Nº 354
22/2/99

El pregonero del carnaval de Madrid

Luis G.DEL CAÑUELO

Sin camisa azul ni correaje, ni chaquetilla blanca, el viejo procurador en Cortes, el antiguo director del diario Arriba (!Arriba España, Viva Franco!), (!Arriba escuadras a vencer, que en España empieza a amanecer!), Jaime Campmany, pronunció en la plaza de la Villa de la capital de España el pregón de Carnaval. Apareció, al llevar atuendo normal, pues, disfrazado, como probablemente debiera ser preceptivo para tan solemne como festivo acto, el pregonero escogido en esta ocasión por el alcalde de Madrid, José María Álvarez del Manzano. Pareja de farsantes. El regidor madrileño estrenó centrismo popular (radiantemente asumido en el pasado congreso aznarista) eligiendo padrino de los carnavales a Jaime Campmany, que encarna en su dilatada carrera la más tenebrosa tradición de la caverna. Ni el Madrid democrático (ahora que se cumplen los primeros 20 años de las primeras elecciones municipales) podía llegar a mayor degradación ni este periodista del fascio podía obtener mayor honor. Por fortuna y para la pequeña historia madrileña, tanto el PSOE como IU supusieron estar a la altura de circunstancias tan penosas y, aparte de verter duras críticas contra la desición de Álvarez del Manzano, los ediles de la oposición brillaron por su ausencia. Prefirieron ahorrarse la mascarada.

Campmany, como le acostumbra a suceder a quien es director de Época, columnista de Abc y tertuliano de la Cope, ha tenido en este trance algunos defensores. Uno de ellos, Manuel Martín Ferrand. Otro, Juan Manuel de Prada. Ambos escriben en Abc, el periódico monárquico que acogió en sus páginas, hace ya años, a Campmany, -uno muy antimonárquico-, según lo definiera el propio don Juan de Borbón en conversaciones con Pedro Sainz Rodríguez (Un reinado en la sombra, página 262, editado el año 1981). Campmany fue antimonárquico a fuer, naturalmente, de falangista; no porque profesara fervor alguno de raíz republicana, salvo sus simpatías por la República de Saló, proclamada el 1 de diciembre de 1943 bajo la protección de Hitler y donde se refugiara Benito Mussolini y su corte de camisas negras. Este género de recordatorio molesta a Juan Manuel de Prada (que va de joven valor de la literatura), el cual presume de pertenecer a la generación de (quienes hemos crecido sin Franco), como si ello fuera un mérito especial o como si no haber vivido en la época de Nerón, pongamos por caso, ya diera licencia para absolver, o no tener en cuenta, comportamientos tan abyectos como el de aquel emperador romano. Sostiene De Prada que -tachar a alguien con el epíteto borroso de franquista- un epíteto que sería extendible a cualquier escritor en periódicos de aquella época: hurguen en las hemerotecas y se tropezarán con revelaciones estupefacientes) es tan ineficaz como tildar a Dante de gibelino, salvo que la elección del epíteto anhele fines espurios). Con semejante aseveración (la que se refiere (a cualquier escritor de periódicos de aquella época); la otra, la de Dante, es simplemente un sofisma que ni siquiera llega a la categoría de estolidez, De Prada exhibe una estremecedora ignorancia, insulta a muchísimos compañeros del periodismo y, sobre todo, silencia que otros muchos no pudimos ejercer nuestro oficio porque estábamos en las listas negras de la represión, tras haber permanecido un par de décadas (es mi biografía) en el exilio, y con suerte, pues de haberme quedado aquí, en la España de ese Franco que De Prada no conoció, hubiera ido ante un pelotón de fusilamiento o habría sido huésped forzoso de algún penal o esclavo en el Valle de los Caídos.

Mientras Campmany triunfaba profesionalmente en la prensa del Movimiento y ocupaba escaño en las Cortes de la dictadura, otros colegas sobrevivían con dignidad a la amargura de las censuras y las consignas, luchaban en la clandestinidad en favor de la libertad de prensa y procuraban colar todos los golpes posibles en la portería del régimen. Juan Manuel de Prada, en su significativa defensa de Campmany, ha proferido una villanía. En el caso del pregonero del Carnaval, en el ominoso Madrid de Álvarez del Manzano, entre el casticismo reaccionario y el agua bendita, sin olvidar los grandes negocios inmobiliarios de unos cuantos sinvergüenzas amigos del PP, sazonado todo ello con algunas procacidades erótico/festivas, muy del agrado del Campmany que glosa la Viagra y redacta novelas sobre incestos y otras experiencias; en este caso, digo, su franquismo no fue (borroso), fue nítido, público y notorio. Si De Prada se documentase a la hora de teorizar sobre Franco (él se sitúa, claro, por encima del bien y del mal: le produce (repelús histórico la figura del invicto general), puntualiza(, y, máxime, a propósito de Jaime Campmany, sabría que en los años sesenta/setenta José Antonio Girón de Velasco, según ha contado en sus memorias y yo he escrito en El Siglo a menudo, era un gran admirador del ahora pregonero. Supongo que De Prada sí sitúa a Girón de Velasco, para quien Carlos Arias Navarro era un peligroso liberal.

Campmany, en todo caso, y como corresponde a un entusiasta de los disfraces, procuró acomodarse en la transición a los tiempos nuevos. Pasó del Cara al Sol a actividades más productivas que las relacionadas con la nostalgia. Algún día habrá que investigar qué tipo de negocios de imagen regentó con otros travestidos, teniendo como clientes, entre otros modélicos demócratas, a los generales argentinos. O habrá que ver de qué forma nació Época, subproducto del gran periódico que intentaba editar Manuel Fraga Iribarne y su agónica Alianza Popular, revista que, por otra parte, tuvo en su momento y como principal soporte a Mario Conde. O sea, a los dineros de Banesto: de sus impositores. En cuanto a Fraga Iribarne, baste leer su libro En busca del tiempo perdido (1987) para encontrar un hermoso repertorio de elogios a Campmany, amén de la relación de los reiterados encuentros entre ambos centristas. Como asumió, sin duda, una encomiable actitud de centro cuando encabezó, de forma activa y perceptible, el acoso y derribo contra el grupo de El País, la Ser, Canal Plus y Canal Satélite. De eso hace menos de dos años y, como sabe muy bien De Prada, ya no vivía el general Franco. De vivir, no tenga ninguna duda Juan Manuel de Prada de que no hubiera sido necesaria la conspiración de Campmany y compañía -con Gómez de Liaño, contrapariente del pregonero, haciendo de fiscal Starr-,porque no se editaría El País, la Ser continuaría conectando con RNE y los canales televisivos empezarían y acabarían en Prado del Rey. Campmany no hubiera tenido, pues, que perder su precioso tiempo urdiendo bajezas de toda condición contra el grupo periodístico más progresista de entre los grandes multimedias europeos. De vivir aún Franco, Campmany seguiría dirigiendo el Arriba y escribiendo panegíricos sobre el Caudillo y su envidiable paz. No hubiera, sin embargo, podido ser pregonero del Carnaval: estaba simplemente prohibido. Pero eso a Campmany le importaba entonces un pimiento.

Hemeroteca Inicio