Nº 592 - 1 de marzo de 2004
 
Hemeroteca Esta semana

De la estética y la ética del PP

Se jacta Mariano Rajoy de que en España ha desaparecido la corrupción. Repite Rajoy a sus fieles: “Mirad, en 1996 la corrupción ocupaba el tercer lugar entre las preocupaciones de los españoles, después del paro y del terrorismo. Hoy figura en los últimos lugares.  ¿Hay prueba mejor de cómo nuestro Gobierno ha eliminado la corrupción, según acabo de explicaros?” Miente, sin embargo, Rajoy. No ha terminado la corrupción en el ámbito político. Por el contrario, ha crecido. El PP, no obstante, la ha borrado de los medios, la ha difuminado, contando para ello con la colaboración activa de sus muy potentes armas mediáticas de destrucción masiva, mientras que un diario de centro-izquierda como El País procura por lo general no entrar en estos asuntos a sangre y fuego, a fondo al menos, salvo alguna excepción más bien fugaz.

El Gobierno de Aznar ha hecho enmudecer a la judicatura y hasta destituyó, modificando ad hoc la ley vigente, al fiscal anticorrupción, Carlos Jiménez Villarejo. Mantiene como perro de presa o  cancerbero infranqueable al fiscal general del Estado, Jesús Cardenal, que ha hecho todo lo posible, lo imposible y lo que más ha convenido en cada momento para alejar el peligro judicial de los numerosos escándalos que afectan al PP. Ha salvado personalmente de la quema a Josep Piqué, empresarialmente vinculado a Javier de la Rosa en el tenebroso caso Ercros. Javier de la Rosa, como nadie ignora, incluso lo saben ya en Marte, es un dechado de honestidad. También salvó de la quema más absoluta al PP en el verano de 2003 a raíz de la traición de Eduardo Tamayo y Maite Sáez. Cardenal boicoteó todos los intentos de que este bochornoso episodio fuera investigado judicialmente. Tampoco accedió a investigar ni uno solo de los múltiples capítulos de corrupción urbanística, presunta en lenguaje políticamente correcto, que se fueron destapando, siempre con jerifaltes del PP por medio, entre los cuales sobresalió un tal Romero de Tejada, que continúa incólume en su cargo de presidente del PP de Madrid.

Gescartera pasó a descansar en paz, a dormir el sueño no precisamente de los justos. Nadie de entre los peces gordos pagó responsabilidad alguna. Luis Ramallo ¿dónde está? Desapareció asimismo el caso Zamora como el de Burgos sin salpicar a José María Aznar. ¿Qué se hizo de los créditos misteriosos y de otros enigmáticos negocios de la familia Rato? ¿Y de Abel Matutes qué? ¡Oh, nula diligencia actualmente en averiguar de qué trata, en realidad, el caso Fabra, la turbia historia de un político enriquecido a tope, Carlos Fabra, cacique y presidente de la Diputación de Castellón!

Le preguntaron por Fabra a Trillo, aquel diputado justiciero que arremetía hace años, en aras de su santificación, sin duda, contra cuanto se moviera con alguna sospecha, la más mínima, en el Gobierno de González. Pero el ministro de Defensa, el que organiza follones cada vez que abre la boca, ha pasado a ser un político de horizonte amplio, entre Washington, Rabat y Bagdad como mínimo, cuando no Afganistán y Turquía, donde se estrelló el avión Yak-42 y murieron  62  militares españoles. Mutila Trillo los informes que le comprometen en la tragedia del Yak-42. Su mundo está entre Perejil y la Prelatura. No atiende Trillo, por consiguiente, “a los temas locales”, como es, al fin y a la postre, el de Carlos Fabra. Puntualiza escrupuloso que ha de respetarse el principio de transparencia, claro, aunque también el de presunción de inocencia y nada se ha probado, dice muy ufano, acerca de si Fabra incumplió el código ético del Partido Popular.

La clave de que parezca que no ha habido, o no haya ahora mismo, corrupción está en lo dicho: cerrojazo mediático y bunquerización judicial. El teólogo José Ignacio González Faus lo resumía hace unos días en La Vanguardia: “Llamativo ha sido el empeño por cooptar al poder judicial y al poder mediático. ¿Era esa la prometida “regeneración democrática”? El fiscal general del Estado pasará a la lista de aquellos mayordomos de palacio de los merovingios. Junto a él pasarán nombres como Alfredo Urdaci y algún otro, quienes, desde un medio público, convirtieron los informativos y los debates en auténticas catequesis (...) Hemos tenido un Gobierno mediador: lo cual va muy bien a los gobernantes y muy mal a los ciudadanos”.

Visto por dentro, el ambiente está enrarecido, según una reciente narración, para iniciados, del periodista Jesús Cacho en su diario o confidencial digital: “Basta ver el recado que la semana pasada le enviaban a Zaplana, a cuenta de su avión privado –sabíamos que los políticos de la derecha eran ricos, pero no tanto como para avión privado– desde una web siempre bien informada de las interioridades del partido, dicen que cercana a Arenas y al diario La Razón. Pues cuentan que el regalito es apenas una parte, tal vez un aviso, una muestra del material que sobre el portavoz y ministro de Trabajo han reunido don Javier Arenas y doña Ana Mato, interesados los dos en truncar las posibilidades del valenciano en un futuro Gobierno Rajoy. Cosas de la política”.

“Tal vez sean, prosigue Cacho, los estertores, siempre apocalípticos, de un fin de fiesta como el que el señor Aznar se está dando por las cuatro esquinas del planeta, Colombia el último, viaja que te viaja y la casa sin barrer, vacío de autoridad que aprovecha Trillo para decir bobadas sazonadas con mucho perejil. La verdad es que nunca en la política española se han dicho trivialidades y simplezas que hayan merecido más atención de la prensa que las que suelta el ministro de Defensa, pero así estamos. Con Ana Mato, ambiciosa reina de corazones, enfrentada a Elorriaga, mal asunto, señora, y con Miguel Ángel Cortés camino de FAES, del brazo de Aznar, agostado el sueño de llegar a ministro, mientras crecen como hongos los comentarios sobre su prodigalidad regalando valiosos cuadros obtenidos a precio, es un decir, de saldo”.

Por su parte, ABC, como repugnante aportación a este aguafuerte del aznarismo, completaba el sábado 21 de febrero el cuadro con la columna de Jaime Campmany, que es uno de los más sólidos referentes periodísticos de la derecha española desde tiempo inmemorial, desde Francisco Franco a José María Aznar, para entendernos. He aquí parte de tan miserable artículo de este maestro de periodistas en el sacrosanto ABC: “Al alzarse el telón, aparece en el centro de la escena política José Luis Rodríguez Zapatero, secretario general del PSOE, con los pantalones en los tobillos, los calzoncillos también bajos, el antifonario a la intemperie y el bolo colgando. A su izquierda, Pasqual Maragall, convenientemente inclinado, le manosea como jugando el bemol izquierdo, que se va disolviendo con el masaje, mientras Josep Lluís Carod-Rovira, alias Pérez, armado de escarapela tricolor y barretina, se aplica por la derecha a amasarle con entusiasmo la maraca derecha, ya casi desaparecida bajo la entristecida morronga del cuitado. Jesús Caldera y Pepiño Blanco, vestidos ambos con el rojo roquete de bonacillo, sostienen al alimón una palangana de agua fría para refrescar los cataplines a Zetapé cuando termine la operación de la pasada catalana. Carme Chacón, asomada a las candilejas, inicia su striptease informativo. (...) Cuando terminaron su operación de manoseo de collons, los dos socios, Maragall y Carod-Rovira, se alejaron de la escena, cogidos del bracillete. Acudieron Caldera y Blanco con la palangana (...) Zapatero intentó subirse los calzones, pero sólo quedaban pingajos. Y se tapó la descojonación con las dos manos mientras caía lentamente el telón”.

Hace  mucho, hacia los años 60 del siglo XX, el catedrático de ética José María Valverde, ya fallecido, dimitió de su cátedra en solidaridad con varios colegas suyos, como José Luis L. Arangueren, por ejemplo, represaliados por la dictadura. Dejó resumido así su testamento universitario: “No hay estética sin ética”. La estética del PP es la de Campmany, entre otros periodistas broncos y barriobajeros, aunque haya excepciones, naturalmente. Pero ¿cómo puede haber estética cuando, en efecto, la ética brilla por su ausencia?; no es más que una farsa, una apariencia más de esta derecha, la de Aznar y  Rajoy, la de Trillo y compañía. La de los insultos del presidente murciano, Valcárcel, dirigidos a Maragall llamándole borracho o los de la estulta ministra García Valdecasas, afirmando que el PSOE ha pactado con asesinos en clara alusión a ERC. Menudo fin de reinado el de Aznar. Acaba como empezó: instalado en la crispación más absoluta.

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