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Nº
635 - 7 de febrero de 2005
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| Hemeroteca | Esta semana |
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Del PP y la extrema derecha Hierve la caldera de la desestabilización política porque el PP quiere aplicar a Zapatero la misma terapia de choque de hace diez años, es decir, la de llevarse a este Gobierno por delante, sumergiéndolo en el descrédito de cuantos más escándalos, sean o no ciertos, sean o no mentira, mejor. “Me comentaban mis amigos madrileños que en la capital de España se estaba creando día a día un clima social semejante al de aquellos años del último Gobierno de Felipe González. Como tal fenómeno no lo vivimos en eso que siempre se ha llamado “provincias”, pensé que era una exageración propia de los desocupados capitalinos hambrientos de novedades aunque sean garbanceras”, comentaba el viernes 28 de enero Juan Alberto Belloch, actual alcalde de Zaragoza, en su habitual artículo en La Razón. ¿En La Razón? Sí, en el periódico de Lara y de Anson, que también tiene algún columnista rara avis, a pesar de que este ex ministro de Justicia e Interior publica por lo general reflexiones au dessus de la mêlé, escasamente críticas respecto a la política del Partido Popular y bastante cercanas a una equidistancia curiosa. En esta ocasión, sin embargo, no. A raíz de la vandálica manifestación de Madrid, Belloch padeció, al parecer, una súbita recuperación de la memoria, recordó sus años de plomo sufridos cuando estaba en el Gobierno y se vio reflejado de nuevo, como si hubiera regresado de pronto por el túnel del tiempo, en los sucesos acaecidos durante esa manifestación de carácter fascistoide. Digo fascistoide porque en efecto así lo fue, a pesar de que uno de los promotores de la algarada, el dirigente del PP de Madrid y concejal del Ayuntamiento, Ángel Garrido, tuviera la desfachatez de calificar con tal adjetivo las actuaciones del delegado del Gobierno central en la Comunidad madrileña. Nada sorprendente. La capacidad del PP de inventarse en provecho suyo una realidad inexistente o de colocar el mundo al revés resulta, hay que admitirlo, portentosa. Su máxima exhibición en tal sentido se produjo a raíz del atentado del 11 de marzo, como nadie olvida, salvo los profesionales de la amnesia, que son no pocos de sus dirigentes. El portavoz de las fabulaciones fue entonces Ángel Acebes, ministro del Interior, quien no hizo otra cosa más que recitar el guión que le redactaba en cada momento su mentor y amigo, José María Aznar. Acebes fue precisamente la estrella de esa desdichada manifestación, lo que en absoluto puede ser calificado de cuestión secundaria o menor. Belloch se mostró esta vez contundente y resaltó ciertos datos sumamente ilustrativos de cuanto está sucediendo: “El hecho desnudo y terrible es que miles de ciudadanos han considerado decente llamar asesinos a miembros de un Gobierno legítimo de la nación y, no contentos con ello, algunos intentaron hacerles víctimas de una violencia sectaria y gratuita. Los dirigentes de la organización convocante, si conservaran un mínimo de vergüenza, deberían haber dimitido de sus cargos ante su incompetencia para evitar ese desastre cívico, salvo que, naturalmente, la cosa fuera más grave por haber tenido un cierto grado de cooperación o complicidad en lo ocurrido (...)”. Y atención a este párrafo: “El bochorno que como espectador experimenté al ver por televisión las imágenes de semejante salvajada me sonó a intensamente conocido, sufrido en carne propia en el trienio 1993-1996. También entonces los fascistas organizados y armados desde el sindicato del crimen sometieron a idénticas vejaciones a quienes, como era mi caso, teníamos que asistir a toda clase de funerales, manifestaciones o concentraciones relacionadas con la violencia etarra (...) Los insultos proferidos, entre otros, a mi amigo Bono no hacen sino despertar la bestia dormida que llevo perfectamente conservada en mi conciencia. Entonces y ahora, conozco con precisión quiénes eran y quiénes son los responsables de tal basura, los que atizan sin piedad ni remordimiento los más bajos instintos de, nunca mejor dicho, tal canalla, con sus proclamas diarias en los medios de comunicación”. Belloch, pues, acusa como inductores de los episodios funestos de “entonces y ahora” a determinadas “proclamas diarias en los medios de comunicación” y cita literalmente al sindicato del crimen. Creo sinceramente que no le falta un ápice de acierto en su diagnóstico, como pueden suponer mis pacientes y amables lectores de tantos años, pues estas cosas las he escrito y reiterado a lo largo de mucho tiempo, “entonces y ahora”, en mi semanal colaboración que tan generosamente publica El Siglo. Me asombra gratamente, no obstante, que aseveraciones tan graves y de tan alto voltaje hayan visto la luz en La Razón, que es uno de los órganos periodísticos más acreditados en atizar “los más bajos instintos”. Entonces La Razón no había nacido todavía, pero Luis María Anson ya ejercitaba el arte panfletario, con eficacísima perversidad contra González, desde el diario ABC, del que era director, y lo venía haciendo mucho antes de los tres años citados por Belloch, quien en esa época ejercía de juez en Euskadi, estaba fuera de la política y más aún del PSOE, y hasta plantaba cara al Gobierno, si mi cada vez más flaca memoria no me traiciona, a propósito de medidas adoptadas por él sobre guardias civiles acusados de torturas u otros presuntos delitos en relación a terroristas. Claro que, en ocasiones, Anson es imprevisible. Sus compañeros del sindicato del crimen, sobre todo el fallecido Antonio Herrero de la COPE, le llamaron incluso felón por sus revelaciones a Santiago Belloch, curiosamente el hermano del ex ministro, al entonar una especie de mea culpa por las actividades del sindicato que, según Anson, habrían llegado a poner en riesgo al Estado democrático. Anson había sido destituido como director de ABC, Aznar había accedido a La Moncloa y él se sintió injustamente discriminado en el reparto del botín de la victoria. Por eso destapó parte de la conjura contra González. De ese aviso a navegantes surgió verosímilmente La Razón. Juan Alberto Belloch sí alude con nombre y apellidos a Jiménez Losantos: “Mis amigos madrileños me citaban como ejemplo las homilías incendiarias del turolense Jiménez Losantos Mártires (de la inteligencia) gran pope de la católica COPE (...) El problema, visto desde Madrid, es que escuchar a esta especie de radiopredicadores genera adicción en un determinado género de oyentes que tras recibir su enloquecido adoctrinamiento se transforman de inofensivos fachas en peligrosos fascistas (...) La gravedad de lo ocurrido en Madrid (...) que descansa en la imposibilidad de asumir los resultados electorales por parte de la extrema derecha”. Ese mismo día 28 de enero, el periodista mencionado explícitamente por Belloch, ese pirómano al servicio de los obispos que se llama Federico Jiménez Losantos, se manifestaba en El Mundo contrario a la teoría sobre la extrema derecha. Para ello se valía de un artículo anterior firmado por Raúl del Pozo, otro que tal hablando del famoso sindicato, que reproducía del siguiente modo: “El otro día, en una gran columna, decía en estas páginas Raúl del Pozo que la manifestación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo no era ni fascismo ni extrema derecha ni esas sandeces de los loritos progres, sino los 10 millones del Partido Popular, que no son ni violentos ni revolucionarios pero que están ya hasta las narices. Es exactamente así. Y esperemos que Mariano Rajoy no sea Gil-Robles ni Largo Caballero sea Largo Zapatero. Porque media nación no se resigna a morir”. ¡Media nación
no se resigna a morir! Horas antes Alfredo Urdaci, en presencia de Ana
Botella y otros conspicuos peperos (políticos y plumíferos) presentaba
su libro en Madrid. Se llama Días de ruido y de furia. Quien se
mofó de una sentencia judicial condenatoria por manipulación informativa
al leer tal cual CC OO, que fue el sindicato que presentó la denuncia,
sigue confundido y confundiendo. El ruido y la furia, tan típicos de la
extrema derecha, constituye una de las señas de identidad del PP. O sea,
un partido que presume de centrista y que alberga en su seno la extrema
derecha. Sociológicamente, el PP tiene mucho de extrema derecha y muy
poco de centrista. |