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Nº
571 - 29 de septiembre de 2003
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De Encarna Sánchez, locutora de la COPE Jaime Peñafiel, cardenal camarlengo de la prensa rosa, se rasga las vestiduras en El Mundo del domingo 21 de septiembre. ¿Quién defiende la memoria de Encarna?, se interroga airado este periodista en el título de su extenso artículo. Desde mi modestísimo punto de vista, el escrito de Peñafiel no tiene desperdicio. Arranca del siguiente modo, entre poético, novelesco y hasta misterioso: Eran las cuatro de la madrugada de una de esas noches cuyas sombras transparentes parecen tener miedo de la luna llena como sólo lo está entre un viernes y un sábado de Pasión. Era la semana santa de 1996. Concretamente un 6 de abril. Y a esa hora de la amanecida sonaron unos fuertes golpes en el portón de mi retiro toledano. Con más pánico que miedo en el cuerpo, me eché una bata sobre el pijama y, linterna en mano, descendí temblando monte abajo por un camino de encinas hasta el portón tras el que seguían golpeando. ¿Quién despertó esa noche de forma tan abrupta al antiguo director de la revista Hola? Continuemos leyendo su propia narración: ¿Quién es?, pregunté en temblorosa voz. !Abra. ¡Somos la Guardia Civil! Perdone que le hayamos despertado a esta hora, pero hemos recibido de Madrid la orden de buscarle para darle la noticia de que Encarna Sánchez ha muerto. Jaime Peñafiel explica de inmediato las causas de tan pintoresco episodio: Hoy, todo esto puede parecer extraño y ridículo. Pero en 1996 no existían móviles y, además, en mi retiro yo no tenía ni teléfono. Por ello cuando Encarna murió, José María García, sabedor del afecto y respeto que mutuamente nos profesábamos yo venía colaborando ininterrumpidamente, todos los días, desde hacía 10 años en un espacio de 30 minutos pidió que me avisaran. Poco después de leer el último párrafo transcrito, telofeneé yo a uno de mis nietos, nieta en este caso, Magdalena, técnica en Telecomunicaciones, que trabaja en el departamento comercial de una multinacional de telefonía. Lo hice, naturalmente, a través de mi vetusto, pero utilísimo, aparato telefónico de color negro, instalado en el cuartito de trabajo de mi domicilio madrileño del barrio de Lavapiés, donde resido desde los años sesenta del siglo pasado, cuando volví casi definitivamente de mi exilio, iniciado al acabar la guerra civil, como mis amables y pacientes lectores conocen sobradamente. Magdalena, soy el abuelo. Sácame de una duda. ¿Hacia el año 1996, todavía no existían los teléfonos móviles? No, nada. Es que he de escribir para El Siglo y me conviene saber si existían los móviles entonces o aún no. Claro, claro. Recuerdo. Se les llamaba por aquellos años motorolas, y empezaban a estar ya muy extendidos, aunque ni mucho menos como actualmente. Ejecutivos, me dices, médicos, gente digamos importante, políticos y periodistas de postín los tenían mayoritariamente desde finales de los ochenta o principios de los noventa. Entiendo. Bueno, hasta muy pronto. Ven a verme, Magdalena, y recuerdos a Sergio, tu novio. Vaya, vaya con el pontífice Peñafiel: ¿con que los móviles no existían en 1996? Bueno, detalle menor, argumentarán algunos. ¿Es también anecdótico que José María García movilizara a la Guardia Civil para un asunto estrictamente privado? ¿Con quién habló García, ojo al dato, butanito, para conseguir que la Benemérita se encargara de la importantísima misión de notificar a Peñafiel que la locutora de la COPE Encarna Sánchez había, lamentablemente, fallecido? Este hecho me recuerda de alguna manera el que afectó, un año o dos más tarde, a Martín Prieto, notorio converso pasado del felipismo más fervoroso a aquel sindicato del crimen creado tras las elecciones de 1993, últimas ganadas por el PSOE contra viento, marea y todos los vaticinios. Se alarmó Luis del Olmo de que no hubiera concurrido esa mañana a su tertulia radiofónica Martín Prieto, sin ni siquiera avisar. Sonó la voz de alarma. ¿Habrá sido secuestrado por ETA? ¿Habrá sido víctima el compañero del alma, compañero, de un vil atentado de la banda terrorista? ¿Dónde estará Martín Prieto? Sonó el teléfono, móvil o no, del ministro del Interior, a la sazón Jaime Mayor Oreja, caballero no mutilado todavía por los resultados electorales en Euskadi. Jaime, cuentan que le dijo asimismo trémula, Ana Botella de Aznar, por favor, investiga qué le está sucediendo al bueno de Martín Prieto. Alerta roja. O, mejor, azul. Martín Prieto yacía dormido plácidamente en un hotel madrileño, después de una dulce noche de vino, amor y rosas. Compañero del alma, compañero. Volvamos a Peñafiel y Encarna Sánchez, a la que Dios haya perdonado, lo que sin duda así habrá sido, pues no en vano colaboraba intensamente, cada tarde, en la tan desprendida como evangelizadora tarea que la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana viene, desde hace tantas décadas, en vida ya del Caudillo de España por la gracia de Dios, encomendando a la Cadena de Ondas Populare Españolas (COPE), adelantada incluso en el nombre al no menos cristiano Partido Popular. Encarna oficiaba en la COPE de sacerdotisa y Peñafiel de sacristán. Cristo en todas las almas y en el mundo, la paz, según la letra del gran José María Pemán, ilustre escritor, para el himno del Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona del año 1953. Encarna Sánchez ha regresado a la actualidad, ha salido de su sepulcro, a través, ciertamente, de la televisión basura, donde se han destripado, en torno a la locutora, sus amoríos y sus miles y miles de millones, Mila Ximénez, ex del tenista Santana, Isabel Pantoja y otras criaturas del circo más nauseabundo, que tanto éxito cosecha en las televisiones de la España del PP, a pesar de que José María Aznar se permitiera cínicamente, hace unos meses, ponerse al frente de la manifestación contra este denigrante género televisivo. Encarna Sánchez no sólo era sacerdotisa de la COPE, sino sacerdotisa también de la diosa Lesbos. Jaime Peñafiel defiende a Encarna, con cierta hidalguía, de las murmuraciones, calumnias y perfidias de baja estofa que circulan en la gran plaza de esta España que torna a ser de charanga y pandereta, de comadres y bufones. Pero yo me quedo con otra dimensión de la famosa locutora de la católica COPE. Por cierto, ¡qué abiertos, qué tolerantes para determinadas cosas en determinadas circunstancias, cuando les interesa, son los obispos españoles! Una lesbiana conocida, ¡en la COPE! Ello era vox populi desde que se hiciera famosa a finales de los años 70, en aquellas noches de camioneros y sonámbulos, que llamaban a la emisora, entonces no era la COPE, y decían admirados: Encarna, Encarna... Bien, pero Peñafiel ofrece una serie de apuntes sobre la fortuna de la mencionada locutora, altamente reveladores aun cuando el ex director de Hola insista en rebajar las cifras. Asegura Peñafiel: Se desconoce la cuantía de la fortuna dejada por la periodista radiofónica a su muerte. Que era muy importante aunque, según Diego Ortiz Zambrano, el abogado de la heredera universal, (por sorpresa), Pilar Cebrián, nada de los miles de millones de los que se habló. Cientos, sí. Lo de más valor: la mansión de La Moraleja y la villa Las Gaviotas de Marbella, amén de alguna que otra propiedad, un restaurante llamado El Camino, joyas y cuentas corrientes. Añade: Lo esperado no sucede casi nunca. Es lo inesperado lo que acontece (...) Y lo inesperado fue que en Alicante, en 1996, cuando el recuerdo de Encarna hacía ya muchos años que no volaba por su vida, Pilar (antigua amante de Encarna) se convirtió en multimillonaria, en heredera de mansiones, coches de lujo entre ellos un Rolls Royce por el que Encarna había pagado meses antes de su muerte 45 millones de pesetas, un restaurante, joyas y cuentas corrientes. ¿Por que los periodistas, supuestos, pretendidos, falsos periodistas del morbo, el corazón, los hígados y los genitales escarban en el sexo, mientras que aquí nadie se pregunta cómo logró Encarna Sánchez acumular semejante fortunón? ¿Cuánto ganaba Sánchez en la COPE? ¿Qué criterios tiene la cadena episcopal, bienaventurados los pobres, porque de ellos será el Reino de los Cielos, a la hora de pagar a sus estrellas? La COPE ha enrquecido, hasta extremos de Alí Baba, a varios de sus famosos: desde el asimismo difunto Antonio Herrero a Federico Jiménez Losantos o Luis Herrero, entre otros. Sin embargo, no sólo ha de atribuirse a la COPE la consecución de tamaños pelotazos. Sería necesario conocer las fórmulas paralelas utilizadas por Encarna Sánchez, no la única, desde luego, que le permitían multiplicar generosamente sus ingresos. Me refiero, por supuesto, a fórmulas heterodoxas, mezcla de publicidad e información, negocios escasamente trasparentes, rozando la ilegalidad, o rebansándola con creces, pagos de clientes por servicios prestados. ¿Qué debe entenderse por clientes? Sencillamente, personajes públicos, desde políticos a deportistas, pongamos por caso, necesitados de un entrevista oportuna y a la medida. En fin, el problema de fondo por lo que concierne a Encarna Sánchez no fue su condición sexual, que a nadie debería importar, sino su inquietante vulneración de las normas mínimas de deontología profesional. Pero he dicho y habrá que repetir mil veces que este mal se encuentra demasiado extendido en la profesión periodística de nuestros días. Algunos periodistas de enorme relieve e influencia han conseguido ingresar cantidades sólo comparables a los futbolistas o artistas de superélite, al margen de empresarios burbuja que han subido hasta el pedestal de Midas de forma tan precipitada como, a veces, sospechosa. ¿Puede alguien justificar que Ernesto Sáenz de Buruaga haya sido indemnizado con cerca de mil millones de las antiguas pesetas por la rescisión de su contrato en Antena 3, mientras cientos de trabajadores de la cadena aznarista están a punto de irse a la calle? Sin comentarios. |