ahora). ¿Y su mayor error? Que lo digan los adversarios políticos. Fecha más importante de su vida: 7 de julio de 1945. Fecha de mi nacimiento. |