Nº 591 - 23 de febrero de 2004
 
Hemeroteca Esta semana

De la vida pública/privada de Cascos

Veo una gran fotografía en el diario La Razón, del domingo 15 de febrero del año en curso. En la misma aparecen Juan Carlos Rodríguez Ibarra y Francisco Álvarez-Cascos, afectuosamente abrazados. El pie de foto lleva este título: “Rodríguez Ibarra se solidariza con Álvarez-Cascos por ser ‘víctima de los cotilleos y la indecencia’; el ministro pide respeto a la vida privada y reitera su rechazo a la ‘telebasura”. Al parecer, y por lo que deduzco, ambos políticos coincidieron en Plasencia con motivo de alguna inauguración de entre las muchas que estos días preelectorales realizan los ministros del Gobierno y, asimismo, su presidente, José María Aznar, aunque en ocasiones las inauguraciones sean perfectamente ficticias, como la sucedida en el aeropuerto de Barajas, cuyas obras de ampliación terminarán, como mínimo, dentro de un año largo o más.

El texto del referido pie de foto dice lo siguiente, reproduciendo un comunicado de Álvarez-Cascos: “Quiero agradecer pública y personalmente la solidaridad de Juan Carlos Rodríguez Ibarra, una prueba más de su talla personal (...) Quiero añadir que los que jamás hemos utilizado la vida privada para la crítica pública tenemos el derecho y, cada día más, el deber de combatir esa lacra social de la ‘telebasura’. El viernes, un día más, las cámaras de Telecinco, amparándose en su supuesta libertad de información, durante tres horas, se permitieron impedir que realizara su trabajo, el trabajo del que vive, una persona en la feria Arco, como se puede comprobar en el vídeo del programa emitido el viernes por la tarde en Telecinco. Quiero reiterar mi petición de respeto a la vida privada de todos. Y quiero reiterar mi rechazo a la ‘telebasura’ que vive constantemente de atentados contra el derecho al honor, el derecho a la imagen, el derecho a la intimidad personal y, como se ha visto el viernes, el derecho al trabajo de las personas honradas”.

Me emocionó de inmediato, he de reconocerlo, el gesto de Rodríguez Ibarra hacia un ciudadano perseguido como Álvarez-Cascos. Yo soy viejo, demasiado viejo ya, a punto de cumplir 90 años, y he pasado buena parte de mi azarosa vida bajo el terrible síndrome de las dos Españas. He sufrido el rencor y la venganza de los vencedores de la Guerra Civil, de modo que cualquier atisbo de reconciliación me produce una satisfacción desbordante de emoción intensa. Rodríguez Ibarra y Álvarez-Cascos representan de algún modo dos bandos bastante irreconciliables: la izquierda y la derecha, los rojos y los nacionales, el PSOE y el PP. Por consiguiente, y en principio, sin excesiva reflexión posterior, a primera vista, me pareció digno de toda loa cuanto estaba leyendo. A mí, por otra parte, me asquea, las pocas veces que contemplo ese género de programas, la denominada “telebasura”. Considero que equivale al pan y circo de los romanos. Es una forma arrolladora de alienación colectiva. Si Marx, con escaso tacto formal y evidente acierto de fondo, sostuvo que “la Religión [entendida en sus formas farisaicas, vino a decir] era el opio del pueblo”, ahora tendría que admitir que la “telebasura” ha multiplicado por mil la capacidad de distribuir opio atribuible a determinados predicadores píos.

Estaba yo distraído en esas gratas reflexiones, cuando entró de pronto en mi modesto cuarto de trabajo uno de mis nietos, el pequeño, Alfredo, que trabaja en una multinacional informática. “Abuelo, te traigo un artículo de un tal Antonio Casado, que no me suena, pero que te gustará. Se mete con Cascos. Sale en elconfidencial. com. ¿Qué tal te encuentras?”. Le di un beso, le agradecí su atención, pues procura tenerme informado acerca de un ámbito para mí mágico e inaccesible, cual es el del Internet, le pregunté por su hija pequeña, Paloma, y le despedí muy complacido por la visita. “Lo tenemos complicado, abuelo, pero se van a llevar un buen susto y a lo mejor hasta ganamos y los echamos de una vez. Mis amigos votarán PSOE o IU, esta vez no quieren ni pasar ni abstenerse”, me dijo.

Empecé a leer el artículo de Casado. Yo tengo referencias de este periodista. Sin embargo, son vagas e imprecisas. Le he oído en ciertas ocasiones en la radio y también le veo en la televisión. Parece un tipo progresista, más o menos, que ya es mucho tal como están las cosas. Desconozco si será nieto o pariente del coronel Segismundo Casado, al que yo tuve oportunidad de tratar en el Madrid dramático de la sublevación militar contra la República y, desde luego, no olvido de él, aunque pueda entender la buena intención de algunos conjurados, que fuera el cabecilla del golpe contra el Gobierno presidido por el doctor Negrín. En fin, ha pasado mucho tiempo y se me amontonan demasiados recuerdos agridulces de aquel tiempo atormentado.

El comentario de Casado se titula así: ¿Ampara y costea el PP la cruzada de Álvarez-Cascos contra la prensa rosa? Comienza de esta forma: “No entiendo las protestas del ministro de Fomento por una supuesta intromisión de lo público en su vida privada (información en los medios sobre su enésimo cambio de pareja), porque lo ocurrido a primeros de enero, cuando se presentó con su nueva novia en un acto oficial, plantea justo el problema contrario: intromisión de la vida privada del ministro en la esfera pública”. Enseguida caí en la cuenta que sólo mi senectud tan acusada o mi vejez sin paliativos podían justificar mi actitud bobalicona, si se quiere bondadosa, contemplando la fotografía difundida por La Razón. “¡Pero, hombre, naturalmente, si Álvarez-Cascos ha hecho de su vida más íntima y privada estandarte público! ¿De qué se queja ahora?” Me indigné y me avergoncé profundamente. Estás demasiado viejo, Cañuelo, me dije a mí mismo”.

Añade Casado: “En su personal hoja de servicios como gobernante, no debe cotizar al alza ni a la baja la vida privada de Álvarez-Cascos. A nadie debería importarle la intimidad de este político de corazón blando en pecho de hierro. Salvo que él se empeñe en hacer exhibición pública de sus bandazos afectivos. Y esto es lo que hizo y sigue haciendo. Por tanto, estamos ante una libre y premeditada irrupción de Álvarez-Cascos en las páginas de la prensa rosa”. Cuanto ha remitido a los periodistas para protestar por el acoso rosa a su novia actual, María Porto, reputada galerista que echó a la calle a una de sus empleadas por estar embarazada, según escuché en la SER hace unos días, llevaba remitente de Génova 13, Madrid, la sede central del PP. De ahí la pregunta que formula Casado en el inicio de su crónica.

Federico Jiménez Losantos, según publica El Periódico de Catalunya, ha salido en defensa de Álvarez-Cascos, como no podía ser de otro modo. Lo hizo en la tertulia de la COPE, la cadena episcopal. Parece asombroso, o sorprendente, o sarcástico, o hipócrita, que los prelados financien una cadena desde la cual se respalde la conducta de un divorciado contumaz o la de una señora digamos estilo revolución sexual. Pero, en fin, ya se sabe que ciertas pastorales están destinadas a engañar a los bobos y que, por lo demás, les van muy al PP en vísperas electorales.  Lo cierto y verdad es que Cascos no tiene legitimidad alguna para protestar contra las prácticas, aunque en absoluto plausibles, sin duda, de determinada prensa sensacionalista.

Cascos ha sido un exhibicionista sentimental desde que saltara a la fama de la política nacional, sobre todo a raíz de su sonada separación primera. Su matrimonio con Gema Ruiz, hija de una dirigente cordobesa del PP, fue una boda sólo homologable en su exuberancia a la de Alejandro y Ana, ésta de carácter religioso y aquélla de género estrictamente civil.  El alcalde de Córdoba, que entonces era del PP, ejerció de oficiante, como lo hizo años más tarde en el monasterio de El Escorial el cardenal Rouco Varela, el presidente de los obispos españoles. Acudió a Córdoba prácticamente todo el Gobierno, incluídos los opusdeístas y los legionarios, aparte de otros altos cargos y gentes muy principales. Trabajaron sin problemas periodistas, columnistas, fotógrafos, televisiones, radios y todo tipo de comunicadores.

Ese enlace, en el orden político, generó a posteriori un duelo al sol entre Cascos y Marqués, presidente del PP que gobernaba en aquella época Asturias. Marqués y su señora apoyaron a la ex mujer del todopoderoso vicepresidente y boicotearon la presencia de Gema en los actos oficiales y de la alta burguesía ovetense. Álvarez-Cascos reaccionó con ira, en él tan habitual. Empezó el acoso y derribo a Marqués hasta que tuvo que marcharse del PP, se tambaleó el Gobierno asturiano y, gracias en parte a la famosa boda, pudo regresar la izquierda al puente de mando del Principado. ¿Constituyó el ataque de Álvarez-Cascos un acontecimiento público o privado?

La respuesta sería oportuno que la facilitara Rodríguez Ibarra, tan solidario ahora con quien manejaba, en nombre de Aznar, los hilos políticos de la conspiración que buscaba derribar a Felipe González, objetivo alcanzado en marzo de 1996, como nadie debiera olvidar ocho años después. ¿No se acuerda el presidente extremeño de la boda cordobesa? ¿Tampoco recuerda la presencia en primer plano de María Porto ante los periodistas el día en el que Cascos anunció su retirada de la vida pública o política? ¿No vio las fotos navideñas de la pareja en Lanzarote? ¿De qué va Rodríguez Ibarra?

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